Lugares

Crónica de un txango anunciado

Al cabo de dos horas ya siento alucinaciones leves: los ojos son incapaces de procesar tantos tonos de verde. Estoy borracha de monte.

21 de mayo 2026


8 de la mañana de un domingo. En la calle no hay ni un alma, solo las sombras de tres chavales que apenas se sostienen en pie. Cualquiera diría que están regresando a casa tras una pertinente juerga pero la situación es bastante más grave: tienen 18 años, ayer se acostaron a una hora prudente y sus alarmas han sonado a las 7 en punto, como sus legañas confirman. Están emprendiendo la subida al Pagasarri, a dónde si no. Lo que lleva a un muchacho en el apogeo de su vitalidad a madrugar para lanzarse a la montaña por voluntad propia es un fenómeno que comenzó mucho antes de las tendencias del lifestyle sano y del culto al deporte entre las nuevas generaciones: es una cuestión orográfica y formativa.

Existen más de 1.200 cimas registradas en Euskal Herria, seguro que alguna es la horma de tus Salomon. O de tus Chiruca. O de tus Quechua. ¿Incluso de tus mocasines? Por supuesto, en cuestión de subir laderas no se discrimina por vestimenta, por clase social ni por subcultura. Jurrus, pijos, canis, modernos, punkis, básicos, padres de familia, solteros, boy scouts, gente federada y gente cervecera. Todos vamos a compartir el mismo nivel de inclinación y a patear las mismas cumbres con mejor o peor fortuna, ya sea en picos emblemáticos como el Gorbeia (1.482 m) o en paseos más asequibles como el Monte Serantes de Santurtzi (451 m) o el querido Pagasarri (671 m), el monte de Bilbao por antonomasia, al que se puede acceder a pie desde cualquier punto de la ciudad. Los coleccionamos como cromos.

De los 3 a los 90 años contamos con la suerte de poder encaramarnos al regazo de montaña, de madre-cordillera: desde que aprendemos a poner un pie delante del otro hasta que nos tienen que llevar en volandas, en posición horizontal. Unos privilegiados, quienes tenemos vistas a la montaña desde la ventana de nuestra habitación. Sentimos una angustia inefable cuando viajamos a lugares con horizontes más amansados. Son demasiado diáfanos, no hay lugar para el misterio, para la mitología.

Originaria en el siglo XIX, la afición montañera se ha mantenido hasta hoy y comienza en etapas vitales tempranas: en las ikastolas1, grupos de padres y madres crean mendi taldes2 en los que se turnan para organizar semanalmente excursiones a diferentes macizos con todos los críos (figúrese una tropa de 30 personas). Absolutamente DIY. Me he visto adelantada miles de veces por niños enzucarados que no me llegaban a la rodilla. Todos aprenden rápido a distinguir las ortigas de los helechos por cuestión de supervivencia urinaria. A partir de ahí, la necesidad de apuntarse a un txango3 cada poco tiempo viene sola y se antepone a otras formas de ocio. Tras dos meses encadenando fines de semana de pisar asfalto, hasta los más urbanitas oyen la llamada.

Como escritora de método, decido subir a un monte cualquiera para escribir esta pieza y tratar de dar palabras a la fascinación colectiva. A uno nuevo, del que no tenga prejuicios y al que pueda aproximarme sin nostalgia. Escojo el Kolitza, uno de los cinco montes bocineros, donde antiguamente se hacían sonar cuernos para comunicar diversos anuncios en el territorio (dato revelado por mi madre, no por un vídeo de TikTok).

Montes bocineros. Fuente: Felix Mugurutza.

A diferencia de los chavales al inicio del artículo, yo no soy capaz de renunciar al jolgorio nocturno del día anterior, así que comenzamos la excursión a las 11 de la mañana. El arrepentimiento siempre es el primer paso: la alarma en fin de semana, ojos como globos aerostáticos y nosotros queriendo cubrir un desnivel de 800m. A los 19 años, mis amigos aún empalmaban las fiestas en Arrasate-Mondragon con la subida al Udalaitz (1.119 m) sin despeinarse. Ahora necesitamos unas mínimas horas de sueño entre actividades para atrevernos y pronto tendremos que elegir en qué bando nos quedamos pero, de momento, todavía son compatibles estas dos formas de vida, mientras tengamos un café para llevar al que aferrarnos.

