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Londres otra vez
Al día siguiente alquilé una bicicleta para llenar la mochila con toda la prensa que fuera posible
19 de mayo 2026
Al día siguiente alquilé una bicicleta para llenar la mochila con toda la prensa que fuera posible
Galdós se arrepintió de escribir la primera serie de sus Episodios Nacionales en primera persona porque le resultaba inverosímil que un solo hombre —el bueno de Gabriel de Araceli— fuera testigo de tantos acontecimientos históricos. Gabriel está de grumete a bordo del Santísima Trinidad durante la batalla de Trafalgar cuando es un chiquillo, y más tarde participa en el levantamiento del 2 de mayo, en la batalla de Bailén y en la de Arapiles.
Tal vez esa coincidencia sonara increíble a finales del siglo XIX, pero los acontecimientos históricos se han acelerado de tal forma que tantas casualidades han dejado de sonar disparatadas. El día que acudes al dentista a alguien se le ocurre declarar una guerra. Decides cortarte el pelo el mismo día en que se lanza una nueva tecnología que cambiará el futuro. Es celebérrima la entrada del diario de Kafka el 2 de agosto de 1914: «Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar». Mi tío bisabuelo, si es que ese parentesco existe, escribió lo siguiente en su diario la noche del 13 de abril de 1931, en las horas de incertidumbre previas a la proclamación de la República: «Después de cenar nos hemos echado a la calle Vicente, Jesús y yo. Queríamos vivir el ambiente de esta noche quizá decisiva en la Historia de España». Escribió Historia en mayúscula.
Lo más cerca que he estado de la Historia que se escribe en los libros de conocimiento del medio fue un 8 de septiembre de 2022. Estaba en Londres cuando se anunció la muerte de la reina Isabel. Aquello me pareció lo suficientemente relevante como para abrir las notas del iPhone y escribir unas cuantas frases: «Ha muerto la reina Isabel. Estoy en Londres. He salido a dar un paseo para observar cómo se lo han tomado los londinenses. Es contradictorio cómo una persona tan importante puede importar tan poco. Se escuchan conversaciones en el autobús de personas comentando el suceso con sus familiares que a las cuatro frases cambian de tercio para preguntar qué han comido y a qué hora llegarán a casa. Más personas de lo normal miran el móvil consultando la noticia. La reina Isabel ha muerto el mismo día que yo he entregado mi tesis del máster. He tomado una cerveza con Jaime mientras veíamos en las noticias imágenes de la reina. Al final, animados por la sensación de estar presenciando un momento histórico, hemos decidido acercarnos a Buckingham Palace. Hemos recorrido todo el Paseo real y hemos llegado a la puerta del palacio. La gente ha depositado sus flores y recuerdos frente a una Union Jack teñida de negro. En un momento ha sonado el God Save the Queen, también ha sonado la canción de Frozen, la reina del hielo. Un reflejo de lo que fue Isabel. Mañana compraré todos los periódicos que encuentre para regalarlos a mis amigos.»
Al día siguiente alquilé una bicicleta para llenar la mochila con toda la prensa que fuera posible. Pedaleé desde Lancaster Gate hasta la Torre de Londres y aunque me hice con unas cuantas portadas, no fui capaz de conseguir todas ellas. Una semana después volví a España dándole vueltas a aquella derrota en el reto estúpido que me había propuesto hasta que en uno de los WHSmith de la terminal 5 de Heathrow —quizás mi local comercial favorito después del McDonald’s de Gran Vía y el Hamleys de Regent Street— respiré aliviado al encontrar un ejemplar del New Yorker que desde ese día decora mi habitación. No recuerdo leer un solo artículo. Llegué a Madrid, corté la tira de la portada y lo enmarqué.
Como si Galdós hubiera decidido hacerme testigo de otro episodio internacional, coincidí en Roma con la muerte del Papa Francisco y repetí la operación. Compré un ejemplar de l’Osservatore Romano y al regresar a Madrid lo enmarqué y lo colgué en mi cuarto. Desde entonces, cada vez que cojo un vuelo consulto la edad de todas las figuras del país, imaginando que algo pudiera suceder. Si alguien necesita ayuda para preparar una necroporra, estaré encantado de facilitarle mis planes de viaje.
Después de una semana en Londres respiro tranquilo porque ningún mandatario ha fallecido por mi culpa, aunque no haya podido escribir una entrada épica en las notas del iPhone. Ahora, en el mismo WHSmith de la terminal 5 del aeropuerto de Heathrow, reviso la prensa distraído, y compro un par de ediciones del New Yorker y un ejemplar de Hello! con la imagen de la recepción de Trump a los reyes de Reino Unido. Tengo un vuelo por delante para pensar si se merece quedar enmarcado
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