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Cómo renovar tu carné de socio del Xabarín
Quizás el hueco es interno, y la respuesta simple: no sabemos quién somos.
27 de mayo 2026
Quizás el hueco es interno, y la respuesta simple: no sabemos quién somos.
Cuando arrancamos los cables de las pantallas y empezamos a compartir cada minuto de nuestra vigilia con una nube densa de información en la palma de nuestra mano, se accionaron los engranajes de las máquinas de asedio. Las altas torres de difusión, desde donde unos pocos privilegiados podían entrar en las casas de toda una nación, parecían demasiado altas para caer. Pero cuando la televisión cayó en el heroin chic y perdió su grosor, se dejó con ella toda sustancia.
Años antes de la debacle, a mediados de la década de los noventa, un programa autonómico nacía con el humilde objetivo de dar una cohesión e identidad a una franja horaria en la que emitir contenidos infantiles comprados al peso. Replicando la fórmula de de cadenas nacionales y extranjeras como el Club Disney, la voz de Juanillo Esteban resonaba bajo un enorme traje con la imagen de la mascota invitando a afiliarse por correo ordinario. En mayo del 99, apenas 5 años desde el inicio de su emisión, un 25 % de la juventud gallega formaba parte del grupo. En los cumpleaños nos sentábamos frente a la televisión, esperando ver la cara del celebrado en emisión. Para aquellos conocidos como la Xeración Xabarín (de un fansite homónimo abierto en 2007), es quizás uno de los pocos lugares verdaderamente comunes al que nos agarramos. Si al visitar un bareto en Galicia te has sentido un marciano cuando todo el mundo cantaba la letra exacta de una canción que no has oído en tu vida, esa canción seguramente se había emitido en Xabarín Club.
Si había algo destacable en este fenómeno, era su profunda transversalidad. Podías ver a cumpleañeros pijos posando expertos a pocos centímetros del hijo de un hippie. Jacobo Ortega celebrando el mismo día que Kevin Cosme. No son nombres que acostumbren a convivir en la hoja de asistencia del mismo colegio, pero ahí estaban, pegados a la tele de sus respectivos salones, uno en su chalet privado en Oleiros y otro en su minúsculo piso de Muxía. Años después, el público ha perdido todo el cariño al artiodáctilo debido a sus frecuentes incursiones urbanas (se ha debido cubrir el cupo del éxodo rural y no han sido notificados), intento buscar el siguiente charco donde revolcarme con mis congéneres, sin éxito. Sólo veo La Charca.
Aquellos niños son ahora adultos con capacidad de consumo, y la máquina mediática busca apelar al sentimiento de pertenencia que nos atrapó tiempo atrás y que hoy aspira a trasladar esa fidelidad a sus marcas y anunciantes. Uno de los momentos más destacados del calendario audiovisual en Galicia es el estreno de la campaña publicitaria anual de Gadis, una gran cadena de supermercados local. En casi todos ellos, hay una escena en la que se genera una conversación entre los actores: ¿Qué es lo que nos hace gallegos? Nos sentimos empapados y muertos de frío tras el chaparrón de esa tormenta de ideas edulcorada, en la que la comida de tu abuela o la fiesta de tu pueblo se erigen como símbolos de una identidad planchada. No pretendo menospreciar los lugares comunes; al fin y al cabo, el objetivo de un anunciante es llegar al mayor número posible de consumidores. El problema es que cuando acaba la euforia de ver a un gaiteiro en Times Square volvemos a la casilla de salida. Los druidas y oráculos del bosque mediático buscan sin éxito la causa exacta de la catástrofe. Lo material se ha discutido exhaustivamente: oferta masiva, inmediata y personalizada para cada individuo. Resistencia feroz al cambio de era, evitando hasta el último momento la incorporación de nuevos lenguajes narrativos. Intereses económicos que promueven un discurso cada vez más alejado de la conversación social. Pero hay algo demasiado histriónico en la reacción que la sociedad ha sentido ante la pérdida. Como si de algún modo echásemos de menos a la caja tonta, cobijarnos frente a los rayos catódicos y compartir con otros la resolución del cliffhanger de la semana anterior en la serie de moda. La televisión, en su ademán estoico, optó por ceder el mando de su capacidad prescriptiva, delegando la producción de verdadera cultura a las artes menores de las pantallas pequeñas. Al fin y al cabo, un adolescente mirando el móvil no decide cambiar de canal. Pero, de un modo lento pero inexorable, todos y cada uno de los sentados en el salón empiezan a bajar la mirada a la palma de su mano. La caja tonta ahora sólo sirve para mitigar el peso del silencio ambiental.
La representación televisiva que años atrás consiguió crear una identidad colectiva mediante un modelo expansivo ahora se ve obligada a hacer el camino de vuelta, esta vez con los pies llenos de ampollas y las piernas temblorosas. La hiperrealidad necesaria para el baile Debordiano entre espectador y espectáculo se ha refugiado en otros medios, y su ausencia ha hecho implosionar los platós en una reunión de sombras expresionistas; la hiporrealidad que nos muestra se antoja casi ofensiva. Quizás es que ya no toleramos mirarnos al espejo. O a lo mejor hemos sido sustituídos por nuestro propio reflejo. Cuando el mundo actual se ha convertido en un panóptico, la televisión actual pretende seguir llamando nuestra atención mostrándonos a nosotros mismos; sin embargo, la decepción con lo que nos devuelve es mayúscula, pues manda un mensaje claro: debes aspirar a ser más cómodo, más simple, más neutro. Esto es lo que somos, y si no cabes por el agujero, no te molestes en intentar atravesarlo.
El agujero que la vida me obliga a atravesar es Santiago de Compostela, un parque de atracciones donde resido, trabajo y me presto involuntariamente a ser figuración sin frase cada vez que atravieso la Praza do Obradoiro para hacer un recado. Entiendo la comodidad de habitar un uniforme etnográfico en lugar de guardar y mantener un armario repleto de identidades. Nadie ve las texturas de lo transparente. De camino, paso por un restaurante caza guiris de mariscada humilde y comensales de pantorrillas coloradas que seguramente pronuncien mejor Schengen que raxo con patacas, alguna pecera de marisquería casi tan deprimente como mi piso de alquiler y un rebaño de burros repletos de camisetas genéricas pero intensamente manoseadas. A escasos 200m de la catarsis peregrínica, una ristra de terrazas gigantescas y una tienda de churros extravagantes que hace las delicias de los gourmets valientes y con ganas de experimentar la atrevida combinación de una masa frita y recubierta de azúcar y chocolate. No es que exista un esfuerzo activo por borrar toda autenticidad del mapa, es que simplemente no cabe. Y los ciudadanos, conscientes de su rol como NPCs en su propia ciudad, deciden sucumbir al tótem del gallego desconfiado y comilón, ajeno a toda modernidad que no quepa en el escenario de una macroorquesta veraniega.
De un tiempo a esta parte, los golpes del ariete sobre las puertas de los estudios y productoras son demasiado ruidosos para ser ignorados. La solución que plantean es simple: reclutar al rival. Uno a uno, los creadores de contenido de aquí desfilan bajo los focos de los magazines vespertinos, y los periodistas caseros apuntalan las escaletas. Espejo frente a espejo, creando la ilusión de profundidad infinita en un baile que no llega a acompasarse. Quizás es por el trato faustiano que obliga a quienes crean en libertad a perder su dimensión bajo la intensidad de los focos. Quizás es que la televisión como la conocíamos ha quedado fuera del tiempo. O quizás el hueco es interno, y la respuesta simple: no sabemos quién somos.
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