La derecha no sabe escribir novelas

Posibles explicaciones al erial narrativo de la derecha a la derecha del Hotel Jorge Juan.

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Llevo mucho tiempo dándole vueltas a esta premisa: no hay un solo novelista en España que sea más joven que Juan Manuel de Prada y tenga una posición ideológica a la derecha del Partido Popular. 

Si asumimos que la juventud cada vez se escora más a la derecha, no resulta descabellado preguntarse dónde están sus novelistas. Porque, si tomamos prestada la escala de ubicación ideológica del CIS —en la que el 1 es extrema izquierda y el 10 es extrema derecha—, no parece que haya un solo autor nacido tras la muerte de Franco que se ubique entre el 7 y el 10 y haya publicado una novela de mérito literario. Es un tramo bastante amplio de la sociedad española y, si bien es cierto que entre el 5 y el 6,9 hay un buen puñado de prosistas que gozan en España de cierto prestigio literario —pienso en Ignacio Peyró, en Daniel Gascón, en Jacobo Bergareche, en Karina Sainz Borgo y Rodrigo Blanco Calderón (son venezolanos, pero afincados en España) y, si estiramos el espectro por la zurda para incluir a más autores, en Juan Soto Ivars, Alberto Olmos y hasta Ana Iris Simón, que pese a venir de la izquierda son a menudo identificados como derechistas—, no hay nada más allá de la izquierda y el centroderecha. No hay autores abiertamente reaccionarios. No hay uno solo que escriba sus novelas mirando el mundo asomado a ese balcón.

Foto: EFE

Esto, en tiempos en los que la diversidad es un concepto que merece un puesto de honor —y está bien que así sea, pues la novela se enriquece con los puntos de vista diversos—, puede resultar problemático. Pues, si como lectores nos interesan los distintos puntos de vista, ¿dónde están los de ese grupo de españoles que según las encuestas gana adeptos día a día?

Ante esta pregunta cabe plantear las siguientes respuestas:

  1. ¿Y qué?

No son pocos los lectores a los que les da igual la ideología del novelista, que están dispuestos a leer lo que sea siempre que cumpla con unos estándares de calidad. Sin embargo, son precisamente estos lectores los primeros interesados en que lleguen a la mesa de novedades novelas meritorias sin que para ello pese la orientación ideológica de su autor. Una novela buena es una novela buena, ¿no?

Pues bien, pese a que los datos de estimación de voto indican que un 30,6% de los votantes entre 25 y 34 años —el rango de edad en el que los novelistas suelen debutar— prefieren a Vox (datos de El País), no parece que uno solo haya conseguido colar su novela en las librerías de España con un sello de cierto prestigio literario. Si bien este dato de intención de voto desciende a medida que aumenta la edad —20,8% para votantes de 35 a 44 y 16,4% para votantes de 45 a 54—, sigue tratándose de un pedazo bastante significativo de la población como para que ni uno sólo se haya decidido a escribir una novela y le haya salido lo suficientemente bien como para que una editorial solvente se haya fijado en su libro y haya decidido apostar por él. 

  1. No saben escribir

Viendo que hay un porcentaje nada desdeñable de la población en edad de publicar su debut o subsiguientes novelas pero que ninguno de ellos consigue publicar nada, una conclusión lógica sería que, en realidad, sus preferencias ideológicas son incompatibles con la capacidad de escribir una novela de cierto mérito literario.

Esto puede parecer un golpe bajo, un chascarrillo fácil, pero no es infrecuente despachar con este tipo de argumentos —el fascismo se cura leyendo, etc.— el erial narrativo de la derecha a la derecha del Hotel Jorge Juan.

