Música

Un año

Cuarenta artículos. Cerca de sesenta mil palabras. Y una convicción reforzada: la música clásica sigue siendo el sistema operativo cultural del mundo occidental.

23 de julio 2026


Mañana viernes, si las cuentas no me fallan y el calendario no me traiciona, cumplo un año escribiendo Trombonista de barra de bar en Sustrato. Un año. Doce meses. Cuarenta artículos publicados. Alrededor de sesenta mil palabras — que en libros son dos novelas cortas o una gorda, según cómo se mida—. Y una cantidad indeterminada de cafés, madrugadas, párrafos borrados, notas de voz al levantarme, y esa mezcla específica del que escribe columnas semanales que es el pánico ligero del miércoles por la noche cuando aún no tiene tema para el jueves.

Escribo este artículo con ligero mareo. Porque un año, dicho así, no es nada. Pero un año habiendo escrito cuarenta veces sobre música clásica sin repetirse — o sin repetirse demasiado, que también toca ser honesto — es una cifra que, cuando la miras de golpe desde el jueves anterior al aniversario, produce esa sensación específica del que se asoma a un balcón y descubre que la altura es más de la que pensaba.

Así que voy a hacer lo único que sé hacer en estos casos. Voy a pensar en voz alta. Y voy a pensarlo, cómo no, a través de una obra de música clásica.

Los aniversarios tienen un problema conceptual que casi nadie enuncia con claridad: son celebraciones de la repetición. De algo que se ha estado haciendo. De algo que ha durado. Y celebrar la duración es, filosóficamente hablando, una operación curiosa. Porque nada nos aseguraba que fuera a durar. Y sin embargo, aquí estamos, con la cosa habiendo durado. Y eso, en el fondo, es lo que se está celebrando: no un logro, sino una supervivencia.

Hay una obra que trata exactamente sobre esto, y que probablemente es la más honesta que se ha escrito nunca sobre la naturaleza del aniversario: las Variaciones Enigma de Edward Elgar.

Elgar compuso las Variaciones sobre un tema original — así se llaman técnicamente — en 1898-1899, cuando tenía cuarenta y un años y llevaba dos décadas dando clases de violín en Worcester sin que casi nadie fuera de su condado hubiera oído hablar de él. Estaba, hay que decirlo, harto. Cansado de no ser reconocido. Cansado de dar clases a niños ricos aburridos. Cansado de escribir música pequeña para publicarla en editoriales pequeñas. Y una noche, cansado, se sentó al piano después de cenar y empezó a improvisar una melodía cualquiera. Su mujer, Alice, le oyó y le dijo — según él contaría después — "eso está bonito, sigue".

De esa melodía cualquiera salió el tema principal de las Variaciones Enigma. Y sobre ese tema, Elgar construyó catorce variaciones, cada una dedicada a un amigo suyo. Cada variación era un retrato musical de una persona concreta. Su mujer, obviamente. Un editor. Un violinista amigo. Un pianista. Un profesor de la Universidad de Oxford al que quería especialmente. Su bulldog Dan cayendo por una pendiente hasta el río Wye (variación XI, real, no me lo invento — es probablemente el homenaje musical más raro jamás dedicado a un perro).

La obra fue un éxito inmediato, contra todo pronóstico. Elgar tenía cuarenta y dos años. Y pasó, en pocos meses, de ser un profesor provincial anónimo a ser el compositor más importante de Inglaterra en un siglo. Todo por catorce retratos musicales de sus amigos y una noche de cansancio al piano.

He estado pensando por qué esa obra en particular me parece la adecuada para escribir este artículo. Y creo que es por dos razones que se enredan.

La primera: las Variaciones Enigma son, literalmente, un aniversario musical. No un aniversario del compositor consigo mismo, sino un aniversario con su gente. Elgar entendió que celebrar tu propio trabajo tiene sentido solo si lo celebras junto a los que han hecho posible que ese trabajo existiera. Cada variación es una gratitud. Un pequeño gracias musical a una persona concreta. Y la obra entera es, en el fondo, una carta larga a los que estuvieron ahí durante los años en los que nadie más lo estaba.

La segunda razón — y esta es más íntima — es que Elgar tituló la obra "Enigma" por un motivo que él nunca reveló. Escribió en el programa de mano del estreno: el enigma es que sobre este tema principal se toca en contrapunto otra melodía que nunca se enuncia. Es decir: hay una melodía secreta que estructura toda la obra y que jamás llegamos a escuchar. Los musicólogos llevan ciento veintisiete años intentando identificar cuál es esa melodía oculta. Se han propuesto decenas de candidatas — Auld Lang Syne, God Save the King, un tema de Bach, un tema popular inglés—. Ninguna de las hipótesis convence. Elgar se llevó el secreto a la tumba en 1934. Y la melodía sigue escondida.

Esta idea me parece la mejor definición posible de lo que es escribir semana tras semana durante un año. Porque cuando uno escribe cuarenta artículos sobre música clásica, cada texto es una variación sobre un tema. Y ese tema, aunque no se enuncie nunca, existe. Está debajo. Recorre en contrapunto todo lo que uno ha escrito. Yo no sé cuál es el mío. No he sido capaz de identificarlo. Sospecho que tiene que ver con la idea de que la música clásica no es un museo, sino una lengua viva que todavía sirve para hablar del mundo. Pero es una intuición vaga. La melodía secreta de estos cuarenta artículos, si existe, todavía no la he encontrado del todo. Ojalá la encuentre. O quizás no. Quizás el enigma es más útil sin resolver, como el de Elgar.

Yo empecé a escribir esta columna siendo un auténtico fan de lo que era Sustrato. Hablé con Fer después de que me leyera un artículo en Le Lector, mi blog personal, sobre el anuncio Lo mismo de siempre de Estrella Damm. Aquel texto — que hace poco recuperé aquí ampliándolo con análisis musical, en la serie sobre las canciones de Mediterráneamente — fue el que me abrió la puerta. Y desde el primer día, la puerta ha estado abierta. Nadie me ha pedido nunca cambiar un tono, suavizar una posición, evitar un tema. Ese es, os lo digo con conocimiento de causa habiendo escrito en otros sitios, un lujo editorial que casi no existe. Y hay que agradecerlo cuando existe.

También he tenido conversaciones con lectores que se han quedado dentro. La lectora que me escribió sobre las fugas — y a la que le acabé escribiendo un artículo entero sobre El arte de la fuga de Bach y la polarización política que igual saldrá el año que viene —. Un amigo mío presentó un libro en la librería Pérgamo y me dio la excusa perfecta para hablar de las Variaciones Goldberg. Un viaje a Múnich con una tormenta absurda me obligó a escribir uno de los únicos artículos que hemos publicado sin música clásica dentro, porque la energía del relato no la pedía. Un fin de semana en Santander con una bañera vieja y un espresso mediocre me dio El Danubio Azul. Una tarde en Menorca me dio las sevillanas. Una cerveza sonando en un anuncio me dio diecisiete años enteros de indie-pop costero disfrazado de análisis cultural. Y así.

Todo lo que se ha escrito aquí durante un año ha salido de la vida, no del temario. No he ido a buscar temas — han ido apareciendo—. Y esa es probablemente la única lección honesta que he aprendido de este primer año: si escribes desde donde vives, la música clásica se ofrece sola. Está en todas partes. No es una cultura muerta que hay que rescatar de un museo. Es un idioma que ya hablamos sin saberlo, y que cada tanto uno traduce.

Repasando lo que he escrito durante estos doce meses — y aquí necesito darle las gracias a mis carpetas de Google Drive, que tienen mejor memoria que yo — he pasado por bastantes compositores. Voy a enumerar algunos, no con ánimo de exhaustividad, sino con el gusto casi infantil de recontar el camino cuando uno llega al final de la primera vuelta.

