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Aparición en la Virgen del Carmen (sin la Virgen del Carmen)

Qué pena, ¿no? No tener dudas, aceptarlo todo como es.

7 de agosto 2026


Es la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo
(Niebla, Miguel de Unamuno).


Queridísima Mina:


No ocurrió como te lo contaron, pero sí es cierto que por la Virgen del Carmen tuve un encuentro curioso.


Como otros años, esa noche la señora Carmela organizó una fiesta en la puerta de su casa. Ofrece mucha bebida y poca comida al que quiera pasar por la plazuela que forman las barracas de pescadores que quedan en pie, donde desde la tarde empiezan a formarse corros ruidosos de quienes gritan y beben mientras esperan a que sea la hora de pasear a la Santa hasta el puerto.


Desde hace unos años, la señora Carmela saca también a la plaza un altavoz enorme con luces led. Siempre me pregunto qué hará para guardarlo el resto del tiempo, cuando la vida del pueblo se pliega a una intimidad pequeña, tan pequeña como 40 metros cuadrados de caseta, “muy bien aprovechados por su distribución”, como le gusta a ella recordar siempre.


Entre los invitados paseantes —solo los pescadores permanecen en la fiesta desde el atardecer hasta el final de la romería—, apareció esta mujer. Ya la había visto en otros Cármenes, siempre en torno a la medianoche y poco antes de que se arme la procesión.


—¿Vienes solo por la Virgen del Carmen? No hemos coincidido en otros momentos por el pueblo y no somos tantas por aquí —le pregunté.


—Vengo siempre, sí.


Asumí que no había contestado a mi pregunta no porque quisiera mentirme o ignorarme, sino porque el bafle ya martilleaba por encima de las chicharras y los gritos de los pescadores rebosantes de vino y anís. Son, sin duda, los borrachos más sinceros y los que mejor huelen. Pero ella no me respondió.


—Es una tradición bonita esta, y no quedan muchas ya. Me pregunto qué hará que la señora Carmela la mantenga con tantas ganas —continué.


—A ella la escribieron así, ¿no? Siempre ha sido así y podría decirse que no recibe corrientes de otros puntos cardinales.


“Lo que sea”, pensé, pero respondí:


—Es admirable.


—¿Sí?


—Bueno… —titubeé—, es difícil en estos tiempos, supongo. Mantenerse fiel de esta manera a uno mismo.


—Y tú, ¿por qué vuelves aquí?


—Venía con mi madre cuando era pequeña. Ella siempre cocinaba empanadas por la mañana para traerlas. Entonces éramos más niños y jugábamos con unos barriles, redes y cajas que se amontonaban allí al fondo. Ni nos dábamos cuenta del alcohol y todo lo demás.


—No tienes que justificarla…


—¿A quién?


—A tu madre, no voy a juzgarla por traerte.


Me asqueó su altivez y se me quedó atascada en la garganta como el puñal que usaban los caballeros medievales para sus ejecuciones y que llamaban misericordia. Pero también decidí ignorarla.


—El caso es que hace un par de años me apeteció de nuevo esta fiesta, llevaba un tiempo viviendo fuera del pueblo y esto se siente… auténtico, radical, al menos, de mis raíces. Supongo que a mí también me escribieron así.


—Aham, ¿y quién te escribió a ti? —replicó divertida.


—No lo sé, cuéntamelo tú.


—No podría decirte. A mí nadie me escribe. Me deslizo libre entre estas líneas —me mintió.


—¿Ah, que no somos libres Carmela y yo?


—Ahora que lo dices, quizás ella lo sea un poco más, aunque sus alternativas son menos numerosas. Ya te decía que no recibe influjos lejanos. Como demuestra esta fiesta, sigue radicalmente marcada por su tradición —dijo, pestañeando el adverbio—, es difícil que vea más allá de eso a su edad. Tú, en cambio, entre la infinidad de caminos, eliges ahora una epifanía tradicionalista porque alguien muy lejos considera que es provechoso para sus intereses, seguro económicos, que pienses que esto es mejor que cualquier otra experiencia. Más allá de la estética, sin embargo, veo que te resulta difícil acercarte sin un pequeño juicio sobre tu madre o esos pescadores ¿solo borrachos?


—¿No los estás juzgando acaso tú ahora también?


—Yo no juzgo ni dudo como tú —dijo en una carcajada aireada.


—Qué pena, ¿no? No tener dudas, aceptarlo todo como es. Para Unamuno, dudar es existir, estar vivo.


Asintió y la música se paró de súbito. Los pescadores levantaron a la Virgen del Carmen hacia el cielo y como hormiguitas siguieron un camino aprendido por sus antepasados y se enfilaron hacia el mar, las velas sembrando la oscuridad de la noche sin apenas luna. Me pareció una imagen preciosa, pero por algún motivo no quise acompañarlos al puerto esta vez. Preferí la duda porque entonces era incapaz de distinguir la culpa y el juicio del deseo. Me sequé las lágrimas por el recuerdo de mi madre, y volví a casa sin poder encontrar de nuevo a la mujer de la plaza. Esa noche soñé con ella y la verdad es que dormí feliz.


Sinceramente tuya,

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