El propio Juan Manuel de Prada —en quien hemos establecido la edad de corte, pues nos centramos en autores nacidos a partir de los años setenta— podría ser la excepción que confirme la regla, pero qué excepción. Fuera de duda queda su calidad narrativa, y es precisamente ese punto de vista suyo, disidente, el que da un sabor nuevo a sus propuestas novelescas, especialmente sus obras sobre Fernando Navales —la ya clásica Las máscaras del héroe y Mil ojos esconde la noche, su reciente continuación, publicada en dos partes—. Y si con eso no bastara, no hay más que darse un paseo por la novela del siglo XX para ver que, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, muchos de sus más grandes novelistas —Curzio Malaparte, Agustín de Foxá, Yukio Mishima, Louis-Ferdinand Céline, Ernst Jünger, Knut Hamsun— fueron no sólo de derecha, sino directamente de extrema derecha: fascistas de tomo y lomo. Fascistas capaces no ya de escribir una buena novela, sino directamente una obra maestra. Por tanto, hay que descartar el argumento de su incompetencia manifiesta.

  1. No les interesa escribir

Este argumento es más interesante y se lo tomo prestado a José Ignacio Carnero —con quien debatí sobre el tema hace ya tiempo por X (entonces Twitter)—. Así como resulta complicado encontrar asesores fiscales o académicos de derecho mercantil en las filas de izquierda o extrema izquierda, las particularidades de la disciplina novelística atraerían de por sí a más personas con sensibilidades izquierdistas que a individuos susceptibles de identificarse con Vox u otras opciones políticas reaccionarias. Con este argumento ya estamos concediendo a los españoles reaccionarios la capacidad intelectual suficiente como para urdir una novela —se agradece la deferencia—, pero estamos cuestionando su interés en dedicarse a ello.

Esto tiene su sentido especialmente para cierto espectro de la derecha: el más liberal. Si tomamos a un anarcocapitalista, a un entusiasta de Javier Milei, entonces podemos ver con cierta facilidad que este sector de la derecha más dura pueda tener capacidades intelectuales más que solventes —no en vano el intelectual español de más impacto en nuestro tiempo es Jesús Huerta de Soto, un economista anarcoliberal— pero que, aplicando la lógica del homo economicus, decida emplear su materia gris en empresas más lucrativas. Nada que objetar aquí.

No obstante, estamos dejando de lado un trozo nada desdeñable de la derecha dura, y no podemos obviar que el grueso de este colectivo es eminentemente anticapitalista: falangistas, nazis, fascistas y adyacentes. Son gente con una sensibilidad social comparable a la de la izquierda dura y, poniéndonos estupendos, podríamos incluso aventurar que son una especie de hijos bastardos del romanticismo. Por tanto, ¿cómo podríamos negarles la inclinación artística? Podemos apostar, sin miedo a equivocarnos, que se trata de individuos aptos para la sensibilidad cultural, proclives a plasmar el mundo en una novela. Es una inclinación humana, y la humanidad no viene —no debería venir— condicionada por ideologías.

  1. Escriben, pero lo ocultan

Asumamos que cierto sector de la derecha —digamos el más liberal— no está dispuesto a escribir novelas porque no le renta. Bien. No obstante, hay algunos ejemplos —otra vez: ¿tal vez sean excepciones que confirman la regla?— que se autodenominan liberales a la hora de hablar de política: tenemos el ejemplo de Mario Vargas Llosa, si bien es cierto que hizo un viaje ideológico desde la izquierda y éste se consumó cuando su prestigio literario ya estaba consolidado, o, hablando de autores de la generación que nos ocupa, el de Daniel Gascón.

Podría ser que tanto liberales como centroderechistas manifestasen un derechismo suave, amable, y complaciente con el establishment cultural—o que directamente callasen— para no revelar sus verdaderas coordenadas ideológicas por miedo a quedar relegadas al ostracismo. También es una posibilidad. 

No obstante, esta posibilidad abre la puerta a una realidad que, si bien por un lado es razonable, por otro lado podría ser calificada de inquietante. El derechista recalcitrante lima sus asperezas para encajar en el establishment literario y el establishment literario no está dispuesto a sacar en la foto al que se mueva.

  1. Escriben, pero no pueden publicar

Esta posibilidad parte de la premisa de que el entramado editorial tiene un sesgo que impide la publicación de autores jóvenes abiertamente de Vox o más allá. Así, habría en España un grupo indeterminado de autores, quizás alguno de ellos con verdadero talento literario, que escriben novelas que jamás ven la luz o que se publican en editoriales marginales ajenas al debate literario, y esto podría deberse en primera instancia a un frío cálculo comercial. Es el mercado, amigo.

