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Espero que vendas los pantalones que te quedan pequeños

He aprendido a decir adiós a la ropa que me queda pequeña como en su día aprendí a decir adiós a chicos que no me hacían bien.

1 de julio 2026


¿Cómo estáis? No, en serio, ¿cómo estáis? ¿Cómo estáis ahora que el Ozempic y la delgadez extrema y a la vez el calor que invita a los tirantes y los pantalones cortos? Me imagino que peor de lo deseable. Lo siento mucho. 


Hace poco subí mis vaqueros favoritos a Vinted. Los compré con 16 años, cuando tenía el culo y las caderas más pequeñas, cuando tenía un serio problema con la comida. Eran unos vaqueros negros, que se plantaban un poco debajo del ombligo, anchos pero no baggy, mis vaqueros elegantes, mis vaqueros importantes, los que me ponía para hacerle ojitos a chicos y para dar charlas y para aparentar ser algo más que una chavala que lloraba frente al espejo. Fuimos muy lejos, esos vaqueros y yo. 


Tan lejos que ahora no me entran. Tan lejos que les he arreglado la cremallera ¿seis? ¿siete? veces después de romperla. Ya basta. No tengo 16 años y ahora tengo más culo, más cadera, más tripa, más todo. Y ya no tengo un serio problema con la comida. C’est fini. Me curé y ahora el aceite de oliva no me da miedo y las uñas no se me rompen y el pelo no se me cae y mis vaqueros favoritos me quedan pequeños. 


Lo que más me preocupa de la enfermedad, ahora que todo ha pasado, es la mezquindad que deja. A veces, cuando las cosas se complican y el miedo me muerde los tobillos, es esa misma chica de 16 años la que se mira en el espejo. A veces, entonces, soy horrible. Le pregunto a mi novio si me quiere menos ahora que he engordado. Odio en secreto a mis amigas más delgadas. Me hablo como si me dieran igual todos los tratados de paz que firmé en su día. Y no pueden darme igual. 


Yo me recuperé porque no quería morirme. Básicamente. Me recuperé porque la vida es más interesante que la enfermedad. Más interesante que mis vaqueros favoritos y mucho más interesante que la romantización enfermiza del sufrimiento.


Gané, lo que significa que decidí dejar de perder. Y ahora como helado y elijo la vida antes que el sufrimiento y sé mirar más allá del espejo. Ahora mis vaqueros favoritos están en Vinted y nadie los compra y yo no les bajo el precio porque sé lo que valen. Los idiotas de Vinted no lo sabrán, pero yo sé todo lo que estos vaqueros han visto. Escenarios muy grandes y consultas de psiquiatría. La herida original siempre parece ser la misma, pero la cicatriz se transforma. Yo aprendí a tener rango: los mismos vaqueros para ligar, para firmar libros, para mirar a la psicóloga que acabaría dándome el alta con ojos de hiena hambrienta y a la vez de cervatillo desesperado. He sido todo eso. Siempre llevaba vaqueros negros, estuviera eligiendo la destrucción o la vida.


El verano llegó como llegan las cosas deseadas y temidas: de pronto y con un pellizco. Me probé unos pantalones cortos, los que llevé el verano pasado en la playa. Me quedaban pequeños. Y el mundo no salió ardiendo. 


Llevo unos días hablando más con personas por Vinted que con algunos de mis amigos. Es una especie de operación Acabar-Con-Mi-Síndrome-De-Diógenes y también una especie de operación Aceptar-Que-El-Cuerpo-Cambia. Mi armario está lleno de ropa que no me entra, y prefiero saldo en Vinted que la melancolía extraña que algunos pantalones me despiertan. Ciao. Tuvimos algo bonito, pero ya pasó. Ojalá otra persona se enamore de ti tanto como lo hice yo y te cuide mucho. Pero nuestro tiempo ha acabado.


He aprendido a decir adiós a la ropa que me queda pequeña como en su día aprendí a decir adiós a chicos que no me hacían bien. Hay que dejar de mirar a los pantalones que no entran a través de la nostalgia. Solo eres un cacho de tela y mi culo ya no entra dentro de ti. No pasa nada. Vender mi ropa antigua es mucho más que algo levemente rentable: es aprender a aceptar el cambio. Estos vaqueros no me entran y está bien. No deseo el cuerpo que los portaba. No deseo el cuerpo de una niña adolescente, y aún menos el de una niña adolescente enferma. El cuerpo que entraba en esos pantalones era menos fuerte, menos feliz, más marchito, que el que les revienta la cremallera. Deseo un cuerpo sano y capaz, aunque eso signifique decir adiós a parte de mi armario. 


