Lugares

Habitar los inicios

Personas, paisaje y propósito en un rincón del Ebro

7 de abril 2026


Mas Quinze: punto de partida y de regreso.

Hay algo casi magnético en los comienzos. Una energía cruda, limpia, como si todo estuviera aún por escribir y, al mismo tiempo, ya fuera inevitable. Los proyectos que nacen desde ese punto, sin cinismo, con una mezcla de vértigo e intuición, tienen una textura distinta. No son solo ideas: son actos de fe. Personas que deciden empezar, a pesar de no tenerlo todo resuelto, movidas por una ilusión que no se puede fingir. Es aquí donde ocurre la magia.

Quizá por eso el concepto japonés Hatsu, que significa “principio”, encaja tan bien con esta manera de entender la vida. No es solo empezar, es hacerlo con conciencia, con una especie de respeto por aquello que aún no es pero quiere ser. Un inicio que transforma, que lo impregna todo, como el primer trazo de color sobre un lienzo en blanco.

En Mas Quinze, ese espíritu se respira nada más llegar. Situado en el kilómetro 15 de una carretera que ya invita a bajar revoluciones, el proyecto de Anna no es solo un alojamiento: es una declaración de intenciones. Un espacio que habla de volver a vivir con sentido, de reconectar con el ritmo esencial de las cosas y con una manera de hacer arraigada al territorio. Y luego está esa ventana panorámica al corral: uno de esos rincones a través de los que observar sin atender al tiempo. Un marco abierto al paisaje que rodea el lugar.

Anna, Tomás y David son el alma y el corazón de este paisaje humano y natural, donde todo parece tener una coherencia silenciosa. Hay una forma de estar que no se puede impostar. Quizá por eso resuena tanto aquella idea de Joan Margarit: “Amar es un lugar”. Aquí, esa frase deja de ser metáfora.

La experiencia en torno a El Perelló y las Terres de l’Ebre se construye a través de personas que hacen las cosas con las manos y con el corazón. Como David, detrás del proyecto dulce de Campitos pastry & choco, donde la pastelería se convierte en un pequeño universo creativo. O Tomás, impulsor de proyectos como Circunstuna, que conectan mar, sostenibilidad y relato.

También está la energía inquieta de Arnau, con El Petit Llop. Hacía tiempo que no veía tanta vida en los ojos, en la cocina y en la mesa de alguien. Probablemente, la cocina más bonita que he visto nunca, no solo por el espacio, sino por lo que ocurre dentro. Historias pequeñas (o quizá no tanto) que dan sentido a todo el conjunto.

Y luego está el paisaje, que lejos de ser decorado es protagonista. El Observatorio de la Tancada ofrece pausa, con flamencos dibujando líneas imposibles sobre el agua. El paso hacia la Torre de Sant Joan (si se hace en barca) se convierte en una pequeña aventura que te reconcilia con la lentitud. Y si el cuerpo te pide alejarte un poco más, cruzar hacia Miravet en barca y perderte por sus miradores es casi obligatorio, sobre todo en época de floración. O adentrarte hacia el Priorat, hasta Gratallops, atravesando campos que parecen pintados a mano. Y, por supuesto, dejarte llevar hasta el Goleró, donde la tierra se funde con el agua y los flamencos aparecen como si fueran una hermosa alucinación.

Mas Quinze no es solo un lugar al que ir. Es un lugar donde empezar. Quizá de nuevo. Quizá mejor.


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