Deportes

Querido Luis, querido Miguel

Es una cosa muy rara, esa mirada. Uno la olvida entre torneo y torneo.

16 de julio 2026


Querido Luis, querido Miguel,


Os escribo esto un jueves por la mañana. Faltan tres días para la final. Estamos en esa franja rarísima del calendario deportivo — la semana entre la semifinal y la final — que no se parece a ninguna otra semana del año. Todo el mundo tiene la cabeza en el domingo. Nadie está trabajando del todo. Y el país, sin ponerse de acuerdo, ha empezado a decorarse solo con banderas que van apareciendo en balcones donde no había banderas hace un mes.


He estado leyendo estas semanas las cartas que os habéis cruzáis sobre el Mundial, no sin cierta envidia, y no las voy a comentar directamente porque el género no permite comentarios cruzados — sería como colarse en una conversación privada gritando me parece muy bien—. Pero sí me gustaría hacer con vosotros lo que vosotros habéis estado haciendo entre vosotros: pediros permiso para escribir una carta, aprovechando que estoy vivo en el mismo momento histórico que vosotros y que llevamos catorce años esperando esto. Digo catorce, no dieciséis. Ya sé que el Mundial fue en 2010, pero en 2012 estuvo la Eurocopa. Y en 2024, otra. Y la Eurocopa también contaba, aunque los rebajistas de la memoria hoy quieran fingir lo contrario.


Os cuento cómo estoy viendo esto desde Madrid.


Ayer, miércoles, un día después del pitido final de la semifinal, salí a la calle. No para celebrar nada especial — todavía no hay nada que celebrar, técnicamente, salvo la clasificación (entramos en mentalidad puritito Real Madrid)—. Salí simplemente porque tenía la energía en el cuerpo y necesitaba caminar. Y descubrí lo que llevaba catorce años sin descubrir: la ciudad estaba llena de gente con la camiseta roja (y la blanca, evidentemente).


No una. Ni dos. Ni un grupito de aficionados en una terraza. La ciudad entera.


Chicos de veinte años que en 2010 tenían seis. Chicas que en 2012 estaban aprendiendo a leer. Señores mayores con la camiseta encima del polo. Familias con niños que llevaban camisetas nuevas de este mundial y padres que llevaban la vieja, la de la estrella ausente, guardada en un cajón desde la última fiesta. Y todos, sin excepción, cruzándose miradas cortas en las aceras. Miradas de reconocimiento. De tú también. De sí, va en serio. De no se lo estamos diciendo a nadie todavía, pero lo estamos pensando todos.


Es una cosa muy rara, esa mirada. Uno la olvida entre torneo y torneo. Es una forma de comunicación que solo se activa en ciertos momentos, cuando media nación empieza simultáneamente a creer en lo mismo — sea lo que sea eso, y aquí no me pongo profundo — y decide comunicarlo por gestos mínimos para no gafarlo. Nadie dice vamos a ganar. Nadie dice ni siquiera podemos ganar. Solo se cruzan los ojos un instante y se sigue caminando. Pero la ciudad, esa ciudad que llevaba catorce años sin latir así, latía otra vez.


Luis, me acordé de ti especialmente. Porque tú, en uno de los artículos que escribiste hace unas semanas, contabas cómo en 2010 tenías dieciséis años y viviste aquello con la intensidad exacta de los dieciséis. Yo tenía menos entonces. Y sin embargo, ayer, en la calle de Alcalá con Goya, sentí exactamente lo mismo que sentí en 2010 caminando por Gran Vía con la garganta rota de gritar (sí, me pilló en Madrid). La misma cosa. El mismo latido. El mismo estamos todos aquí y estamos todos pensando en lo mismo.


Ese es, sospecho, el gran milagro de estos eventos. No que ganemos. Ojalá. Sino que durante quince días un país de cuarenta millones de personas se pone a pensar simultáneamente en la misma cosa. Y eso — el pensamiento colectivo — es una experiencia que la vida contemporánea, atomizada en pantallas, casi no permite ya.


Luis, Miguel, con vosotros quiero hablar de la música. Porque vosotros entenderéis esto sin que haya que explicarlo.


Llevo dos días con una canción metida en la cabeza que no me esperaba encontrarme. Alice's Theme, de Danny Elfman. La banda sonora que Elfman escribió para la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton en 2010. Vals lento, coro infantil, orquesta grande, esa textura tan de Elfman que mezcla lo siniestro con lo maravilloso — imposible saber si estás en un cuento de hadas o en un cementerio—.


Y aquí es donde la coincidencia empieza a ser conmovedora. Alice's Theme se estrenó en marzo de 2010. La película se rodó pensando en el estreno de primavera. Y unos meses después, cuando España ganó el Mundial, esa música sonó en el documental que todos vimos de Informe Robinson. La canción se convirtió, sin haber sido escrita para eso, en la banda sonora emocional del Mundial de 2010. Está en la memoria de una generación entera asociada no a Tim Burton, sino a Iniesta, a Xavi, a Casillas llorando, a las plazas llenas, a los abrazos con desconocidos. A ese momento en el que Jesús Navas cogió la pelota en Johannesburgo en el minuto 116 y unos segundos después, la historia de nuestro país cambió.


