Artes

Fran Santa Cruz inaugura la Galería MÄA: “La función de una galería de arte es dar tiempo libre al artista”

“La ciudad está muy triste tras su época dorada, ha llegado el momento de coger el testigo y recuperar esa energía.”

20 de julio 2026


Desmintiendo la creencia de que es necesario mudarse a la capital para encontrar un hueco en el ecosistema artístico, Fran Santa Cruz estrena a sus 24 años la Galería MÄA, un esperado nuevo espacio de arte en Bilbao. De la mano de la Galería Ármaga de León, el local arranca con el color negro como hilo conductor, con el que Fran homenajea sus raíces leonesas. Esta ciudad teñida de hollín —históricamente ligada al territorio vasco a través de la exportación de carbón para la industria— comparte con Bilbao el mismo pasado ennegrecido por los Altos Hornos y el acero. Precisamente, MÄA se abre al público a través de un gran ventanal en el Muelle Uribitarte, colindante a la antigua aduana de la ciudad, donde arribaban las mercancías por barco y ferrocarril.

El origen común de León une a los artistas de la exposición inaugural, a quienes Fran pone en diálogo con tres artistas emergentes de Bilbao. “Me interesa la conversación que se genera entre una obra que podría estar en el Museo Reina Sofía con la pieza de alguien que está empezando su carrera”. Su carta de presentación acoge a artistas constituidos como Félix de la Concha, Daniel Verbis, José de León, Alberto García-Alix, Pablo Maojo, Reme Remedios, Amancio González, Teresa Mancedo y La Chunga, junto a nuevas voces como Panda Benito, Carmen Valero y Judith Voet.

Para un lugar en ebullición, que llegó a albergar decenas de galerías a finales de siglo y que inevitablemente ha sido testigo de su cierre paulatino —debido a sucesivas crisis económicas, al cambio de modelo de la ciudad y a la cascada de jubilaciones—, esta inauguración supone una vuelta de tuerca en el sector, anhelante de manos e ideas frescas. “La ciudad está muy triste tras su época dorada, ha llegado el momento de coger el testigo y recuperar esa energía.” Consciente de que su juventud es una gran ventaja en este mundillo, Fran espera atraer a gente joven que habitualmente no frecuenta los espacios más tradicionales. “Estoy sintiendo un fuerte apoyo por parte del gremio, ven esperanza en mi proyecto. Solo por eso, ha merecido la pena emprender.” En un oficio tan absorbente que constituye una forma de vida en sí mismo, muchos galeristas siguen al pie del cañón a los 85 años. “Uno nunca deja de dedicarse a esto pero llega un momento en el que no se puede mantener el ritmo que supone, el tiempo y la energía son limitados. Otros galeristas locales agradecen que tome el relevo justo ahora.”

Oriundo de un pequeño pueblo de León, los estudios artísticos trajeron a Fran Santa Cruz a Bilbao, donde reside desde hace seis años. Aprendió el oficio gracias a la Galería Ármaga, con la que mantiene una estrecha relación profesional desde hace años. “Todo se lo debo a Margarita y Asunción, las fundadoras. Habíamos colaborado juntos anteriormente y un día les propuse crear mi propio espacio.” Su añoranza de la ciudad, junto al presentimiento de que aquí podían suceder cosas, le hicieron regresar a Bilbao para dar este salto. “Creo que el tope no está cubierto, como en Madrid o Barcelona, donde es muy difícil encontrar un hueco. Además, me apetecía descentralizar un poco el panorama.” En el ámbito nacional, tiene la sensación de que el arte contemporáneo vasco viene con una fórmula muy marcada que ha sabido combinar lo nuevo con lo viejo. “Veo futuro en Bilbao y en la industria cultural del entorno, tenemos una apuesta fuerte y coherente que está ganando presencia.”

