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Me voy a volver a equivocar
El amor de los demás me mueve como una hoja.
12 de mayo 2026 · 6 comentarios
La isla de las tentaciones es un programa sobre cómo la novedad nos ayuda a esquivar la angustia en torno al conflicto de lo antiguo. O a lo mejor no tiene absolutamente nada que ver con esto. He dejado de contestar a los mensajes los últimos meses, mis amigos han dejado de contestar a los mensajes. Voy al cumple de una amiga y me cuenta que no ha sabido estar para los demás, le digo que yo tampoco he sabido. Quiero querer a los demás cuando vengan mal dadas, qué tentador es acumular errores de los otros en listas que nos recuerden lo estupendos que somos en comparación. Esas listas cumplen una función y alimentan el resentimiento, que es la mugre que se va acumulando en nuestros dientes y que nos producirá una infección de aquí te espero. Luego la sepsis y después la muerte. Estuve tan lejos de mi novio durante un tiempo que odio estar lejos de él ahora, es como si alguien estuviera cometiendo una injusticia contra mí. Una injusticia que alimenta siempre la injusticia primera y vuelvo a terapia durante un tiempo para intentar aprender algo sobre ello. Sumo todo el tiempo en terapia y voy casi a por los cinco años entre unas cosas y otras. Y me voy a seguir equivocando. Yo empecé a ir a terapia para encontrarme mejor y para ser perfecta, para que nadie tuviera nada que reprocharme nunca. Conozco a alguien que me parece fascinante, o me reencuentro con alguien y la fuerza de ese amor renovado me desborda y me desequilibra. Quiero dar paseos con Laura de cinco horas sin parar de hablar, como el domingo, quiero dormir con Guille en su casa y ver entrevistas de Karla Sofía Gascón, quiero estar bien, joder, estaría genial estar bien por fin. Guille me ha enseñado en qué consiste la indulgencia en la amistad. La semana pasada tuve vacaciones y uno de los días me sentí tan relajada después de meses sintiendo que me iba a atacar un gamusino cada dos segundos que me dormí dos siestas. Hablo con mi madre, me enfado injustamente con ella. Hablo con mi amigo Carlos, me enfadé injustamente con él. Hay veces que estoy convencida de que tengo razón y ni siquiera me he enterado de por dónde me viene el aire. Mi madre se ríe, porque sabe que otras veces nos hemos enfadado con todas las de la ley. Pero ahí estábamos ella y yo en medio del barro. Una vez salí a pasear por la Casa de Campo y vi a una niña enseñando a su padre a patinar y no consigo olvidarlo. Otras veces salgo a pasear y no consigo ver nada a mi alrededor. Creo que escribir es intentar decir la verdad, pero parece que la verdad nunca permite incluir aquello que nos avergüenza. Quiero volver a la militancia, porque cuando tenía 19 años y estaba sentada en una asamblea aprendí a escuchar, aunque luego se me olvidara otra vez. Hace dos años empecé a creer en Dios de repente, una mañana, y mi vida cambió para siempre y todavía no sé de qué manera. He hecho daño a gente a la que quiero, me ha hecho daño gente a la que quiero, y no he tenido ni idea de por dónde empezar después de eso. Quiero poder enfadarme, poder enfadarme estaría muy bien. Escribir cartas de amor enfadada, guardarlas en un cajón, enfadarme y amar al mismo tiempo. Renunciar al lenguaje intelectual cuando me siento insegura o aprender a expresar la rabia en condiciones. El amor de los demás me mueve como una hoja. Me pregunto cuál será la próxima hoguera de confrontación. Paula me explica que reducir los estímulos visuales en los sitios en los que estoy quizá me haría bien. Me dice que utilizar gafas de sol más tiempo me haría bien. Escucho con avidez audios de siete minutos y a veces se me hace cuesta arriba escuchar uno de apenas unos segundos. Me echaron del piso, del primer lugar en el mundo que me sentí independiente y ese día me metí a ver Hamnet en el cine y me dormí a los 10 minutos hasta que acabó la película. Manuel me despertó porque roncaba. No recordaba que los gamusinos no existen. Intento no concentrarme en el dolor. Intento no concentrarme en el dolor.
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