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Mediterráneamente: Parte II (2018 - 2026)
Bienvenidos a la era de los experimentos raros, las crisis de identidad, los giros de timón a lo loco y las reinvenciones forzadas.
25 de junio 2026
Bienvenidos a la era de los experimentos raros, las crisis de identidad, los giros de timón a lo loco y las reinvenciones forzadas.
(Tenéis la primera parte de este artículo aquí)
La semana pasada le metimos el bisturí a los primeros nueve años de este delirio de Estrella Damm —de Summercat a Don’t fight it, de 2009 a 2017—. Aquello fue la era de la fundación: el momento en que una marca de cerveza se inventó, con un par de coj**** y cuatro ukeleles, un género musical específico al que hoy llamamos "indie veraniego mediterráneo" y que antes ni existía. Si te perdiste el texto anterior, no pasa nada, que aquí no pasamos lista y este se entiende solito. Pero quédate con una copla para lo que viene: en 2017, el monstruo ya estaba consolidado. Ya sabía exactamente lo que era. Y justo ahí es cuando empieza el drama de verdad: la crisis de fe de quien tiene que preguntarse qué quiere ser ahora que ya se ha hecho mayor.
Este segundo asalto cubre los ocho años siguientes: de 2018 a 2026. Bienvenidos a la era de los experimentos raros, las crisis de identidad, los giros de timón a lo loco y las reinvenciones forzadas. Los años en los que Damm se la juega con cosas que a veces salen bien, a veces son un patinazo absoluto y a veces te dejan con el culo torcido. Para mí, esta es la parte más jugosa para el análisis cultural, porque revela algo que la época idílica no podía enseñar: qué clase de Mediterráneo pretendían vendernos cuando se les acabó la inocencia y el planeta empezó a agrietarse.
Vamos a destriparlo canción a canción. Y al final, el postre: el anuncio que acaban de estrenar este mismo 2026, que merece un análisis aparte. Arrancamos.
2018 — The place to stay, de Michelle Jenner y Oriol Pla.
Año rarísimo, comercial y, las cosas como son, probablemente el anuncio más flojito y plano de toda la saga. La marca se ha marcado un cortometraje largo protagonizado por Michelle Jenner y Oriol Pla. La trama es el enésimo refrito de comedia romántica con dos cantantes que se reencuentran en Formentera. Hay coqueteos de manual, mucho diálogo de guion de escuela de cine y un desarrollo narrativo que huele a capítulo piloto descartado de una serie de Netflix.
Pero lo verdaderamente desconcertante —y la señal definitiva de que la marca está en plena crisis de ideas— está en la música.
La canción principal es The Place to Stay, interpretada por los propios Jenner y Pla. Un tema correcto, mono, pero que no te vuela la cabeza. Lo gordo es lo que pasa alrededor: en lugar de jugársela con un temazo nuevo y rabioso que marque época, el anuncio se convierte en una especie de monstruo de Frankenstein. Un corta-pega, un medley perezoso que va metiendo con calzador trozos de canciones que ya han ido sonando durante los ocho años anteriores. Es una hibridación dispersa que no hay por dónde cogerla: el tema principal cohabitando a la fuerza con la nostalgia empaquetada de los éxitos pasados.
Damm está intentando pescar en todos los caladeros de la memoria a la vez porque se nota que el público objetivo se les está haciendo viejo y ya no saben cómo sorprender. La saga Mediterráneamente tenía un target muy específico: la clase media cultureta, el moderno de festival y el nostálgico de la autenticidad. Al meter este batiburrillo de éxitos pasados mezclando el presente con el indie de autor de hace una década, intentan capturar tanto al nuevo consumidor despistado como al treintañero largo que se resiste a madurar y necesita que le recuerden sus propios veranos.
Comercialmente el invento será muy cuqui, pero estéticamente te deja el cuerpo rarísimo y confunde la identidad de la marca.
Las canciones por separado tenían su gracia y su mística en su momento y en sus propios contextos. Juntas, metidas en una batidora para rellenar metraje, no construyen una unidad estética ni de coña. El anuncio sufre, va a tirones y se le nota demasiado el truco del postureo nostálgico.
Se tenía que decir y se dijo: este es probablemente el año más débil de toda la historia de Mediterráneamente. Y conviene reconocerlo sin paños calientes, porque las marcas, como los artistas que se arrastran por los escenarios, también tienen años de sequía absoluta. No todo van a ser obras maestras. Lo que tenemos aquí es un periodo de transición un poco triste: la marca buscando desesperadamente dónde aterrizar tras haber agotado, por completo, su gallina de los huevos de oro original.
