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Queridos todos: somos campeones del mundo
Rodri es la Sinfonía nº 9 Coral de Beethoven.
20 de julio 2026 · 1 comentario
Escribo esto un lunes por la mañana con la voz rota, dos horas de sueño y esa sensación específica de que acabamos de vivir algo que vamos a contar durante los próximos cincuenta años. La Cibeles todavía está mojada de cava, la ciudad no ha vuelto al trabajo del todo, y en las cristaleras de los bares se ven todavía los restos pegados de las banderas que ayer no cabían por las ventanas. Ha pasado. Lo hemos ganado. Otra vez. Dieciséis años después.
La carta que os escribí el jueves pasado —aquella en la que hablaba de Alice's Theme, de las miradas cruzadas en la calle, del elegid bien con quién estáis el domingo— tuvo respuestas por mensaje privado. Muchas. Gracias a todos los que me escribisteis contándome desde dónde y con quién ibais a ver la final. Y sobre todo gracias a los que me lo habéis vuelto a escribir esta mañana contándome desde dónde y con quién la habéis celebrado. La memoria colectiva se estaba escribiendo en tiempo real anoche, y yo, entre gritos y abrazos, tenía la sensación rara del columnista que sabe que está viviendo el material del próximo artículo mientras vive la vida.
Este es el próximo artículo. Va sobre los que lo consiguieron.
He estado pensando estos días —desde la semifinal, en realidad, cuando ya empecé a fantasear con este texto— cómo escribir sobre esta selección sin caer en la crónica deportiva al uso, que ya la están haciendo otros mejor que yo (ejem, Álvaro, te esperamos con ganas), y sin repetir lo obvio, que a estas alturas está siendo repetido en todas partes. Y he decidido hacer lo único que sé hacer: mirar a los futbolistas como los miraría un melómano. Adjudicarle a cada uno una obra de música clásica. No una obra cualquiera. La obra que suena como ellos juegan. Porque el fútbol, cuando se juega como esta selección lo ha jugado, se parece bastante a la música. Tiene ritmo, tiene contrapunto, tiene silencios, tiene clímax. Y cada jugador es un instrumento distinto dentro de la orquesta.
Vamos con la plantilla. Uno a uno. NUESTROS CAMPEONES. Con la única regla de que voy a intentar que cada obra explique al jugador y viceversa. Al final del artículo se entenderá, espero, por qué esta selección era una orquesta y por qué ha ganado el Mundial.
Los porteros
David Raya juega como El vuelo del moscardón de Rimski-Kórsakov. Esa pieza minúscula y frenética que todos conocemos aunque no sepamos que la conocemos —el zumbido continuo de las cuerdas que sube y baja sin parar, imposible de tocar limpiamente para casi ningún violinista—. Rimski-Kórsakov la escribió en 1900 como un interludio operístico para representar musicalmente a un príncipe convertido en insecto que persigue a los villanos. Raya juega así. Reflejos felinos, agitación controlada, esa capacidad de volar de palo a palo en milisegundos que desespera a los delanteros rivales. Un zumbido constante. Y un aviso: no vale de nada intentar pegarle el balón cerca del palo, porque el moscardón siempre llega.
Joan García —irrupción reciente desde Barcelona — es la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák. Escrita en 1893 durante la estancia del checo en Nueva York, la novena de Dvořák es la sinfonía del descubrimiento — del compositor europeo asombrado ante un continente nuevo, mezclando espirituales negros y melodías indias con formalismo centroeuropeo—. Joan García es exactamente eso: la juventud y la frescura del que asoma con fuerza, la promesa que suena a esperanza y a territorios por explorar. Es el portero del futuro. Y el futuro, si sigue este camino, será suyo.
Unai Simón juega como La consagración de la primavera de Stravinsky. Y esto necesita explicación, porque La consagración es la obra que en su estreno en París en 1913 causó un motín en el teatro — el público se peleaba en la sala mientras la orquesta seguía tocando—. Es una música imponente, a veces visceral, salvaje, con esos ritmos pesados de percusión que representan el sacrificio ritual de una doncella. Unai Simón tiene eso. Fundacional. Contundente. PURA LOCURA. Con momentos de dramatismo casi brutal bajo el arco. No es un portero elegante. Es un portero único. Y había quien decía que lo teníamos que sentar.
