Lugares

Brasil o el arte de quitarse capas

Todos esos lugares no me transformaron sino que desmontaron, una a una, las ideas que llevaba conmigo antes de aterrizar. 

31 de agosto 2026


Hay quien se deja conocer poco a poco y quien se resiste desde el primer momento. Pasa con personas, también con lugares. Brasil pertenece a la segunda categoría. No porque sea difícil de recorrer, sino porque nunca termina de parecer el mismo lugar.

Llegué pensando que iba a descubrir un país y me fui con la sensación de haber recorrido varios.

Durante tres semanas atravesé São Paulo, Minas Gerais y Lençóis Maranhenses. Tres paisajes, tres maneras de entender la hospitalidad y tres frecuencias completamente distintas. Mientras Brasil iba desplegando una capa tras otra —la urbana, la gastronómica, la artística, la natural—, yo tenía la impresión de que el viaje hacía exactamente lo contrario conmigo.

Ahora que ha pasado un tiempo me doy cuenta de que todos esos lugares no me transformaron sino que desmontaron, una a una, las ideas que llevaba conmigo antes de aterrizar. 


São Paulo: aprender a mirar

La primera vez que pensé en ello fue durante un desayuno. 

Detrás de los ventanales del Fasano, la ciudad rugía. Coches, motos, oficinas abriendo sus puertas. Sobre la mesa, fruta tropical, café recién molido, pan de queso y un silencio extraño para una ciudad de casi veinte millones de habitantes.

fasano5.jpg

Un desayuno que marcaba el principio del viaje.

São Paulo no pretende gustar. Obliga a observar. Es una ciudad que se revela despacio, entre librerías escondidas, edificios modernistas, bares donde el café se trata con la misma precisión que un buen vino y conversaciones que mezclan influencias japonesas, italianas, libanesas o brasileñas con absoluta naturalidad.

Su belleza no está en un monumento, sino en la suma de incontables lugares, rincones y contradicciones.

Compartir la ciudad con la familia y amigos de Beli cambió también mi manera de recorrerla. Dejé de buscar lugares imprescindibles para empezar a fijarme en algo mucho más interesante: cómo vive la gente. Las sobremesas largas, la facilidad para abrir las puertas de casa y esa manera tan brasileña de convertir cualquier comida en una celebración cotidiana terminaron diciéndome mucho más sobre el país que cualquier lista de recomendaciones.


A mitad del viaje volvimos a São Paulo, esta vez a Pousada Ziláh, en Higienópolis. El contraste con Fasano no podía ser más interesante. Si el primero representaba la sofisticación silenciosa de la gran hotelería brasileña, Ziláh tenía algo mucho más íntimo: una casa de los años treinta, apenas seis habitaciones, jardines, un pequeño lago de carpas y ese tipo de hospitalidad que hace que un alojamiento deje de sentirse como un hotel y empiece a parecer la casa de alguien. Está a apenas una cuadra de la Avenida Paulista, pero basta cruzar la puerta para que la ciudad parezca bajar varios decibelios.

pousada zilah3.jpg

El desayuno, servido en el jardín, preserva esa sensación doméstica. Fruta, panes, dulces caseros y productos frescos, sin ninguna voluntad de convertir la experiencia en algo más sofisticado de lo que es.

Quizá por eso me gustó tanto que nuestro viaje tuviera estos dos São Paulos: el del Fasano y el de Ziláh. La misma ciudad, dos maneras de habitarla.

São Paulo fue la primera capa. La del ruido. La de las expectativas.

pousada zilah5.jpg


Minas Gerais: un territorio servido en un plato


Minas Gerais se entiende sentándose frente a una mesa.

En el Mercado Central de Belo Horizonte no hace falta buscar grandes experiencias gastronómicas. Basta seguir el aroma del pão de queijo recién salido del horno o detenerse frente a los puestos de quesos curados, dulces de leche y cachaças elaboradas por pequeños productores. Todo parece recordar que la cocina nació mucho antes que las tendencias.

En el Mercado Novo, una nueva generación de cocineros y artesanos demuestra que tradición y contemporaneidad no son conceptos opuestos. Restaurantes como Cozinha Tupis reinterpretan la despensa minera sin perder el vínculo con el territorio.

Pero fue en Trintaeum donde empecé a entender realmente Minas Gerais.

treinteum1.jpg

Antes de servir el primer plato, la chef Ana Gabi Costa hablaba de los ingredientes como quien presenta a viejos amigos. No mencionaba técnicas ni estrellas Michelin. Hablaba de productores, de familias, de montañas, de estaciones. Cada queso, cada harina y cada fruta tenían un origen y una historia.

Aquella conversación cambió por completo el menú.

Ya no estaba cenando en uno de los restaurantes más interesantes de Belo Horizonte.

Estaba recorriendo Minas sin moverme de la silla.

Su cocina demuestra que la sofisticación no consiste en añadir complejidad sino en respetar el origen de las cosas.


Esa misma noche nos alojamos en el Fasano Belo Horizonte, en Lourdes, uno de los barrios más agradables de la ciudad. El hotel tiene esa elegancia contenida que caracteriza a la marca, pero aquí hay algo especialmente interesante: no parece un lugar colocado en Belo Horizonte, sino un hotel que ha entendido el carácter de Minas y ha querido formar parte de él.

Para nosotras fue más que una base logística. Fue el lugar donde el viaje empezó a cambiar de ritmo.

La noche después de Trintaeum, ya en la habitación, abrí la ventana y miré Belo Horizonte desde arriba. Pensé en todo lo que habíamos visto durante las últimas horas y tuve la sensación de que São Paulo había quedado mucho más lejos de lo que realmente estaba.

Quizá viajar también consiste en eso. En medir las distancias no solo en kilómetros.

Minas empezaba a enseñarme algo mucho más difícil. A permanecer.


Inhotim: caminar antes que entender


Inhotim se camina.

Recuerdo avanzar durante varios minutos sin encontrar ninguna obra. Solo árboles, senderos de tierra roja y el sonido de los pájaros. Llegué a pensar que me había equivocado de camino.

Entonces apareció un pabellón de cristal entre la vegetación.

inhotim3.jpg

No parecía colocado allí. Parecía haber nacido allí.

Eso es Inhotim. Un lugar donde el arte no interrumpe el paisaje, sino que espera pacientemente a que el paisaje lo presente.

Las instalaciones aparecen entre jardines tropicales, lagos y bosques como si llevaran décadas formando parte de ellos. El cuerpo participa tanto como la mirada.

inhotim10.jpg

La experiencia continuó al llegar a Clara Arte, un hotel concebido casi como una prolongación del museo. Rodeado de naturaleza y con una arquitectura que dialoga con el entorno sin imponerse, invita a hacer exactamente lo mismo que Inhotim: bajar el ritmo.

clara inhotim2.jpg

Recuerdo una comida especialmente larga. Nadie parecía tener prisa por levantarse de la mesa. 

Fue entonces cuando comprendí que el viaje estaba cambiando mi manera de atravesar el país.

clara inhotim 6.jpg

Las capas seguían apareciendo. Solo que ya no sentía la necesidad de comprenderlas todas al mismo tiempo.


El horizonte como última capa


Desde Minas Gerais volamos hacia el estado de Maranhão. Sobre el mapa parecía otro viaje. Sobre el terreno, lo era.

Barreirinhas es la puerta de entrada a los Lençóis Maranhenses, pero el verdadero cambio de ritmo llegó unas horas después, al alcanzar Atins. Allí desaparecen el asfalto, los semáforos y la sensación de que siempre hay un lugar al que llegar antes de una hora determinada. Las calles son de arena, el viento entra en todas partes y el tiempo parece organizarse siguiendo el ritmo de las olas más que el reloj.

lençois3.jpg
lençois13.jpg

Nos alojamos en Vila Guará, un pequeño refugio donde la arquitectura apenas intenta llamar la atención. Madera, fibras naturales, jardines y habitaciones abiertas al exterior. Todo parece pensado para recordar que el verdadero lujo no es el diseño, sino la posibilidad de sentirse parte del lugar.

Cada mañana la luz y la brisa llegaban antes que nosotras al desayuno. Nadie hablaba demasiado alto. El café se alargaba y las excursiones empezaban cuando tenían que empezar.

vila guara3.jpg

Durante el día atravesábamos dunas que cambiaban de forma con el viento y lagunas de agua dulce donde el cielo parecía reflejarse con una nitidez imposible. Un paisaje impresionante por su espectacularidad y por su silencio. Algo que las fotografías nunca consiguen explicar.

Lo que destaca no es solamente el color del agua o el blanco de la arena. Es la sensación de espacio. La de mirar alrededor y descubrir que el horizonte ha dejado de ser una línea para convertirse en un lugar.

Dormimos una noche en las dunas.

Cuando el sol desapareció, también lo hicieron las últimas huellas del día. El viento borraba lentamente nuestros pasos mientras el cielo empezaba a llenarse de estrellas. Nadie dijo gran cosa. 

Recuerdo mirar el teléfono y descubrir que llevaba horas sin tocarlo. Simplemente había dejado de importarme.

Los últimos días del viaje transcurrieron en Santo Amaro, una de las puertas menos transitadas de los Lençóis Maranhenses. Allí nos esperaba Ciamat Camp, un proyecto que entiende la hospitalidad desde la discreción. No intenta competir con el paisaje. Todo lo contrario. Cada detalle parece pensado para que la naturaleza siga siendo la protagonista.

ciamat.jpg

Después de la sofisticación serena de los hoteles Fasano, del diálogo entre arte y naturaleza en Clara Arte y de la calma de Vila Guará, Ciamat era casi la consecuencia lógica del viaje.

ciamat camp2.jpg

No hacía falta añadir nada más. Solo estar.


Volver


Regresamos a São Paulo unos días antes del vuelo a Barcelona.

Volví a caminar por Jardins, entré de nuevo en el Fasano São Paulo y desayuné frente a los mismos ventanales desde los que había observado la ciudad al llegar.

Todo seguía exactamente igual.

El café.

El murmullo del vestíbulo.

El tráfico empezando a llenar las avenidas.

Pensé entonces en Ana Gabi hablando de los productores de Minas como si hablara de su propia familia. En los senderos de Inhotim, donde las obras aparecen solo cuando el bosque decide mostrarlas. En el viento de Atins. En aquella noche sobre las dunas en la que el silencio parecía tener una textura propia.

Brasil seguía siendo un país inmenso e imposible de resumir.

Y entendí que esa era precisamente su mayor virtud.

Nos han hecho creer que viajar consiste en acumular lugares. En volver con una lista de direcciones y un sinfín de fotografías.

Brasil dejó algo distinto en mi.

La certeza de que los mejores viajes no siempre son los que más añaden.

A veces son los que desmontan las ideas y expectativas que una traía de casa.

Llegué buscando un país. Me fui encontrando muchos.

Y quizá esa sea la única manera de acercarse a Brasil: aceptar que nunca terminará de revelarse por completo. Que siempre habrá otra región, otra mesa compartida, otra conversación y otro paisaje capaces de cambiar la historia que una creía conocer.

Brasil tiene infinitas capas.

La suerte es que, mientras las descubres, aprendes a desprenderte de algunas de las tuyas.

Sigue a Marta Parera

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Marta Parera


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.




Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Marta Parera

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES