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Alberto Velasco. La jácara de los cuerpos imposibles.
Yo no siento que haya conquistado nada, en ningún momento. Siento que el empuje es lo que importa. La sensación de querer ensanchar.
1 de octubre 2026
Cae la noche en el Círculo de Bellas Artes y las butacas del Teatro María Guerrero se llenan de cuerpos. Cuerpos, que es el tema central de la 3º edición del Festival de las Ideas de Madrid y también, la razón que nos une. Cuerpos altos, pequeños, ancianos, disonantes, mestizos, blancos, adolescentes, heridos, intactos. Todos. Para cada cuerpo, una butaca distinta. Para todos los cuerpos, un mismo escenario: un espacio cubierto de sátira, osadía, rabia y justicia poética que la compañía Alberto Velasco ha transformado en una fiesta teatral reveladora ante el grito de ¡Jácara, jácara, jácara!.
La jácara de los cuerpos imposibles es un cabaret sicalíptico diseñado por Ruth Rubio y construido a partir de obras de autores y autoras clásicos del Siglo de Oro español, como Lope de Vega, Calderón de la Barca o Ana Caro de Mallén. Ante todo, es un espectáculo al que están invitados todos aquellos y aquellas que habitan los márgenes: quienes nunca fueron invitados al rígido y hermético baile del mundo. Un espacio para quienes pocas veces pudieron verse representados por las narrativas clásicas y tuvieron que escribir de cero sus propios relatos. O, con más insistencia aún, para quienes siempre estuvieron en la historia sin que apenas nadie supiera verles. Una fractura y un puente. Un trance metateatral en el que no sabría decirse con claridad dónde empieza la obra y dónde acaba la ficción, dónde acaba la verdad y dónde empieza la vida misma. En palabras del propio Alberto, y como dijo la poeta, dedicamos esta obra a todos aquellos seres en constante estado de grieta.
(...)
Siempre habrá palabras nuevas
cuando las necesitemos.
Respuestas tenemos pocas:
que el género se performa,
lo demás: todo preguntas
habrá que ensayar la vida
para entenderla y cambiarla.
Espero a Alberto para hablar a la salida del teatro. Me recibe tan cansado como alegre y extasiado, con el éxtasis que solo sienten aquellos que, en su virtud y en su defecto, han decidido portar el arma curadora de la imaginación, de la fantasía.
«Una vez que la imaginación,
esa potencia irrefrenable, entra en juego,
nada, absolutamente nada, es irreversible.»
Gaston Bachelard.
…
Alberto, dices que esta obra nace de imaginar los espectáculos que te gustaría ver. ¿En qué momento de tu trayectoria decides que necesitas crear algo que tú mismo quieres ver como espectador?
Creo que tengo como un archivo de deseos que quiero ver en espectáculos. Y luego me pasa mucho que, cuando veo otras obras, me gusten o no me gusten, para mí funcionan como disparadores de cosas que quiero ver. Deseo espectáculos que me hagan conectar con otras personas. Mi primera pieza fue un solo de danza-teatro que se llamaba VACA, sobre los cánones de belleza, en el 2006, cuando no había apenas un movimiento body positive, ni body neutrality, ni nada de eso.
Empecé porque era lo que a mí me latía. A partir de ahí, es como que no encuentro otra manera de hacerlo. A veces pienso que me encantaría encontrar una manera de hacer menos comprometida. A veces pienso, joder, qué guay sería hacer algo que no te atravesara tanto. Algo que no te tocara tanto. Pero es que si no, no sé hacerlo.
¿Pero que haré yo con esta espada, no? Como diría Liddell.
Pero que haré yo con esta espada. Efectivamente.
Vayamos a los cuerpos imposibles. ¿Quiénes son, para ti, los cuerpos invitados a esta Jácara?
Todos los cuerpos que sienten que no merecen, que no son válidos en este mundo. Vivimos en una sociedad tremendamente hostil con la corporeidad, con un miedo tremendo a los cuerpos. Hay una gran presión sistémica sobre cómo ha de ser un cuerpo que es visible, sobre cómo se estructura el deseo alrededor del cuerpo, su validez y el capacitismo.