2019 — Otra forma de vivir, Joan Dausà & Maria Rodés.
El año en que Damm nos pegó una bofetada de realidad en mitad de la digestión y nos amargó el gazpacho. El año de Acto I: Alma.
Olvídate de Formentera, de los actores guapos saliendo del agua con el pelo perfecto, de los barquitos y de las paellas con los amigos de Madrid. Damm rompe por completo con la fiesta hiperhedonista y decide ponerse seria. Muy seria. El anuncio arranca con una bailarina (con esa fuerza animal que tiene Claire Friesen) flotando en mitad de la nada, danzando en el fondo del mar con un vestido precioso, un plano poético precioso, idílico... hasta que la realidad te pasa por encima como un camión de dieciocho ejes. De repente, el mar se llena de toneladas de plásticos, bolsas de basura, cuerdas muertas y mierda industrial que lo asfixian todo.
Es un puñetazo en la boca del espectador. El mensaje es tan sutil como una patada en las costillas: «Si queremos mantener nuestra forma de vivir, ¿no deberíamos proteger aquello que la hace posible?».
Musicalmente, la jugada es brillante porque es el polo opuesto a la euforia festivalera de los años anteriores. No hay ukeleles, no hay palmas en el segundo y cuarto tiempo, no hay guiris susurrando chorradas sobre gatos en una caravana. Hay un piano crudo, denso y trágico tocado por Joan Dausà, acompañado por la voz rota y descarnada de Maria Rodés.
La canción es un in crescendo dramático de manual. Arranca con unas notas desnudas de piano, casi góticas, que te van metiendo el frío en el cuerpo mientras ves a la bailarina flotar. No es una música que te invite a bailar; es una elegía, un réquiem por un mar que nos estamos cargando entre todos mientras nos tomamos una caña bien fría en el chiringuito de moda. Cuando la batería entra con fuerza y la voz de Maria Rodés empieza a desgarrarse, lo que sientes no es nostalgia de verano: es una culpa colectiva que te aplasta contra el sofá.
A nivel cultural, es algo fascinante: Damm se da cuenta de que en pleno colapso ecológico y con las playas mediterráneas convertidas en vertederos de plástico a la vista de cualquiera, seguir vendiendo la postal idílica del paraíso virgen ya no es romántico: es insultante. Es una disonancia cognitiva que la marca ya no puede sostener sin parecer un meme de sí misma.
Así que deciden adelantarse al linchamiento, coger la bandera del ecologismo y hacer un ejercicio de greenwashing de manual pero con una factura artística tan impecable que te levantas y aplaudes. Pasan de venderte la felicidad a venderte la supervivencia.
Es, probablemente, el giro más oscuro, honesto y maduro de toda la saga. Damm nos dice que el verano ya no es un espacio de juego infinito; ahora es una trinchera que hay que salvar. Por primera vez, la música no te acompaña a la playa, te acompaña al fondo del océano a ver los restos de nuestro propio naufragio consumista. Un temazo doloroso que te remueve las tripas y que demostró que, cuando quiere, la marca sabe cómo hacernos llorar sin necesidad de ponernos un filtro cálido de Instagram.
2020 — Música original sin canción pop.
El año del confinamiento. El año en que el mundo se paró y nos encerraron a todos en casa. En mitad de esa histeria colectiva de mascarillas, videollamadas de Zoom y terror apocalíptico, Damm se saca de la manga Compromiso, el cierre de su trilogía ecologista. Pero con un matiz que te desgarra: el anuncio ya no va solo de salvar a los delfines o limpiar el mar de plásticos; va de salvarnos a nosotros mismos de la demencia del encierro.
La pieza es una coreografía brutal, física y descarnada. No hay diálogos, no hay actores de Netflix sonriendo en una cala. Solo hay cuerpos. Un grupo de bailarines dándolo todo en mitad de una naturaleza salvaje, saltando, golpeando el suelo, abrazándose con una rabia y una intensidad animal que en pleno 2020, cuando no podías ni rozar con el hombro a tu vecino, se sentía como pura pornografía emocional. Era el recordatorio doloroso de todo lo que nos habían quitado.
Al frente de la nave está Magalí Sare, que es la que de verdad te vuela la peluca. Cuando entra su voz, limpia, directa y con esa urgencia de quien te está cantando desde una barricada, se te pone la piel de gallina. El tema es una marcha guerrera. Ritmo seco y una letra que es un manifiesto: habla de defender la tierra, de actuar ya, de dejar de mirar para otro lado mientras el planeta se desangra. No es una canción pensada para evadirte en el chiringuito; es un himno de resistencia que te obliga a morder el polvo.
