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Hablemos de hablar
Estas máscaras tan alambicadas prestigian más al mensajero que al mensaje.
1 de octubre 2026 · 1 comentario
Para mi padre, con quien quiero seguir riéndome de estas cosas.
Hay un partido de fútbol en la tele. Un jugador pisa con dureza a otro: un pitido, ojos de susto, inminente grito de dolor. El exárbitro internacional y comentarista Mateu Lahoz, con voz clerical e imaginaria tonsura a lo Torquemada, sentencia: “Lo que está claro es que es una jugada temeraria. Y aunque lo quieras hacer sin voluntad, en el moooomento en el que poooones en rieeeesgo la saluuuud de uuuun compañeeeero de trabaaaajo…”
Mi padre y yo nos miramos. Parpadeamos y luego reímos. ¿Otra vez, Mateu? ¿Cuántas van ya? Acto seguido, comparto la rimbombante perla entre unos amigos especialmente sensibilizados con el tema. Uno de ellos, afilado, me dice que estaba escribiendo justo lo mismo. “Esto es insoportable”, “no se puede ser más cursi”, “¿pero qué está diciendo este hombre?”, “basta ya”... Y es cierto: no se puede estar más desubicado. ¿Cómo que poner en riesgo la salud? ¿Cómo que a un compañero de trabajo? ¿Qué es esto, un curso telemático de prevención de accidentes laborales? ¿La DGT?
Analicemos por qué esta frase, en apariencia inofensiva, se nos vuelve tan estomagante. Primero lo evidente: es difícil expresar una idea tan sencilla (el daño que hace un pisotón) de una forma más recargada y gazmoña (en el momento en el que pones en riesgo la salud de un compañero de trabajo). Aquí hay un récord, aquí hay un gran castillo retórico de azúcar glas, aquí hay un jarro de agua fría. Toda esta grandilocuencia es innecesaria, al menos (o sobre todo) en el contexto comunicativo en el que nos encontramos: una retransmisión en directo cuyo fin, en teoría, es acercar (no alejar ni complicar ni enfriar) lo que va sucediendo a la audiencia.
Lo segundo: hay cientos de alternativas al alcance de toda persona no muda. Frases directas y refulgentes como una piedra de río. Formas escuetas (el partido no para mientras lo comentas, ¡estás en la tele!) para facilitarle y alegrarle la vida al espectador, que como protagonista de todo esto debería ser seducido. Pero desbrocemos la sentencia en cuestión. Partamos del ya mencionado salmo:
“En el momento en el que pones en riesgo la salud de un compañero de trabajo”
Descendamos ahora por las escaleras de la concisión:
“En el momento en el que pones en riesgo Si haces daño la salud de un compañero de trabajo a otro futbolista”
Un escalón más:
“Pues le ha podido hacer daño”
Otro:
“Eso ha dolido”
Hasta llegar al rellano, donde nos aguarda el destilado final:
“¡Ojo!”
Bromas aparte, el problema de esta frase –elegida maliciosa y tiernamente como detonante de este texto pero ni mucho menos una excepción; mis registros están disponibles para quien quiera– es que el que la pronuncia, en este caso el sacerdote Mateu, elige hacerlo así. Elige engolarse, elige ponerse un traje muy apretado y elige precintarse la boca y el corazón. Media aquí, creo, una clase de impostura muy frecuente en las esferas de exposición pública, especialmente en aquellas en las que hay una cámara, un micro o una audiencia a la que dirigirse. Quien abraza esta pretendida sofisticación lo hace engañado o imbuido de una idea equivocada de lo que es hablar bien. Un habla en el que las frases más inmediatas y orales se consideran insuficientes, torpes, vulgares, llanas de más, y por tanto se desechan. A cambio, nos vemos sometidos a un bombardeo de sobreexplicaciones (¿por qué no confiar más en la inteligencia del que lee o escucha?), de jerga pseudocorporativa, de un fordismo muy chungo: “vehicular”, “optimizar”, el matrimonio “implantar/implementar”, “eficientar”, la ya entrañable “poner en valor”... Palabras-envoltorio, manos ortopédicas y siniestras con el poder de petrificar todo aquello que tocan. Algunos inconcluyentes pero sugerentes ejemplos más:
- First Dates, un programa en el que lo empresarial ya se ha colado en el viejo arte del flirteo. Ahora se tontea vía Linkedin y se habla en corporativés: “Yo es que estoy muy centrado en mi desarrollo personal” (no me quiero comprometer/no busco nada serio/¿quizá soy un loco?), “percibo que eres una persona muy alineada con mis objetivos vitales” (qué guay que te gusten las cosas que a mí me gustan), “por encima de todo me gustaría prevenir posibles situaciones desagradables” (no quiero que me la líen más), etc.