Por un lado, todo apunta a que el lector interesado en ópticas más conservadoras suele decantarse por el ensayo, y aquí es donde sí hay varias editoriales especializadas —Monóculo, por ejemplo— que publican a autores reaccionarios de excelente prosa como Hughes o Esperanza Ruiz. Por otro lado, si los autores y lectores más frecuentes de novela contemporánea no son hombres sino mujeres —y sabiendo que la creciente derechización de la población menor de cincuenta años es mucho más acusada en los varones—, es lógico que el propio mercado sea reacio a apostar por propuestas novelísticas con una visión o un discurso alejado de lo mayoritario. 

Pero ¿y si hubiera algo más que el incentivo económico a la hora de descartar a autores por su posicionamiento ideológico? ¿Cómo de fácil o difícil lo tendría un novelista que en sus entrevistas se posicionara abiertamente con la derecha a la derecha del Partido Popular —que ya hemos visto que está sí está más o menos tolerada y forma parte de la constelación novelesca contemporánea, siempre y cuando se ciña a una serie de temas políticamente inanes— y que tratase en sus libros la inmigración, el islamismo, la cuestión de género y demás asuntos desde esa misma posición?

En una reseña de hace unos meses, Jorge Burón comentaba una novela a la que no encontraba grandes méritos literarios, pero que salvaba de la siguiente forma:

«Así que en este caso creo que soy yo el equivocado y que este libro está bien aunque esté mal. Es más importante la militancia que la bella página. Contra los discursos de odio, panfletos revolucionarios, y a los panfletos no se les revisan las comas ni el arco narrativo, se les pide efectividad. Este libro puede ser eficiente. Este panfleto podría servir. Su baja calidad literaria, en este caso, queda al margen.»

Del mismo modo que a una novela se la puede salvar por tener las ideas correctas —esto es, las que defiende el establishment cultural actual—, sería absolutamente lógico descartar a aquellas que reflejen un mensaje incorrecto, o cuyos autores, al margen de lo que escriban en ellas, defiendan postulados propios de la derecha dura.

*   *   *

Vuelvo sobre los párrafos anteriores y no dejo de decirme: qué más da. Qué importa que este grupo de gente no quiera o no pueda publicar novelas. ¿No hay ya bastante diversidad? ¿Qué importa que un novelista abiertamente de derechas lo tenga complicado para publicar? Y sin embargo algo dentro de mí me dice que sí importa. 

Entiendo que quien conciba la literatura y en particular la novela como una extensión del campo de batalla ideológico no esté dispuesto a que una nadería como la excelencia literaria se interponga en sus objetivos políticos. Si la calidad literaria está supeditada a la adhesión ideológica a determinados postulados, entonces todo está bien. Sea por un tapón estructural o porque los fachas no quieren escribir novelas, hay que proteger la literatura de subversivos, acotarla y ordenarla para que desfile como un pelotón.

Pero quienes acudimos a las novelas dispuestos a enriquecernos con distintos puntos de vista que nos expliquen la realidad no podemos dejar de tener la sensación de que nos estamos perdiendo algo: la visión del mundo en forma de novela de un grupo cada vez más grande de la sociedad. Y si no tenemos voces que novelen el mundo desde el mayor número de puntos de vista posible, empiezan los puntos ciegos. No podemos conocer toda la verdad. Nos desconectamos de la realidad, y es entonces cuando la realidad nos tritura.

No creo que no merezcan escribir. No creo que no estén capacitados. Tampoco creo que no les interese. Puede que ahora mismo haya un gran novelista en las sombras, coleccionando rechazos editoriales, consciente de que su ideología es culpable de su fracaso. Y sería una pena no poder leerlo, pero más lamentable sería que su resentimiento se fuese cocinando con los años, hasta que llegue el inevitable pendulazo. Entonces su venganza —y la de los suyos— será terrible. Pero tal vez las cosas sean así siempre.