En un verano en el que nadie sabía si iba a poder pisar la playa, Damm cambia de estrategia: ya no te vende el Mediterráneo como un paisaje que puedes consumir, sino como una actitud de combate. Te dice que el paraíso no es un sitio al que vas a hacerte fotos; es algo que tienes que defender con las uñas desde el salón de tu casa.
En el año del miedo y la distancia social, la marca nos plantó en la cara un anuncio lleno de sudor, contacto físico salvaje y rabia colectiva. Fue el recordatorio de que, si salíamos de aquella movida encerrados entre cuatro paredes, el mundo exterior nos seguía esperando fuera, herido y necesitado de que nos mojáramos las manos de verdad.
Fue, en mi opinión, uno de los anuncios más conmovedores de toda la saga, precisamente porque renunciaba al gancho pop. Damm entendió que aquel verano no merecía una canción nueva. Merecía silencio, casi. Y la marca tuvo la inteligencia y el respeto de no insistir en su propia fórmula cuando el momento histórico no la podía recibir.
2021 — A ver qué pasa, de Rigoberta Bandini. Anuncio: "Vall de Camprodon".
El año Bandini. Y aquí pasa algo importante musicalmente: por primera vez la saga incorpora a una artista cuyo modus operandi es la ironía.
Rigoberta Bandini, nombre artístico de Paula Ribó, llevaba pocos meses en el foco mediático cuando Damm la escogió. Su canción Ay mamá —que llegaría al Benidorm Fest unos meses después— estaba consolidándose como himno feminista popular. Bandini representa una sensibilidad muy específica del pop español post-2020: ironía aprendida del trap y del meme, conciencia política sin solemnidad, capacidad para tomar lo cursi y devolverlo emocionado sin rastro de cinismo.
A ver qué pasa es la canción perfecta para el verano de 2021. España acababa de salir del confinamiento severo, las vacunas empezaban a llegar, había una mezcla de esperanza tímida y miedo todavía vivo. La letra de Bandini — a ver qué pasa, a ver qué pasa — capturaba exactamente el estado de ánimo colectivo: ya no confinados, pero todavía sin saber qué iba a ocurrir.
Veníamos de la distopía climática, de la pandemia y de estar secos de tanto confinamiento. Necesitábamos un respiro y nos plantaron en la cara una obra de teatro amateur en mi puta isla, en Menorca. Pero lo gordo de este cortometraje no es el paisaje: es la maravillosa demolición del mito del guaperas nacional.
Te meten a Mario Casas, el alfa oficial del cine español, paseando su barba de tres días y su magnetismo de gimnasio. Toda España viendo el anuncio y pensando lo mismo: «Bueno, claro, la prota se va a enamorar de Mario, porque es Mario Casas y es el verano de Estrella Damm, donde los tíos simétricos siempre ganan». Y de repente, zas. Giro de guion magistral. A la chica le suda el higo el sex-appeal de catálogo del prota; de quien está enamorada es del pescador que está detrás. Un chaval real, menos normativo, sin tableta de chocolate, pero con una conciencia social y una verdad que al otro le faltan por todos lados. Un tortazo de realidad en toda la boca a los clichés estivales.
Como menorquín, ver este anuncio es sufrir un ataque de nostalgia y de rabia a partes iguales. Te plantan en la pantalla rincones que reconocerías con los ojos cerrados. Te meten dentro del Teatro Principal de Mahón, ese templo en el que los de allí nos hemos criado, y se te encoge un poco el estómago.
Pero luego te sacan a la playa y te tienes que reír. Te pintan una cala menorquina idílica, vacía, limpísima, donde este grupo de personas se puede tumbar tranquilamente a tomar el sol y cotillear sobre el de al lado (made in menorca). A ver, por favor: cualquiera que haya pisado Menorca en julio sabe perfectamente que esa playa (Cala’n Turqueta) en la vida te la vas a encontrar así. En el mundo real no hay espacio ni para poner la toalla, hay tres filas de guiris quemados con crema solar del factor cincuenta y el único arroz que te vas a comer ahí es un bocata de chopped sudado que te has traído en la mochila. Pero da igual, compramos la fantasía porque sale preciosa en plano.
Damm sabe perfectamente que la peña ya no puede más con los sermones ecológicos y las distopías sanitarias. Necesitábamos un respiro, una tregua, volver a la casilla de salida de la saga pero sin la inocencia estúpida de 2009.
Ya no somos los chavales guapos que no tenían facturas que pagar; somos treintañeros cansados que han sobrevivido a una crisis global y que solo quieren una mesa con amigos, una Estrella bien fría y que nadie les caliente la cabeza durante dos meses.
Por eso el anuncio funciona como un tiro. Es la vuelta al hedonismo mediterráneo pero con la herida abierta, sabiendo que el verano es un oasis temporal antes de volver a la jungla del asfalto. Rigoberta nos regaló la banda sonora perfecta para volver a salir a la calle, recordándonos que, aunque no tengamos ni idea de qué va a pasar mañana, hoy estamos aquí. Y eso, mal que nos pese, ya es suficiente.
2022 — Aquí, ahora y así, de Santi Balmes.
En 2022, la marca abandona los discursos teatrales y los dramas generacionales para volver a la raíz de la saga, pero con un ritmo que ya no es el de la calma mediterránea, sino el de la hiperactividad urbana. La historia nos mete en la piel de un chaval de “insertemos nombre de cualquier ciudad” que, en un arrebato de esos de «a la mierda todo», se sube a una bicicleta y va cruzando paisajes que van del secarral del centro hasta el Pirineo catalán. El anuncio es una road movie a contrarreloj con una tesis muy clara: el Mediterráneo ya no es una coordenada geográfica. Es un estado mental que empieza en el mismo momento en que decides salir de tu zona de confort.
La decisión es valiente. Y, hay que decirlo, no funcionó del todo bien.
Damm intentó algo conceptualmente interesante: ampliar el imaginario Mediterráneamente para incluir las montañas que rodean el mar. La idea filosófica es buena — el Mediterráneo no es solo costa, es también el interior que llega hasta el mar—. Pero ejecutivamente el anuncio se sintió forzado. La gente que asocia la marca con playa no encontró playa. Y la gente que podría haberse interesado por el mensaje ecológico interior no era el público habitual de la cerveza.
Musicalmente, este anuncio es una puta delicia porque es el cruce de caminos perfecto entre la vieja guardia de la saga y la reina del pop costumbrista actual. Damm vuelve a confiarle la composición a Rigoberta Bandini, que después del pelotazo del año anterior ya era prácticamente la banda sonora oficial de nuestras vidas. Pero esta vez no canta ella sola; se trae como aliado a Santi Balmes, el líder de Love of Lesbian.
El tema es un tiro. Arranca con un piano saltarín y juguetón, muy marca de la casa Rigoberta. La magia estalla cuando entra la voz de Santi Balmes en el puente, aportando ese punto de veteranía, de indie sofisticado y de madurez que contrasta con la frescura de Paula Ribó. Cuando el estribillo explota con ese «¡Aquí, ahora y así!» arropado por unos vientos metal que parecen sacados de una fiesta mayor de pueblo, la canción se convierte en un chute de adrenalina pura. Es un ritmo frenético, un pop luminoso y expansivo que te empuja a correr hacia la pantalla.
Damm por fin asume que el viaje es tan importante como el destino. En un momento en el que el turismo de postal de Instagram está completamente masificado y quemado, la marca te vende la épica del trayecto, el encanto de los imprevistos y la belleza del paisaje interior.
El experimento del Mediterráneo de montaña no funcionó, y la marca volvió rápidamente al mar al año siguiente. Es de los pocos casos en que se puede decir que Damm se equivocó en su elección. Pero conviene aplaudirles el intento. Las marcas que no se atreven a equivocarse acaban siendo aburridas. Damm se permitió un experimento que no salió, y eso es saludable.
2023 — El sol me da, de Bad Gyal.
El año de la internacionalización premium y del videoclip de gran presupuesto que quiere molar tanto que casi se olvida de la cerveza. El año de «PKM» de Bad Gyal.
En 2023, Damm decide que ya basta de indies maduros con crisis existenciales y de trayectos en autobús regional por el secarral peninsular. Quieren frescura, quieren calle, quieren el trono de la música urbana y, sobre todo, quieren conectar con la generación que pasa olímpicamente de las guitarras eléctricas. ¿La solución? Fichar a la reina absoluta del dancehall y el autotune patrio: Alba Farelo, alias Bad Gyal.
La trama del anuncio es un metacuento muy divertido sobre la alienación de la fama. Vemos a una Bad Gyal agobiada en un Tokio futurista, frío, lleno de luces de neón y pantallas gigantes que proyectan su propia cara. Está atrapada en una gira internacional, asfixiada por los compromisos de la industria y metida en una limusina de la que solo quiere bajarse. ¿Y cuál es su vía de escape? Una pantalla de móvil donde ve a sus amigos de siempre disfrutando de una casa frente al mar, saltando desde las rocas y pasándose un tercio de Estrella. Alba no se lo piensa: manda a paseo el glamur asiático, se pilla un avión y se planta en el Mediterráneo a ser, simplemente, Alba.
Algunos puristas se rasgaron las vestiduras. Hubo comentarios en redes sobre cómo Damm había traicionado su línea estética, cómo el reggaetón era ajeno al Mediterráneo, cómo la marca había sucumbido al algoritmo. Y aquí tengo que ser explícito porque me parece importante: esos comentarios estaban equivocados.
El reggaetón es, en términos de penetración cultural, la verdadera lengua franca del Mediterráneo joven de los años veinte. Si quieres retratar honestamente cómo suena el verano hoy en una playa de cualquier ciudad costera del sur de Europa —Mahón, Valencia, Cádiz, Palermo, Atenas—, suena así. Suena a Bad Gyal, a Rosalía, a Quevedo, a Bizarrap. El indie sueco de 2009 ya no es el sonido del verano. Lleva sin serlo más de cinco años.
Damm, al escoger a Bad Gyal en 2023, demostró tener una capacidad de actualización que pocas marcas tienen. Reconocieron que el imaginario sonoro mediterráneo había cambiado, y se adaptaron. Esto, comercialmente, requiere valor: el público fiel a la marca podía irse. Y artísticamente, requiere honestidad: aceptar que tu música preferida ya no es la música del momento.
En un mundo hiperconectado donde todos sufrimos de ansiedad por culpa de las pantallas y el ritmo frenético de las redes sociales, Damm te vende el Mediterráneo ya no como un destino de vacaciones, sino como un centro de desintoxicación espiritual.
El verdadero lujo moderno ya no es estar en una discoteca exclusiva de Tokio rodeada de champán; el verdadero estatus, el puto lujo VIP, es poder apagar el móvil, ponerte un biquini de ganchillo y tomarte una cerveza fría con tu gente en una cala donde no hay cobertura.
La marca consigue que el imaginario de siempre parezca vanguardista simplemente poniéndolo en contraste con la distopía urbana de la fama. Un giro estético impecable, con un temazo que rompió los esquemas de los sectores más puristas de la saga y que demostró que el Mediterráneo también se puede perrear de arriba abajo.
2024 — Yes, Sir, I Can Boogie, de Baccara (versión de Debbie).
El año de la nostalgia retro. Y conviene decirlo desde el principio: uno de los anuncios más conmovedores de toda la saga, precisamente porque renuncia al protagonismo veinteañero y le cede el peso emocional a una abuela ausente.
El short film empieza con una joven, María, que entra en la casa de su abuela recién fallecida. Está vaciando armarios, ordenando objetos, atravesando esa fase rara del duelo en la que tocar las cosas de quien ya no está es la única forma posible de seguir hablándole. Entre las cosas que encuentra, hay una caja de fotografías antiguas. Y dentro de la caja, una carpeta con un título escrito a mano: verano de 1978. Las fotos muestran a su abuela joven — veintipocos años, bañador alto, pelo suelto, sonrisa de la edad exacta en la que uno todavía no sabe que va a ser feliz porque ya lo está siendo—. Hay imágenes de calas, de bares de playa, de amigos, de un chico moreno con el que la abuela aparece riéndose en varias fotos.
María decide entonces hacer algo que es, en el fondo, el mejor homenaje posible: rehacer el viaje de su abuela. Coge las fotografías y se va a buscar los lugares exactos donde fueron tomadas, casi medio siglo después. Visita las mismas calas. Se sienta en la misma terraza. Pide una cerveza en el mismo bar. Y, en una de esas coincidencias que solo la publicidad permite, encuentra al chico de las fotos — ahora un señor mayor, viviendo todavía en aquel mismo pueblo, conservando intacta la memoria de aquel verano—. El hombre la mira y la reconoce de inmediato. Reconoce a la abuela en la nieta. El círculo se cierra.
Hay aquí una operación temporal muy bien construida que merece reconocerse. La saga, que durante quince años había vendido el verano como espacio del presente eterno, en 2024 acepta por primera vez que el verano también es genealogía. Que las calas que pisamos hoy las pisaron nuestros abuelos. Que cada generación cree estar inaugurando un Mediterráneo que en realidad lleva siglos siendo inaugurado por otros. Y que el mejor homenaje que se le puede hacer a alguien que ya no está es seguir disfrutando exactamente del lugar que ellos disfrutaron, en los mismos sitios, con la misma calma, sabiendo que estamos prolongando una cadena.
