Costumbres

La vanidad romana

Prefiero ser decapitado antes que vivir con la insoportable pesadez del estar feo.

20 de julio 2026


Alguna vez le escuché decir a un conocido que tenemos ojos para ver y cuello para rompérnoslo. Es apenas ahora que salgo del quirófano que alcanzo a ver lo que hay detrás de este aforismo. Será por la anestesia.

Por tratarse de una monografía y no de un dibujo, cabe mencionar que soy medianamente apuesto y desproporcionadamente vanidoso. No soy tan guapo como para que alguien me aceche, pero tampoco soy tan feo como para que me persigan. Eso sí, antes me veía mejor. Y aunque mi época dorada ya pasó, y aunque de aquellas vacas con un índice de masa muscular ideal ya no queda sino pasto a medio morder, igual me queda el gusto adquirido de mi propia imagen; esta no se quita ni con cirugía.

Empiezo a reconocer el ciclo de vida de un vanidoso y es más o menos tal que así: el vanidoso nace, crece, encuentra un peinado que le favorece, averigua qué tipo de piel tiene, compra una crema afín, hace como que se reproduce, una y otra vez, enmarca su retrato, luego lo hereda y se muere. Es inevitable que el vanidoso sufra en el último soplo porque parte al más allá con la incertidumbre de no saber quién lo irá a peinar antes de no volver a sentir el viento en la superficie de la Tierra.

Dicho esto, era yo, hasta el año pasado, un vanidoso conforme y, por ende, un hombre en camino a la felicidad. Luego me salió un grano, conocí a Romana y el foco de mi juventud se puso detrás de mí.

Llegué a pensar, y lo digo temeroso de que mi madre lo lea, que no conseguiré reproducirme. Fueron trece meses, con su numerología terrible, de andar con la cabeza baja mostrándole a la ciudad mi asqueroso queloide bajo la nuca. Las lesiones en la piel son como el cáncer, aunque no lo sean, porque para cuando uno las detecta ya están ahí.

El pasado mayo una amiga me pidió permiso para exprimir un grano que me había crecido en el cuello, arriba de la espalda. No, le dije, no quiero que me quede la marca. Qué inocente era yo, como un querubín bronceado. Más bien ingenuo, como Neville Chamberlain esperando a ver qué hacían los nazis, porque además tengo un papel que avala un C1 en todas mis competencias de la lengua inglesa. Yes, sir. No sabía que esa era mi última oportunidad de exprimir al perro y acabar con la rabia antes de que se multiplicara. I really didn’t.

A las tantas semanas, el grano que perdoné de buena fe, en lugar de expirar, se envalentonó para robarse la atención, como Hitler al oeste de Checoslovaquia mientras Neville abandonaba la diplomacia por la puerta de atrás. Será porque nació a mediados de mayo y así son los Géminis. A diferencia del más infame genocida moderno, mi grano era un problema exclusivamente estético, una lesión benigna, que dicho así suena más como el protagonista de un voluntariado que solo estorba antes que como un problema real. Al fin decidí tomarlo por lo que es, una desgracia, y saqué cita en dermatología sin avisarle. Lo hice por teléfono, a espaldas de mi grano, porque yo también soy géminis.

Eran las seis y media de la mañana y a esa hora solo hay dos tipos de personas en el hospital: las que trabajan ahí y las que tienen una urgencia. El pasillo bostezaba. La gente presente se quejaba. La hospitalidad hospitalaria es, antes que redundante, cacofónica. Eran las siete de la mañana y a esa hora solo hay dos tipos de personas sobreviviendo en el hospital: las que madrugaron y las que no se han ido a la cama. La doctora que salió en contra de su voluntad a recibirme al pasillo tenía plastas de rímel del día anterior y la bata sin cerrar. Su apariencia me inspiró desconfianza de inmediato, como cuando uno avista a un asaltante y lo sabe. Me sentó en un camastro, me regañó por no hablar el idioma (tal vez), y de su caja de herramientas sacó una suerte de cautín para soldar la más voluminosa de mis inseguridades como quien le hace un retoque a un busto de acero.

El hidrógeno aplicado no me dolió y no me quejé sino hasta que, en casa, me quité la gasa que me puso con clavos y un martillo. Sin poder escapar del espejo, hacía berrinche la misma persona que acudió temprano a su visita con la dermatóloga, aquel muchacho que ningún mal había ocasionado a la apariencia de nadie, pero detrás de él había un gigante rosado como Júpiter avergonzado. El espejo, si bien tiene manchas, es súper plano. Es liso al cuadrado. Así era mi cuello antaño.


Primero me quitaste la verruga, Romana.

La quitaste con hidrógeno

Me la enseñaste para que la viera

porque se escondía en mi nuca

y la tiraste a la basura asqueada.


A la brevedad, y sin esperar a que el tiempo hiciera sus estragos, le exigí una nueva cita a Romana. No podía dejar de pensar en ella y en lo que había provocado en mí. Cuando la recepcionista atendió mi llamada, me saludó por nombre, por lo que asumí que estaría enamorada de un servidor, y cómo no, si me conoció antes de estar metido yo en esta penosa situación. Me dio fecha para algunas semanas después –semanas, por cierto, en las que me gobernó la inseguridad–. Pude haber muerto en el ínter. Como mexicano, crecí con la certeza de que la inseguridad mata. Antes de colgar el teléfono la recepcionista insistió en confirmar el número de mi póliza. ¿**************892 Fernando G******? Quise decir que no, que ya no lo era.

