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Aste Nagusia: ¿Conciertos, cerveza y revolución?
Durante la última semana de agosto solo se repite una palabra en Bilbao: Aste Nagusi
7 de septiembre 2026
El ser humano es repetitivo por naturaleza: los rituales nos ayudan a fijar recuerdos, exorcizar penas y desbordar alegrías junto a los otros. Durante la última semana de agosto solo se repite una palabra en Bilbao: Aste Nagusi1. Su ubicación en el calendario es impecable, estratégica. Durante 9 días y 8 noches se abre ante nosotros el espacio propicio para dar un carpetazo apoteósico a los meses de sudor y desvarío antes de encauzarnos en la predecible rentreé.
En mi entorno cercano ya proliferan quienes escapan por patas de la metrópolis esta semana. También aquellos que, desde hace ya 10 años, siguen encadenando todas las noches de juerga posibles, completando rápidamente el Pasapote2. Incluso quienes forman parte de una konpartsa3 y las viven desde el otro lado de la barra. Yo me encuentro en un término medio: me gusta catar el ambientillo un par de días, meter una zarpa cautelosa sin dejarme engullir por la noche-tiburón. Es sabido que a Aste Nagusi le das la mano y te coge del brazo.
Su despegue postfranquista no se hizo de rogar: la gente estaba francamente aburrida de corridas de toros, teatro y ópera, sobrios espectáculos de pago. En 1978, a raíz de un alucinante concurso impulsado por El Corte Inglés (“Hagamos populares las fiestas de Bilbao”), se abren las fiestas a la participación pública, engendrando una feliz barahúnda. El bar ganador, Txomin Barullo, propone un modelo popular y descentralizado: los rocambolescos acontecimientos comenzarán a orbitar alrededor de las konpartsas, con Mari Jaia4 como icono incuestionable de las fiestas.
https://www.youtube.com/watch?v=Wnk3trSRNRE
En aquel fantástico vídeo en el que Mikel Arce y Gisella Keller registraron de manera improvisada la Aste Nagusi de 1986 —¡hace 40 años!—, el primer punki pillado por banda lo tenía claro: “[En una palabra] lo que me sugiere esta ciudad es: concierto, porque no he parado de ver conciertos en directo aquí, de puta madre y todos gratuitos”. Su compañera, extranjera que no guiri, añade sugerencias: “Música, cerveza…” “Y revolución” — completa él.
Conciertos, cerveza y revolución: tres grandes razones por las que cada año millones de personas acuden a Aste Nagusi. ¿Cómo han evolucionado estas tres variables a lo largo de las cinco décadas de andadura que ya calza esta fiesta?
Vamos por partes: los conciertos. La apabullante barra libre de música en directo que se desplegaba en cada edición era un gancho para todo tipo de públicos. Y sí, por desgracia el verbo está correctamente conjugado. Al menos en los últimos cinco años, el programa musical del Ayuntamiento deja mucho que desear para tratarse de una ciudad históricamente tan ligada a la música y que ha presumido de su acogida a las vanguardias. El malestar generalizado sale a relucir en todas las conversaciones.
Son odiosas las comparaciones temporales, pero una no puede evitarlas. Atrás quedan los tiempos de apertura tras la autocracia, cuando las instituciones públicas regaban la escena musical con fondos para que todo ser viviente tuviese ocasión de desarrollar un gusto musical propio tras ver actuar a la crème de la crème en las fiestas de su ciudad —se daba por sentado un consecuente impulso a las salas de conciertos que nunca llegó—. Recordemos que, desde 1978, han actuado contratados por el Ayuntamiento de Bilbao Iggy Pop + The Stooges, Pet Shop Boys, The Pogues, The Prodigy, Coldplay, Dover, Earth, Wind & Fire, Simple Minds, Amaral, Chenoa, Jeannete, Juanes, Mägo de Oz, Mano Negra, Manu Chao, Melendi, Primal Scream, Public Enemy, Violadores del Verso, Siniestro Total, y no sigo porque es verdaderamente para sonrojarse. ¿A qué se debe este bajón en cantidad, calidad y diversidad de saraos que se celebran con financiación pública en las fiestas de la Villa?