Los defensas
Marc Pubill es la obertura de Guillermo Tell de Rossini. Sí, esa que empieza calma y luego arranca en un galope famoso — el que todos identificamos aunque nunca hayamos visto la ópera—. Rossini estrenó su Tell en 1829 y sabía perfectamente lo que hacía: pasar del silencio a la carga completa en pocos compases. Pubill juega igual. Sus galopadas por el carril derecho anuncian el alboroto y la inminencia de la victoria. Nada en el partido se ve venir, y de pronto está él corriendo cincuenta metros por la banda.
Alejandro Grimaldo es El Danubio Azul. Y del Danubio Azul ya os hablé aquí hace unos meses, en un artículo sobre una bañera de hotel en Santander y sobre cómo el vals vienés representa la elegancia sin metafísica. Elegancia líquida. Su golpeo de balón y su fluidez ofensiva no parecen fútbol — parecen un vals ininterrumpido sobre la hierba. Y como el vals, tiene ese segundo tiempo adelantado que hace que todo se balancee.
Eric García es El Otoño, de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Vivaldi compuso el ciclo en 1725 con textos poéticos incluidos, y El otoño es probablemente la más meditativa de las cuatro — la vendimia terminada, el cazador que espera, la geometría del año que se organiza sin prisa—. Eric García no es un central de choque físico. Es un central de lectura madura, reposo, anticipación y salida limpia de balón. Geometría antes que músculo.
Marcos Llorente es la Marcha Radetzky de Johann Strauss padre. Compuesta en 1848 en homenaje al mariscal Radetzky, es probablemente la marcha más popular del repertorio clásico — la que se toca cada 1 de enero en Viena mientras el público aplaude a contratiempo—. Llorente es esa marcha. Despliegue inagotable, ritmo marcial, esa energía box-to-box que levanta al público para aplaudir a contratiempo en cada presión asfixiante. Cuando entra al campo, el pulso del partido sube automáticamente. Eso sí, por favor, deja el sol un poquito…
Pedro Porro es la Danza Húngara nº 5 de Brahms. Brahms compuso las Danzas húngaras entre 1869 y 1880, adaptando melodías gitanas centroeuropeas al piano y luego a la orquesta. La quinta es la más famosa — allegro con fuoco, ímpetu, cambios de tempo bruscos, pasión desatada—. Porro es un lateral que interpreta la partitura siempre allegro. Nunca se ahorra un metro. Y sus cambios de ritmo, como los de Brahms, no avisan. Qué descubrimiento de jugador.
Aymeric Laporte es la Sinfonía nº 5 de Beethoven. Sí, esa. La de los cuatro golpes iniciales — pa-pa-pa-pá — que según Beethoven representan al destino llamando a la puerta. Compuesta en 1808, estrenada en Viena en un concierto histórico de cuatro horas donde también se estrenó la Sexta, es una de las obras más grabadas en la memoria colectiva de Occidente. Laporte, cuando corta un balón, suena a Beethoven. Contundente, majestuoso, inapelable. Y el rival, como el oyente ante la Quinta, ya sabe desde el primer compás que no hay escapatoria.
Pau Cubarsí es el Claro de luna de Debussy. La Suite Bergamasque la compuso Debussy en 1890 y publicó en 1905, y su tercer movimiento — el Claro de luna— es una de las piezas para piano más queridas del repertorio impresionista. Sereno, sutil, luminoso en medio de cualquier oscuridad. Cubarsí — diecinueve años recién cumplidos —. Serenidad asombrosa en medio del caos. Sus pases limpian la presión rival como el Claro de luna limpia una habitación oscura. Es probablemente el jugador que mejor representa la nueva etapa de esta selección: técnica, calma, sabiduría antes de tiempo.
Marc Cucurella es la Cabalgata de las valquirias de Wagner. Y sí, es otro Wagner en estas páginas — el segundo en pocas semanas, después del artículo sobre Bad Bunny—. La Cabalgata pertenece a La Valquiria (1870), segunda ópera del ciclo del Anillo del Nibelungo, y representa la carga guerrera de las hijas de Wotan cruzando el cielo. Cucurella juega así. Su melena al viento por la banda izquierda es una tormenta fiera y desbordante que anuncia el fragor de la batalla. Cuando arranca, es Wagner. Cuando llega al área, es Wagner. Es imposible no oír los metales cuando aparece por la izquierda. Qué jodido fichajón.
Los centrocampistas
Mikel Merino es el Dies Irae del Réquiem de Mozart. Mozart escribió el Réquiem en 1791 y no llegó a terminarlo — murió durante su composición, y su discípulo Süssmayr completó la obra a partir de bocetos—. El Dies Irae (día de la ira) es probablemente la sección más impresionante — coro y orquesta a pleno pulmón anunciando el juicio final—. Merino es imponente en el juego aéreo, ganador nato de duelos. Nuestro salvador. Cuando salta a por un balón dividido en el área, es literalmente Mozart dictando sentencia. Y el rival, como el pecador ante el Dies Irae, sabe que ha perdido incluso antes de saltar.
Fabián Ruiz es El lago de los cisnes de Chaikovski. El ballet lo compuso en 1875 y es probablemente la obra que fundó el ballet ruso moderno — la historia de la princesa Odette convertida en cisne por un hechizo—. Fabián es pura zancada larga. Movimientos estilizados. Conductor del esférico que parece flotar sobre el mediocampo. Su zurda es la zurda del ballet — pases que acarician antes de golpear—. Cuando Fabián toca el balón, la selección deja de correr y empieza a bailar.
Gavi es la Danza del sable de Aram Jachaturián. Compuesta en 1942 como parte del ballet Gayaneh, la Danza del sable es una de esas piezas que todo el mundo conoce por su intensidad frenética — cuerda repetitiva a toda velocidad, xilófono desatado, ritmo cortante—. Gavi es exactamente eso. Intensidad incontrolable. Fuego. Vértigo. Va al suelo y se levanta antes del siguiente compás. Cuando entra en un campo, la temperatura del partido sube tres grados. Qué bueno es tenerlo en tu equipo.
Álex Baena es la Rapsodia húngara nº 2 de Liszt. Liszt compuso sus rapsodias entre 1846 y 1885, y la segunda es la más famosa — un virtuosismo de piano tan exigente que solo un puñado de pianistas al año se atreven a tocarla en público sin miedo—. Baena es el tapado. Virtuosismo puro y picardía. Su capacidad para inventar pases filtrados y destellos técnicos es tan sorprendente como los cambios de ritmo de la rapsodia — de la calma lírica al vértigo en cuatro compases—. Es un futbolista que uno no sabe si mirar con miedo o con envidia.
Rodri es la Sinfonía nº 9 Coral de Beethoven. Y aquí estamos hablando de la obra magna del repertorio clásico occidental — la sinfonía que Beethoven estrenó en 1824 ya completamente sordo, y cuyo último movimiento incorpora coro y solistas para cantar la Oda a la Alegría de Schiller—. Es la sinfonía total. La que sostiene el universo. Rodri es eso. Balón de Oro. Director. Su figura impone equilibrio, trascendencia y una perfección inquebrantable que culmina en la Oda a la Alegría del dominio de la posesión. Sin Rodri, no hay orquesta. Es literalmente esa sinfonía la que ha ganado el Mundial.
Martín Zubimendi es el Bolero de Ravel. Compuesto en 1928 por encargo, es probablemente la obra más famosa del compositor francés, y su estructura es de una simplicidad casi provocadora — el mismo tema repetido durante quince minutos, siempre igual, mientras la orquesta añade instrumentos poco a poco hasta el clímax final—. Zubimendi es un metrónomo hipnótico y constante. Comienza sutil, ordenando desde atrás, y va in crescendo organizando al equipo hasta asfixiar al rival en una melodía cíclica. Cuando el partido se estanca, es él quien lo saca del estancamiento sin que casi nadie lo note.
Pedri es los Nocturnos de Chopin. Chopin compuso veintiuno a lo largo de su vida, entre 1827 y 1846, y son probablemente el género en el que su genio como miniaturista brilla con más pureza — piezas breves de piano de una belleza melancólica que detiene el tiempo—. Pedri es exactamente eso. Magia, melancolía y pura belleza. Capaz de detener el tiempo en la frontal del área. Sus toques sutiles esconden una sensibilidad literaria fuera de este mundo. Y como los nocturnos de Chopin, uno lo escucha y no sabe muy bien por qué se le llenan los ojos de lágrimas.
Los delanteros
Ferran Torres es la Obertura 1812 de Chaikovski. OH FERRAN. Compuesta en 1880 para conmemorar la victoria rusa contra Napoleón, la 1812 termina con cañones reales disparando en la partitura — literales, cañones—. Finales apoteósicos. Sus desmarques de ruptura y ráfagas goleadoras aparecen como cañonazos exactos en el momento justo. No es un delantero de crear jugada. Es un delantero de terminarla. Aunque muchas veces nos hayamos burlado de él. Como los cañones de Chaikovski: apareces al final, disparas, y hay victoria. Has entrado en la historia de España, chaval!
Dani Olmo es La primavera de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Otra vez Vivaldi, ahora en la temporada más luminosa de las cuatro — la del despertar, los pájaros, los arroyos que crecen—. Un despertar constante entre líneas. Para mí, de los mejores jugadores del mundial. Su movilidad y sus pases luminosos hacen que el juego ofensivo florezca justo donde más le duele a los centrales rivales. Cuando Olmo aparece entre líneas, la primavera llega al partido.
Yeremy Pino es el Capricho español de Rimski-Kórsakov. Compuesto en 1887, es una obra deliciosa donde el compositor ruso imagina España desde fuera y le pone toda la fantasía posible — malagueñas, gitanerías, fandangos orquestales—. Yeremy, frescura, chispa juguetona, un regate eléctrico. Una composición colorida y llena de ornamentos que marea a los defensores en una baldosa. Es el jugador más ornamental de la selección. Y a veces, en el ornamento está el gol.
Nico Williams es El aprendiz de brujo de Paul Dukas. Compuesto en 1897, popularizado mundialmente por su aparición en la Fantasía de Disney (con Mickey Mouse como aprendiz), es un poema sinfónico que representa el caos que el aprendiz desata sin poder controlarlo — las escobas que se multiplican, el agua que sube, todo desbocado—. Nico y el caos maravilloso. Su desborde es mágico y su ritmo se acelera progresivamente, dejando a los laterales atrapados en un torbellino del que no saben escapar. Cuando Nico arranca, ya nadie sabe hacia dónde va la escoba.
Lamine Yamal es el aria de la Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart. Compuesta en 1791, es una de las arias más difíciles del repertorio operístico — sus notas agudas (fa 6) están al límite de lo que la voz humana puede alcanzar—. Lamine es eso. Agudos inalcanzables. Un niño prodigio que desafía la gravedad, las edades y las leyes de la física con filigranas técnicas y notas deslumbrantes. Como Mozart escribiendo esa aria a los treinta y cinco años sabiendo que iba a morir en pocos meses, Lamine juega como si supiera que el tiempo le va bien pero conviene aprovecharlo.
Mikel Oyarzabal es el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. Y aquí, permitidme, hay una emoción especial. Porque Oyarzabal marcó el gol de la Eurocopa 2024. Y porque el Aranjuez, compuesto en 1939 por un músico ciego enamorado del jardín real de Aranjuez, es probablemente la obra más profundamente española que existe en el repertorio clásico universal. Corazón puramente español. Trabajo silencioso e inagotable que de pronto se transforma en belleza y poesía pura a la hora de armar el tiro. Oyarzabal es el gol callado. El delantero que trabaja sin protagonismo hasta que aparece a definir con esa exactitud que solo tiene lo que ha esperado su momento. Como el segundo movimiento del Aranjuez, tan lento y tan definitivo.
Víctor Muñoz es Los Toreadores de la Suite nº 1 de la Carmen de Bizet. Bizet compuso su Carmen en 1875, la ópera se estrenó con escándalo (Bizet murió tres meses después sin ver el éxito), y hoy es una de las óperas más representadas del mundo. Los Toreadores es la marcha final, pura pasión, cambios de ritmo, energía torera. Muñoz fue la revelación inesperada, revolucionaria. Es literalmente la marcha de los toreros lo que empieza a sonar en el estadio. Y los defensas cansados, como los toros cansados, ya no pueden con él.
Borja Iglesias es la Sinfonía nº 8, Sinfonía de los Mil de Mahler. Estrenada en 1910 con una orquesta de más de mil intérpretes, es probablemente la obra más grandiosa jamás escrita en cuanto a volumen y peso. Borja juega así. Volumen, peso, grandiosidad. Es el pívot que ancla la partitura en la tierra, fajándose con los centrales como un titán colosal para dar oxígeno a todos los demás. No es el que hace las notas más finas. Es el que sostiene toda la orquesta con su presencia física.
Y el director de orquesta
Falta uno. Y no es un jugador. Es el que ha hecho posible que todo lo anterior funcione como una sola música: Luis de la Fuente.