Es, filosóficamente, el anuncio más adulto de toda la saga. Y comercialmente, el más inteligente — porque toca dos audiencias simultáneamente: los que vivieron el verano del 78 sienten reconocimiento, los jóvenes sienten descubrimiento, y los dos públicos se encuentran en la misma sala.
Vamos ahora con la música, que es donde la operación se cierra de manera magistral.
Yes, Sir, I Can Boogie es la canción que Baccara — el dúo formado por las españolas Mayte Mateos y María Mendiola — publicó en 1977 y que en 1978 estuvo durante semanas en el número uno de las listas de toda Europa, Estados Unidos y México. Es, hasta el día de hoy, probablemente la canción más exitosa internacionalmente compuesta para artistas españolas en toda la historia del pop. Solo Macarena de Los del Río le hace sombra en cuanto a cifras globales — y todavía es discutible cuál de las dos vendió más copias en términos absolutos—.
La elección por parte de Damm es brillante por dos motivos. Primero, porque Yes, Sir, I Can Boogie es el verano de 1978 en estado puro — la canción que aquellos jóvenes que ahora son abuelos cantaban en las discotecas de Lloret o de Salou cuando tenían veinte años—. Segundo, porque es una canción española que sonó en todo el mundo, lo que la convierte en el símbolo exacto de lo que el anuncio quiere reivindicar: que nuestra cultura veraniega tuvo, en su momento, un peso global que parece que hemos olvidado.
Pero el detalle realmente sofisticado es que Damm no usa la versión original. Encarga una versión nueva a una artista llamada Debbie. Y aquí la operación se vuelve filosóficamente perfecta.
Debbie ralentiza el tempo dramáticamente. Un recurso que marcas de todo el mundo han utilizado en los últimos años. Se ve que ralentizar un hit alegre del pasado produce un efecto emocional muy específico: convierte la energía colectiva original en intimidad presente. Lo que antes era pista de baile, ahora es recuerdo de pista de baile. Lo que antes era cuerpo, ahora es memoria del cuerpo.
Y eso, precisamente eso, es lo que el anuncio cuenta. María no está bailando Yes, Sir, I Can Boogie. Está recordando que su abuela bailó Yes, Sir, I Can Boogie en el verano de 1978. La canción no es la fiesta. Es la fiesta vista desde cuarenta y seis años después, atravesada por la muerte, suavizada por el cariño, transformada en un duelo elegante.
Es la única vez en toda la saga que Damm utiliza un cover deliberado de un clásico, y el experimento funciona excepcionalmente bien. Demuestra que la marca, después de quince años, había alcanzado la madurez suficiente para mirar hacia atrás sin caer en la simple nostalgia. La nostalgia simple es vender un pasado como si fuera mejor. Estiu '78 hace algo más complicado: vende el pasado como lo que es, irrepetible y perdido, pero también como algo que podemos honrar repitiendo sus gestos con cariño. La cala donde tu abuela se enamoró sigue existiendo. La cerveza que tu abuela bebió, sigue existiendo. El bar donde tu abuela rió, sigue existiendo. Tú no eres ella, pero puedes sentarte donde ella se sentó. Y eso, en cierto modo, es suficiente.
En 2024, Mediterráneamente hizo un anuncio sobre la muerte sin pronunciar nunca esa palabra. Y consiguió que millones de personas lloraran sin saber muy bien por qué — porque la canción de Baccara, ralentizada por Debbie, hizo todo el trabajo emocional que la imagen sugería pero no enunciaba—.
2025 — Another Sunny Day, Josep Montero & Rita Payés
Aquí tengo que hacer una pequeña confesión editorial. Este es el único anuncio de toda la saga que ya he comentado antes, en una entrada de mi blog Le Lector el pasado junio de 2025, titulada Lo mismo de siempre... para los de siempre. Era un texto más visceral, escrito desde la indignación menorquina con la que recibí el anuncio aquel verano, y fue, de hecho, el artículo que me sirvió para entrar a escribir en Sustrato. Así que voy a permitirme la libertad de recuperar parte de aquello aquí, ampliándolo con el análisis musical que en su momento no me permitía hacer el blog.
Empiezo por donde empecé entonces.
Lo mismo de siempre es un anuncio precioso. Lo veo y me asombro de lo bonita que es Menorca: sus pueblos blancos, sus plazas llenas de vida en las fiestas de Sant Joan, el olor a ginebra en el ambiente, los bares de toda la vida, las formatjades, los flaons, la sobrassada, el tambor i es fabiol, las calas, los macares. Damm capturó, con una precisión casi dolorosa, todo lo que un menorquín reconoce como propio. Y por eso, paradójicamente, fue también el anuncio que más me dolió.