- Expresiones coyunturales en los medios, como por ejemplo colada (de lava, ahora de vuelta tras los cinco años de la erupción del volcán de La Palma). Colada, a efectos informativos, viene a ser lo mismo que lava; lava se entiende, colada por sí sola puede confundir. ¿Optar por colada logra que entendamos mejor la noticia, el fenómeno científico? Tengo dudas.
- Anticiclón. Los hombres del tiempo han conseguido que nos encariñemos con esta palabra, pero pocos saben exactamente qué significa. A ellos les debemos, eso sí, cosas tan bellas como cirrocúmulo o chubascos.
- El infame bloque bajo y demás farfolla data-driven del fútbol. La última: monetizar el balón en vez de tener el balón para marcar goles o hacerse con la posesión para crear peligro o cualquier otra cosa. Alfredo Relaño ya escribió un artículo profético al respecto.
Ante estos casos, más o menos anecdóticos pero en conjunto crecientes, es difícil no levantar una ceja. Me da la impresión de que estas máscaras tan alambicadas prestigian más al mensajero que al mensaje; más al estatus del que habla que a lo dicho en sí. Pero estas expresiones acaban diciendo peor o no dicen nada en absoluto, y suelen desconectarnos de la conversación, de la retransmisión, de la rueda de prensa, de la comparecencia en el congreso. Son como mansiones de habitaciones vacías y paredes tapizadas de Louis Vuitton, backrooms sintácticos inadecuados para la caliente y rica sopa de la vida. Puro egoísmo.
Por quitarnos el mal sabor de boca, y por demostrar que todavía hay contrapesos a tanta asepsia, reivindiquemos uno de los últimos refugios de la imaginación y el realismo mágico: la prensa rosa y los programas del corazón. Veamos:
- Capturados en actitud acaramelada. Cap- ac- aca-, una preciosa aliteración, un parentesco oscuro con Encerrados con un solo juguete de Marsé, un posible tatuaje en la clavícula. Un titular perfecto.
- Refugiados en su círculo de confianza. Merlín el encantador, versión Disney, agita su varita y nos protege. Quién no querría refugiarse en su círculo de confianza. Y a quién no le gustaría que su entorno respondiese con contundencia ante las últimas polémicas.
- Caricias y juegos en alta mar… estrena su yate en inmejorable compañía por la costa de Nápoles. Hay algo hortera y muy caliente en este barco, y a mí me gustaría mirar por una rendija.
Terminemos con este titular de Telecinco de unos cuantos veranos atrás, un conjuro que me persigue desde entonces:
¿Está Peleteiro en peligro? La novia del ex de Jessica Bueno podría usar sus artes oscuras contra él
Aquí no sobra una palabra. Aquí anida un relato de Mariana Enríquez. Es tan bueno que nos podemos dar el gusto de encabalgar libremente estas palabras:
¿Podrían Jessica
y su novio
usar sus artes oscuras
contra el ex de Peleteiro?
Bueno, es un
peligro
Podrá parecernos este un lenguaje tramposo, quizá afectado, que nos quiere camelar con trucos fáciles. A mí, que veo mucho fútbol y escucho las sesiones de control al gobierno cuando estoy triste, se me hace como ese chiste que de tan malo acaba siendo bueno; ese que se da la vuelta a sí mismo y de repente se vuelve brillante y evocador y nos hace reír como nunca. Y además cumple su función porque el mensaje, gracias a la exageración, el humor y la extravagancia, nos llega con más fuerza y tarda más en olvidarse. Es otra máscara, sí, con sus códigos, sus muletillas y sus fórmulas, pero no esconde lo que es y por el momento no se ha dejado domesticar, como tantas otras, por la autoconciencia.
Y por eso mismo los redichos o malhablados de corazón siempre me caerán bien.
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