Para mí todos los cuerpos que han sentido en algún momento que no son válidos, que no son dignos de amor, son los monstruos de esta Jácara. Y como el abanico es tan amplio, es el 99,9% de esta sociedad. Muy pocas personas se sienten con el poder de la normatividad. Incluso yo tengo amigos o amigas que digo, sois hipernormativas, cumplís el canon, y aún así tienen miedo, tienen traumas o sienten que no son suficientes. Me parece que el sistema lo ha hecho muy bien para tenernos así de domesticados.
En esta obra se habla, entre otras cosas, de “ensanchar el mundo” y de abrir espacio a quienes nunca se han sentido interpelados por las narrativas clásicas. ¿Qué significa para ti ese ensanchamiento? ¿Cómo se lleva a cabo en la vida y cómo se traduce en la escena?
Me encanta que me hagas esta pregunta porque es un presente continuo. Yo no siento que haya conquistado nada, en ningún momento. Siento que el empuje es lo que importa. La sensación de querer ensanchar, porque la fuerza desde fuera es tremendamente opresora. El lugar hacia el que vamos políticamente, hacia dónde va el mundo, es una fuerza tan opresora, tan constreñida, que ese acto de ensanchar es esencial para buscar esas grietas en las que contarnos y vernos y sentir que no estamos tan solas en el mundo. Pero es una fuerza de presente continuo, de empujar. No hay descanso. Y esto también es una putada. No hay descanso para los que estamos fuera de los márgenes de la sociedad. No hay descanso.
Las cuerpas que vienen a colaborar con nosotros al final nos lo dicen. Es que somos agredidas todo el rato en la sociedad por miradas, por insultos, por agresiones. Por eso me parece muy importante ensanchar y no sé si se consigue, pero intento que sea desde el amor. Ya bastante violencia recibimos. Yo la rabia ya la he pasado. Ya he querido poner bombas. Claro que tienes esos deseos de violencia, pero es que no me da la gana más. No quiero que me quiten la alegría.
Hablando de luchas, me gustaría que hablásemos de esa gran arma que es la imaginación. Vivimos en una época en la que parece que todo se ha dicho y se ha contado, pero nada más lejos de la realidad. ¿Qué papel juega en tu vida y en tu trabajo la imaginación?
Es un salvavidas. O sea, un salvavidas total. No solo para imaginar realidades posibles que luego puedan ser en un escenario o en mi propia vida, sino también para imaginar a otros Albertos y otras posibles relaciones entre esos Albertos. Para mí la imaginación es fundamental en la vida para ir más allá, para preguntarme el por qué.
Aquí hilo con lo anterior. A veces me encantaría no ser así y ser tranquilo, tener un trabajo de 8 a 3 y luego no preguntarme nada más del mundo, pero creo que no he nacido para eso. Y estoy encantado, porque soy una persona mucho más libre, mucho más confundida, mucho más contradictoria, por supuesto. Con muchas aristas, nada plana, pero cada vez me gusta más ser así. La imaginación es el vehículo que nos conecta a todas, porque todas la tenemos.
En tu obra vemos cuerpos que existen porque alguien los ha imaginado y, al mismo tiempo, descubrimos que hay cuerpos que desaparecen cuando nadie los imagina. En relación con el contexto actual, ¿crees que hemos agotado nuestra capacidad de imaginar o que, por el contrario, es precisamente la imaginación lo único que impide nuestro agotamiento?
Subrayo esta última frase, absolutamente. La imaginación es la única posibilidad de futuro que nos queda. Con la inteligencia artificial soplándonos en la nuca —repitiendo unos patrones de forma muy inteligente y fina, pero patrones al fin y al cabo—, los únicos que podemos imaginar otras cosas somos los seres humanos y, afortunadamente, lo único que queda es el arte en vivo. O sea, la IA esto que tenemos tú y yo aquí, este mirarnos a los ojos, este compartir, entender la respiración, la conversación... esto no lo puede tener y tampoco nos lo puede quitar. Todo cambio empieza ahí, siendo una idea.
Para crear La Jácara de los cuerpos imposibles, vuelves a los textos clásicos de la literatura y citas a Lope de Vega. «No siempre suya ha de ser la historia y la pluma». Pero ¿Qué pasa cuando la pluma ya tiene nombre, cuando la historia ya está contada bajo el peso de la norma? ¿Qué has descubierto en ese acto de rescatar y también de reinventar y reescribir textos del Siglo de oro?
Volvemos a la imaginación. Me ha encantado ficcionar desde otra mirada algo que ya estaba dicho. Esto lo han narrado de una manera, pero es que ahora yo puedo volver atrás y narrarlo, con los mismos ingredientes, de otra manera totalmente distinta. Y tiene que ser igual de válida que la que tú has marcado. Porque toda mirada hacia el pasado, basado también en historiografía, claro, es una ficción, depende de los puntos que se quieran unir.
Si yo pongo la mirada en buscar performatividad en el Siglo de oro, la voy a encontrar y va a estar. Lo que pasa es que ha sido anulada de la historia. Han contado, como siempre, la historia de una única manera. Por eso me parece muy importante este trabajo que están haciendo muchas medievalistas queer de volver atrás para rescatar, porque luego va a venir algo muy peligroso, que es que la inteligencia artificial lo va a tener todo digitalizado. Cuando alguien le dé la gana va a poder borrar la historia y no va a haber papeles ni libros físicos que sean testigo. Si les dejamos, nos van a borrar del mundo. Esto tenemos que tenerlo muy presente.
Es esta idea, también visible en escena, de que si analizamos la historia con cierta perspectiva social o de género, podemos encontrar lecturas mucho más amplias, porque, como se dice en la obra, siempre fuimos y seremos. También quería que hablásemos de la censura, precisamente, y de toda esta peligrosidad de dejar de narrar ciertas vidas. En contraposición a eso, narrarlas hasta la extenuación, hasta que olvidarlas sea imposible.
Sí. Y con mucho morro, o sea, ser desleal incluso a la historia, mira lo que te digo. Anda que no nos hemos tragado historias de capitanes y de conquistas y de colonialismos, historias épicas de Napoleones y señoros. ¿Por qué no voy a poder yo narrar una épica de un evento queer que ha existido? Pues yo ahora le doy la épica que a mí me da la gana, porque también la épica nos pertenece. No solo ir pidiendo perdón, y el huequito y el respeto. Porque también es mía la historia y la pluma. Y tuya, y nuestra.
Alberto, si este espectáculo es un manifiesto para quienes habitan los márgenes ¿Qué cuerpo imposible te gustaría ver en escena que aún no ves?
Echo mucho de menos ver a personas mayores en escena. Bueno, y ver en la vida a gente muy mayor. Con convicción, echo mucho de menos el respeto a las personas mayores en esta sociedad en la que aquello que no sirve lo apartamos. Erróneamente, las personas mayores son apartadas e ignoramos su sabiduría y su manera de estar en el mundo. Yo echo de menos las arrugas en la vida, en los sitios. Compartir espacio con personas mayores; por supuesto escenarios, pero también plazas, parques. Lo echo muchísimo de menos.
Estoy cansado también de ver en el arte dramático a gente de 40 haciendo de abuelo. Hay alguna persona por ahí que rompe con esto, pero pocas. Quiero arrugas, quiero carne.
Y, para terminar, dime. ¿Qué podemos hacer hoy por los cuerpos del futuro?
Lo que me viene, así como un ímpetu, es tener fe en la ternura.
Tratarnos con ternura, o sea, poner este ingrediente básico para tratar a los cuerpos con ternura y con calma, y tratar un cuerpo bien y saber que es una posibilidad estar en el mundo tratándose bien, para los que vienen. Nosotros nos tratamos como el culo. Todo el día nos rondan unas voces que nos dicen unas cosas espantosas. Todo el día, en todas partes.
Si pudiésemos limpiar el mundo de esa voz de mierda y darle a los cuerpos del futuro amabilidad y ternura, firmaría.
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