Y ahora, catorce años después, está sonando otra vez.


En los resúmenes. En los reels de Instagram. En los vídeos de recopilación de goles que la gente comparte por WhatsApp. En las cortinillas de televisión. En los montajes de la gente joven que en 2010 no sabía ni lo que era un Mundial pero que ha crecido con esa música en el aire, sin saber de dónde venía, y que ahora la reconoce sin identificarla — sabiendo solo que suena a ganar—.


Esto es fascinante desde el punto de vista musical. Es lo que en musicología se llama la memoria involuntaria del leitmotiv: una música asociada a una experiencia emocional colectiva que, cuando vuelve a sonar en un contexto similar, reactiva la experiencia entera. Wagner lo teorizó en el siglo XIX con sus óperas, pero funciona igual en el mundo contemporáneo. Elfman escribió una música siniestra-tierna para una niña que cae por una madriguera, y la cultura española la ha resignificado en la banda sonora de un país que gana un torneo. La composición y su uso pueden divergir totalmente, y la que gana siempre es el uso.


Cuando ahora, catorce años después, esa música empieza a sonar otra vez en las cabezas de una generación que la asocia con abrazos en la calle, lo que se está activando no es una moda. Es una memoria. Y la memoria colectiva es probablemente la fuerza cultural más poderosa que existe, precisamente porque no se puede fabricar. Solo se puede reactivar cuando ya está ahí.


Volviendo a lo que os quería contar.


El domingo va a pasar algo. No sé exactamente qué. Puede que ganemos y puede que perdamos (esta frase es muy Mariano Rajoy, ahora que la leo). Los dos escenarios son posibles y a estas alturas hasta el favoritismo depende del bar en el que preguntes. Pero de lo que sí estoy seguro, y quería escribíroslo antes de que ocurra por si después de que ocurra ya no me atrevo a decirlo con claridad, es que el domingo, a partir de las seis de la tarde y hasta la medianoche, van a ocurrir cosas que van a quedarse en la memoria de la gente para siempre.


Lo importante no es el resultado. El resultado ocupa una casilla en Wikipedia. Lo importante es dónde vas a estar tú cuando pite el árbitro por última vez. Con quién. Cómo vas a abrazar o cómo te van a abrazar. Qué canción vas a cantar cuando salgas a la calle, si es que sales. En qué cara vas a mirar a los ojos si Oyarzabal — o quien sea — mete el gol de la victoria en el minuto ochenta y siete.


Por eso, y esto va sobre todo para los que están leyendo esta carta que no sois vosotros: elegid bien con quién estáis el domingo. Esa persona va a quedarse en vuestra memoria para siempre.


No es una exageración. Es física de la memoria colectiva. Los momentos históricos se cuelan en el cerebro pegados a las personas con las que se vivieron, con una intensidad que ninguna otra experiencia consigue producir. Yo puedo deciros, con total exactitud, con quién vi a Iniesta en 2010, con quién grité el gol de Torres en la Eurocopa de 2008, dónde estaba cuando España ganó a Alemania en semifinales de aquel Mundial y con quién vi el gol de Merino en 2024. Las cuatro cosas están grabadas en mi cerebro pegadas a personas específicas cuyas caras recuerdo con más nitidez que el propio gol.


Y eso vale para todo. Vale también si perdemos. Si perdemos el domingo, la persona con la que estemos también se va a quedar dentro de la memoria para siempre — abrazándonos en el silencio de después, callándose a nuestro lado, sirviéndonos una copa que no habíamos pedido pero necesitábamos—. Los grandes momentos históricos se comparten. Y si no hay con quién compartirlos, buena parte del momento se pierde.


Así que elegid. Cuidad esa elección. Uno no vive muchos domingos como los que Miguel y Luis y yo llevamos catorce años esperando. Uno vive tres, cuatro, cinco a lo largo de una vida entera si tiene suerte. Este puede ser uno. O puede no serlo. Pero merece la pena tratarlo como si fuera a serlo.


Termino ya, que las cartas largas ya nadie las lee.


Miguel, Luis: gracias por escribir lo que estáis escribiendo. Vuestras cartas me han hecho recordar que la conversación privada leída en público es un género que se creía muerto y que estáis resucitando con una elegancia notable. Es la mejor forma de entender un torneo — sin analizarlo desde la barrera, sino atravesándolo como se atraviesa la vida, entre amigos, sin protagonismo, con la mirada puesta en el otro—.


El domingo, cuando esto empiece, os voy a tener a los dos en la cabeza. Y a todos vuestros lectores. Porque después de todo eso es también lo que hace la memoria colectiva: incluir a gente que ni siquiera conocemos, si tenemos la suerte de habernos cruzado con lo que escriben en el momento adecuado.


Elegid bien con quién estáis. Y suerte.


Y ojalá que el domingo por la noche, mientras vuelve Alice's Theme a sonar en algún montaje de televisión que veremos con los ojos húmedos, alguno de nosotros esté escribiendo la siguiente carta.


Que probablemente empezará igual, pero de forma única.


Queridos todos, somos Camp...


Un abrazo.

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