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Contra Ciudad I: El turismo
Dice la canción: españolear, españolear. Es lo que hacen los turistas cuando vienen por acá. Ellos saben que lo nuestro les da la felicidad.
16 de mayo 2026
Dice la canción: españolear, españolear. Es lo que hacen los turistas cuando vienen por acá. Ellos saben que lo nuestro les da la felicidad.
El sujeto turista es un ideal del absurdo en todas sus posibilidades. Vaga por el territorio, en busca del motivo veraz, de un sueño castizo sobre el formar parte. Ignora, mas sabe, que puntillea por una senda esbozada a su gusto. Y qué es el gusto, hoy, sino una anexión de ideas a bocajarro en los medios de comunicación. Todo fenómeno, nicho o rareza, se termina consolidando en el imaginario popular. El gatekeeper (o la garrapata) no vislumbra más sangre virgen que aferrar. Lo innovador es nada en la longitud de 10 letras “o” para pulsar. Así, las gobernanzas trazan, desde hace años, las rutas de los pasos lentos y las ciudades modernas se configuran por completo para dar cabida, en sus recovecos, al exterior.
Existen muchos tipos de turismo, pero el de la ciudad de Milán ha de ser, sin duda, uno de los más insulsos. Centenas de personas de clase trabajadora con picos de sueldo lo suficientemente altos como para comprar unas gafas de marca, paseando a sus anchas con la cabeza bien alta, pero ligeramente hacia el costado, marcando un pómulo pelota y un labio de pez. Un espejo es más interesante en sus términos prácticos que estéticos. Reducir su valía a la banalidad de las perforaciones y surcos, es quitarle de sus propiedades de iluminación. Milán plantea, en ese término, una competencia irrisoria. Una necesidad extendida de escoger el asiento más esquinado y visible en la Galería Vittorio Emanuele. Para mostrar no solo una pose recta y estirada, sino para fingir un estilo de vida que, francamente, solo se tiene viajando. El fenómeno de la turistificación transforma los colores en apariencia y soberbia. Nadie sonríe estando descarrilado por la multitud, ni esperando para avanzar en una visita al Duomo. El ser humano, por naturaleza, aúlla en manada selecta, no universal.
La concepción presente del lujo es ridícula, vistosa y, sobre todo, pasajera. Quien gana dinero rápido no entiende de su valor. Al no haber crecido con ello, de primeras, ni siquiera tiene el conocimiento de cómo preservarlo. Si los sectores comunistas hubieran tenido la oportunidad de aplicar un principio básico del manifiesto, el poder antiguo, la clase, hubiera terminado, pues toda jerarquía parte de la herencia. Es la diferencia fundamental entre el nativo y el migrante, la balanza en la que se colocan la llegada primeriza al terreno sitiado particular. No hay como mirar a una buena milanesa. Con sus prendas no de marca, sino de altísima calidad. Como de seda de abeja silvestre africana, por (quizás) imaginar, algo impensable, inabarcable. El gesto, el posar de la servilleta en el labio a la presión más elegante. La palabra adscrita a un diálogo jovial con la descendencia. Milán es de una clase solo equiparable a Milán.
En esta contemporaneidad, ¿es acaso el turismo sexual el único turismo que merece la pena experimentar?
El desglose de esta premisa viene del deseo de mirar. Tomar los ojos de quien reside como propios. Compartir del acto egocéntrico del uno y después del otro. Como en la cola de la pescadería. Un ticket triangulado de espera al turno anterior. Los preliminares de un acto que se consuma desde la más inmensa soledad al más profundo entendimiento. Campar en vistas edulcoradas con esa ilusión que solo el roce despierta, como antesala de introducción a un espacio cuyo hueco se genera y ya. Quien viaja por sentir, siente cuando viaja y quizás, en un atrevimiento irresponsable, escenifica lo que aquella detestable canción claudicaba: en cada puerto tengo una… Persona: de aspecto indefinido que deposita la abundancia de su saber en sintonía con una estancia agradable, duradera. Está claro: añorar a un amante es uno de los motores de la existencia.
Pensar en turistas es pensar en Federico, en Nueva York. Y desempolvar a García Lorca es la realización misma del entendimiento irrisorio y débil frente a una escritura tan rasa como una pluma de travesti gritón. Afrontar su escapada se torna un ejercicio de intelectualidad singular, desafiante. Es, acaso, poeta quién narra o quién embellece. Alzar a Lorca por lo que fue es un ejercicio de bachillerato. Sin embargo, su misterio se prolonga a lo largo de una vida serpenteante y uniforme. Dice la canción: españolear, españolear. Es lo que hacen los turistas cuando vienen por acá. Ellos saben que lo nuestro les da la felicidad.
Las ficciones grandes se cuecen lento. En las ciudades pequeñas, además, existe una mentira sobre el porvenir. Sobre la acción aletargada. Sobre el retraso del devenir. En sus ritmos más lisos, sin tanto garabato, se añora el mañana como brisa de un mar cercano, pero a la vez, inaccesible. El planteamiento es simple: las aspiraciones se tornan una. El deseo se adquiere por adhesión y no por autonomía, como se venía comentando. Esto es: menos ojos abarcan menos horizonte. Así como menos oferta de vuelos implica menos competitividad y precios más altos. Precios más altos convierten el escape en privilegio. El conflicto no desaparece: más vuelos son más visitantes, habría de ser proporcional al aleteo del vuelo local, pero no. Más vuelos solo es más invasión. La ampliación de un aeropuerto solo denota el interés del foráneo y el descuido de la membrana vecinal. La libertad del bilbaíno no es ser una postal, una añoranza de quien viene de visita y se va. La ciudad implora el deseo de quien lucha y se decide plantar. Echar raíces. La gran riqueza está en echar raíces. Y más en este lugar fúnebre, este encapotado territorio que solo tiende a respirar en momentos señalados como el verano o así.
Una ciudad plural y vivida es una ciudad. Un turista es un acontecimiento puntual. Y para la fuerza y el peso de que denota el matrimonio en la infraestructura social, pareciera que solo se implorara, desde nuestras instituciones, el pecado carnal. Tocar y marchar, turistear. La venta total de nuestros barrios, comercios y bienestar.
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