Uno no se plantea crear una galería de arte de un día para otro. El detonante del proyecto se puede fijar en un viaje a Cadaqués, pueblo con un concentrado polo artístico. Al ser invitado espontáneamente a un evento privado en una galería de arte local, emerge por primera vez la sensación de que este mundo no está vedado, la posibilidad de llegar a formar parte. Sólo, rodeado de la jet set en un concierto de ópera lírica, el extrañamiento deja paso a la afirmación: también una persona anónima tiene cabida en esta realidad. “Me parece muy necesario intentar exagerar eso y lanzar un mensaje: venid porque podéis estar aquí, hay sitio para vosotros.” Si bien el mercado del arte es un monstruo feroz, con unos precios desproporcionados y un submundo que acongoja, no todo encaja en esa imagen que proyectamos de él. “Es importante para mí transmitir que he podido llegar hasta aquí sin grandes recursos económicos previos ni una familia que me apoyase; únicamente por mi interés en entrar.” Precisamente, la galería recibe al visitante con una obra que hechiza sin piedad: “Anónimos en el Café Byron” de Eduardo Arroyo, pieza central de la exposición, reivindica el papel de las personas corrientes en el entorno artístico desde la figura de un alto exponente de la cultura, como es el propio pintor. “Me identifico con ese sujeto anónimo que anhela formar parte de algo que parece ser inaccesible.” 

Galería MÄA con “Anónimos en el Café Byron” de Eduardo Arroyo


El ambiente minuciosamente confeccionado en el local —flores frescas, incienso, ladrillo visto— contrasta con la agitación del exterior. “Era muy importante encontrar el espacio físico adecuado; lo cogí por impulso en cuanto vi el anuncio.” ¿Cómo se financia un proyecto así? Tras unos años de encargado en la compañía textil del momento, una etapa a la que confiesa deber todo su aprendizaje sobre el funcionamiento de un negocio —Inditex es una escuela de economía muy potente—, el verano en Cadaqués precipitó la decisión de montar la galería y volver a reencontrarse con el mundo del arte. Dejando atrás una nómina estable y la promesa de llegar a fin de mes holgadamente, combinó sus ahorros con el acceso a un crédito al emprendimiento joven. “He aprovechado mi juventud para solicitar un ayuda económica que me permitiese afrontar la inversión inicial.” La construcción de la galería como proceso corporal al que precede una burocracia horrible, machacando celdas de Excel para que cuadrasen los números. “Tras la vorágine administrativa, picar el suelo me ha traído mucha paz.”. La reforma ha sido acometida en soledad durante veinte días de encierro y trabajo físico, con dos esguinces y la mano inmovilizada de por medio. “Aun así, no termino de ser consciente del privilegio que es poder embarcarme en algo así. El proceso de recoger las obras de arte ha sido absolutamente mágico: he recorrido medio país en dos días y los artistas me han recibido en su casa, me han cuidado, me han dado la confianza de elegir,…”

Galería MÄA


¿Qué función tiene una galería de arte en nuestro tiempo? Fran Santa Cruz considera que un papel fundamental el puente que levanta entre artista e institución. “Somos como los managers de un cantante, llevado a la dedicación plástica.” Locales como el suyo colocan al artista en un circuito que permite a su obra llegar al público institucional. El espacio físico propicia que se generen conversaciones, juntando a perfiles muy diversos: desde el artista más pequeño, pasando por nombres consagrados, hasta directores de museos. “El aval de la galería tiene un papel fundamental en la construcción de una trayectoria artística; sin ella, sería muy difícil que Miró fuese Miró. El diálogo que se establece es lo que me ha enamorado realmente del oficio.”

En segundo lugar, está el rol económico. Frente al gran tema tabú de nuestro tiempo de cómo vivir del arte sin recursos previos, la galería abre una puerta a los creadores para delegar la gestión y la monetización de su obra, evitando ese quebradero de cabeza que puede repercutir negativamente en su práctica artística por la falta de tiempo. “Por mucho que nos disguste el mercado, necesitamos dinero para vivir y a mí nada me parece más privilegiado que poder permitirse ser artista full-time y no verse obligado a compaginarlo con otro trabajo. Para desarrollarte como artista necesitas disponer de tiempo libre: la función de la galería es ofrecer ese tiempo libre al artista. Me encantaría ver mi galería crecer para ayudar a artistas nóveles a entrar en el circuito institucional, que ganen visibilidad y que empiecen a vivir de su arte.”

Finalmente, una galería permite aproximarse al arte a pie de calle, sin necesidad de pagar una entrada, facilitando el acceso universal a la cultura. “La cercanía que te permite la galería de arte y la intimidad que te ofrece con una obra como espectador es algo que siempre me ha fascinado. Acercamos la obra al público general, aquí es bienvenido todo el mundo. Además, me apetece llevar la galería a un entorno social, no todo es vender arte.” Por otro lado, como en cualquier negocio, es necesario obtener cierta rentabilidad para sobrevivir. “Hablar en del arte estos términos me resulta frío y frívolo, me cuesta encontrar las palabras, pero la realidad es que tengo unos gastos mensuales. Me parece importante hablar de esto porque percibo cierto estigma ante la figura del galerista: Somos personas que tenemos que cuidar nuestra imagen hacia fuera y nuestro producto es muy caro pero organizar exposiciones gratuitas de alto nivel implica muchos gastos en el alquiler del local, seguros, vigilancia,…” Para ello, al igual que los museos y otros negocios culturales — librerías, salas de conciertos, etc. — se agendan exposiciones de artistas potentes que aseguren suficientes ingresos “para poder hacer el resto del año lo que nos dé la gana, invirtiendo nuestro tiempo y nuestro espacio en artistas más pequeños en los que también creemos.”

La relación entre artistas emergentes y consagrados es muy estrecha: el primero no podría existir sin el segundo, si bien sus realidades vitales son completamente diferentes. “Ahora mismo, un mayor número de gente tiene la suerte de poder dedicarse profesionalmente a la práctica artística, no supone el mismo compromiso que hace 40 años. Antes, lanzarse a una carrera en las artes era un privilegio enorme y un sacrificio todavía mayor: toda tu dedicación y tu vida se volcaban en una ilusión incierta, muy poca gente podía permitirse ese lujo. Aquellos que lo lograban están ahora absolutamente teorizados en la historia del arte.” En contraste, este siglo de absoluto empacho visual continuo dificulta adquirir esa relevancia. La dedicación artística se ha democratizado, con la consecuencia de que el esfuerzo que debe realizar el artista para presentarse a sí mismo en redes sociales es mucho mayor.

“Es complicado destacar hoy en día, presentar algo novedoso en el ámbito plástico. Nuestra cultura y nuestras referencias convergen a escala global, tenemos estéticas compartidas y eso hay que abrazarlo, no es algo negativo aunque genere frustración en muchos creadores.” Especialmente interesantes considera Fran Santa Cruz las sinergias que surgen en las residencias artísticas, donde un proceso creativo atascado puede resolverse mediante la incorporación de elementos o formas de trabajo del compañero de al lado. “El arte es parte de la cultura y la cultura surge del pueblo. Cuanto más popular sea la obra, más riqueza va a contener, porque más sentido y coherencia va a tener en sí misma.” 

Galería MÄA

Volviendo a la galería, sostiene que lo más importante, tanto a la hora de comisariar una exposición como de comprar una pieza es “sentir esa conexión primera con la obra, tiene que ser un flechazo. Los galeristas trabajamos cuestionándonos qué compraríamos personalmente. Coleccionar arte no es una inversión económica sino emocional.” Su selección ha sido sencilla: “creo tanto en la obra de los artistas que tengo aquí en la galería, que me encantaría tenerla toda en mi casa.” Fran aboga por mirar la obra sin fijarse en el precio y plantearse las siguientes cuestiones: ¿Te emociona? ¿Te ves conviviendo con esa pieza en el día a día? Ante una respuesta afirmativa a ambas preguntas, el último paso es mirar el coste. “La gente se sorprende al descubrir que ciertas obras tienen un precio asequible, que valen menos que un ordenador.

Una reclamación histórica del sector es la reducción del IVA a la venta de obras de arte, que se ha mantenido por más de una década al 21%, significativamente superior al modelo predominante en el resto de países europeos. Consciente del reto de atraer al coleccionista bilbaíno —de fidelidad feroz al negocio y al artista de Bilbao de toda la vida—, Fran Santa Cruz asume el desafío con un lenguaje que transmite pasión y voluntad. “Bilbao me ha dado tantas cosas bonitas que mi discurso se ha afianzado, puede que no sea de aquí pero amo esta ciudad. Cada día estoy más de acuerdo con el dicho de que un bilbaíno nace donde quiere.”

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