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Llevo mucho tiempo dándole vueltas a esta premisa: no hay un solo novelista en España que sea más joven que Juan Manuel de Prada y tenga una posición ideológica a la derecha del Partido Popular. 

Si asumimos que la juventud cada vez se escora más a la derecha, no resulta descabellado preguntarse dónde están sus novelistas. Porque, si tomamos prestada la escala de ubicación ideológica del CIS —en la que el 1 es extrema izquierda y el 10 es extrema derecha—, no parece que haya un solo autor nacido tras la muerte de Franco que se ubique entre el 7 y el 10 y haya publicado una novela de mérito literario. Es un tramo bastante amplio de la sociedad española y, si bien es cierto que entre el 5 y el 6,9 hay un buen puñado de prosistas que gozan en España de cierto prestigio literario —pienso en Ignacio Peyró, en Daniel Gascón, en Jacobo Bergareche, en Karina Sainz Borgo y Rodrigo Blanco Calderón (son venezolanos, pero afincados en España) y, si estiramos el espectro por la zurda para incluir a más autores, en Juan Soto Ivars, Alberto Olmos y hasta Ana Iris Simón, que pese a venir de la izquierda son a menudo identificados como derechistas—, no hay nada más allá de la izquierda y el centroderecha. No hay autores abiertamente reaccionarios. No hay uno solo que escriba sus novelas mirando el mundo asomado a ese balcón.

Foto: EFE

Esto, en tiempos en los que la diversidad es un concepto que merece un puesto de honor —y está bien que así sea, pues la novela se enriquece con los puntos de vista diversos—, puede resultar problemático. Pues, si como lectores nos interesan los distintos puntos de vista, ¿dónde están los de ese grupo de españoles que según las encuestas gana adeptos día a día?

Ante esta pregunta cabe plantear las siguientes respuestas:

  1. ¿Y qué?

No son pocos los lectores a los que les da igual la ideología del novelista, que están dispuestos a leer lo que sea siempre que cumpla con unos estándares de calidad. Sin embargo, son precisamente estos lectores los primeros interesados en que lleguen a la mesa de novedades novelas meritorias sin que para ello pese la orientación ideológica de su autor. Una novela buena es una novela buena, ¿no?

Pues bien, pese a que los datos de estimación de voto indican que un 30,6% de los votantes entre 25 y 34 años —el rango de edad en el que los novelistas suelen debutar— prefieren a Vox (datos de El País), no parece que uno solo haya conseguido colar su novela en las librerías de España con un sello de cierto prestigio literario. Si bien este dato de intención de voto desciende a medida que aumenta la edad —20,8% para votantes de 35 a 44 y 16,4% para votantes de 45 a 54—, sigue tratándose de un pedazo bastante significativo de la población como para que ni uno sólo se haya decidido a escribir una novela y le haya salido lo suficientemente bien como para que una editorial solvente se haya fijado en su libro y haya decidido apostar por él. 

  1. No saben escribir

Viendo que hay un porcentaje nada desdeñable de la población en edad de publicar su debut o subsiguientes novelas pero que ninguno de ellos consigue publicar nada, una conclusión lógica sería que, en realidad, sus preferencias ideológicas son incompatibles con la capacidad de escribir una novela de cierto mérito literario.

Esto puede parecer un golpe bajo, un chascarrillo fácil, pero no es infrecuente despachar con este tipo de argumentos —el fascismo se cura leyendo, etc.— el erial narrativo de la derecha a la derecha del Hotel Jorge Juan.

El propio Juan Manuel de Prada —en quien hemos establecido la edad de corte, pues nos centramos en autores nacidos a partir de los años setenta— podría ser la excepción que confirme la regla, pero qué excepción. Fuera de duda queda su calidad narrativa, y es precisamente ese punto de vista suyo, disidente, el que da un sabor nuevo a sus propuestas novelescas, especialmente sus obras sobre Fernando Navales —la ya clásica Las máscaras del héroe y Mil ojos esconde la noche, su reciente continuación, publicada en dos partes—. Y si con eso no bastara, no hay más que darse un paseo por la novela del siglo XX para ver que, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, muchos de sus más grandes novelistas —Curzio Malaparte, Agustín de Foxá, Yukio Mishima, Louis-Ferdinand Céline, Ernst Jünger, Knut Hamsun— fueron no sólo de derecha, sino directamente de extrema derecha: fascistas de tomo y lomo. Fascistas capaces no ya de escribir una buena novela, sino directamente una obra maestra. Por tanto, hay que descartar el argumento de su incompetencia manifiesta.

  1. No les interesa escribir

Este argumento es más interesante y se lo tomo prestado a José Ignacio Carnero —con quien debatí sobre el tema hace ya tiempo por X (entonces Twitter)—. Así como resulta complicado encontrar asesores fiscales o académicos de derecho mercantil en las filas de izquierda o extrema izquierda, las particularidades de la disciplina novelística atraerían de por sí a más personas con sensibilidades izquierdistas que a individuos susceptibles de identificarse con Vox u otras opciones políticas reaccionarias. Con este argumento ya estamos concediendo a los españoles reaccionarios la capacidad intelectual suficiente como para urdir una novela —se agradece la deferencia—, pero estamos cuestionando su interés en dedicarse a ello.

Esto tiene su sentido especialmente para cierto espectro de la derecha: el más liberal. Si tomamos a un anarcocapitalista, a un entusiasta de Javier Milei, entonces podemos ver con cierta facilidad que este sector de la derecha más dura pueda tener capacidades intelectuales más que solventes —no en vano el intelectual español de más impacto en nuestro tiempo es Jesús Huerta de Soto, un economista anarcoliberal— pero que, aplicando la lógica del homo economicus, decida emplear su materia gris en empresas más lucrativas. Nada que objetar aquí.

No obstante, estamos dejando de lado un trozo nada desdeñable de la derecha dura, y no podemos obviar que el grueso de este colectivo es eminentemente anticapitalista: falangistas, nazis, fascistas y adyacentes. Son gente con una sensibilidad social comparable a la de la izquierda dura y, poniéndonos estupendos, podríamos incluso aventurar que son una especie de hijos bastardos del romanticismo. Por tanto, ¿cómo podríamos negarles la inclinación artística? Podemos apostar, sin miedo a equivocarnos, que se trata de individuos aptos para la sensibilidad cultural, proclives a plasmar el mundo en una novela. Es una inclinación humana, y la humanidad no viene —no debería venir— condicionada por ideologías.

  1. Escriben, pero lo ocultan

Asumamos que cierto sector de la derecha —digamos el más liberal— no está dispuesto a escribir novelas porque no le renta. Bien. No obstante, hay algunos ejemplos —otra vez: ¿tal vez sean excepciones que confirman la regla?— que se autodenominan liberales a la hora de hablar de política: tenemos el ejemplo de Mario Vargas Llosa, si bien es cierto que hizo un viaje ideológico desde la izquierda y éste se consumó cuando su prestigio literario ya estaba consolidado, o, hablando de autores de la generación que nos ocupa, el de Daniel Gascón.

Podría ser que tanto liberales como centroderechistas manifestasen un derechismo suave, amable, y complaciente con el establishment cultural—o que directamente callasen— para no revelar sus verdaderas coordenadas ideológicas por miedo a quedar relegadas al ostracismo. También es una posibilidad. 

No obstante, esta posibilidad abre la puerta a una realidad que, si bien por un lado es razonable, por otro lado podría ser calificada de inquietante. El derechista recalcitrante lima sus asperezas para encajar en el establishment literario y el establishment literario no está dispuesto a sacar en la foto al que se mueva.

  1. Escriben, pero no pueden publicar

Esta posibilidad parte de la premisa de que el entramado editorial tiene un sesgo que impide la publicación de autores jóvenes abiertamente de Vox o más allá. Así, habría en España un grupo indeterminado de autores, quizás alguno de ellos con verdadero talento literario, que escriben novelas que jamás ven la luz o que se publican en editoriales marginales ajenas al debate literario, y esto podría deberse en primera instancia a un frío cálculo comercial. Es el mercado, amigo.

Por un lado, todo apunta a que el lector interesado en ópticas más conservadoras suele decantarse por el ensayo, y aquí es donde sí hay varias editoriales especializadas —Monóculo, por ejemplo— que publican a autores reaccionarios de excelente prosa como Hughes o Esperanza Ruiz. Por otro lado, si los autores y lectores más frecuentes de novela contemporánea no son hombres sino mujeres —y sabiendo que la creciente derechización de la población menor de cincuenta años es mucho más acusada en los varones—, es lógico que el propio mercado sea reacio a apostar por propuestas novelísticas con una visión o un discurso alejado de lo mayoritario. 

Pero ¿y si hubiera algo más que el incentivo económico a la hora de descartar a autores por su posicionamiento ideológico? ¿Cómo de fácil o difícil lo tendría un novelista que en sus entrevistas se posicionara abiertamente con la derecha a la derecha del Partido Popular —que ya hemos visto que está sí está más o menos tolerada y forma parte de la constelación novelesca contemporánea, siempre y cuando se ciña a una serie de temas políticamente inanes— y que tratase en sus libros la inmigración, el islamismo, la cuestión de género y demás asuntos desde esa misma posición?

En una reseña de hace unos meses, Jorge Burón comentaba una novela a la que no encontraba grandes méritos literarios, pero que salvaba de la siguiente forma:

«Así que en este caso creo que soy yo el equivocado y que este libro está bien aunque esté mal. Es más importante la militancia que la bella página. Contra los discursos de odio, panfletos revolucionarios, y a los panfletos no se les revisan las comas ni el arco narrativo, se les pide efectividad. Este libro puede ser eficiente. Este panfleto podría servir. Su baja calidad literaria, en este caso, queda al margen.»

Del mismo modo que a una novela se la puede salvar por tener las ideas correctas —esto es, las que defiende el establishment cultural actual—, sería absolutamente lógico descartar a aquellas que reflejen un mensaje incorrecto, o cuyos autores, al margen de lo que escriban en ellas, defiendan postulados propios de la derecha dura.

*   *   *

Vuelvo sobre los párrafos anteriores y no dejo de decirme: qué más da. Qué importa que este grupo de gente no quiera o no pueda publicar novelas. ¿No hay ya bastante diversidad? ¿Qué importa que un novelista abiertamente de derechas lo tenga complicado para publicar? Y sin embargo algo dentro de mí me dice que sí importa. 

Entiendo que quien conciba la literatura y en particular la novela como una extensión del campo de batalla ideológico no esté dispuesto a que una nadería como la excelencia literaria se interponga en sus objetivos políticos. Si la calidad literaria está supeditada a la adhesión ideológica a determinados postulados, entonces todo está bien. Sea por un tapón estructural o porque los fachas no quieren escribir novelas, hay que proteger la literatura de subversivos, acotarla y ordenarla para que desfile como un pelotón.

Pero quienes acudimos a las novelas dispuestos a enriquecernos con distintos puntos de vista que nos expliquen la realidad no podemos dejar de tener la sensación de que nos estamos perdiendo algo: la visión del mundo en forma de novela de un grupo cada vez más grande de la sociedad. Y si no tenemos voces que novelen el mundo desde el mayor número de puntos de vista posible, empiezan los puntos ciegos. No podemos conocer toda la verdad. Nos desconectamos de la realidad, y es entonces cuando la realidad nos tritura.

No creo que no merezcan escribir. No creo que no estén capacitados. Tampoco creo que no les interese. Puede que ahora mismo haya un gran novelista en las sombras, coleccionando rechazos editoriales, consciente de que su ideología es culpable de su fracaso. Y sería una pena no poder leerlo, pero más lamentable sería que su resentimiento se fuese cocinando con los años, hasta que llegue el inevitable pendulazo. Entonces su venganza —y la de los suyos— será terrible. Pero tal vez las cosas sean así siempre.

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