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Ferragosto en Nápoles
No hacemos nada. Es un día perfecto.
24 de agosto 2026
Ahora que el Mediterráneo Moral ha pasado de moda y que he fantaseado durante horas con Nápoles después de ver Fue la Mano de Dios, Parthenope y el documental de Maradona de Asif Kapadia, es el momento de viajar a la ciudad.
11 de agosto
Por la mañana, de vuelta de Mallorca, he leído en el semanario ARA balears una entrevista de Toni Padilla (del que me fío a ciegas después de leer Unico grande amore) a Kris Ubach en la que hablaban de Nápoles. Aterrizo en Madrid, como algo en casa, compro el libro de Kris —Nápoles, el fuego del Mediterráneo— y vuelvo al aeropuerto. He pasado todo el vuelo leyendo y subrayando lugares, iglesias, barrios y restaurantes que menciona Kris en su libro. Hasta el momento todas las recomendaciones venían de vídeos de Eric Ayala y de algún amigo viajero.
Aterrizamos en Nápoles a las 11 de la noche y al salir del avión la humedad se nos pega a la piel e intuyo que ya no se nos separará en toda la semana. Después de comprobar el carísimo precio de los Uber, decidimos coger un taxi convencidos de que nos van a timar. Nada más entrar al vehículo, preguntamos al taxista el precio hasta la calle Santa Chiara. 35 euros más o menos, nos dice. Buscamos los cinturones pero el conductor nos mira divertido y nos dice que en Nápoles no se utilizan; él, por supuesto, no lo lleva puesto. Chapurreamos italiano y español con él y nos dice que la ciudad esta semana está tranquila y que cinco días son suficientes para hacernos alguna excursión por los alrededores. Cuando llegamos el taxímetro dice 41,89 euros pero el taxista decide cobrarnos 35 euros, desmontando el mito del timo.
Entramos en el apartamento después de resolver la típica gymkhana de cualquier Airbnb que se precie y nos reciben unas vistas espectaculares de la iglesia de Santa Chiara. Desde el descansillo de la escalera se encadenan varias ventanas (al estilo de la ranura de la llave de la Grande Belleza) que terminan en el barrio de Capodimonte. Dentro del edificio, en la entrada al apartamento, nos recibe una cagada —esperamos que de perro— y unos fuegos artificiales con los que intentamos convencernos de que algo así debe ser Nápoles: fuegos artificiales y cagadas de perro.
12 de agosto
Despertamos temprano y salimos a buscar un sitio para desayunar. Antes de encontrarlo nos cruzamos con la fachada en forma de diamantes de la iglesia del Gesù Nuovo y nos quedamos impresionados con el interior. Unos minutos después nos sentamos en un callejón a tomar un cappuccino con granita y un cornetto con Nutella. Desde el balcón del piso de arriba, una anciana nos pide que entremos al bar para avisar de que está despierta. Cuando sale la camarera, la mujer le grita su pedido, y hacen el intercambio mediante un cubo que sube y baja a pulso. Una vez completada la operación, la nonna nos lo agradece lanzándonos unos besos y la camarera nos guiña el ojo.
Continuamos caminando sin rumbo y antes de entrar en Spaccanapoli damos con la iglesia del Pio Monte della Misericordia donde pagamos 10 euros para ver uno de los cuadros de Caravaggio que se encuentran en la ciudad. El cuadro Las siete obras de misericordia preside la capilla y varios carteles explican la tortuosa vida del autor. En Nápoles recibió la paliza que nueve meses después terminó con su vida.
Buscamos un sitio para comer y nos encontramos La locanda Gesù Vecchio donde comemos mozzarella in carrozza, calamarata, spaghetti alla puveriello (a lo pobre: aceite, pimienta, queso y huevo frito) y vino de la casa. Cuando salimos el calor es asfixiante y buscamos la forma de bajar la temperatura. Llegamos a la galería Umberto I, damos tres vueltas sobre el toro y nos regañan porque eso solo se hace en Milán: en Nápoles las supersticiones se respetan tanto como a Maradona. Pasada la Piazza del Plebiscito, tomamos un autobús que recorre la costa y nos deja frente al Bagno Sirena Posillipo. La entrada es engañosa: hay que entrar por el portal número 357, y bajar por unas escaleras para dar con una playa completamente sorrentiniana. Las olas del golfo chocan contra el palacio de Donn’Anna y varios napolitanos juegan a las cartas en sus monoblocs.
Después de darnos un baño, se levanta un viento huracanado. Las sombrillas vuelan, las monoblocs también. La gente regresa corriendo del agua mientras grita: Mamma, mamma. Ho paura! En cuestión de minutos la playa se vacía y volvemos a la calzada todavía mojados. Con más ganas de playa, buscamos la siguiente entrada al mar y damos con los baños de Elena, un rincón con menos encanto pero más resguardado del viento. Los vinos de la comida pronto surten efecto y nos quedamos dormidos. Al despertar ya casi ha llegado el eclipse, y recogemos para buscar algún lugar donde presenciarlo. A lo lejos, el Castel dell'Ovo todavía está iluminado por el sol, así que decidimos caminar hasta allí por el lungomare. Pedimos una granita y un gelato de Nutella en un chalet, la versión napolitana del chiringuito. Cuando recordamos el eclipse ya es demasiado tarde y la colina de Capodimonte oculta el sol. No hemos podido verlo, pero es difícil estar menos defraudado por habernos perdido un momento supuestamente histórico.
13 de agosto
El calor de agosto no nos impide caminar hasta la estación Garibaldi y tomar un tren que nos deja en media hora en la entrada del parque arqueológico de Pompeya. Tengo que admitir que no pienso frecuentemente en el Imperio romano, debo tener una masculinidad frágil. También me gusta el aguacate. Pompeya consigue que piense durante un tiempo en el Imperio romano, pero ni siquiera aquí el tema me obsesiona. El calor asfixiante y las constantes referencias eróticas también dificultan estar concentrado.
De camino al tren de vuelta encontramos carteles de la visita del Papa en mayo que le dan la bienvenida a la Terra dei Fuochi —y entendemos el apodo que se ha ganado la región—, y esquelas que conmemoran la muerte de vecinos de Pompeya.
De vuelta en Nápoles, nos sentamos a recuperarnos del calor con unos affogatos en el Caffè Gambrinus, el antiguo café de la intelectualidad napolitana. El lugar está lleno de turistas, pero entre los camareros con pajarita, los juegos de tazas y los salones elegantes uno cae rendido ante el encanto del lugar. En la calle cae una manta de agua y dejamos pasar el tiempo en la cafetería; no es un mal lugar para que te pille una tormenta. Pegado a un mostrador, encontramos un artículo de Gaia Pianigiani en el New York Times sobre la tradición napolitana de dejar un café pagado para alguien que no pueda permitírselo. Pensamos en hacerlo, pero el café a siete euros es más caro que la moral.
Una vez pasada la tormenta caminamos hacia Quartieri Spagnoli. Se hace pesado subir las cuestas del barrio con las Birkenstock y el suelo mojado. Lo extraordinario de Nápoles es que salirse un par de calles del circuito de los cruceros te lleva a un lugar donde la suciedad y la pobreza se hacen mucho más evidentes. Se ven familias en los bajos con la televisión puesta y la puerta abierta. Sería fácil romantizar la escena, pero es simple y llana pobreza. Continuamos caminando y llegamos al gran mural del Diego que ahora se está restaurando. Volvemos a casa, tomamos antes un spritz como aperitivo y cenamos en un local de ragú.
14 de agosto
No esperamos la hora del desayuno para entrar a la iglesia de Santa Chiara. Es la iglesia que tenemos enfrente del apartamento, y fue una de las que más sufrió los bombardeos de 1943, lo que explica que su interior sea menos impresionante. Desayunamos en Calata Trinitá Maggiore y tomamos el metro hacia rione Sanità.
El barrio de rione Sanità es el menos turístico que hemos visitado. En esta zona, las tiendas de souvenirs todavía son carnicerías y tiendas de arreglos. Entramos en la iglesia de Sant’Aspreno ai Crociferi que se ha convertido en el museo de un escultor italiano: Jago. Pagamos la entrada y nos invitan a unirnos a un tour en italiano. Mientras esperamos, leemos que Jago se define como Artrepreneur. Esto nos pone en alerta, y nos hace esperar mucha IA y NFTs. La realidad es que las esculturas de Jago impresionan. En especial su Natura Morta, que fue expuesta durante meses junto a Cesta de fruta de Caravaggio en la Pinacoteca Ambrosiana de Milán.
La entrada incluye también un tour por la iglesia de San Severo, que decidimos aprovechar. El camino hasta esta segunda iglesia nos hace recorrer Sanità, un barrio hasta hace unos años marginado. En el camino entramos al Palazzo dello Spagnolo donde quedamos maravillados por la geometría perfecta de su arquitectura. Finalmente llegamos a la iglesia de San Severo y nos unimos a otro tour en italiano. Cuando tomamos asiento durante la primera explicación, veo una placa en el banco de delante: famiglia Gambardella.
Ya no puedo evitarlo, desconecto del tour y me imagino a Sorrentino caminando desesperado por Napoli buscando un nombre para su personaje. Cansado, entra a refrescarse en la iglesia de San Severo y justo en el banco en el que estoy sentado tiene una revelación: Gambardella. Mientras el guía sigue explicando las obras de Jago descubro que Gambardella significa viejo (Gamal) luminoso (Bertha), y no se me ocurre mejor nombre para el personaje. No encuentro en internet ninguna explicación al porqué del nombre del personaje —al estilo de Paul McCartney y Eleanor Rigby— así que estas teorías me dejan satisfecho.
Terminamos el paseo por Sanità entrando en la iglesia de Santa Maria Maddalena ai Cristalini decorada en azul con las caras de los vecinos. Antes de comer, decidimos darnos un chapuzón en el mar y tomamos el metro hasta Piazza Amedeo para poder acercarnos a la Spiaggia de Mapatella.
15 de agosto
Queremos pasar el último día completo en otro lugar; dudamos entre Capri y Sorrento. La noche anterior en la cama, nos descubrimos consultando ChatGPT para tomar la decisión y la situación nos resulta tan triste que decidimos no ir a ninguna de esas opciones, y finalmente es el libro de Kris Ubach el que nos ayuda a elegir nuestro destino: Procida.
Tomamos el ferry de las 11:30 después de desayunar unas sfogliatelle en el puerto. Al llegar, la isla ya nos atrapa. Fachadas color pastel, barcas de pescadores, gente moviéndose en moto. Caminamos hasta Santa Maria delle Grazie donde tomamos una coca-cola y en una salumeria pedimos dos panini de prosciutto cotto y mozzarella para comer en la playa. Caminamos hasta la Spiaggia Chiaia, que está justo debajo del mirador de Elsa Morante y en el camino tomo nota mental de leer La isla de Arturo de la autora. Nos bañamos constantemente, comemos los panini, nadamos hasta la boya, nos refugiamos a la sombra del acantilado, tomamos unos cafés, no hacemos nada. Es un día perfecto.
A las cinco y media regresamos de la playa y aprovechamos los últimos momentos en la isla paseando por la Marina di Corricella que está inexplicablemente vacía. Con unos spritz y una promesa de regresar pronto, nos despedimos de la mejor isla del Mediterráneo.
16 de agosto
Desayunamos en la plaza Bellini, a la que hemos declarado nuestra plaza favorita del centro de Nápoles. Cuando terminamos los cafés y los cornetti, visitamos las librerías de la Via Port’Alba, y un recuerdo me disuade de hacer una compra estúpida. Durante mi Erasmus, compré El guardián entre el centeno en italiano —il giovane Holden— en un Esselunga (una especie de Supercor italiano), y no fui capaz de pasar de la segunda página.
Durante nuestras últimas horas en la ciudad, entramos en la tienda del Napoli, compramos un Munaciello y un busto de Maradona, y visitamos el Complesso Monumentale San Lorenzo Maggiore.
La llegada al aeropuerto es triste, con un taxista que nos habla pero al que no conseguimos entender. Al poner un pie en la terminal nos enteramos de que el vuelo se ha retrasado dos horas. Volar en Ryanair es como pasarse de copas: cada vez que lo hago, prometo no volver a hacerlo. También es lo contrario de visitar Nápoles: cada vez que lo haga, prometeré volver a hacerlo.
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