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Anatomía de un estudio
Es como la vivienda: depende de tu nivel de precariedad y suerte.
17 de agosto 2026
Es como la vivienda: depende de tu nivel de precariedad y suerte.
En el imaginario colectivo, el artista sigue siendo una especie de criatura mitológica, y el estudio su guarida, donde esconde todos sus secretos y su magia. O al menos ocurre en el caso de los grandes artistas: los que tienen obras vendiéndose por millones en las casas de subastas de todo el mundo, los que ayudaron a inventar nuevos estilos artísticos, los que murieron demasiado jóvenes y los que son demasiado excéntricos. Pero la realidad es que la mayoría de artistas son más simples que todo eso. Y el estudio es también mucho más simple.
Los lugares a los que vamos a ver y conocer arte siempre son los mismos: la galería, el museo, la sala de exposiciones. Pero son siempre eso, espacios expositivos donde la obra de arte ya está no solo finalizada, sino también contextualizada e interpretada. El espacio expositivo es el destino, el lugar para el que parecen estar concebidas todas las piezas. ¿Y el estudio? El estudio es donde nacen, donde se almacenan, donde se distribuyen; y a pesar de lo fundamental que es para las obras, el estudio es el lugar que nunca vemos. Antes de llegar al museo, a la galería o a la feria –antes de llegar, por lo tanto, al Gran Cubo Blanco– la obra ha tenido que pasar antes por el error, el descarte y el proceso. Y de hecho es precisamente ahí donde en muchas ocasiones reside su significado. A pesar de ello, nunca vemos el lugar donde todo eso ocurre, y de esta manera el estudio permanece invisible.
Pero qué suerte tuvimos quienes estuvimos en València los días 12, 13 y 14 de junio y nos encontramos con las puertas de 22 estudios abiertas gracias a Obert Estudis. Entre inauguración e inauguración a veces aparece otro tipo de evento de apertura: el open studio, un momento en el que el estudio artístico abre sus puertas y convierte lo invisible en visible. Estas propuestas surgen directamente como iniciativa de los artistas, sin nadie que medie por ellos para mostrar su arte, y es precisamente así como surgió Obert Estudis: de manera horizontal y colectiva, un proyecto completamente autogestionado entre artistas y agentes culturales. Fueron más de 100 los artistas que participaron en este proyecto, coordinados por Marta Bueno (creadora del podcast Artchetypes) y Tomás Fernández (artista transdisciplinar). Durante tres días, la conversación y la accesibilidad fueron los principales protagonistas, abriendo las puertas tanto a artistas que todavía no se conocían entre ellos como a vecinos que se asomaban al balcón y a quienes la curiosidad acababa venciendo y bajaban a ver por qué había tanta gente joven reunida en locales que normalmente nunca veían abiertos.
Cuando pensamos en un estudio, es posible que se nos venga a la cabeza la imagen de un lugar con techos muy altos y aspecto industrial en el que un artista trabaja a solas. O quizás se nos venga a la cabeza la imagen de los minúsculos estudios de artistas que pinta David Macho: todo muy desordenado, muy abarrotado, caótico. La realidad es que, al igual que no solo existe un solo tipo de hogar, tampoco existe un tipo único y universal de estudio, sino que existen tantos como las distintas situaciones socioeconómicas en las que un artista pueda encontrarse. El estudio es como la vivienda: depende de tu nivel de precariedad y suerte. Y tal y como ocurre con la vivienda el estudio es, en la mayoría de los casos, un espacio compartido por necesidad. Es cierto que en el mundo del arte abundan los privilegiados, pero la realidad es que muchos de estos artistas no dejan de ser personas de clase obrera que tienen que compaginar la creación artística con el trabajo asalariado y que en vez de ganar dinero con su arte no hacen más que perderlo. Y por eso tienen la necesidad de buscarse entre ellos, de juntarse y de compartir espacios que preferirían o bien tenerlos para ellos solos o bien poder crear en ellos una comunidad basada no en la necesidad sino en la voluntad.
Y a pesar de todo, las pequeñas comunidades que se crean en los estudios son comunidades que, aunque han surgido por necesidad, se acaban convirtiendo en amistades y redes de apoyo. Durante Obert Estudis, entrar en un estudio era como asomarse por un momento a la cotidianeidad de esas comunidades, y durante esos días las personas ajenas a estos estudios acabamos formando parte también de esas comunidades, creando una más grande todavía. Gente que no había hecho más que intercambiar algún saludo en inauguraciones comenzó a entablar conversaciones, a quedar para visitar estudios al día siguiente, a tomarse una cerveza y comerse un chivito por las noches.
Pero volvamos al estudio, al espacio físico. Aunque no existe un solo tipo de estudio, al pasear entre estudio y estudio algo se hacía evidente, y es que la mayoría de los estudios de la ciudad eran bajos que un día fueron comercios. Los nombres de los propios estudios guardaban relación con el espacio que ocupaban: el nombre de la calle, el número del local, o incluso el nombre del comercio que solía ocupar aquel local (como Martirio 51, Sistemas, Padre Alegre o Estudio América, entre otros). Entre las excepciones de estos estudios ubicados en bajos comerciales nos encontramos con La Hidráulica –una casa en el barrio de Benicalap donde los artistas no solo crean, sino que también viven– y el estudio de Adrià Blanco, que no era más que su propio apartamento en el barrio de Ruzafa.
Independientemente del tipo de estudio que fueran, todos podían situarse entre dos extremos: aquellos que se presentaron como espacios más curados y limpios, y aquellos que lo hicieron como espacios de creación más crudos, sucios y desordenados. Todos los estudios eran retratos de los propios artistas. Al igual que nuestras casas pueden hablar de nosotros, también los estudios lo hacen de quienes crean en ellos: cómo trabajan, cómo piensan, cómo se perciben a sí mismos. A excepción de aquellos lugares más curados y más cercanos al espacio expositivo que al creativo, la mayoría de estos lugares ponían de manifiesto algo evidente que solemos olvidar, y es que el arte no nace limpio sino que lo hace rodeado de intentos, de errores, de descartes. Suelos llenos de manchas de distintos colores, con botes de pintura utilizados como soportes en los que se apoyan las paletas y los pinceles. Estanterías llenas de botes de pintura en spray, botellas de aguarrás, pequeños botes de tinta china y libros (todo junto, sin ningún tipo de jerarquía ni miedo a manchar). Caballetes vacíos apilados en cualquier rincón disponible. Mesas con pedazos de escayola, martillos, alicates, radiales. Escritorios con apuntes, bocetos y notas. Bastidores sin lienzos y lienzos sin bastidores, pero también lienzos con bastidores apilados.
Y de entre todo esto, ¿cuáles son las obras terminadas y cuáles son las que están por terminar? La única obra finalizada es la que ya ha salido de estos espacios: la que está expuesta en un museo o en una galería o en la casa de un coleccionista. Pero el estudio es un espacio incierto y ambiguo, donde el artista en cualquier momento puede modificar sus piezas, y por lo tanto toda pieza que se encuentre en el interior del estudio será una obra sin terminar. De alguna manera también así fue Obert Estudis: algo incierto y ambiguo donde se fue forjando algo que durante unos días fue muy especial y que, al igual que ocurre con el arte que permanece en el estudio, sigue abierto al cambio. Quizá por eso entrar en un estudio resulta tan fascinante: porque por un momento podemos ver el arte en potencia antes de que se convierta en una certeza.
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