A veces me da miedo hablar de lo mezquina que me volvió la enfermedad. Como si quisiera deciros a todos “¡yo no soy un monstruo! ¡Yo soy una buena persona!”. And so what? A mí me reconforta leer a mujeres que intentan no ser malas, pero a veces lo son. Como si la empatía y las redes de apoyo también fueran de eso. El otro día mi mejor amiga dijo “tú y yo nunca hemos estado tan estables como estamos ahora”. Y nunca dejamos de ser amigas. Y quizá lo somos tanto porque hemos visto lo feo, la ponzoña, la mezquindad. Te quiero, sé que eres buena (casi como esencialmente), sé que sabes ser mala, sé también que intentas no serlo.


Una de las cosas más difíciles de la recuperación fue hacer frente a las contradicciones. Me gusta pensar que no soy mala, al menos no esencialmente mala, pero sería ingenuo contarme que no soy ruin a veces. Por otro lado, creo que el silencio es malo. Es malo que nos sintamos crueles en soledad. Pues claro que después de 7h de uso diario del móvil deseas estar delgada. Raro sería que no. Desear la delgadez no es un fracaso. No te hace mala persona. Pero eso tampoco significa que debamos ceder. Es decir: no te culpo por desear la delgadez, pero espero de veras que no caigas en la trampa. Lo espero por ti, lo espero por todas. 


Escribo esto desde el privilegio de que mi recuperación se diera en un cuerpo delgado. Escribo esto como chavala que conoce los límites del autodesprecio, como chavala que ha estado mal, mal casi en mayúsculas; pero como chavala cuyo mayor enemigo ha sido su cabeza. Yo habré sido una mala pécora conmigo, pero a mí el mundo me ha tratado bien. Y no puedo sentarme a escribir sobre el cuerpo sin decir esto. Me preocupamos todas. Me preocupamos todas porque el sufrimiento es universal, porque sé que todas podemos pasarlo mal, muy mal, mal como en mayúsculas, mal como en a veces parece que se nos olvida que de desnutrición se muere la gente. Pero, sobre todo, me preocupan las compas gordas. Porque el autodesprecio no es lo mismo que la discriminación. Y no podemos hablar de lo malo que es que la delgadez extrema vuelva a estar de moda sin hablar de lo peligrosa que es la gordofobia. 




¿Cómo estáis? No, en serio, ¿cómo estáis?


A mí nadie me ha preguntado, pero yo estoy mejor que cuando esos vaqueros negros me quedaban grandes. Pienso mejor, bailo mejor, me río más alto. No me enfado con la gente que se preocupa por mí. Sé estar presente, sin desaparecer en un pozo mental en el que solo se oyen llantos y latigazos. A veces soy ruin y mezquina. A veces deja de preocuparme que todo el mundo esté menguando para darme envidia. A veces. Pero ya no siempre. Lo más importante, me imagino, es que ahora soy persona antes que estómago vacío. Lo más importante, creo, es que elegí la vida. Y la seguí eligiendo cuando el heroin chic llamaba y el Ozempic hacía un baile mágico. 


Y ojalá esto pudiera ser así para todas. Ojalá recuperarse, para todas, nos granjeara un “cuánto me alegro” y no discriminación. Ojalá entendiéramos que debemos decir adiós al hambre, no solo cuando sin ella estamos delgadas, sino también cuando no.


Espero que todas vendáis vuestros vaqueros negros, y que no se sienta como un fracaso, sino como una reconquista. Este cuerpo nunca debió ser territorio para el hambre. I’m claiming it back. Y espero que entendamos que lo que en algunos casos es autodesprecio, en otros es discriminación. Espero que lo entendamos y que pongamos de nuestra parte para combatirlo.


Cuando yo consiga vender mis vaqueros, invitaré a mis amigas a un helado o chocolate caliente, según la estación. Esas amigas que saben que yo conozco elvocabulario de la crueldad, y que me han visto intentar no usarlo. Esas amigas que probablemente no saben cómo me quedaban esos vaqueros hace dos años. Esas amigas que me seguirán sosteniendo, pese lo que pese, porque este amor nunca dependió de eso. 

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