Bach al menos tres veces, entre las Variaciones Goldberg, el Komorebi de Perfect Days y como sombra tutelar sobre Lenny Kravitz. Pachelbel aparece de refilón, igual que Vivaldi. Mozart nos ha explicado por qué hay veces que uno debe renunciar a su pasión. Beethoven repetidamente: Les adieux para el te quiero antes del avión, la Quinta para Laporte, la Novena para Rodri, y la Séptima para mi primer artículo sobre el Doomscrolling. Schubert ha aparecido como referencia genérica del lied. Chopin en los Nocturnos — de refilón para hablar de Pedri, aunque merece un artículo propio—. Brahms en la Danza húngara nº 5 para Porro. Wagner varias veces: como reformador teatral en el artículo de Bad Bunny y como Cabalgata para Cucurella. Verdi asomado en Un ballo in maschera. Donizetti a fondo en el artículo sobre las frutinovelas. Rossini en Pubill. Bizet en Víctor Muñoz. Rimski-Kórsakov, Chaikovski para hablar de los niños que huyeron de la Guerra Civil a la Unión soviética, Rajmáninov, Jachaturián o Stravinsky. Debussy, Ravel o Saint-Saëns para enseñarnos a cómo llorar la muerte de un ser querido. Johann Strauss hijo con el Danubio Azul en Santander y Johann Strauss padre con la Marcha Radetzky para Llorente. Mahler para alumbrar un amanecer en mi querida Menorca y para matar a tus pensamientos internos. Elgar hoy, en este artículo. Danny Elfman con Alice's Theme como banda sonora sentimental del Mundial. La cadencia andaluza como identidad musical mediterránea. El flamenco reivindicado como música clásica y las sevillanas y el chotis, que son música clásica popular aunque nadie los quiera reconocer así.

Cuarenta artículos. Cerca de sesenta mil palabras. Y una convicción reforzada: la música clásica sigue siendo el sistema operativo cultural del mundo occidental, aunque hayamos aprendido a fingir que ya no la escuchamos.

Gracias a Fer por leer aquel primer texto sobre Menorca. Gracias a Sustrato por dejarme escribir sin corregirme nunca lo importante. Gracias a los lectores que me habéis escrito por privado. Gracias a Cris por soportarme los miércoles por la noche cuando no tengo tema. Gracias a Miguel Gómez por haber presentado un libro que me sirvió de excusa para escribir de Bach. Gracias a Luis y a Miguel por las cartas del Mundial, que me han enseñado que este género epistolar se podía usar como columna sin que quedara postizo. Gracias, incluso, a los que me habéis criticado — pocos, pero valiosos, porque solo los que critican con criterio te obligan a escribir mejor—.

Y gracias, sobre todo, a esta mesa donde escribo. Que ya conoce el gesto exacto del jueves por la mañana. La taza. El cuaderno. El silencio previo. Los cinco minutos en los que uno mira la pantalla en blanco y piensa hoy no va a salir nada. Y luego sale. No sé cómo, pero sale.

Así que el jueves que viene, cuando publique el artículo cuarenta y uno — que ya está pensado y que trata de otra cosa completamente distinta, porque las columnas semanales no descansan ni siquiera en los aniversarios—, voy a levantar una cerveza mediocre a mediodía, brindar contra la pantalla del portátil, y empezar el segundo año.

Con la melodía secreta debajo, sin acabar de identificarla. Como Elgar. Como cualquiera que escribe cada semana. Como la mejor forma de seguir descubriendo qué es lo que uno tiene realmente que decir.

Un abrazo enorme.

Y hasta el jueves que viene.

Vuestro trombonista de barra de bar

Sigue a Aleix Gomila Pons

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Aleix Gomila Pons


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.



Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Aleix Gomila Pons

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES