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Levantar cabeza
Pensé en un cuerpo siendo golpeado por una bola de acero, haciéndose añicos en el acto
12 de junio 2026 · 1 comentario
Pensé en un cuerpo siendo golpeado por una bola de acero, haciéndose añicos en el acto
El día que empecé a pensar este texto yo cruzaba los antiguos Callejones de El Perchel, de camino a la manifestación por la vivienda del 9 de noviembre de 2024. Caminaba hacia delante cuando el sonido de una grúa de demolición me sacó de mi ensimismamiento. Alcé la cabeza y observé atónita cómo una bola de derribo impactaba contra el muro de piedra que hasta entonces las vecinas, que miraban conmigo, habían llamado barrio, habían llamado casa. Lo vi, al igual que vi cómo el cartel de “El Perchel no se vende” caía al suelo hasta perderse entre los restos de hormigón y volverse inteligible entre el escombro. Pero esto, claro, no era inesperado para nadie.
La ciudad estaba avisada del derribo desde que, años atrás, unas 50 familias vecinas habían denunciado que una promotora quería usar las viviendas para nuevos proyectos urbanísticos y turísticos. Después de mucha lucha y mucha resistencia comunitaria, el barrio “salió ganando” -dicen-, porque sus familias fueron realojadas en otras zonas. La cuestión es que aquella, como todas las luchas vecinales, no era solo una batalla por la vivienda, sino una cuestión de identidad. Un intento de sostener un pedazo, aunque fuera, del patrimonio y de la memoria que allí dormían mientras la grúa iba y venía contra la pared de ladrillo.
Una imagen que no puedo borrar de mi cabeza es la del edificio en el momento de su demolición. Cuando la bola de acero impactó contra el muro, la estancia se quedó partida por la mitad, como un cuchillo que parte una tarta y deja ver sus colores. A la vista de las calles quedó una vieja casa de dormitorio azul, cocina amarilla y baño rosa. Mitad y mitad de un hogar dividido, expuesto bruscamente al sol, como una casita de muñecas a la que le han quitado todos los habitantes. Recuerdo el carrito de bebé que se quedó colgando de los muros durante al menos dos semanas. Recuerdo pasar cada día de ese invierno por la zona y quedarme inmóvil ante la imagen de un escombro. Han pasado apenas dos años desde la demolición y el edificio sigue en obras; ahora cada habitación es una mancha de color azul, amarillo y rosa que se va reduciendo a menos de estación en estación. Solo yo y el resto de vecinas que miraron ese día conmigo vemos restos de una casa entre las huellas. Ahora, cada vez que paso y veo el edificio sin su mitad, pienso en la imagen de un animal siendo degollado. En eso que dicen de que hay ciertos animales, como los pollos o las gallinas, que pueden seguir moviéndose durante segundos después de que su cabeza sea cortada del resto de su organismo. Es un repertorio de gestos que sobreviven, brevemente, a quien los dirigía. Un animal desertado de su cuerpo que busca algún lugar donde caerse.
A M le avisaron de que tenía que cambiar de casa año y medio después de mudarse al barrio, cuando ya la llamaban por su nombre en la frutería y en el bar. El día que me lo contó, me dijo que estaba hecha polvo. Me acordé de los edificios rotos, de las paredes cayendo al escombro. Derrumbada, demolida, por los suelos. Pensé en un cuerpo siendo golpeado por una bola de acero, haciéndose añicos en el acto. Un derrumbe puede ser una voz que te dice que dentro de tres meses te subirá el alquiler y tienes que cambiarte de barrio si no te lo puedes permitir, con la separación de bienes que eso conlleva. ¿Acaso no es esto como cortar la cabeza de las gallinas?, ¿Acaso el ejercicio de separar una y otra vez cabeza de cuerpo no es el ejercicio de quienes no pueden permitirse un hogar propio? ¿Podrá algo que vive en continuo traslado sentirse pleno alguna vez? Porque ese es el gesto de irse. Partir y partirse, como escribía Peri Rossi. Añadir nuestra cabeza degollada a otro cuerpo, nuestra cotidianidad partida a otro espacio - nuestra experiencia anterior a otro idioma, nuestra casa despedazada a otra casa.
De esta forma volvemos lentamente a ser llamadas por nuestro nombre en otra frutería o en otro bar, a sentir que formamos parte de lugares en los que no estamos solo de paso hasta que dicten sentencia. A realizar los movimientos que aseguran que no estamos todo el tiempo en un lugar desconocido al que hemos llegado por azar, o por supervivencia, o porque una mano más pudiente que la nuestra ha dicho, aquí tú, aquí tu cuerpo, aquí tu vida y aquí, hasta que yo lo decida, tu casa.
Veo las manchas amarillas, azules y rosas en la pared del viejo bloque cada vez que paso por allí. La cocina y el baño ya son apenas invisibles y para nadie más que para mí guardan sentido. A cada persona que pasa conmigo por allí le señalo el edificio y le comparto la historia del derrumbe, para que la memoria se expanda hasta volverse patrimonio colectivo y no individual. Sé que algún día pasaré por aquí y habrán tapiado el viejo bloque hasta que sus huellas no sean más que una anécdota de la cual no tendré pruebas suficientes. Una de las tantas consecuencias de la gentrificación y de la pérdida identitaria de las ciudades es que, por norma de seguir hacia adelante como pollos sin cabeza, corremos el riesgo de ser solo capaces de hablar en futuro y de desear en pasado. Temo que ya solo el que estuvo para verlo conozca. Temo que las historias de los vecindarios se sigan sobrescribiendo hasta que soñar con futuros mejores no sea más que decir te acuerdas cuando.
M cuenta que está feliz con su nueva casa. Seis meses después ya siente que se adapta a la zona y que la llaman por su nombre, como antes. Aunque hay ciertas cosas que echa de menos del barrio, dice, es lo que hay. Que hay que levantar cabeza para estar y para irse. Estamos atravesadas por un contexto que nos hace divisibles y fácilmente reemplazables. Aun en las ciudades queda esa conversación pendiente con lo anterior, con esa historia antigua que intenta sobrevivir a toda costa entre los edificios de cebra. Miro la ciudad que conozco deshacerse y a cada rato, escucho al vecindario clamando por las calles sus derechos. Cae un edificio y, al segundo, alguien recuerda. En la imagen de una vecina que arrastra entre los restos sus maletas, también se escribirá la historia.
*
cuando dejes tu pueblo
olvides sus fuentes
la plaza donde solías gritar
el viento afilado las noches de fiesta
el runrún del río después de la lluvia
el olor de la hierba y la tierra podrida
eso que ahora ya no vale nada
desearás que el deseo envejezca contigo
que no eches de menos
todo lo que un día tuviste
pues sería triste la vida
si en un piso pequeño
como en el que vives ahora
todavía escucharas
qué fuerte va el río
los gritos los niños
el silencio la plaza
todo lo que un día
tú fuiste
*Poema perteneciente al libro “Idealista”(autor anónimo) Editorial Barret.
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