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No sex #62: 'Lost in translation'
Como me ocurría a mí, estaban perdidos con ellos mismos.
10 de junio 2026
Debía de tener unos 20 años cuando vi por primera vez ‘Lost in translation’ y ha pasado una década hasta que he logrado pisar aquel exótico y futurista Tokio, verlo con mis ojos, pasearlo con mis piernas y comprender (sé que es atrevido decirlo así) por fin la película. En Tokio me sucede algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba: no puedo comunicarme bien, no puedo hablar con ellos todo lo que me gustaría y no puedo preguntar todo lo que querría saber.
Así que voy paseando por calles cuyo nombre no sé pronunciar llena de dudas, acumulando cuestiones en el tintero, frases sin decir y dinámicas que no entiendo. Y mientras camino en esta libertad que me da la incomprensión ajena, cae sobre mí una colosal pregunta: ¿y si a veces he hecho eso en las relaciones?
No puedo comunicarme bien, tengo pánico a expresar lo que siento.
No puedo hablar contigo todo lo que me gustaría, ¿y si dejo de gustarte?
No puedo preguntar todo lo que querría saber, me da miedo que me contestes algo que estropee lo que tenemos.
Trataré de argumentar mi hipótesis: en el centro está la dificultad para hacerse entender ante el otro y lo imposible que a veces resulta entender al otro. Lograr atravesar las llanuras del lenguaje hasta llegar a uno común puede convertirse en un escape room sin final feliz. ¿Me conoces de verdad si no soy capaz de decírtelo todo? Me gustaría leer un manual sobre el balance entre la necesaria intimidad, la cual siempre defenderé con ahínco, y una relación sostenida en medias verdades, porque intento descifrarlo pero sigo sin saber si la verborrea es el único camino, o si dejar reposar en el tiempo ayuda, como pasa con las salsas de tomate.
Trataré también de hacer una revisión interna: ¿cuánto estoy dispuesta a traducir? ¿Por qué me empeño a veces en que quieran encontrarme con cierta dificultad? ¿Por qué a veces no me salen las palabras? Me muevo entre cambios de forma agotadora, resulta que en Tokio me gusta el whisky y el sake, los bares en los sótanos. Resulta que mañana podría gustarme otra cosa, nunca había bebido whisky. ¿Cómo explico esto que tengo adentro?*
Durante demasiado tiempo deseé que el otro jugase a las adivinanzas, y quise resultar ganadora en la final de rechazos evitados, lo que más bien me hizo entrar en la competición de los que nunca decían nada. Al parecer, Sofía Coppola escribió el guión con retazos de sus experiencias en la ciudad y la historia se tejió casi de forma orgánica, de plano en plano, creando algo que antes no existía. Una podría creer que Bob y Charlotte, los protagonistas, estaban ‘lost in translation’ con los japoneses**, pero la realidad, como me ocurría a mí, es que estaban perdidos con ellos mismos y, en consecuencia, con las personas con las que compartían la vida. Algo que sólo se destrabó cuando ellos, desconocidos, se atrevieron a hacerse entender, es decir, dejaron que el otro entendiese.***
La única manera de tener un lenguaje común es poner la mesa muchas más palabras (lo siento), especular en conjunto, y, sin temor (¡¡o con temor!!), ayudar a que el otro nos descifre. Compartir el habla, más allá del manido y romántico lenguaje-íntimo-cursi, también consiste en aprovisionarse de arrojo para preguntar aunque se dude de la respuesta, poner sobre la mesa esa cuestión incómoda y animarse a explicar ese agujero negro que una tiene, que a veces es feo, molesta, aplasta, arrasa la purpurina, empequeñece el artificio, pero que al fin y al cabo, es también parte de lo que una es. Una parte sombría que conforma nuestra estructura y le da profundidad, lo que nos diferencia del papel en blanco, lo que nos humaniza y lo que, afirmo convencida, acaba permitiendo el amor, pertrechado y sucio, pero real.
*que además de whisky japonés sería esa necesidad mía de estar mutando constantemente.
**también por supuesto que lo estaban.
***da para una novela entera la capacidad humana de abrirse en canal con desconocidos a los que conocemos en un bar con los que acabamos cantando en un karaoke pensando que ellos son los únicos que nos entienden.
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