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Danke, München
Conoces tu país cuando ves cómo se hacen las cosas en otro. Más concretamente: cuando ves cómo NO se hacen en otro.
2 de julio 2026
Conoces tu país cuando ves cómo se hacen las cosas en otro. Más concretamente: cuando ves cómo NO se hacen en otro.
Lo primero que pensé cuando el comandante anunció que nos desviaban a Núremberg fue que Núremberg ni siquiera estaba en mis planes. Ni en los del avión, supongo. Ni en los de los otros ciento ochenta pasajeros que llevábamos dos horas de retraso en el aeropuerto de Madrid, una hora dando vueltas sobre el cielo encapotado de Baviera y una sensación creciente de que aquel viaje empezaba mal y podía acabar peor.
Llevaba tres semanas el centro de Europa pasando un calor obsceno. Treinta y cinco grados en sitios donde en junio se pasa el día con manga larga. Las noticias hablaban del verano más jodido de los últimos no sé cuántos años. Como cada año. Yo iba a Múnich a un bootcamp del trabajo — dos días, hotel pagado, cervezas “pagadas”, una excusa profesional para conocer por fin Alemania. Era mi primera vez. Y ahí, me imaginaba la postal completa. Cielo azul. Terrazas. Tirantes. Hefeweizen. Y la gente bañándose en el Englischer Garten. Una postal idílica que había estado viendo por Instagram los últimos días.
Lo que el universo decidió darme fue distinto.
El día que volaba, Múnich tuvo la tormenta del siglo. Literal. Una de esas tormentas eléctricas centroeuropeas que aparecen cada diez años y dejan árboles tumbados en las grandes avenidas. Una manta de agua de dimensiones bíblicas. Vientos imposibles. Y con ese panorama, el aeropuerto cerró. Nos mandaron a Núremberg. Para quien no lo ubique, Núremberg está a ciento ochenta kilómetros de Múnich. Para entendernos: como aterrizar en Ciudad Real cuando ibas al Prado.
Aterrizaje a las once de la noche. Pasajeros alemanes calmados de una manera que ya empezaba a darme rabia. Cabréate un poquito, coñ… Yo esperando a bajar del avión con un libro metido en la mochila, el ordenador del trabajo, una formación a las nueve de la mañana siguiente y cero idea de cómo se hacía nada de lo que venía a continuación.
30 minutos para coger un tren. Un tren que me había cogido Cris mientras yo calculaba tiempos de llegada a la estación de Núremberg. El único tren que no me dejaba en Múnich a las cinco de la madrugada. Corrí. Me bañé corriendo. Cogí un taxi y con un minuto de margen, subí a ese tren que llevaba el cartel de mi destino.
Era un tren que había salido de Berlin con luz fluorescente amarillenta, de esa que solo existe en Alemania y en algunas películas de Wim Wenders. Estaba ligeramente mojado por dentro porque el techo había dejado entrar agua en algún momento. Y se tardaba una hora y cuarto en llegar. Una hora y cuarto mirando por la ventana un paisaje completamente negro, con relámpagos al fondo, mientras un señor a tres asientos de mí estaba a punto de presenciar una de las peores imágenes posibles en estas fechas. Alemania iba a ser eliminada en penaltis.
Llegué al hotel a las dos. Tenía reunión a las nueve. La hamburguesa que había comprado al salir de la estación ya no estaba caliente, era un trozo de pan con un trozo de pollo frío que se había mojado de camino al hotel. Aún así, esa sal de las patatas… Uf! Me di una ducha. Quién pillara la bañera de Santander. Me dormí. Y no me preguntéis cuántas horas.
Bienvenido a Alemania.
A la mañana siguiente, Múnich estaba limpia. La tormenta se había llevado el calor y había dejado el aire de esos días raros de junio en los que parece octubre. Yo salí a la calle con la sensación, todavía hoy difícil de describir, de no entender absolutamente nada.
Y aquí es donde quiero parar un segundo, porque esto me parece lo importante del viaje.
Yo he viajado. No mucho, pero he viajado. Italia, Francia, Portugal, Reino Unido, algún sitio de Estados Unidos. Y en todos esos lugares siempre tenía algo. Algún punto de contacto. Algo que el cerebro reconocía antes de que la cabeza llegara. En Alemania no. En Alemania durante esas primeras horas no podía agarrarme a nada.
Voy a intentar ser concreto, porque si no esto suena a frase de manual de viajes.
Los postes rojos y blancos. Hay postes rojos y blancos por todas partes. Pequeños. Como de medio metro. Plantados en las aceras, en los aparcamientos, en las esquinas. ¿Para qué son? Ni idea. No lo pregunté. Pero hay tantos que después de dos días el cerebro empieza a registrarlos como parte del paisaje sin pedirte permiso. Y es uno de esos detalles que no salen en ninguna guía y que sin embargo te están diciendo, todo el rato, una sola cosa: tú no eres de aquí.
Lo verde. Múnich es muchísimo más verde de lo que esperaba. El Englischer Garten es más grande que Central Park, dato que casi nadie sabe. Y los árboles de las calles son enormes. Es una ciudad que respira por sitios distintos a los que respira Madrid. Madrid respira por las plazas. Múnich respira por los jardines. No sé explicarlo mejor.
El choque entre lo bávaro clásico y lo industrial. Los chalets con geranios al lado de las torres de oficinas de BMW. La señora con Dirndl sirviéndote una cerveza al lado de un edificio modernista lleno de cristales. Todo conviviendo sin que nadie se asombre. Eso, en una ciudad mediterránea, sería imposible. En Múnich es martes.
Y la cerveza, joder, la cerveza. Esto sí lo voy a defender porque es verdad. Una Augustiner a quince grados en una terraza al sol no se parece a una caña española en absolutamente nada. No estoy diciendo que sea mejor. Estoy diciendo que es de otra especie. Como comparar un sorbo de manzanilla con un trago de cava. Las dos cosas están bien, pero son cosas distintas.
Todo lo del Bayern me gustó. Pero voy a dejar el fútbol para mis queridísimos Luis y Miguel, cuyas crónicas hacen una mejor labor que cualquier cosa que pueda decir yo.
Lo que más me impactó, sin embargo, no fueron las cosas concretas. Fue otra cosa más rara que tardé un par de días en identificar y que me sigue dando vueltas un par de días después.
Estaba en un bar cualquiera de Marienplatz (como si me tomo una cerveza en Plaza Mayor) intentando pedir una Lager con mi inglés y los pocos danke y bitte que había aprendido en Tiktok en el AVE de no sé qué viaje, y de pronto caí.
Yo allí no era el europeo del sur al que en Londres o en París te pueden tratar con cariño porque saben de dónde vienes. Yo allí era directamente el extranjero exótico. El que no termina de entender los códigos. El que no sabe si tiene que dejar propina y cuánto. El que dice danke schön cuando el camarero ya se ha dado la vuelta. El que ocupa demasiado espacio físico delante de la barra porque en España ocupamos así de espacio y aquí no es así de espacio.
Y los alemanes lo notaban. Sin hostilidad. Sin condescendencia. Con esa cortesía exacta que ellos dispensan a quien viene de lejos, que es distinta de la cortesía que dispensan entre ellos.
Pensé entonces — y desde entonces no me sale de la cabeza — que así debe sentirse un chino cuando viene a España.
Que tiembla.
Es una idea que me ha dado mucho que pensar. Lo cómodos que vamos por Europa los del sur, asumiendo que nos entenderán, que el tono nos lo aceptarán, que la mano grande pidiendo café será leída como la mano grande pidiendo café y no como una agresión silenciosa. Y lo radicalmente distinto que es estar en un sitio donde nada de eso pasa. Donde cada gesto se procesa con medio segundo de retraso. Donde piensas dos veces antes de hacer cualquier cosa, porque ya no sabes si lo estás haciendo bien.
Esa pequeña incomodidad — que no es ofensa, que no es dolor, pero que es constante — es probablemente lo más útil que me ha dado un viaje en muchos años. Y todo por accidente. Por contraste.
Conoces tu país cuando ves cómo se hacen las cosas en otro. Más concretamente: cuando ves cómo NO se hacen en otro. Yo no sabía hasta esta semana que en España hablamos tan alto, hasta que estuve dos días intentando bajar la voz en una microkitchen de la oficina de Google en Múnich. Yo no sabía hasta esta semana que en España nos tocamos al hablar, hasta que vi a dos amigos alemanes despedirse en una esquina con una distancia entre ellos que en Madrid significaría que se acaban de pelear. Yo no sabía hasta esta semana que en España comemos tarde, hasta que descubrí que a las siete y media de la tarde algunos restaurantes ya estaban cerrando la cocina.
Detalles. Tonterías. Cosas que llevaba haciendo veintitantos años sin darme cuenta. Y que solo se ven cuando alguien hace todo lo contrario.
Ayer, antes de coger el avión de vuelta, me tomé una cerveza en el aeropuerto. No era buena. Estaba caliente y era demasiado fuerte. Pero la disfruté de una manera desproporcionada. Casi conmovido. Porque era lo único de todo aquel viaje que tenía un equivalente exacto en mi mundo. Una cerveza caliente es lo mismo en Múnich, en Madrid o en Tokio. Y hay algo que te repara por dentro en eso. La globalización tiene cosas malas, vale. Pero también tiene la virtud de proporcionarte cervezas calientes cuando llevas tres días sin reconocer nada.
Mientras me la bebía, mirando los aviones salir hacia destinos que no podía pronunciar, pensé en qué me llevaba a casa. Y la conclusión fue una sola.
Como España, nada.
No es chauvinismo. No es turismo de bandera. Es otra cosa. Es la sensación de que cada uno tiene su sitio y que descubrir cuál es el tuyo requiere, paradójicamente, irte lo más lejos posible para verlo desde fuera. Cuando vuelvas, vas a entender la terraza con más cariño. La voz alta con más cariño. La cena a las once con más cariño. El camarero que te llama jefe con más cariño. Todo esto que en el día a día nos parece normal o incluso defectuoso, lo vas a mirar con otros ojos. Porque has visto cómo se vive de otra manera. Y la otra manera está bien, pero no es la tuya.
Solo espero — y esto lo escribo todavía con el cuerpo en tensión — que la vuelta no sea tan accidentada como la ida. Que no haya otra tormenta del siglo. Que no me deriven a Düsseldorf. Que el vuelo salga a su hora. Que llegue a Madrid antes de medianoche. Que abra la puerta de mi casa, abrace a Cris en el silencio caliente de junio, abra la nevera, saque una cerveza mediocre — española, sin orgullo, sin lúpulo bávaro, exactamente la que sé beber sin tener que pensar en lo que estoy bebiendo — y me siente en el sofá con esa calma específica del que ha vuelto.
Porque para eso sirven los viajes, en el fondo. Para volver.
Y para hacerlo, por una vez, sabiendo dónde es exactamente que estabas todo este tiempo.
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