Porque hay una frase en el cortometraje que es un puñetazo en el estómago. Es la frase de la abuela. Esa abuela adorable, con su sabiduría curtida por sol y sal, que pregunta con una inocencia desarmante: ¿cuándo os vais?. Y ahí es donde se te cae el alma a los pies. Porque mientras los protagonistas vuelven, los menorquines que vivimos la isla todo el año estamos atravesando una diáspora silenciosa. Ya no es que no disfrutemos igual de las playas. Es que no podemos acceder a ellas. Los precios del alquiler se han disparado a cifras inasumibles para un salario local. Lo que antes era hogar de varias generaciones se convierte en apartamento turístico, vaciando los pueblos de identidad propia. Lo mismo de siempre es, en cierto modo, el monumento publicitario más perfecto a ese no-lugar del que hablaba Augé: vende una Menorca que para los menorquines ya casi no existe.
Hasta aquí lo que escribí en su momento. Lo que entonces no podía hacer — y aquí está la novedad de revisitar el anuncio — era explicar por qué la música de Lo mismo de siempre hace exactamente todo ese trabajo emocional contradictorio sin que el espectador se entere.
La canción original, Another Sunny Day, es de Belle and Sebastian. La elección no es inocente. Belle and Sebastian son el ejemplo más perfecto del turismo musical emocional: una banda escocesa que durante toda su carrera ha imaginado el Mediterráneo desde lejos, lo ha cantado con nostalgia anticipada, lo ha convertido en mito interior. Another Sunny Day es exactamente lo que un señor de Glasgow piensa cuando piensa en un día soleado. No es la experiencia. Es la fantasía proyectada de la experiencia.
Damm, al escoger esta canción, está haciendo una declaración inconsciente que conecta con todo lo que escribí en mi blog: el Mediterráneo que el anuncio vende no es el Mediterráneo real. Es la fantasía exterior del Mediterráneo, devuelta hacia nosotros hasta que aprendemos a sentir nostalgia de la versión filtrada de nuestro propio hogar.
Pero el detalle realmente sofisticado es que Damm no usa la versión original. Encarga una reinterpretación a Josep Montero (cantante de Oques Grasses) y Rita Payés, con producción de Arnau Vallvé.
El resultado es una canción que es, simultáneamente, indie escocés y mediterránea. Y aquí está la operación filosófica que conecta con lo que escribí en Le Lector: Damm lleva diecisiete años haciendo exactamente esto. Tomar materiales musicales de fuera y mediterraneizarlos hasta hacerlos propios. En 2025, la operación se cierra con un guiño que es casi un manifiesto: una canción escocesa versionada por dos catalanes para sonar como sonaba la cala de tu juventud.
El problema, claro, es que la cala de tu juventud — si eres menorquín — ya no suena así. Suena a apartamentos vacíos en invierno, a precios que tu familia no puede pagar, a la abuela preguntando ¿cuándo os vais? mientras sirve un pastisset con sonrisa cansada.
La música de Montero y Payés hace lo que la imagen no se atreve a hacer: sostener la postal idílica con tanta belleza que casi creemos que es verdad. Casi. Porque al final, cuando se apaga el televisor, los menorquines volvemos a la realidad. Y los catalanes vuelven a casa después de sus vacaciones, mientras nosotros nos quedamos atrás, esperando que regresen al año siguiente porque la economía depende de ellos, pero preguntándonos también en voz baja: ¿cuándo os vais?.
2026 — Another Sunny Day, de Belle and Sebastian (versión de Josep Montero y Rita Payés). Anuncio: "Lo mismo de siempre".
El año en que Damm decidió mirarse al espejo, reírse de sus propios tópicos y empaquetar toda la mitología de la saga en una leyenda de fogata y chiringuito. El año de «La leyenda de Canyut».
En este 2026, la marca se marca una pirueta narrativa brillante: en lugar de inventarse una historia de verano nueva, junta a un grupo de chavales en una terraza por la noche y hace que uno de ellos empiece a contar una leyenda. La leyenda de un tío del interior, un tal Canyut, que llegó al Mediterráneo en pleno agosto con botas, cargando un teodolito (una máquina de medir terrenos) y sudando como un animal. Un tío que no había visto el mar en su puta vida, se cayó al agua en un día de mala mar y, como no sabía nadar, se hundió como una piedra.
Hasta que, por supuesto, lo rescata la fantasía oficial de la marca: una chica guapísima recién salida del agua.
Lo maravilloso del guion es cómo se cachondea, con una ironía finísima, de los propios anuncios de Estrella Damm de las últimas dos décadas. A medida que el chaval cuenta la historia, la pantalla nos muestra los flashbacks de Canyut y la chica: ella enseñándole a nadar en calas recónditas, enseñándole a bucear, enseñándole a comer erizos de mar («bichos que no sabía ni que existían») y, coronando el cliché patrio, enseñándole a beber cerveza en porrón. Es un repaso tierno pero desmitificador de todo lo que nos han intentado vender desde 2009.
El drama llega con el final del verano. Se dan el primer beso la noche de San Lorenzo en la terraza de un bar (el mismo bar donde están los chavales de 2026), él se sube al autobús para volver al interior pero, en un ataque de romanticismo, frena el autobús, se baja y vuelve corriendo a por ella. ¿Y qué pasa? Lo que pasaría en cualquier resaca de la era moderna: la casa está cerrada, la cala vacía, y en el bar nadie se acuerda de la chica. Ella ha desaparecido. Es el fantasma del verano.
Musicalmente, el anuncio juega al despiste y a la épica de la memoria. Durante toda la narración de la leyenda, la música acompaña el relato de forma sutil, pero el verdadero clímax estalla cuando el grupo de amigos se da cuenta de que el viejo que está sentado solo en la mesa de al lado, con su Estrella Damm en la mano, mirando al mar en plena noche de San Lorenzo, es el mismísimo Canyut. Lleva décadas volviendo al mismo sitio, esperando a la chica que le enseñó a vivir mediterráneamente.
Es ahí donde el anuncio nos da el golpe de gracia emocional. La moraleja que suelta uno de los chavales te deja tieso: «Quizá no se enamoró solo de ella...». Se enamoró del Mediterráneo, de la libertad y de ese instante congelado en el tiempo que todos buscamos desesperadamente cuando llega julio.
Damm cierra así el ciclo de estos ocho años con una pieza redonda, muy cinematográfica y autoconsciente. Ya no necesitan venderte el paraíso como algo real; asumen que el "verano Mediterráneamente" es una leyenda, un mito colectivo que nos contamos los unos a los años para convencernos de que, al menos una vez al año, fuimos jodidamente felices.
Diecisiete años. Diecisiete canciones (con alguna variante). La banda sonora que Damm ha compuesto para el verano es, vista en conjunto, una pequeña historia del indie europeo de los últimos veinte años. Pero es también, sin que la marca probablemente lo sepa, una historia musical de algo más profundo: del intento sistemático de fabricar musicalmente una sensación que el Mediterráneo verdadero ya tiene resuelta sin necesidad de música, sin necesidad de anuncio, sin necesidad de marca.
Como menorquín, lo digo con la calma de quien sabe que tiene la cosa en propiedad: el Mediterráneo no es una canción. Es lo que ocurre cuando dejas de necesitar canciones. Es el momento en que estás en una caleta de la isla a las seis de la tarde, con el sol bajando, con el agua quieta, con alguien al lado que no necesita hablar, y de pronto te das cuenta de que llevas horas sin pensar en nada y que estás perfectamente bien.
Eso no se puede vender. Damm lo sabe. Por eso, en lugar de vendértelo, te vende canciones que te recuerden que existe.
Es una operación brillante. Y también, cuando lo piensas con atención, es una pequeña tragedia. Porque significa que cada vez menos personas viven el Mediterráneo, y cada vez más personas necesitan que se lo canten para acordarse de que está ahí. La banda sonora ha sustituido al lugar.
Pero el lugar sigue existiendo. Esto lo sé yo, que vuelvo cada año. Lo saben los menorquines que llevan generaciones cenando en la misma terraza de Mahón. Lo saben los pescadores de Es Castell que salen al amanecer porque salen al amanecer desde antes de que existieran los anuncios. Lo sabe cualquiera que haya tenido la suerte de descubrir que el verano no es una emoción. Es un sitio físico, concreto, defendible, al que se va a estar.
Y para llegar allí, a veces, ni siquiera hace falta canción. Aunque ayuda, todo hay que decirlo, que mientras escribes el artículo final sobre todo esto, vuelvas a poner Summercat en el altavoz y pienses, durante tres minutos exactos, en aquel verano de 2009 cuando todo esto empezó y tú tenías diecisiete años menos y la vida no era esto y tampoco era otra cosa: era exactamente el mismo Mediterráneo de siempre, esperándote.
Lo mismo de siempre.
Y menos mal.
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