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La sangre derramada por mis días inhábiles
Me gusta Madrid vacío en puentes, Semana Santa, agosto y Navidad.
1 de mayo 2026
Huele a puente en Madrid y la carretera de La Coruña colapsa de domingueros. Polen en suspensión irritando los párpados de los motoristas; una T-Max se tambalea en la mediana del puente de Juan Bravo mientras vuelvo a casa tras una jornada feliz en la oficina porque precede a tres días de asueto: el uno, el dos y el tres de mayo. Quisiera dar las gracias a los Mártires de Chicago y a los sublevados de Madrid que entregaron sus vidas por una causa noble: mis días inhábiles. Anarquismo y odio secular al gabacho —no hay dos ideologías más españolas— que desembocaron en un puente que sabe a poco, ya que el dos de mayo cae en sábado este año. Pero llego a casa, bajo al patio de mi bajo interior y veo al mirar arriba el único pedazo de cielo que me puedo permitir: las paralelas de las cuerdas de tender de los vecinos están vacías. Han huido todos. Durante unos días dejaré de escuchar la sinfonía de todas las mañanas: despertar con el olor a café y la voz aterciopelada de Carlos Alsina que se cuelan por alguna ventana; después, las escaleras retumbando con el ejército de niños de uniforme y peinados a raya que van al colegio; después, los padres trajeados que van a la oficina con la cabeza alta y la cara seria; después, las madres que salen felices a tomar un café; después, la música latina de las asistentas que preparan la comida y lavan las casas y hacen chirriar las poleas de las paralelas de las cuerdas de tender. No hay nada de eso, y el silencio y el buen tiempo son el preludio del descanso, de un puente en el que el edificio será mío y podré dar vueltas con la moto sin filtrar, apurando los semáforos y sintiendo el sol y la brisa en la cara. Me gusta Madrid vacío en puentes, Semana Santa, agosto y Navidad. Se aparca fácil, no hace falta reservar en los restaurantes y uno siente que la ciudad es suya. Gracias, Mártires de Chicago. Gracias, Daoiz y Velarde.
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