Escribir sobre lo que no puede nombrarse, con Bárbara Arena

Tienen pánico a la palabra. La palabra es nombrar, es poner sobre la mesa, es reconocer la realidad, es confrontar.

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Me regaló Un adiós Manuel Mata, después de que le contase las ganas que tenía de leerla.  Le comento a Bárbara Arena, unas semanas después, que lo único que me daba miedo era no reconocer a Bu en la novela. La agudeza propia a la que nos tiene acostumbrados en sus artículos de Vogue o sus tuits. La capacidad microscópica de observación. Pero cuando la leí, me di cuenta de que esos detalles también estaban. 

Aquí no estamos en absoluto ante una novela de plot, nos da igual si el tema queda claro en la página 3 o en la 65, porque lo que importa es todo el tejido de detalles emocionales de la protagonista, y algunas disertaciones brillantes sobre el consentimiento. A la voz del pijerío madrileño le vamos a incorporar la de una especie de agente doble (especie porque no se oculta), capaz de señalar las implicaciones del duelo de una identidad, del silencio de la familia, o de cada una de las implicaciones de una relación desigual. 

Arena me cita en el Richelieu, donde realizamos la primera entrevista, que lamentablemente se pierde por un fallo en el audio de la grabación y volvemos a vernos en su casa. 

A: En la primera entrevista me comentabas que estabas más inquieta, como si el texto todavía te pesara. Ahora pareces más tranquila. ¿Cómo has vivido este tiempo?

B: Cuando hicimos la primera entrevista, venía de una temporada de bastante exposición (o, como mínimo, de una exposición a la que no estoy habituada). He descubierto todo lo que constituye el pospublicar: entrevistas en medios (algunos de ellos con intereses allende la literatura, que se centran en temas con los que no estás cómoda), demandas sociales a las que no sabes poner límites, ambientes nuevos, críticas buenas y críticas malas, que de repente te hacen dudar… Yo siempre he estado expuesta en internet, pero esa era una exposición en su mayoría controlada. Sabía qué decía, cómo me grababa en stories, qué mostraba. Aquí sentí una pérdida de control sobre mi imagen y también sobre el propio texto, una desconexión con respecto al libro. Como cuando padeces dismorfia y no eres capaz de ver tu cuerpo en el espejo tal y como es: la mirada ajena alteró mi percepción de mi trabajo.

En Navidad descansé, me blindé contra el ruido y volví a la novela. La releí intentando recuperar mis ojos. Y me gustó lo que vi…Vi rigor, vi respeto, vi cuidado. Entendí por qué había hecho lo que había hecho, celebré mis decisiones.

Soy consciente de que en el futuro recordaré esta época con cariño y de que es absurdo e incluso ofensivo no disfrutar de los privilegios y oportunidades que se me brindan, y además es que estoy agradecidísima, así que intento disfrutar. Enamorarme del proceso. Entenderme como algo en construcción, aprender del camino. Todo esto me ha venido un poco de golpe, me ha azotado en la cara. No imaginaba la atención que iba a generar (ni siquiera ha sido tanta, pero sí la suficiente como para abrumarme).

A: ¿Te sorprendió esa acogida?

B: Mucho. Por ejemplo: yo estaba convencida de que no iba a llenar la sala de  la presentación. Te prometo que no es falsa modestia; en mis años en internet también he recibido toneladas de hate, nunca sabes qué va a pasar. Todo me pilló por sorpresa. Sucede además que este es un libro particular, en el que yo sentía que no estaba al servicio de mis ambiciones sino de una función concreta, y esa distancia, que me permitía aventurarme a un escenario temible, a posteriori dificultaba mi identificación total con él. He comprendido algo clave: el texto que vives mientras escribes no tiene nada que ver con el texto cuando ya está fuera, en el mundo. Una vez publicado, el texto cambia.

A: ¿Ese cambio empezó cuando lo viste maquetado?