No hace tanto tiempo, allá por 2019, se anunció al —en aquel entonces— artista del momento: C. Tangana. Cuál fue la amarga sorpresa de la chavalería al recibir el anuncio, dos semanas antes, de su cancelación. El motivo: un change.org iniciado por un sujeto que clamaba al cielo por sus letras “machistas”, reuniendo 10.000 firmas en menos de 24 horas. Parece que el consistorio bilbaíno vio peligrar el voto del ciudadano bien y decidió no jugársela. La historia terminó con un rebotado C. Tangana alquilando Fever dos días consecutivos y colgando el cartel de sold out en sendos conciertos gratuitos, orgulloso de esquivar la censura. Por cierto, al año siguiente Bad Bunny se presentaba como cabeza de cartel para un BBK Live que también exprime económicamente al Ayuntamiento (no llegó a celebrarse por motivos obvios).
Lejos de ser una anécdota, este incidente puso de relieve los nuevos baremos de los concejales, quienes comenzaban a primar la corrección política, las medidas de seguridad y el cumplimiento de los aforos sobre el buen rollo. En cierta manera es comprensible: en el mítico concierto de Manu Chao en la Aste Nagusi de 2001, 10.000 fans procedentes de toda Europa desbordaron la Plaza del Gas. Aquella masa humana que se comportaba como un fluido era peligrosa; la vía más fácil para atajar el problema era sin duda bajar el listón, empezar a traer a artistas y grupos con escasa capacidad de convocatoria. No es un secreto que el Ayuntamiento cuenta con un presupuesto de alrededor de un millón de euros para los 100 conciertos que provee en Aste Nagusi; se antoja difícil remar tan a la contra del sentir popular. Hagamos memoria de aquella osada confesión que nos brindó en 2023 el actual alcalde: “Quien quiera escuchar música, que vaya al BBK Live”. Con este es sustancialmente más generoso; al fin y al cabo, entre ambos eventos apenas se interponen seis semanas. Ya es vicio de melomanía, ¿no? Los grandes conciertos han caído en las garras de los festivales de pago sin posibilidad de retorno.
Guardémonos la desesperación: ¡todavía hay quien resiste! Se podría decir que las fiestas suceden a dos velocidades: en los actos promovidos por el Ayuntamiento y en aquellos de iniciativa propia de las konpartsas. Sin quitar mérito al mérito de todas ellas, he aquí una breve, ligera y extremadamente personal guía de las mismas, contrastada en campo con colaboradores externos: Algara (perteneciente a la asociación Zenbat Gara, de la que forma parte el Antzoki) cuenta con una de las mejores propuestas de conciertos y un sonido fino en directo gracias a su ubicación apartada, seguida de cerca por Kranba! (vinculada al movimiento okupa) con una extensa variedad de géneros sobre el escenario, además de amenizar las veladas con pinchadas de vinilos de alta calidad. La búsqueda de juerga es saciada en Txinparta feminista y Piztiak (antiespecista), opciones animadas y seguras frente a la clásica Pinpilinpauxa (LGBT) cada vez más abarrotada. Moskotarrak es una zona que personalmente evito. En realidad, hay una zona más siniestra al otro lado de la ría: Gogorregi… Las konpartsak presentan platos para todos los gustos y escenas, aunque inevitablemente se vayan repitiendo los mismos grupos locales año tras año —la falta de relevo generacional es tremenda y su presupuesto es limitado— en un lugar pequeño al fin y al cabo. Para entender su modus operandi, es relevante mencionar la huelga de técnicos de espectáculos por un convenio digno, convocada en la presente edición. Durante la tercera jornada de huelga, todas las konpartsak cancelaron sus espectáculos en directo en solidaridad con los trabajadores; una acción aparentemente sencilla en la que no hubo fisuras, al igual que su apoyo reiterado a vendedores ambulantes o manteros.
Vista una primera aproximación del recinto festivo, mi consejo para quienes osen adentrarse en el agujero negro del Arenal es que a veces toca conformarse y dejarse llevar por el grupo. La opción alternativa es vagar indefinidamente de txosna5 en txosna en busca de una música perfecta que nunca termina de llegar. A veces Metrika es suficiente… en otras ocasiones acabas en sets de reggae inesperados. Ahí va otro consejo: evitar las primeras filas del txupinazo6 a no ser que se haya cumplido recientemente la mayoría de edad, se lleve encima un estado de ebriedad considerable o tenga uno especial fetichismo por ser embadurnado con una mezcla infausta de huevos y harina. El posterior baño en la ría es solo para valientes.
Aun cuando empiecen a pitar los oídos, hay Aste Nagusi para rato más allá de la música. La transformación que adopta el esparcimiento mañanero es total: cuando unos marchan a descansar un par de horitas, otros van preparando las paelleras para el concurso gastronómico de rigor. Iniciativas más inofensivas también campan por todos los rincones de la ciudad: las barrakas en el Parque Etxebarria, danzas vascas, gargantuas7, pasacalles de cabezudos, el concurso de fuegos artificiales… De las ediciones primigenias se conservan los musicales y el teatro; los toros andan de capa caída.
Pasemos al segundo punto: la cerveza. Para abastecer a las txosnas se bombean 60.000 litros de la autóctona La Salve a través de una red de 1,7 km de tuberías, impresionante obra ingenieril que trata de satisfacer una sed inhumana, abisal. El consumo de alcohol no conoce restricción horaria alguna: a cualquier hora del día se pueden detectar los vasos reutilizables sujetos a mosquetones. ¿Moderno, vasco o disfraz? En los bares colindantes del centro la situación es similar: txikiteros8 de toda índole no perdonan un trago. Consecuencia: son las fiestas más pegajosas y malolientes que he tenido el placer de pisar. Ante el aroma de pis y mierda expulsado por el propio pavimento cobra sentido el uso indiscriminado de las Salomon. Sandalias, bailarinas monas o zapatos de vestir mejor dejarlos en casa.
Como novedad, este año se ha impuesto forzosamente el sistema de facturación digital TicketBai, que obliga a todas las txosnas a declarar sus ingresos a Hacienda, además de adquirir datáfonos para el pago con tarjeta y a emitir tickets si el cliente cenizo así lo pide. Por suerte, estos son residuales y el dinero en efectivo ha sido, como cualquier otro año, el principal medio de pago de las consumiciones. Tengamos presente que en estas organizaciones sin ánimo de lucro colaboran unos escasos 3.000 voluntarios para dinamizar una ciudad durante todo el año, no solo durante esta semana loca. En carnaval, en Santo Tomás y en fiestas de los barrios ofrecen desinteresadamente su tiempo y su esfuerzo. A menudo faltan manos y piernas para montar el andamiaje, hacer turnos en barras, limpiar, decorar las casetas, pensar en mejoras para el año que viene… Tratarles como si cargasen con las siglas S.A. constituye una diestra maniobra para acorralar un poco más el alboroto horizontal que tanto ha costado armar.
¡Y finalmente llegamos a la revolución! ¿Dos millones de personas son multitud? Esta edición de las jaias ha sido calificada por el Ayuntamiento como “la mejor de la última década” por el récord de participantes. El monstruo muere cuando deja de crecer9. Aste Nagusi ya aparece como destino sugerente en emails promocionales del Verano Joven de Alsa. Incluso saltó a la gran pantalla con “Jone, batzuetan”, paseada por certámenes internacionales y por Filmin. Las ínfulas corporativas de convertirla en el próximo San Fermín son difíciles de ocultar; la promoción turística de la ciudad y sus fiestas arroja miles de euros en bares y hoteles.
