La espectral presencia comenzó a moverse a mi alrededor
Iba a ser una noche de ducha, pijama y sábanas limpias
15 de abril 2026
Queridísima Mina:
Gala González cumplió 40 años hace unas semanas. Eso significa que han pasado más de 15 de la relación parasocial que iniciamos mi amiga Aurora y yo con la que era entonces la primera influencer de moda en España. Recuerdo que le mandábamos felicitaciones por Twitter. Fue la nuestra, quizás, la primera generación que transitó de la adolescencia a la adultez con referentes que encontró por internet. Aquel era un espacio salvaje y a la vez paseable, como un pueblo de western que puede dominarse en pocas zancadas y sorprende con faldas levantadas en cualquier rincón. Nada que ver con el centro comercial tecnolibertario en el que se ha convertido todo ahora.
Hace unos días fue también el cumpleaños de Aurora y ese día, el 14, se me pasó escribirle una felicitación. Lo recordaba los días de antes, ¿cómo iba a olvidarlo? Lo pensé el 12, mi cumpleaños, y el 13, el del fantasma. Éramos muy pequeñas cuando sentimos la necesidad de llenar el vacío entre nuestras dos celebraciones y encontramos a ello en los bajos del edificio más antiguo del colegio. La “casa vieja” se alzaba resquebrajándose en el centro del complejo escolar, entre los tres patios. Por aquel entonces la congregación todavía no había pagado la reforma que la despojó de su halo de misterio y, al mismo tiempo, acabó con las posibilidades –muchas– de muerte por desprendimiento. Los mayores inventaban historias de brujas sobre aquel lugar, nosotras encontramos a un amable fantasma. Se aparecía a través de la ventana del semisótano y le hablábamos desde arriba, a cielo abierto. El espectro jugaba con nosotras desde la oscuridad.
Afortunadamente, estos días he podido resarcir mi error con Aurora por el olvido de su último cumpleaños. Ella iba a estar en la ciudad y le escribí para invitarla a una de las cenas sexanthecitiescas que sigo haciendo con las chicas en algún sitio bonito del barrio, al menos, cuando el resto del capitalismo lo permite. Sentí algo especial por estar todas sentadas en torno a la misma mesa, como si la escena fuera en realidad un truco de mi mente imaginando cómo interactuarían personas que nunca se han llegado a conocer. Yo estaba algo nerviosa y me convencí que esa noche me serviría para recuperar el equilibrio perdido por mi desliz.
La semana siguió y terminó exhausta. Esa cena fue la antepenúltima de las citas acumuladas por celebraciones, cañas pendientes y reencuentros varios. En esta ciudad siempre hay alguien volviendo al latido después de una huida fugaz. Al llegar el viernes, yo ya estaba cansada del barra-birra-frío-vino y preferí quedarme en casa. No more noisy plans for me, please, no encontraba en el cuerpo ni gotita de extroversión.
Iba a ser una noche de ducha, pijama y sábanas limpias, con una cena agasajadora pero sana para satisfacer todas las neuras exigentes de niña responsable que ahora es una adulta demasiado funcional. Estaba sentándome con la bandejita dispuesta frente al sofá cuando algo se movió en el dormitorio. Sonó como una sábana que se hubiera caído del filo de la puerta, método habitual de tendido en pisos pequeños sin patio, pero allí no había colada esa noche. Me levanté a ver.
El fantasma estaba en el centro de la habitación y levitaba sobre la cama, aunque a simple vista parecía colgado, pues se había enrrollado uno de mis pantalones y otras prendas donde calculo que debía estar su cuello. Se sacudió el chal a verme y dijo:
— Aquí estás.
Percibí al instante su enfado, la casa se helaba por momentos. La espectral presencia comenzó a moverse a mi alrededor y, sin darme tiempo a reaccionar, me preguntó qué había pasado todos esos años en los que Aurora y yo nunca habíamos vuelto a aparecernos en la ventana del semisótano de la “casa vieja” del colegio. Su alma herida intentaba ser amable y despreocupada, pero se traicionaba al reafirmarse en que “estaba muy muy bien”, que le había ido “de maravilla” en nuestra ausencia. Su delirante insistencia transmitía justo lo contrario, como un lapsus inverso e igualmente revelador.
Te preguntarás qué decía yo, pero solo puedo recordar que se me agarrotaron los músculos de la espalda, que una presión subió a la mandíbula y la cabeza, y que mis piernas no dejaron de temblar. En ese momento entendí cómo pueden llegar a rechinar los dientes por frío y terror, como representan siempre en los dibujos animados clásicos.
La voz del espíritu hacía batir las ventanas y puertas en una tormenta de cristales rotos y astillas. Una de las vibraciones abrió de súbito una grieta en el cuarto. Las paredes se curvaron y surgieron grutas cuyo interior se abría a bucles simétricos, como al mirar el reflejo de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo dentro de un espejo. Una estalactita grumosa atravesaba un montón de basura y se erigía en un vertedero lunar.
El alma en pena rugía ahora su dolor y me preguntaba si en serio pensaba que el desprecio durante tantos años mantendría todas sus ruinas y las mías en la ultratumba. Tuvo que volver –me dijo– para enseñarme que estaba equivocada, que siempre en algún momento se cae hasta al fondo. Tenía razón.
Te escribo con la luz que entra por la ventana cercana al techo que ha quedado abierta en los escombros de mi apartamento. Unas niñas se acercan a veces a verme. El fantasma no ha vuelto a aparecer desde que quede aquí atrapada. Confío en que ellas te hagan llegar esta carta.
Inolvidablemente tuya,
¿Qué opinas?
Sin comentariosQueridísima Mina: Caí en la cuenta en el concierto de Pablopablo
Por Sofía Lemoine
Queridísima Mina: El jueves por la noche, nostálgicos de la nostalgia...
Queridísima Mina: ¿Con quién te escurrirías por el desagüe ?
Por Sofía Lemoine
Piénsalo así. Cada vez que dejas el móvil, Instagram lanza una notificación.
Cóctel de Dolly Parton, Frankenstein y la felicidad
Por Sofía Lemoine
Ella compuso I will always love you, entró en el despacho de él y se la cantó para dejarle claras las cosas: se largaba de ahí.
Te veo poco, te miro mucho
Por Claudia Vila
Estoy bien, ¿tú estás bien? Yo genial, porque no lo pienso.
Partirse la cara
Por Pepe Tesoro
Me he familiarizado con el pánico
Cuando vengas a Madrid, chulona mía
Por Irene Díaz Lázaro
Uno de mis grandes temas últimamente es dónde una se ubica con respecto a la ciudad
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Sofía Lemoine
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES