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A media lumbre o el arte de la espera
Quizás esta sea la única forma que encuentran las artesanías para sobrevivir: saliendo del espacio doméstico y entrando en el museístico.
13 de mayo 2026 · 2 comentarios
Quizás esta sea la única forma que encuentran las artesanías para sobrevivir: saliendo del espacio doméstico y entrando en el museístico.
Mi abuela se fue de Córdoba siendo apenas una niña, sola, y llegó a Barcelona como tantos otros andaluces. Empezó a trabajar en la industria textil catalana y cuando nací yo me hizo ropa con la máquina de coser que tenía en casa, pero ahora ni siquiera sé dónde está toda esa ropa. Mi abuelo era joyero, y al morir él murieron también todos sus conocimientos sobre joyería, y cuando robaron a mi abuela perdimos casi todas sus joyas. Mi madre tiene cajas y cajas llenas de gorros y bufandas que ha tejido con sus propias manos. Si hago un esfuerzo casi puedo volver a ver sus manos bordando en punto de cruz patrones que encontraba en revistas, pero las cosas que bordó ya no sé dónde están.
Y yo, que no sé hacerle el dobladillo a los pantalones, que llevo el botón de la chaqueta colgando porque no sé arreglarlo y que cuando se me rompen los calcetines lo primero que hago es pensar en tirarlos, al poner un pie en la galería 1 del IVAM de alguna manera me siento más cerca de mi abuela y de mi madre a pesar de estar a más de cuatrocientos kilómetros de ellas.
Entrar en A media lumbre es como si por un momento estuviéramos en un punto intermedio entre el pasado y el presente; como si el pasado se alargara poco a poco casi sin darnos cuenta. Entrar en A media lumbre es, en las condiciones adecuadas, una experiencia que apela a todos los sentidos.
El pisar se hace más blando gracias a la moqueta, de color beige como las paredes, que en vez de deslumbrar con el blanco típico de museos y galerías crea una atmósfera apacible en la que las piezas de cada artista no destacan unas por encima de las otras y del propio espacio, sino que se integran con este. Con la moqueta ya podemos intuir un tema que se repite desde la primera hasta la última sala: los materiales textiles, presentes nada más entrar en el esparto de la pieza de Ana Laura Aláez y los bordados de Pilar Albarracín. Pero ojo, que el tejido no solo está en el suelo y en el arte sino también en las propias cartelas, incorporándose así en el ecosistema de la exposición. Las obras no solo se ven, aquí también se escuchan. Algunas incluso se huelen. Y otras, a pesar de no poder tocarlas, casi podemos sentir su tacto bajo los dedos solo con verlas.
La exposición se presenta a modo de filandón, lo cual tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que Blanca de la Torre –comisaria de la exposición– es de León y el filandón una práctica con arraigo en la región leonesa. Hasta hace no mucho las zonas rurales se regían no por el calendario sino por los ritmos que marcaban las estaciones, obligando a la gente a resguardarse en sus casas durante las largas noches de invierno, hasta que llegaba la primavera y volvían a salir para trabajar en el campo. El frío invitaba a juntarse en el interior de los hogares y a dedicarle tiempo a las labores artesanales, a tejer e hilar y a compartir saberes, historias y canciones.
En A media lumbre tenemos lo que bien podría haber sido el resultado de uno de estos filandones: piezas realizadas con técnicas y materiales artesanales, obras que históricamente han sido consideradas “artes menores” o simplemente objetos etnográficos. Y aunque se podría pensar que se trata de una exposición que tan solo pretende reivindicar las artesanías desde lo nostálgico, uno se sorprendería al darse cuenta de que el objetivo no es otro que el de reflexionar y poner en valor lo que dichas artesanías tienen implícito.
La elaboración de varias de las piezas que forman parte de la exposición supuso la reactivación de saberes a punto de desaparecer e incluso ya desaparecidos, teniendo en cuenta en todo momento uno de los puntos clave de A media lumbre: el territorio. Antonio Fernández Alvira recurrió al último alfarero de una larga saga familiar de un pueblo de Huesca, de donde es él. Isabel Servera es de Mallorca, donde el palmito (vinculado a la cestería y manufactura doméstica) ha sido fundamental para la economía de muchas casas; para realizar su pieza tuvo que restaurar y reactivar el antiguo taller en el que su familia cosía el palmito a máquina, que llevaba más de 20 años inactivo. La murciana Sonia Navarro trabaja el esparto, material natural y propio del paisaje levantino que la vio crecer, junto a las mujeres que todavía mantienen viva esta tradición en el municipio de Blanca.