Se ha evaporado el sitio para moverse, para bailar. En fin de semana, una llega a tardar la friolera de 40 minutos en pedir en la txosna. La masificación conlleva forzosamente la pérdida del espacio. Las extintas hordas de punkis contrastan con el nuevo visitante de estas jaias: pulcro, cosmopolita, más reggeatonero y pop(p)ero que reivindicativo. Hay quienes tuercen el gesto ante los mensajes políticos que exhiben las txosnas; criaturas, desconocen que se encuentran en la celebración más ácrata, satírica e irreverente jamás concebida. Ocio y política siempre han ido de la mano, aunque alguno pretenda ignorar que el tono se ha ido suavizando con los años —en 1986, las txosnas rezaban eslóganes como “policía asesina” y pintadas de cierto grupo terrorista—. Pese a inundaciones, pandemias e intentos de privatización, el carácter original de las fiestas perdura. Es cierto que de los pies negros nada queda, solo el Kallejero Punk como residuo, pero no cedamos a la nostalgia y afirmemos que no todo tiempo pasado fue mejor: la disminución de gresca, navajazos, sobredosis y agresiones sexuales es un logro común por el que sacar pecho.
Es vox populi que se percibe un punto de inflexión en el aire. Para todos aquellos que ocasionalmente lloriqueamos por unas jaias que ya no son lo que eran, guardo un jarro de agua fría: somos nosotros quienes hemos cambiado. Nunca faltarán aspectos mejorables y la autocrítica es sana, pero ni por esas: no se puede recuperar la diletancia de los 19 años y mejor asumirlo cuanto antes. El paso del tiempo desgasta y ahora tenemos que poner encima de la mesa el doble de entusiasmo para ver amanecer. Con más razón debe seguir llegando gente nueva a aprender las tradiciones de Aste Nagusi o a darles una vuelta por completo.
¿Es posible mantener la esencia cuando algo se da a conocer de manera tan masiva? Ahora que Bilbao está de moda entre los guiris, ¿cómo evitar que acudan más foráneos que sospechosos habituales? No se puede y precisamente ahí reside su encanto: todo el mundo es y será bienvenido a estas jaias eclécticas. Esperemos que la motivación de quienes se dejan neuronas y manos por organizarlas cada año sea contagiosa, que quienes las visitan aprendan a pedir una kaña en euskera e indaguen sobre el sentido único de esta semana.
Con las cenizas de Mari Jaia aún calientes y los restos de purpurina en los bolsillos, es el momento de preguntarnos qué tipo de fiestas deseamos, antes de que se conviertan en el próximo San Isidro madrileño —con toda mi solidaridad hacia los vecinos que luchan por recuperar sus celebraciones—. Me resulta difícil imaginar una Aste Nagusi fagocitada por las instituciones y empresas que tanto la codician; aunque los gargantuas que decoran el Metro estén patrocinados por bancos y petroleras, las txosnas siguen vertebrando la fiesta y sus actividades no han perdido un ápice de participación, frescura ni independencia. Seguid viniendo e implicándoos en el disparate, por favor, no dejéis de venir a imaginarlo y a vivirlo.
1 Aste Nagusi: En euskera, “Semana Grande”.
2 Pasapote: Folleto que las konpartsak reparten el primer día de fiestas con una página por cada txosna. El reto es pedir una consumición para conseguir un sello o pegatina de todas ellas.
3 Konpartsa: Grupo con identidad y espacio propios en Aste Nagusia. Hay 27 miembros oficiales —63 se han ido extinguiendo por el camino y otras tantas pugnan por entrar—.
4 Mari Jaia: En euskera, “señora de las fiestas”. Representa a una mujer con los brazos en alto de perpetua sonrisa y maquillaje semi-drag —¡No tolerará que se le llame muñeca!—. Al finalizar las fiestas es quemada en la ría a modo de despedida.
5 Txosna: Espacio del que dispone cada konpartsa en el Arenal, con barras, escenarios, etc.
6 Txupinazo: Acto de inicio de las fiestas, marcado por la lectura del pregón y el lanzamiento del txupin (cohete) desde el Teatro Arriaga.
7 Gargantua: Un gigante de apetito enorme, figura tradicional de las fiestas vascas (los niños entran en su boca y a través de un tobogán son… ejem… cagados al exterior).
8 Txikiteros: Kuadrillas que van de txikiteo (poteo) por una ronda de bares y en fiestas señaladas cantan espontáneamente.
9 Steinbeck, John (1939). “Las uvas de la ira”.
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