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La muerte vive en mi calle
Me vino esto a la cabeza cuando me imaginé un día en la vida de mi vecino
30 de julio 2026
La muerte vive en mi calle y pasea un bichón maltés. La veo mínimo un par de veces por semanas. No miento. Camina más que John Travolta en Saturday Night Fever, pero a su ritmo. Despacio. La muerte cojea levemente. La muerte es tierna pero fría. Tan silenciosa como cariñosa con su querida mascota, la cual disfruta de sus paseos rutinarios sin saber que todo el vecindario teme en voz baja a su dueño. La muerte viste siempre en camisa, y cuando la lleva por dentro y conjuntada con un pantalón gris de traje es porque ese día le ha tocado ir al laburo. Quién sabe, lo mismo la muerte es un dandy. Un Cary Grant de tanatorio. Un Gregory Peck del otro barrio. Uno más del gremio, pero con clase.
Cada vez que me cruzo con la muerte no consigo hacer contacto visual. Su rostro, algo cansado, lo lideran unos ojos tristes que miran en modo avión. Y me da pena, porque para mí la muerte es una playa vacía y yo un dominguero con ganas de clavar la sombrilla de las dudas. Solo tengo preguntas.Saber cómo es el más allá si es que existe. Quiero saberlo todo para después decirle que mejor no quiero saber nada.
La muerte –lo siento, pero no me sé su nombre– no es la muerte en sí, es el músico del tanatorio de la ciudad, por eso en el barrio sabemos que, cuando nuestro vecino toca, el titanic de alguien se hunde. Cuando le veo con los cascos puestos siempre me pregunto qué escuchará la muerte y si tiene algún placer culpable, como Superestrella de Aitana o Solo se vive una vez de las Azúcar Moreno. También me gustaría saber cuál es la opinión del gremio de los músicos acerca de este empleo. Debe doler imaginarte en la filarmónica de Londres rodeado de gente en esmoquin que te aplaude sin cesar y acabar tocando en un polígono industrial perdido de la mano de Dios rodeado de gente llorando a moco tendido, pues imagino que no era esa la forma en la que pensaba que emocionaría a su público.
Recuerdo leerle a Arcadi Espada que no había forma más honrada de querer a alguien que exponiéndole tus prejuicios de primeras. Algo así como “este soy yo, con mis filias y mis fobias. Quiero que las conozcas, pero también quiero que sepas que no me van a impedir querer estar a tu lado siempre”. Me vino esto a la cabeza cuando me imaginé un día en la vida de mi vecino. Me figuraba aquella jornada laboral como un drama, aunque como pasa con todo, entiendo que uno se acaba acostumbrando. Por eso la muerte, pese a tenerle miedo a la muerte, la saluda siempre al picar en el trabajo, porque más allá de la jindama que da pensar en el final de la existencia, no hay mejor manera de entenderla que sabiendo que su estela está siempre con nosotros. Que vivimos constantemente entre los pitones, aunque a veces prefiramos no saberlo.
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