Durante ese tiempo arranqué todas las flores que se atravesaron en mi camino para quitarles los pétalos, uno a uno, como si fueran protuberancias en la piel de las rosas. Cuando por fin llegó mi turno de volver a ver a Romana, le expliqué mi nuevo problema.


Créeme que te entiendo, Romana,

este tema a mí también me incomoda

y a toda la gente

que por no ser grosera

no habla de ella a mi espalda.


Es una cicatriz queloide, afirmó. Su diagnóstico la exoneraba de toda culpa para relegársela a mis padres, como si en vez de doctora fuera psicóloga. Es genética, me dijo la diacrónica paisana de Gregor Mendel, padre de esa rama de la biología. Sentí que yo era una sopa hirviendo y que lo que quedó del grano en la parte posterior de mi cuello era un asqueroso chícharo. El sudor caliente rebasaba mis bordes.


Pero me hiciste daño, Romana.

Donde antes hubo un bulto

ahora hay una montaña.

Donde antes hubo humo

yace inmensa la llama

de piquete al octavo pico,

de marrón a un rojo vivo,

de verruga a carne humana.


No es tu culpa, Romana,

tú hiciste tu parte.

Acataste tu palabra.

Aplicaste el cautín

como indica la comanda.


No hiciste a propósito

esta humillante marca.

Cicatrizo queloide.

Tú eres Frankenstein,

yo el monstruo que hace llagas.


Vuelvo a ti, Romana,

con la cabeza baja suplicándote

que me recites un ungüento

o que me digas que, si no sana hoy,

al menos sanará mañana.

Romana, Romana, colita de rana…


En vez de ahogarme con un vaso de agua, tomé el teléfono y le marqué a mi mamá. Le confesé que mi herida me tenía un poco achicopalado y ella, como si fuera Cervantes o el mismísimo Sancho Panza, me dijo que era cosa de seguir adelante sin quedarme a esperar a que aquello pasara, y que así se pasaría. Pensé que minimizaba mi protuberancia porque la cámara de mi celular no enfoca del todo bien. Además, es complicado encontrar un buen ángulo para retratar el cuello de uno mismo. Visto como se lo mostré, el monstruo que me acosaba parecía una tierna criatura que bien podría desempeñar el papel de un nieto. Para ella, según dice, estoy guapo siempre.

A mi edad, la validación femenina no está restringida a la matriz, por lo que también advertí a mis amigas del mundo que lo mío no es contagioso, que desarrollar o no queloides depende de la mala suerte de uno y de nada más. No pudo importarles menos; lo que pasó, pasó, y lo que no, no fue culpa de Romana. De cualquier manera, luego de demasiado tiempo sintiendo lástima por mí mismo y mi horrenda retaguardia, me acerqué de nuevo a mi confidente, el teléfono, y pedí ver de nuevo a mi verduga.


Tu sala de espera

es la constante

que atraviesa el año

de la epidermis traviesa.


Me atendió en persona la recepcionista, tan joven como la helada primavera y, aún así, seguramente mayor que yo. Antes que el gafete con su nombre impreso, prendido en su bolsillo superior, el piercing que asomaba desde su pecho me picó un ojo. Me preguntó cómo estaba, la recepcionista. Asustado, le dije, pobre de mí. Mi problema es el jinete sin cabeza y yo la bestia que cabalga aterrorizando la aldea. En la facultad me siento hasta atrás para evitar ser puesto de ejemplo. Cuando me formo en una fila, dejo pasar primero a todos y me toca comer pan duro. Cuando hace frío me pongo una bufanda alrededor del pescuezo, pero cuando hace calor quisiera colgarme. Me da igual no salir a la calle y dejar las luces apagadas porque de cualquier modo no encontraré el amor, ni la amistad, ni tregua en la oscuridad en tanto sobre mí pese un queloide del tamaño de mi sombra, le dije, en inglés. No entendió mi angustia, pero me llevó con Romana. Pienso que la asustó mi irritación dermatológica.


En el cruce de una aguja

es larga adarga hecha

de aleación quirúrgica la pieza

en el pezón de tu compinche

de tu Sancho, tu enfermera.


¿Será que ella te mira

e imita tu carrera?

¿O solo es que aprendió de ti, Romana,

a llevar la bata un poco abierta?


Me ofreció el filo de su bisturí. Acepté. Le di el sí. Prefiero ser decapitado antes que vivir con la insoportable pesadez del estar feo. Y fue así como Romana destruyó su monstruosa creación y dejó, en el campo de batalla, un enclave más desierto y espinoso que Castilla-La Mancha con sus gigantes imaginarios: una seisena de puntadas que suturan mi carne. Con un dedo, corto, terminado en la uña más sucia que he juzgado jamás, me indicó no tocarlas.

De momento mis puntadas están cubiertas como una oruga en su capullo, expectantes. Al igual que mi adorada madre, Romana me recomendó paciencia. Me prescribió tiempo, cómplice de las secuencias lógicas que van de la A a la B y luego a la C en consecuencia. Ya mejorará, me dijo sin prometerlo. No había notado sus arrugas cerca de la boca, ni sus lunares.

Como yo no entreno mis músculos precisamente para poder girar ciento ochenta grados, si cuando retire la gasa pegada en la parte trasera de mi cuello no me gusta lo que miro, si la solución al problema demuestra, otra vez, ser todavía peor, si por vanidoso reincidí en arruinar todavía más las cosas, por lo menos moriré de una fractura. Si esto es así, quiero que sea Romana quien peine esta cabeza que no supo ordenar sus prioridades, si no, espero no tener que volver a verla.

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