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Amores de aeropuerto
Te duelen hasta imaginarte la ruptura.
9 de septiembre 2026
Hay algo que me sucede cada vez que piso un aeropuerto a solas: me enamoro con facilidad. No puedo controlarlo, pero tampoco estoy seguro de querer hacerlo. Da igual el lugar, la hora o la estación del año que sea. El amor en los aeropuertos no entiende de meteorología ni geografía. Como mucho de retrasos, cambios en la puerta de embarque y últimas llamadas.
Mis estudios cupidísticos me dicen que puedo llegar a imaginarme casado y con hijos 3,5 veces por aeropuerto. Hay que tener en cuenta a las chicas que vuelan con novio, pues los triángulos amorosos no se me dan bien y por eso valen menos esos romances. Da igual dónde surja ese amor, ya sea en el control de equipaje, en la fila de la puerta de embarque o en la de la máquina expendedora de agua. Ese amor te cala los huesos, te duele hasta imaginarte la ruptura.
Aunque pueda parecer superficial, el amor de aeropuerto es único en su especie. Uno no elige de qué o de quién se enamora. Puedes sentirte atraído por la belleza de la chica, pero también existen otros factores: la forma en que se recoge el pelo, el idioma que habla, cómo bebe en botella, su risa o si no espera su vuelo con destino a Luxor en leggins. Porque, además de ser una chica con buen gusto, le encantan las pirámides.
Para alguien que vive en una ciudad de provincias como yo, enamorarse de alguien a quien no conoces de nada es más solo por el simple hecho de que no existan referencias de otros. Que no siga a tu primo en Instagram y así poder esquivar esa segunda opinión sobre la persona en cuestión es algo a veces impensable. Puede que esa sea una de las razones por las que siempre me pase esto en los aeropuertos, porque hoy en día es casi imposible conocer de cero a una persona. El aeropuerto te regala un amor a primera vista que no entiende de gustos musicales ni de reels compartidos.
Lo malo de estos amores es que duran lo que tardas en agachar la cabeza para empezar el siguiente capítulo del libro con el que esperas tu vuelo. O peor aún, se desvanece por culpa de unas ganas salvajes de ir al baño, porque lo más probable es que, al salir, con las manos mojadas por culpa de un secador malo y la vejiga vacía, ya no esté.
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