Datos

Vivir en números

Llegas a los veintitrés años y te das cuenta de que no vas a ser el número uno, tienes dos padres, luego tendrás uno y después cero.

12 de marzo 2026


No me gusta la poesía, no la entiendo. No la veo. Hasta una edad cercana a los veintitrés años pensaba que se podía ser bueno en todo, que si uno se lo proponía podía ser un futbolista de élite aunque le gustara bailar los viernes, un bailarín de ballet aunque no tuviera tutú, un jugador de cricket aunque no entendiera el juego, un gran poeta aunque no viera la poesía. Es en esa edad en la que te quedas fijado para el resto de tu vida. Te preguntan tu edad y te viene a la cabeza esa cifra: veintitrés años. En un instante, bastan unos microsegundos, rectificas, echas un número rápido desde tu año de nacimiento, y respondes; aciertas con un año de margen. Echar números sí me gusta. Los entiendo, los veo.


En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks cuenta el caso de los gemelos John y Michael. Estos hermanos autistas hablaban entre ellos en números, se distraían buscando números primos de más de siete cifras, veían los números. Un ser humano medio también ve números. Te muestran una imagen de un trébol durante medio segundo y, sin haber tenido tiempo para contarlas, ves tres hojas. Cuando una caja de cerillas caía al suelo, de un simple vistazo, los gemelos veían su contenido: ciento cincuenta y siete cerillas. ¿Y si también hubieran visto números en las personas?

Si John y Michael me hubieran visto a los veintitrés, hubieran disfrutado con tantas cifras. En veintitrés años de vida caben muchos números. Es posible que hayas caminado unos sesenta y siete millones de pasos (23x365x8000), que te hayas desnudado, duchado y vestido ocho mil trescientas noventa y cinco veces (23x365), que te hayas sentado a disfrutar de un plato de comida unas dieciséis mil setecientas noventa veces (23x365x2), que hayas inspirado unas ciento ochenta y un millones trescientas treinta y dos mil veces (23x365x24x60x60/4) y que hayas espirado otras ciento ochenta y un millones trescientas treinta y dos mil veces (23x365x24x60x60/4), que hayas escrito dos millones quinientas dieciocho mil quinientas palabras (23x365x300), que hayas leído otras veinte millones novecientas ochenta y siete mil quinientas (23x365x3500), que hayas dormido sesenta y siete mil ciento sesenta horas (23x365x8), que hayas visto a más de trescientas treinta y cinco mil ochocientas personas distintas (23x365x40), que te hayas cortado el pelo noventa y dos veces (23x4).

Llegas a los veintitrés años y te das cuenta de que no vas a ser el número uno, tu número favorito empieza siendo el siete y en algún momento se convierte en el catorce, tienes dos padres, luego tendrás uno y después cero. Eres un número de DNI para el Estado, un número de matrícula para la universidad, un número de empleado en el trabajo, un número de teléfono para tus familiares, y ya nunca se te olvidarán esos dígitos. Eres un corazón, dos pulmones, dos riñones, dos brazos, dos ojos, treinta billones de células. Naces con cero dientes, luego salen veinte, te sacan dos muelas del juicio y terminas con treinta. Comienzas con cero dioptrías y terminas con seis; empiezas pesando menos de tres kilos y te despides en ochenta y tres. Naciste entre el día uno y el treinta y uno, de un mes entre el uno y el doce, y de un año entre menos infinito y dos mil veintiséis.

Y no solo vives en números cardinales y ordinales, también en ratios. Con suerte el corazón te funciona a sesenta pulsaciones por minuto, corres a cinco minutos el kilómetro, caminas a seis kilómetros por hora, conduces a ciento veinte y vuelas a novecientos, parpadeas quince veces por minuto, duermes un tercio de tu vida.

Me pregunto qué números hubieran visto en mí John y Michael. Me pregunto qué hubiera visto un poeta. Me pregunto dónde cabe mejor una vida: en unos cuantos números o en un poema.


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