La relación con el territorio no solo es algo que vertebra la exposición sino que además le permite alargarse tanto en el tiempo como en el espacio. A media lumbre empieza en el IVAM, pero en vez de quedarse en la institución valenciana se despliega y tiene continuidad en otros museos, donde se realizarán exposiciones independientes pero dentro del mismo marco conceptual con piezas nuevas de artistas locales, atendiendo de esta manera al propio contexto de cada sede: Casal Solleric (Palma), Es Baluard Museu (Mallorca), CDAN (Huesca) y Museu Terra (L'Espluga de Francolí, en Tarragona).
Las artesanías surgen de la comunidad y la espera. Los saberes se transmiten a través de la voz, los gestos y la paciencia. La máquina es incansable y precisa, mientras que el gesto es lento e impredecible; pero es entre gestos donde surgen las historias y los afectos. Lo industrial puede ser más exacto y fino, pero lo artesanal depende de la mano que lo haga. Incluso cuando se parte del mismo modelo transmitido a través de fascículos, como ocurre en la pieza de Lara Ordóñez, se puede llegar a resultados distintos. Una obra como la suya no es algo que se pueda hacer en poco tiempo: es un proceso lento que implica el cardado de la lana, el hilado del lino, el tintado del algodón, el tensado de los hilos. Y todo ello requiere unos conocimientos que se han ido transmitiendo a través de generaciones, que se han mantenido vivos a través del afecto no solo hacia los procesos y los materiales sino también a través del afecto entre las personas que se sentaban alrededor de la lumbre y tenían la paciencia para enseñar y aprender.
Pero ahora vivimos en un mundo rápido e inmediato. Si quiero algo lo compro con un click y a los dos días lo tengo en casa. ¿Y si me canso de ello? No pasa nada, lo descarto y vuelvo a comprarme otra cosa. Aquello que no cuesta conseguirlo (o que no vemos lo que cuesta) menos aún cuesta descartarlo. De ello habla El desaceleramiento es fundamental para pensar en una industria de la moda sostenible a largo plazo, y precisamente lo que tienen las artesanías es que marcan sus propios ritmos lentos y pausados: el esparto hay que cosecharlo y hay que hilarlo, y ninguna de las dos cosas se hacen en un día ni en dos.
Una de las tantas consecuencias de la industrialización y el turbocapitalismo: planteamos siquiera de dónde vienen los objetos que creemos necesitar. Nos hemos acostumbrado a que nos den igual los materiales que se han empleado y a que nos den igual las manos que los han hecho. Consumimos al ritmo que nos marca el capital, sin poder valorar lo que tenemos porque, total, lo podemos reemplazar fácilmente.
Y si hemos elegido los plásticos y la producción en serie para generar stock, la inmediatez y la reemplazabilidad, ¿qué pasa con los materiales y los procesos artesanales? Entrar en A media lumbre también es ver objetos que en algún momento fueron útiles perder esa utilidad y convertirse en algo distinto. ¿Un objeto artístico? ¿Un objeto estético? ¿Un objeto de reflexión? Quizás esta sea la única forma que encuentran las artesanías para sobrevivir: saliendo del espacio doméstico y entrando en el museístico, convirtiéndose en testimonios de toda una tradición de la que somos herederos.
Pero que algo haya dejado de ser útil no significa que haya dejado de tener un propósito. Y quizás el propósito de las piezas que forman parte de A media lumbre sea el de estimular la memoria, el de hacernos sentir más cerca de lo que hicieron las manos de nuestras madres y nuestros abuelos. Y tal vez también tengan el propósito de hacer que nos replanteemos nuestra manera de relacionarnos con los objetos, nuestros ritmos. ¿No sería mejor frenar un poco? ¿Ver la espera no como una pérdida de tiempo, sino como un momento para forjar lazos?
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