Ideas

A la vuelta venden pan

Lo que podemos hacer como clase trabajadora es hacer más con menos, lo de siempre. Las letras, que son la materia renovable por excelencia, pueden ser un salvoconducto.

21 de agosto 2026 · 1 comentario


Usted recordará, mejor que yo, que mi memoria a corto plazo falla en cada nueva oportunidad de confirmar su veracidad. Pero sepa su merced que el día que me consuma la nostalgia empezaré a recordar la recta final partiendo del jueves en que nací. Si acaso duda de mi palabra, por favor refiérase, con respeto, a mi madre. Ella también estuvo ahí y puede dar fe de mi existencia.

La información acumulada por un sujeto no es relevante para el imaginario colectivo si no se es Winston Churchill, el guasón o Jorge Luis Borges, al que se le hacía y se le hace cuento que empezó Buenos Aires. Muertos, no olvidados. Obsoletas son las memorias del primer homínido que incendió algo (queriendo), y no por ser menos interesante que Albert Nobel y la dinamita, sino porque, aunque contribuyó al savoir-vivre de nuestra especie, no exclamó ¡eureka! puntualmente. Hay que apuntar. Vini, vidi, vici, notavi.

El panorama actual de las cosas es más oscuro que el pozo negro del oblivion. Tengo veintiséis años, un trabajo estable, una carrera universitaria, todos mis dientes y a mí no me alcanzaría para tener bebés con alguien de mi misma condición, ni tramitando un crédito compartido a veinte años más. La burguesía nos ha arrebatado hasta el derecho a procrear bajo nuestros términos. Ni siquiera podemos costear el apellido. Antaño, la sangre era legado. Hoy, la sangre se derrama o se evapora, y en la inmensa mayoría de los casos se desperdicia. Esto, por supuesto, en lo que nuestras mentes más científicas averiguan cómo transformar nuestro plasma en proteína en polvo para culturistas empeñados en alimentar sus cuadríceps con el afán de que, luego de tantos cuidados, llegue el día en que puedan valerse por ellos mismos. La tradición está acabada. Si pretendemos que alguien se acuerde de nosotros, queda innovar. Y no innovar en aras del progreso o del desarrollo, dos palabras ya también caducas y que, todo parece apuntar –pun intended– nos llevarán al despeñadero.

Lo que podemos hacer como clase trabajadora es hacer más con menos, lo de siempre. Las letras, que son la materia renovable por excelencia, pueden ser un salvoconducto. Basta con imaginarse a unos náufragos deletreando un SOS en una paradisíaca playa caribeña en unas vacaciones que acabaron mal. Se derrumbarán Buenos Aires, los templos, los palacios, las torres, el abolengo, el dólar y hasta la novela, pero jamás las groserías ni el por favor y gracias.

Prestemos atención a Luis Bazet, quien utiliza la palabra parangón en cada conversación que mantenemos. Si bien a su mamá no le gusta el término, famosamente (como también dice él), ambos se lo escucharon a alguien. Esta persona lo habrá recogido en algún sitio entre la colonia Jardín Balbuena de la Ciudad de México y el yacimiento arqueológico de Barnham, en Inglaterra, lugar en donde, aunque nadie se acuerde, se encuentra la prueba más antigua de la creación intencional de un fuego por seres humanos. ¿Quién inventó esta palabra sin parangón? Su etimología indica que los griegos pusieron su granito de arena y los italianos le habrán puesto albahaca encima y la habrán metido al horno antes de pasar al español, nuestra maravilla con patillas. Trabajo de muchos, obra de nadie. Pero yo sé que a Luis Bazet lo conmueve esta palabra. También lo sabe nuestra amiga Ailen (de quien, por cierto, escuché por primera vez la frase "ubícate bajo la palmera”), y lo saben todos los que intercambian oraciones con él a diario. Esto es importante. Y lo seguirá siendo cuando Luis vuelva al polvo. En caso de sobrevivirle, espero que me deje con el notario el diccionario de etimologías que le regalaron en el pasado lejano.

Mi memoria es insuficiente, ni siquiera soy capaz de darle créditos a la persona que me hizo creer que la frase “a la vuelta venden pan” es una construcción popular ya consolidada que significa algo así como que lo que das, recibes. Según mi entendimiento, que es tan pobre como un servidor, decir “a la vuelta venden pan” equivale a una advertencia: como me ha tratado su merced, así le han de tratar de vuelta. Aquí un ejemplo: ¿Me devuelve el encendedor, por favor? No. A la vuelta venden pan, truhán. Juro por mi herencia que no me viene a la cabeza quién fue este prócer del vernacular. Pero existió, tanto como Cide Hamete Benengeli. Tanto como el mismísimo Homero.

¡Unga bunga! proclamó inútilmente nuestro ancestro en común hace cuatrocientos mil años. Cuando escucho que a la vuelta venden pan, aunque sea de mi propia voz porque esta locución en realidad todavía no se populariza, me acaloro para bien. Me emociona pensar que tiene cierto parentesco con lo que habrá experimentado mi tío Albert Nobel en su laboratorio. Provoca en mí fuegos artificiales. “Mi paz os dejo, mi paz os doy.” A la vuelta venden pan. “Vayan y proclamen la buena nueva”. Esto es lo que puedo ofrecerle a usted antes de que lo olvide

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