A la hora de la cena de Año Viejo, se divisan desde el avión decenas de hogueras ardiendo en las casas de las afueras habaneras. Procuro explicaciones que van desde rituales de santería —que en los últimos años han aumentado exponencialmente en Cuba— hasta la posibilidad de que la gente esté hirviendo de forma rudimentaria agua para su consumo seguro. Días más tarde, Miguel, el taxista, se reirá de mi ignorancia y me explicará que se trata de la preparación del tradicional puerco asado para la noche de Fin de Año. Hasta el momento era la fiesta más celebrada por esta isla en el mes de diciembre, aunque se va introduciendo, por las grietas de lo que queda del ateísmo de estado, el gusto por la Navidad.

En las jornadas que siguen, el país se revelará como el final penoso de la más hermosa utopía: montones de basura en las calles, penetrante olor a gasolina, ancianos que piden aunque sea una remera que no vayas a usar cuando te marches, algunos jóvenes enganchados a drogas y no precisamente de las blandas y, al fondo, imponentes, la cúpula magnífica del Capitolio y la decrepitud irremediable de la bellísima Habana Vieja. Por otro lado, conoceré la profunda cultura, respeto, calidad de conversación y solidaridad internacional impregnados durante generaciones de educación socialista en el ADN de los isleños, y esto no lo presenciaré solo en el día a día, sino también en el ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos), donde una funcionaria explica que acaban de celebrar los 65 años de la institución. También en el propio aeropuerto, donde varios grupos de jóvenes parecen dirigirse a Europa para llevar a cabo algún tipo de trabajo voluntario en brigada.

Apenas un par de días después de Año Nuevo y del aniversario —67 años, ya— del triunfo de la Revolución, la televisión e internet sacuden a La Habana de madrugada con la noticia de que el ejército estadounidense, bajo mando de Donald Trump, ha ejecutado el secuestro y extradición de Nicolás Maduro durante una incursión nocturna en Caracas. A las pocas horas, ya hay una multitud dirigiéndose hacia la Tribuna Antiimperialista, estratégicamente ubicada frente a la embajada estadounidense en el Malecón. Muchos llevan chándales con la bandera venezolana, otros van con uniformes de trabajo e intuyo que les habrán dado permiso para escuchar las declaraciones de Díaz Canel. Sus palabras van precedidas del himno estatal, atendido por los presentes en un ambiente de sobrecogedora solemnidad, a mayores de las declaraciones de jóvenes, sanitarios y otros ciudadanos que blanden orgullosas banderas del 26 de julio. El secretario hablará de “barbarie imperialista” e instará “a los pueblos de América a cerrar filas ante el gigante” y, cuando termine, tras entonar el Preludio de Girón de Silvio Rodríguez, la multitud se disolverá y cada persona volverá a sus quehaceres, flemáticos aunque no ajenos a la enorme nube que se cierne sobre ellos.

Pero Miguel, el taxista, como la mayoría de cubanos, parece hecho a resistir y mantiene una actitud serena a pesar de los últimos acontecimientos geopolíticos y la consiguiente amenaza explícita a Cuba, ya herida de muerte tras décadas bloqueada por Estados Unidos. Me vienen a la memoria las personas de Vedado a las que vi compartir con los animales callejeros los pocos restos de comida que les sobraban: casi nunca carne, pero sí algo de tuétano y con suerte, de salsa. Me viene el remordimiento también de cómo a escasas cuadras, en perpendicular a la colosal calle 23, canadienses, italianos o españoles podíamos disfrutar de langostas frescas por poco más de 4.000 pesos cubanos, unos 9 euros al cambio, con su guarnición de puré de papas y ensalada, y camarones enchilados y ropa vieja y tostones.
También somos los extranjeros quienes copamos las taquillas de cambio en el Nacional o el Iberostar, donde sin embargo no pueden acceder los cubanos. El conductor me recuerda que la CADECA —las oficinas estatales donde ellos aguardan horas para ser atendidos— no admite billetes de euro con roturas o dobleces, por eso pide billetes en las mejores condiciones posibles. Cuando le pregunto cómo le hacen sentir las últimas noticias, él continúa bromeando sobre el mal estado de los aeroplanos de la Cubana de Aviación, que ya ni tienen para nuevas piezas y, cuando me deja en mi destino, se despide para ir a la ceremonia del Cañonazo de las nueve con su familia: “Yo no me salgo de Cuba ni me meto en una lata de sardinas de esas”, asegura ataviado con sus collares y su ropa blanca de santería.

Pienso en lo que dijo Padura de que sobrevivir aquí es una cuestión de fe, o de fe en los familiares en el extranjero. Pienso que Cuba parece estar esperando algo. En medio de monumentales edificios, óxido y materia inerte, millones de habaneros callejean diariamente y se debaten en un ambiente tenso, entre combativos y conformes, mientras los primeros días del año —plagados de festivos, lutos nacionales y apagones— se van sucediendo al ralentí de lo que pasa en el resto del mundo.
Por la noche, en el Vedado, una gata parda, preñada y diminuta atraviesa la verja de una casa y se frota con mis piernas. Al otro lado, un hombre mayor dice con resignada ternura: “Claro, vas con la española que te huele a comida y carne de res; yo te huelo a puro hueso”.
Nadie se va a morir,
menos ahora
que esa mujer sagrada
inclina el ceño
Nadie se va a morir, la vida toda
es un breve segundo de sus sueños.
Nadie se va a morir, la vida toda
es nuestro talismán
es nuestro manto
nadie se va a morir, menos ahora
que el canto de la patria
es nuestro canto