B: Verlo maquetado fue un primer upgrade. Ahí entiendes que, efectivamente, es un libro. ¡Un libro, tu libro! Algo real, tangible. Se produce una transmutación. Adquiere consistencia; el marco lo profesionaliza. Luego está el siguiente nivel: el viaje que emprende. Que personas a las que respetas lo lean y te hablen de él, que escriban sobre él. Que guste y no guste. Encontrártelo en librerías. Las fluctuaciones que se producen fuera y dentro de ti. Es un camino irregular, y por eso es importante el retorno al centro, a tus certezas. En mi caso, esa certeza íntima, básica, tiene que ver con que creo que hice bien lo que intentaba hacer.

A: Desde el principio hablaste mucho del miedo a arrepentirte.

B: Sí. Es un librito muy sujeto a su contexto (la serie a la que pertenece, el momento histórico, mis coordenadas sociales). El reto era aportar sin pasarme, abordar la convergencia realidad-ficción con respeto. Se repite que hay que escribir sin pensar en nadie, “sin padres”, pero yo no podía permitirme ese lujo. Este texto no nace en el vacío: se inspira en una figura real reconocible y, con independencia de mi opinión sobre la institución monárquica o ese hombre, me parece una cuestión hasta moral mantenerse sensible a ciertos límites. 

Al hilo de lo que te decía antes sobre la disparidad entre el texto que vives mientras escribes y el texto publicado, recuerdo ahora algunos de los miedos que me condicionaban. Temía incluso posibles repercusiones legales. Yo pertenezco a un entorno en el que se sigue siendo muy fiel al emérito, lo cual no me hubiera importado si estuviese sola en el mundo, pero no quería crear problemas a mi familia. La premisa era explosiva y yo sentía que, por responsabilidad, debía contrarrestar esa fuerza, incorporar la cautela. Creo que, en este caso, ese freno no ha sido malo: ha ayudado a orientar y reorientar cuando me perdía, como una brújula. He evitado sensacionalismo y morbo, he recurrido a elipsis y desvíos. Quizá la mayor virtud del texto sea su contención.

A: Y, sin embargo, hay momentos muy potentes, como la reflexión sobre el consentimiento. En una página y media creo que se explica mejor el consentimiento que en horas de podcast. No como resistencia explícita, sino como situación donde el poder es tan desigual que no hay otra opción posible.

B: Bueno, es que es una novela sobre el consentimiento condicionado. Sobre un poder coercitivo que opera desde mucho antes de que se produzca el encuentro. Ella llega al hombre sometida, carece de voz durante su corta relación y después no se atreve a hacerse demasiadas preguntas. Adela no se reconoce víctima porque su docilidad es absoluta. Pertenece a un entorno subyugado y lo que le pasa es consecuencia directa de ese enamoramiento colectivo. No se permite siquiera la queja y, si te fijas, en ella hay una ausencia total de imaginación: no concibe otras vidas posibles.

A: El silencio es clave en la novela.

B: Sí. Decía el otro día en una entrevista que me parecía que no se trata tanto de que esta gente (la familia de la protagonista) imponga el silencio como de que adolece de una incapacidad para abordar la palabra.

Tienen pánico a la palabra. La palabra es nombrar, es poner sobre la mesa, es reconocer la realidad, es confrontar. Tienen pánico a la palabra porque tienen pánico a la naturaleza humana. Es un entorno que habita en la negación, lleno de eufemismos para aproximarse a todo aquello que les incomoda (lo que está atravesado por el sexo, por ejemplo). Tocar con la palabra supondría abrir una grieta peligrosa. Yo pretendía que la voz narradora evocara también esa constricción. No es una voz que desentrañe; es una voz que imprime en el lector una sensación. Me interesaba que el lector detectara ese encorsetamiento.

A: Supongo que ha sido difícil escapar a toda imagen previa sobre el personaje del invitado ilustre.

B: Justo. A mí la caricatura me parece muy útil como recurso siempre y cuando se entienda bien el material primario. A mí, para este libro, me interesaba más contraponer la caricatura sobre la figura del emérito que solía encontrarme. Por esto elegí un estilo que tiene más que ver con el naturalismo. Costumbrista. Esto no es necesariamente lo que más me interesa a nivel literario, pero me parecía lo más útil para lo que quería hacer con Un adiós.

A: Es curioso como pese a la necesidad de silencio, consigues que haya evolución en Adela. También hay esperanza en su final.

B: La hay, pero muy sutil. Es una mujer que experimenta el embarazo como un trauma y que más tarde sobrevive profundamente deprimida. En el funeral ocurre algo clave para ella: no se despide del muerto, se despide de una fantasía. Ese es el adiós. Ella comprende la magnitud del ridículo, se enfrenta con dignidad a la imagen de su propio patetismo. Ahí se rompe la burbuja. Llega tarde a su futuro, pero llega. Le queda vida, y esa vida la vivirá desde la verdad.

A: No hay una ruptura total con el entorno, y eso es interesante.

B: Claro. La emancipación total no es posible. Ella nunca deja de ser hija pese a haberse convertido en madre porque, bueno, no está casada. Para salir de su casa, para entenderse a sí misma (junto a su hijo) como a una familia independiente, habría requerido de la presencia de un hombre. Ella se queda y desarrolla una vida en extremo limitada en compañía de esos parientes de vidas en extremo limitadas. Una ruptura con esa estructura habría sido inverosímil, o habría sido otra historia, porque lo que yo quería subrayar era la adhesión. La adhesión de una chica a la institución familiar y la adhesión de una familia y un entorno a la institución monárquica. Como mucho, negocia. Y ni siquiera demasiado. Durante mucho tiempo no se atreve a pedirle a su madre que no apague el televisor cuando aparece la mujer del muerto. Adela no concibe otra manera de existir que la que conoce desde que nació, esa es la tragedia. Y, dicho eso, repito que el funeral abre una puerta que, si es lista, sabrá aprovechar.

A: ¿Cómo ha sido la lectura de Un adiós en tu propio entorno? ¿La han recibido como imaginabas?

B: Es un entorno a la defensiva, reacio al retrato crítico, y creo que llegaban al texto esperándose lo peor. Al entrar en él y percibir la mirada benévola, se relajaron, y entonces algunos se perdieron la crítica. Hay quien se queda en el confort de un retrato agradable. Yo quería que el texto fuera una suerte de caballito de Troya: colar entre mis allegados un cuento ligero, fácil de leer, bajo el que subyaciera una enorme tristeza y entre cuyas páginas se encontraran escondidas píldoras que, en el mejor de los casos, quedaran inoculadas en las mentes conservadoras. Ha sido interesante ver cómo las interpretaciones evolucionaban a través de la conversación entre miembros que habían detectado cosas diferentes. Ha quedado claro con Los Domingos que el espectador/lector muchas veces se queda con lo que le conviene. Aquí ha sucedido igual.

A: ¿Y qué ha sido lo mejor de escribir una novela?

B: Acabarla. Entender que se puede acabar un texto largo, que si avanzas poco a poco un día llegas al final. También siento que he atravesado una frontera que me coloca en un lugar nuevo, en el que estoy más vulnerable y en el que me siento más pequeña, pero en el que soy más adulta y capaz. Yo vivía instalada en la potencialidad, en el “ya lo haré”, y en la potencialidad uno no se juega nada. En la potencialidad uno está cómodo, legitimado por esa proyección futura. Cuando se abandona el ideal, se pierde un superpoder: te enfrentas a la realidad de tu inevitable imperfección. Pero es que, para mantener viva la fantasía del yo-potencial, uno está condenado a la parálisis. A no hacer nada. Para aportar hay que renunciar a la perfección: lo haces lo mejor que puedes en ese momento. Y, luego, claro, hay que renunciar al control total. La opinión ajena pertenece a la otros. Hay que dejar ir.

Muchos lectores me han dicho que se han sentido como espías curioseando a través de una mirilla. Mi intención era esa. Consideraba que, dado que las circunstancias no me permitían profundizar demasiado en la relación que vertebra la trama, extenderme en cuestiones aledañas haría que se perdiera el retrato del vínculo. No aspiraba al cuadro total, sino a evocar con precisión. Tres trazos que sugieren. Un par de pistas sutiles.

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Tienen pánico a la palabra. La palabra es nombrar, es poner sobre la mesa, es reconocer la realidad, es confrontar.
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Me regaló Un adiós Manuel Mata, después de que le contase las ganas que tenía de leerla.  Le comento a Bárbara Arena, unas semanas después, que lo único que me daba miedo era no reconocer a Bu en la novela. La agudeza propia a la que nos tiene acostumbrados en sus artículos de Vogue o sus tuits. La capacidad microscópica de observación. Pero cuando la leí, me di cuenta de que esos detalles también estaban. 

Aquí no estamos en absoluto ante una novela de plot, nos da igual si el tema queda claro en la página 3 o en la 65, porque lo que importa es todo el tejido de detalles emocionales de la protagonista, y algunas disertaciones brillantes sobre el consentimiento. A la voz del pijerío madrileño le vamos a incorporar la de una especie de agente doble (especie porque no se oculta), capaz de señalar las implicaciones del duelo de una identidad, del silencio de la familia, o de cada una de las implicaciones de una relación desigual. 

Arena me cita en el Richelieu, donde realizamos la primera entrevista, que lamentablemente se pierde por un fallo en el audio de la grabación y volvemos a vernos en su casa. 

A: En la primera entrevista me comentabas que estabas más inquieta, como si el texto todavía te pesara. Ahora pareces más tranquila. ¿Cómo has vivido este tiempo?

B: Cuando hicimos la primera entrevista, venía de una temporada de bastante exposición (o, como mínimo, de una exposición a la que no estoy habituada). He descubierto todo lo que constituye el pospublicar: entrevistas en medios (algunos de ellos con intereses allende la literatura, que se centran en temas con los que no estás cómoda), demandas sociales a las que no sabes poner límites, ambientes nuevos, críticas buenas y críticas malas, que de repente te hacen dudar… Yo siempre he estado expuesta en internet, pero esa era una exposición en su mayoría controlada. Sabía qué decía, cómo me grababa en stories, qué mostraba. Aquí sentí una pérdida de control sobre mi imagen y también sobre el propio texto, una desconexión con respecto al libro. Como cuando padeces dismorfia y no eres capaz de ver tu cuerpo en el espejo tal y como es: la mirada ajena alteró mi percepción de mi trabajo.

En Navidad descansé, me blindé contra el ruido y volví a la novela. La releí intentando recuperar mis ojos. Y me gustó lo que vi…Vi rigor, vi respeto, vi cuidado. Entendí por qué había hecho lo que había hecho, celebré mis decisiones.

Soy consciente de que en el futuro recordaré esta época con cariño y de que es absurdo e incluso ofensivo no disfrutar de los privilegios y oportunidades que se me brindan, y además es que estoy agradecidísima, así que intento disfrutar. Enamorarme del proceso. Entenderme como algo en construcción, aprender del camino. Todo esto me ha venido un poco de golpe, me ha azotado en la cara. No imaginaba la atención que iba a generar (ni siquiera ha sido tanta, pero sí la suficiente como para abrumarme).

A: ¿Te sorprendió esa acogida?

B: Mucho. Por ejemplo: yo estaba convencida de que no iba a llenar la sala de  la presentación. Te prometo que no es falsa modestia; en mis años en internet también he recibido toneladas de hate, nunca sabes qué va a pasar. Todo me pilló por sorpresa. Sucede además que este es un libro particular, en el que yo sentía que no estaba al servicio de mis ambiciones sino de una función concreta, y esa distancia, que me permitía aventurarme a un escenario temible, a posteriori dificultaba mi identificación total con él. He comprendido algo clave: el texto que vives mientras escribes no tiene nada que ver con el texto cuando ya está fuera, en el mundo. Una vez publicado, el texto cambia.

A: ¿Ese cambio empezó cuando lo viste maquetado?

B: Verlo maquetado fue un primer upgrade. Ahí entiendes que, efectivamente, es un libro. ¡Un libro, tu libro! Algo real, tangible. Se produce una transmutación. Adquiere consistencia; el marco lo profesionaliza. Luego está el siguiente nivel: el viaje que emprende. Que personas a las que respetas lo lean y te hablen de él, que escriban sobre él. Que guste y no guste. Encontrártelo en librerías. Las fluctuaciones que se producen fuera y dentro de ti. Es un camino irregular, y por eso es importante el retorno al centro, a tus certezas. En mi caso, esa certeza íntima, básica, tiene que ver con que creo que hice bien lo que intentaba hacer.

A: Desde el principio hablaste mucho del miedo a arrepentirte.

B: Sí. Es un librito muy sujeto a su contexto (la serie a la que pertenece, el momento histórico, mis coordenadas sociales). El reto era aportar sin pasarme, abordar la convergencia realidad-ficción con respeto. Se repite que hay que escribir sin pensar en nadie, “sin padres”, pero yo no podía permitirme ese lujo. Este texto no nace en el vacío: se inspira en una figura real reconocible y, con independencia de mi opinión sobre la institución monárquica o ese hombre, me parece una cuestión hasta moral mantenerse sensible a ciertos límites. 

Al hilo de lo que te decía antes sobre la disparidad entre el texto que vives mientras escribes y el texto publicado, recuerdo ahora algunos de los miedos que me condicionaban. Temía incluso posibles repercusiones legales. Yo pertenezco a un entorno en el que se sigue siendo muy fiel al emérito, lo cual no me hubiera importado si estuviese sola en el mundo, pero no quería crear problemas a mi familia. La premisa era explosiva y yo sentía que, por responsabilidad, debía contrarrestar esa fuerza, incorporar la cautela. Creo que, en este caso, ese freno no ha sido malo: ha ayudado a orientar y reorientar cuando me perdía, como una brújula. He evitado sensacionalismo y morbo, he recurrido a elipsis y desvíos. Quizá la mayor virtud del texto sea su contención.

A: Y, sin embargo, hay momentos muy potentes, como la reflexión sobre el consentimiento. En una página y media creo que se explica mejor el consentimiento que en horas de podcast. No como resistencia explícita, sino como situación donde el poder es tan desigual que no hay otra opción posible.

B: Bueno, es que es una novela sobre el consentimiento condicionado. Sobre un poder coercitivo que opera desde mucho antes de que se produzca el encuentro. Ella llega al hombre sometida, carece de voz durante su corta relación y después no se atreve a hacerse demasiadas preguntas. Adela no se reconoce víctima porque su docilidad es absoluta. Pertenece a un entorno subyugado y lo que le pasa es consecuencia directa de ese enamoramiento colectivo. No se permite siquiera la queja y, si te fijas, en ella hay una ausencia total de imaginación: no concibe otras vidas posibles.

A: El silencio es clave en la novela.

B: Sí. Decía el otro día en una entrevista que me parecía que no se trata tanto de que esta gente (la familia de la protagonista) imponga el silencio como de que adolece de una incapacidad para abordar la palabra.

Tienen pánico a la palabra. La palabra es nombrar, es poner sobre la mesa, es reconocer la realidad, es confrontar. Tienen pánico a la palabra porque tienen pánico a la naturaleza humana. Es un entorno que habita en la negación, lleno de eufemismos para aproximarse a todo aquello que les incomoda (lo que está atravesado por el sexo, por ejemplo). Tocar con la palabra supondría abrir una grieta peligrosa. Yo pretendía que la voz narradora evocara también esa constricción. No es una voz que desentrañe; es una voz que imprime en el lector una sensación. Me interesaba que el lector detectara ese encorsetamiento.

A: Supongo que ha sido difícil escapar a toda imagen previa sobre el personaje del invitado ilustre.

B: Justo. A mí la caricatura me parece muy útil como recurso siempre y cuando se entienda bien el material primario. A mí, para este libro, me interesaba más contraponer la caricatura sobre la figura del emérito que solía encontrarme. Por esto elegí un estilo que tiene más que ver con el naturalismo. Costumbrista. Esto no es necesariamente lo que más me interesa a nivel literario, pero me parecía lo más útil para lo que quería hacer con Un adiós.

A: Es curioso como pese a la necesidad de silencio, consigues que haya evolución en Adela. También hay esperanza en su final.

B: La hay, pero muy sutil. Es una mujer que experimenta el embarazo como un trauma y que más tarde sobrevive profundamente deprimida. En el funeral ocurre algo clave para ella: no se despide del muerto, se despide de una fantasía. Ese es el adiós. Ella comprende la magnitud del ridículo, se enfrenta con dignidad a la imagen de su propio patetismo. Ahí se rompe la burbuja. Llega tarde a su futuro, pero llega. Le queda vida, y esa vida la vivirá desde la verdad.

A: No hay una ruptura total con el entorno, y eso es interesante.

B: Claro. La emancipación total no es posible. Ella nunca deja de ser hija pese a haberse convertido en madre porque, bueno, no está casada. Para salir de su casa, para entenderse a sí misma (junto a su hijo) como a una familia independiente, habría requerido de la presencia de un hombre. Ella se queda y desarrolla una vida en extremo limitada en compañía de esos parientes de vidas en extremo limitadas. Una ruptura con esa estructura habría sido inverosímil, o habría sido otra historia, porque lo que yo quería subrayar era la adhesión. La adhesión de una chica a la institución familiar y la adhesión de una familia y un entorno a la institución monárquica. Como mucho, negocia. Y ni siquiera demasiado. Durante mucho tiempo no se atreve a pedirle a su madre que no apague el televisor cuando aparece la mujer del muerto. Adela no concibe otra manera de existir que la que conoce desde que nació, esa es la tragedia. Y, dicho eso, repito que el funeral abre una puerta que, si es lista, sabrá aprovechar.

A: ¿Cómo ha sido la lectura de Un adiós en tu propio entorno? ¿La han recibido como imaginabas?

B: Es un entorno a la defensiva, reacio al retrato crítico, y creo que llegaban al texto esperándose lo peor. Al entrar en él y percibir la mirada benévola, se relajaron, y entonces algunos se perdieron la crítica. Hay quien se queda en el confort de un retrato agradable. Yo quería que el texto fuera una suerte de caballito de Troya: colar entre mis allegados un cuento ligero, fácil de leer, bajo el que subyaciera una enorme tristeza y entre cuyas páginas se encontraran escondidas píldoras que, en el mejor de los casos, quedaran inoculadas en las mentes conservadoras. Ha sido interesante ver cómo las interpretaciones evolucionaban a través de la conversación entre miembros que habían detectado cosas diferentes. Ha quedado claro con Los Domingos que el espectador/lector muchas veces se queda con lo que le conviene. Aquí ha sucedido igual.

A: ¿Y qué ha sido lo mejor de escribir una novela?

B: Acabarla. Entender que se puede acabar un texto largo, que si avanzas poco a poco un día llegas al final. También siento que he atravesado una frontera que me coloca en un lugar nuevo, en el que estoy más vulnerable y en el que me siento más pequeña, pero en el que soy más adulta y capaz. Yo vivía instalada en la potencialidad, en el “ya lo haré”, y en la potencialidad uno no se juega nada. En la potencialidad uno está cómodo, legitimado por esa proyección futura. Cuando se abandona el ideal, se pierde un superpoder: te enfrentas a la realidad de tu inevitable imperfección. Pero es que, para mantener viva la fantasía del yo-potencial, uno está condenado a la parálisis. A no hacer nada. Para aportar hay que renunciar a la perfección: lo haces lo mejor que puedes en ese momento. Y, luego, claro, hay que renunciar al control total. La opinión ajena pertenece a la otros. Hay que dejar ir.

Muchos lectores me han dicho que se han sentido como espías curioseando a través de una mirilla. Mi intención era esa. Consideraba que, dado que las circunstancias no me permitían profundizar demasiado en la relación que vertebra la trama, extenderme en cuestiones aledañas haría que se perdiera el retrato del vínculo. No aspiraba al cuadro total, sino a evocar con precisión. Tres trazos que sugieren. Un par de pistas sutiles.

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