Naturalmente, el parking base está desbordado: invasión metropolitana asegurada en cuanto converge el fin de semana con un puñado de rayos de sol. Cual escolares de excursión damos vueltas de aquí para allá, distraídos con las flores y espantados por moscardones y avispas. Por suerte, algunos madrugadores ya están de regreso. Esta vez no nos vemos abocados a aparcar en el arcén… No me sorprendería que a las administraciones pronto se les ocurriese pedir cita previa para subir a ciertos picos, como ha sucedido ya con el Bosque de Oma o con San Juan de Gaztelugatxe. Seamos sinceros, es prácticamente imposible encontrar la soledad en un pico de Euskadi un domingo. Ni cotiza que cada 1 de enero el Pagasarri tenga poco que envidiar al Everest en lo que a masificación humana concierne: es un lugar común intentar empezar el año con un hábito saludable pero que pille a mano y no requiera excesivo esfuerzo. Todavía no han llegado a estas latitudes los servicios de transporte de mochilas pero dadles tiempo a las mentes pensantes y a los jetas.

Los bancos también pululan por aquí: la Fundación BBK se apunta el tanto de organizar anualmente la Marcha al Pagasarri desde 1991, en la que participan (agárrense) alrededor de 9.000 personas incitadas por el caldo y los bokatas gratis de txorizo y tortilla que se reparten en la cima a tutiplén. Personalmente, a mí me echa para atrás asomarme a la naturaleza y encontrar un panorama que hace sombra al Corte Inglés en época de rebajas, pero allá cada una.

En cualquier caso, mi mal humor se disipa de golpe nada más empezar la ruta y revivo el disfrute al dejar atrás terneros, ponys y txibiritas4, arroyos con sus zapaburus5, limakos6 despistados. Una estampita primaveral en toda regla, vaya. El mundo vuelve a ser hermoso y está lleno de posibilidades para los que solo nos aproximamos a la naturaleza en nuestro tiempo de ocio.

Siendo sincera y sin un ápice de orgullo en ello, no voy al gimnasio, no salgo a correr por placer ni tengo una rutina de entrenamiento** estricta, más allá de cuatro estiramientos que bien podría realizar cualquier viejo en rehabilitación. Pero cuando me proponen ir al monte nada se me pone por delante. Una fuerza superior al raciocinio me impulsa a avanzar: pura cabezonería e incapacidad para no tratar de estar a la altura de mi deseo, turbopropulsada por aquella canción de Oskorri.

Las sendas están correctamente señalizadas, hay carteles de colores indicando la ruta en las desviaciones, cual viandantes civilizados respetamos el sentido de circulación mientras jubilados bronceados como pasas nos adelantan con sus maillots skinny, patrocinados por Ciclos Balmaseda. Saludamos a quienes nos vamos cruzando para demostrarles que no somos unos psicópatas, que no les descuartizaremos aquí, a horas de la civilización. Habitualmente, un simple “aupa” es suficiente.

Al cabo de dos horas ya siento alucinaciones leves: los ojos son incapaces de procesar tantos tonos de verde. Estoy borracha de monte. Si Dios hubiera querido que fuésemos por aquí, nos habría hecho cabras. Cuando menos lo esperas, el monte te ofrece lo que más deseas: una fuente con su katilu7 encadenado. Desconozco si es potable, me la juego, lo descubriré en las próximas horas.

En los últimos 100 metros, me derrumbo. Me he equivocado. La mochila Altus pesa como un demonio y la crema de sol de 30 pavos no va a ser capaz de hacer frente a estos rayos ultravioletas. Me cagüen la mar. Ya se me ha olvidado por qué esto era divertido. Maldito cenicero-bocinero, nunca fui una gata montesa. Yo misma me he puesto en esta situación tan rocambolesca, qué manía con hacerme las cosas difíciles en fogonazos de aburrimiento y tener que cargar con sus azarosas consecuencias más adelante. Pues bien, estoy plenamente en el meollo del asunto y aquí apenas hay cuatro hierbajos a los que asirme. Por lo menos he sido precavida y me he instalado la aplicación del 112. Me resigno. La humillación del rescate no pesa tanto como el precio al que ascenderá la factura al no estar federada. Menos mal que he venido acompañada y que una mano querida me saca del atolladero…

Al fin, vislumbro el pirulí de hormigón que anuncia la cima, la ermita románica que la corona. Evocando a Brecht8, me pregunto quién cargó las piedras para construir un edificio aquí mientras trato de no vomitar. Nuestra recompensa por el esfuerzo son, a partes iguales, las vistas y el bokata de jamón serrano. Parece mentira, pero en algunos montes premium es posible encontrar hasta bares instalados en la cima. Semejantes alturas alcanzan los negocios. Otras opciones son la clásica bota de vino o el cargamento secreto de una litrona de cerveza en la mochila. Nosotros somos unos olvidadizos y en la pobre iglesia no hay barra ni cocina, así que debemos conformarnos con el agua sospechosa de la susodicha fuente.

En vano, trato de localizar el mar. Soy consciente de que lo que persigo yendo al monte es una sensación cercana a los pasajes naturalísticos de Virginia Woolf, sucumbir al Mary Oliver maxxing. Por suerte, los ojos se relamen en estas laderas donde la fauna-flora atlántica no está echada a perder del todo: robles y hayas campan a sus anchas como parte de un ecosistema poco común entre tanto eucalipto canalla. Es una pena que ciertos montes hayan sido mancillados: sí, estoy pensando en el Jata y Sollube, este último infectado de antenas de telecomunicaciones por su ubicación estratégica. El pobre cuerno bocinero no tuvo nada que hacer frente a la seducción por telefonía, televisión y radio.

A las 4 de la tarde emprendemos la bajada, ajenos a cualquier ranking de Wikiloc y a salvajadas como el Speed Hiking o el Vertical Kilometer. Aunque ya existían, practicados por unos pocos portentos físicos, ahora se han popularizado entre el gran público de la mano de influencers. Estos últimos tiempos afloran como setas videos de gente transpirando su outfit neón sin perder la sonrisa. Mientras divago sobre estos asuntos, nos cruzamos frente a frente con uno de los últimos influencers del gremio de la montaña liderando un grupo de unas 30 personas, y la casualidad es tan caprichosa que parecerá que me lo invento. A este chaval que organiza quedadas grupales por Instagram para subir diferentes macizos le ha salido competencia: cada vez surgen más comunidades de jóvenes desconocidos para hacer senderismo en grupo. Aparentemente son iniciativas amables e inofensivas, lo que temo es que se les queden cortos los montes más reconocibles y que empiecen a compartir ubicaciones más discretas por la codicia de likes… con el consiguiente impacto que ya hemos visto en tantos otros lugares.

Ir al monte no está de moda ahora; es que nunca ha dejado de estarlo. Aunque desde 2020 se haya incrementado esta fiebre colectiva por coronar cimas para hacerse la foto, a pesar de que algunos traten de encontrar nuevas vías de monetizar esta experiencia, no nos engañemos: es algo característico del territorio que comenzó mucho antes de la llegada de Internet. Tampoco es que aquí las cumbres den mucho más de sí… son terrenos relativamente sencillos y los accidentes son inusuales, a pesar del amateurismo de la mayoría.

Seguimos bajando, bajando, bajando. Por suerte, estamos en horario de verano y no hay prisa. Pocas experiencias le ponen a una más en su sitio que perderse en el bosque durante el descenso, cuando el sol se mete a las 5 en pleno diciembre, sin atisbo de cobertura ni Google Maps que se precie. Ningún alivio mayor que distinguir las líneas blanca y roja en el tronco de un pino en los últimos minutos de luz: GR, Grande Randonneé. Alguien trazó este camino hace décadas, podó la maleza y señaló el regreso a casa; a esa persona le besaría los pies. Anticipo las agujetas por venir cuando llegamos al coche y pienso en lo difícil que me resulta que esta actividad se gentrifique o se llene de posturetas. No existe tal cosa porque no hay nada menos glamuroso que hincar el barro. Si pisar mierda de perro en la ciudad da buena suerte, imaginaos lo sublime de hundir las Salomon XT-6 en una jugosa boñiga que llevarás de recuerdo a casa y tardarás semanas en despegar de la suela. Dentro de las actividades deportivas, ir al monte es la más inclusiva hacia las personas que no nos lo tomamos demasiado en serio—a pesar de los cronometrajes y de los influencers, que son la gran minoría y sí tienen fecha de caducidad—. Este es un plan que se suele disfrutar en compañía, un encuentro social al aire libre sin ningún tipo de meta personal y mucho más amable y flexible que el grupo del gimnasio. Y lo mejor de todo: es gratis.

Mejor evito acabar contando que me quedé a 100 metros de la cima del Mugarra, que definitivamente pudo conmigo. Frente a una pared escarpada, me rendí absolutamente y decidí sentarme en una roca cuasi horizontal, regalando a mis amigos la gloria de coronar cumbre. Para mí, el éxito de no torcerme un tobillo en el intento y de las vistas que, a pesar de todo, desde allí tampoco estaban tan mal.

——

1 Ikastola: colegio o instituto con el euskera como lengua principal.

2 Mendi talde: En euskera, grupo de montaña.

3 Txango: En euskera, paseo, excursión, expedición, caminata o salida al monte.

4 Txibiritas: En euskera, margaritas (de las pequeñas).

5 Zapaburus: En euskera, renacuajos.

6 Limakos: En euskera, babosas.

7 Katilu: En euskera, tazón o taza.

8 Brecht, Bertolt (1935). "Preguntas de un obrero que lee"


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