De la Fuente es el Concierto para piano nº 2 en do menor, Op. 18 de Serguéi Rajmáninov. Y esta elección merece ser explicada con cuidado, porque tiene una historia detrás que se parece mucho a la historia del propio seleccionador.
Cuando De la Fuente cogió la selección tras el desastre de Qatar 2022, casi nadie apostaba por él. Se le acusaba de conservador, de no tener nombre suficiente, de ser una solución interina. La prensa era cruel. Las redes eran crueles. Y él, con la calma imperturbable de quien sabe lo que está haciendo, empezó a construir en silencio. Ganó la Nations League. Ganó la Eurocopa. Y ayer, ha ganado el Mundial.
Bajo la aparente calma y sencillez de Luis de la Fuente late la pasión desatada y la perfección técnica de un director que ha sabido guiar a España hacia la gloria absoluta, convirtiendo el ruido exterior en una bellísima y afinada sintonía de triunfo. Igual que Rajmáninov, ha demostrado que a veces las obras maestras las escriben los que llevan años preparándose sin que nadie les hiciera caso.
El Concierto nº 2 empieza con nueve acordes solitarios de piano — Rajmáninov los llamaba "las campanas del Kremlin" — que van creciendo desde el silencio hasta el estallido orquestal. Es la música del director que empieza con lo mínimo y va sumando hasta llenar el mundo entero. Eso es exactamente lo que ha hecho De la Fuente con esta selección. Empezó con nueve acordes solitarios en 2023 y ha terminado con la orquesta entera tocando la sinfonía completa en Nueva York.
Y como en el segundo movimiento del Concierto — ese Adagio sostenuto que es probablemente uno de los movimientos más bellos jamás escritos, un tema melódico que parece suspenderse en el aire —, la mejor parte del trabajo de De la Fuente no ha sido la victoria. Ha sido la belleza de cómo la ha construido. Sin gritos. Sin populismos. Sin coger el móvil para responder a ninguno de los que le criticaron. Con la calma del pianista que sabe que su parte del concierto no es golpear el piano, sino saber cuándo dejar que la orquesta suene sin él.
Gracias, Luis. Por haber sido el pianista exacto que esta orquesta necesitaba.
Y una última cosa
Ahora sí, me quedo pensando en lo siguiente. Una selección no es una suma de instrumentos. Una orquesta es lo que ocurre cuando esos instrumentos aceptan tocar juntos bajo una dirección común. La selección que ha ganado ayer el Mundial ha sido eso: una orquesta. Y ha ganado precisamente porque no era una colección de solistas — como en 2010, con Iniesta, Xavi, Casillas, todos figurando —, sino una obra colectiva donde cada instrumento sabía cuándo callar. Ese es el hallazgo profundo de esta plantilla. No es que tenga a los mejores jugadores. Es que ha entendido, colectivamente y por fin, que la música mejor no la hacen los solistas. La hacen las orquestas.
Y eso es, en el fondo, lo que más me ha emocionado de estos días. Ver a un Rodri hacer una defensa titánica sin celebrarla. Ver a un Pedri servir un pase perfecto y seguir corriendo sin señalarse a sí mismo. Ver a un Lamine Yamal dejar de regatear cuando había otro compañero mejor colocado. Ver a un Oyarzabal marcar y correr a abrazar al que le había dado el pase antes que a mirar la cámara. La Novena de Beethoven no se toca así porque los músicos sean egos individuales. Se toca así porque han aceptado que hay algo más grande que ellos que solo existe si tocan juntos.
Y sí, Alice's Theme volvió a sonar anoche. En algunos montajes de televisión mientras la gente lloraba en las calles. Yo la escuché desde la Puerta de Alcalá, con la voz rota y esa emoción que solo se activa cuando la memoria colectiva entiende que ha ocurrido algo que va a ser recordado durante décadas. Fue un vals lento con coro infantil y orquesta grande, exactamente como Danny Elfman lo compuso en 2010. Y fue, otra vez, la banda sonora de un país que ganaba.
Somos campeones del mundo. Otra vez. Dieciséis años después. Y esta vez, ha sido más colectivo, más orquestal, más sinfónico. Más de todos.
Escribid, contadme desde dónde y con quién. Y cuidad la memoria de anoche. Porque no va a volver a ocurrir exactamente así nunca más.
Un abrazo enorme a todos. NOS VEMOS EN LA RUA!!!
Y viva España, joder.
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