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Kilroy estuvo aquí
El primer miércoles de mes, la municipalidad hace chillar las sirenas de la alerta civil para verificar que funcionan
14 de septiembre 2026
El general sueco Lennart Torstensson tenía una última ciudad por capturar antes de marchar a Viena, la bella airosa, y estaba impaciente. Es apenas el tres de mayo y el general Torstensson ya se relame los bigotes imaginando pastelitos vieneses y la gloria disfrazada de viuda austríaca. Luego de que en 1618 un grupo de nobles arrojara por la ventana a los embajadores del emperador Fernando II del Sacro Imperio Romano Germánico en un arranque de fervor religioso en Praga, la Cristiandad se empeñó en demostrar de qué está hecha y se dedicó a guerrear por toda Europa desde entonces y hasta 1648, cuando, ya por fin, reformistas y católicos acordaron la paz y se acordaron de las enseñanzas de Jesús.
Pero todavía en 1645, tres años antes del final del conflicto, los santos y las vírgenes eran estatuas y carne de cañón en el asedio de Brno, una ciudad pequeña y con gente dentro. Para defenderlos de una grupa de treinta mil hombres de un metro ochenta y ojos azules; Jean-Louis Raduit de Souches. Este comandante francés para nada venido a menos, lleg con el optimismo de un hombre de su talla en plena gloria prenapoleónica, anunciando la buena nueva a la histórica capital de Moravia. Él está a cargo de la defensa, ya no solo de la fortaleza Špilberk y los hijos de Dios que hay ahí, sino de su salvación.
Para tan heróica empresa se hace de los servicios de quinientos soldados profesionales y de mil locales reclutados por fuerza de lo incómodo que resulta una invasión en suelo propio. Si bien la diferencia numérica favorece al invasor, los brnenses (y no brneños porque no son un pueblo pesquero) rezan más fuerte, más rápido y en general con más ganas, derrotando así al enemigo con una jugada de catequista. Quién diría que hoy son uno de los pueblos más ateos entre los ateos. En el futuro derrotarían, también, a los pescadores de hombres.
Para el veintitrés de agosto, Torstensson ya presiente haber desperdiciado el verano, pudiendo haber llevado a su familia por una temporada al campo. Sin más ánimos de seguir perdiendo el tiempo, Lennart, un hombre cansado, le ordena a su achichincle que, si para el mediodía los moravos no han capitulado, agarre sus cosas, den media vuelta y se vayan con el sol cuando llegue la tarde. Palabras más, palabras menos.
Cuenta la leyenda que un vivaracho espía del lado interior de la muralla se entera de esta instrucción y corre al campanario para que el llamado a misa, o el cambio de hora, o el mismo sonido que asusta a las palomas, asuste a Torstensson y sus secuaces siendo apenas las once del día. Desde entonces, en honor a la astucia de este movimiento tramposo en defensa propia, las campanas de Petrov, la catedral de la ciudad de Brno, redoblan doce veces una hora antes del final de la mañana. Si alguien está interesado en el fascinante mundo de las alertas, estará complacido de saber que, además de esta, el primer miércoles de mes, la municipalidad hace chillar las sirenas de la alerta civil para verificar que funcionan.
Lennart Torstensson vuelve a casa, a los europeos se les acaba el dinero, con ello las balas y los diezmos, se firma Westfalia, y mucho tiempo después, ya en épocas de paz, Oldřich Rujbr y Petr Kameník (Pedro Picapiedra) le cobran al ayuntamiento doce millones de coronas checas para entregarle, luego de tres años, un reloj astronómico a la altura de cualquier otro que mida seis metros del suelo al cielo. Este, además, tiene la gracia de parecer un consolador, que es bastante mejor motivo que el de una gigantesca bala de fusil viejo. Sin embargo, y para hacer evidente la ya tangible ¡y qué tangible! relación de la cronométrica maquinaria en medio de la plaza principal con una guerra de hace cuatrocientos años, a las once en punto, el reloj astronómico expulsa desde una canaleta una pelotita blanca que el portador puede cambiar en la oficina de correos por ciento veinte coronas o llevarse a Suecia, si se trata de un turista sueco o de que uno que viaja a Suecia, como recuerdo de su estadía en Brno. En caso de preguntárselo, el BBC (Big Black Clock) no es el único falo de nuestra ciudad; también está el del caballo en la plaza Moravské.
Jobst von Mähren, Rey de los Romanos (1375-1411), nada menos, tiene un monumento ecuestre que, visto desde un ángulo específico (esto es por debajo de la panza del caballo, de frente al hocico y mirando para arriba a la altura del cuello, las veinticuatro horas del día, todos los días del año) le revela al espectador un inmenso pene de bronce, también negro, esta vez a casi ocho metros de altura.
Tolstoi menciona a la ciudad en Guerra y Paz más de una vez. Napoleón se quedó aquí un mes, y mandó a tirar las murallas para poder defenderla mejor. De hecho, celebró una fiesta en el parque Lužánky, uno de los jardínes públicos más antiguos de la región. Más antiguo que la electricidad. El teatro Mahen, primero en su tipo en ser acondicionado con iluminación eléctrica en el mundo, mismo que sirvió de escenario para el estreno de Romeo y Julieta de Serguéi Prokófiev en 1938 cuando Checoslovaquia y la Unión Soviética todavía eran países, hoy por hoy es un excelente sitio para guardar silencio y aplaudir antes de retirarse. A quienes, por el contrario, el pueblo unido abucheó al largarse, fueron las tropas nazis que ocuparon Brno antes de ser liberada por el ejército rojo. No es por presumir, en lo absoluto, pero existe una fotografía de Adolf Hitler pasando por delante del portón de mi casa. Kilroy was here en checo sería algo como Kilroy tu byl. También Fidel Castro y la Madre Teresa tuvieron algún business por aquí, pero ambos personajes han sido cancelados.
Ya presumiendo, en la misma manzana, pero en la cuadra opuesta, hay una placa que indica que en uno de los departamentos del hermoso edificio amarillo se hospedaron Mozart y su padre cuando el prodigio tenía once años. Ahora este sitio es una biblioteca pública que tiene, en mi opinión, demasiados libros de Pérez Reverte y muy pocos de Juan José Millás, aunque sus Dos mujeres en Praga salte a la vista por lo cerca que está de ser una coincidencia. Hablando de bibliotecas destacadas y aledañas, en la Biblioteca Morava (Moravská zemská knihovna v Brně) existe una exposición permanente de la obra de Milan Kundera que bien vale la pena visitar, tanto si a uno no le molesta lo cursi como si, por el contrario, prefiere a Hrabal, que también es de aquí. Ahora usted también lo sabe.
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