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1st sept. New year.
Hay una pieza de música que llevo años asociando con esta sensación sin saber por qué. Es el 'Prélude à l'après-midi d'un faune' de Debussy.
3 de septiembre 2026
El año no empieza en enero.
Nunca ha empezado en enero.
Enero es un invento administrativo. Una línea arbitraria en el calendario que alguien decidió que era importante y que desde entonces celebramos con uvas y champán, pero que no cambia absolutamente nada. El 2 de enero te levantas exactamente igual que el 31 de diciembre. Con el mismo trabajo. Con las mismas dudas. Con la misma persona al lado o con la misma ausencia de persona al lado.
Enero promete cambios porque necesitamos que alguna fecha nos diga que podemos cambiar.
Pero el cuerpo sabe que no es verdad. El año empieza el 1 de septiembre. Y lo sabe cualquiera que haya vivido alguna vez un septiembre en Madrid.
Lo primero que cambia es el aire.
Es difícil de explicar si no lo has sentido. Agosto en Madrid es una masa sólida. El aire no se respira, se mastica. Llevas semanas arrastrándote de sombra en sombra, de aire acondicionado en aire acondicionado, fantaseando con la lluvia como un personaje bíblico. Y de pronto, un día sales a la calle por la mañana y el aire es otro. No es fresco. No todavía. Pero ha dejado de ser hostil.
Hay un grado de diferencia, quizá dos. Nada que un termómetro note. Pero el cuerpo sí. El cuerpo lleva tres meses esperando ese grado. Y cuando llega, algo se activa dentro que no tiene nada que ver con la temperatura y todo que ver con la posibilidad. Septiembre es eso. Posibilidad. La sensación de que todavía no ha pasado nada y, precisamente por eso, puede pasar cualquier cosa.
Hay una pieza de música que llevo años asociando con esa sensación sin saber muy bien por qué, hasta que este septiembre he parado a pensarlo. Es el Prélude à l'après-midi d'un faune de Debussy.
Debussy lo compuso en 1894, con treinta y un años, a partir de un poema de Stéphane Mallarmé. El poema cuenta la historia de un fauno —mitad hombre, mitad animal, criatura de los bosques— que se despierta en una tarde calurosa y no sabe muy bien qué acaba de ocurrir. Recuerda unas ninfas. Recuerda un deseo. Recuerda algo que quizá sucedió entre los árboles y quizá solo ocurrió en su imaginación.
No sabe dónde termina el sueño y empieza el recuerdo. Y tampoco parece tener demasiada prisa por averiguarlo. Pasa la tarde suspendido en ese lugar extraño entre lo que ocurrió y lo que nos gustaría que hubiera ocurrido. Debussy traduce todo eso a música con un gesto aparentemente sencillo: una flauta.
Hay algo en esa melodía que parece decir que todavía no hace falta decidir. Que puedes quedarte un rato más en medio. Entre el verano y el otoño. Entre lo que recuerdas y lo que todavía no sabes que vas a recordar.
Yo tengo pocos recuerdos de septiembre en Madrid. Algunos son nítidos. Otros se han mezclado entre sí de una manera que ya no sé en qué año ocurrieron. Pero todos tienen algo en común: todos empiezan con esa sensación de que algo va a pasar.
Las fiestas universitarias. El olor a césped mojado de Ciudad Universitaria a las siete de la tarde. Las colas en las secretarías, que ya no existen pero que existieron y que eran un género social en sí mismas —cuarenta personas apretadas en un pasillo, con un papel en la mano, mirándose de reojo para decidir quién era interesante y quién no antes de que empezara el curso—.
Las residencias de estudiantes llenándose en la misma semana, con maletas que iban y maletas que venían. Y en cada maleta nueva una persona que todavía no sabías que iba a importarte.
Septiembre en la universidad era el mes en que la gente se enamoraba. No en febrero, que es cuando se supone. En septiembre. De la compañera nueva que se sentaba dos filas más adelante y que llevaba una camiseta de un grupo que tú también escuchabas. De la chica de la residencia con la que te cruzabas en el pasillo a las ocho de la mañana y que sonreía de una forma que te arruinaba la concentración para el resto del día. De la amiga del amigo que aparecía en la primera fiesta del curso y que tenía esa cosa específica de los desconocidos en septiembre: la promesa de no ser todavía nada.
Eso era lo bonito. Que todavía no eran nada. Y que, precisamente por eso, podían llegar a serlo todo.
Y al mismo tiempo, septiembre era el mes en que morían los amores de verano. Esa persona que habías conocido en julio en una playa de algún sitio. Con la que habías pasado dos semanas o tres hablando todas las noches. Con la que habías intercambiado números de teléfono —al principio de verdad, después de Tuenti, después de Instagram, cada generación con su herramienta para mentirse sobre la distancia—.
Esa persona que en agosto era todo y que el 3 de septiembre, cuando tú volvías a tu vida y ella volvía a la suya, dejaba de serlo sin que ninguno de los dos hiciera nada especialmente dramático. Simplemente dejaba de ser. El verano se acababa y con él se acababa aquello. Y quizá lo más extraño era que, durante unas semanas, había parecido imposible que pudiera acabarse.
Mallarmé lo escribió en 1876 sin saber que estaba describiendo algo que nos ocurre cada verano: el fauno que no sabe si las ninfas existieron de verdad o si las ha soñado.
Eso son algunos amores de agosto. ¿Existieron? ¿Fueron reales? ¿O fueron una versión alterada de nosotros mismos que solo aparece cuando hace calor, cuando los días son largos y el tiempo parece no contar?
Lo que tiene septiembre en Madrid que no tiene en ninguna otra ciudad donde he vivido o he estado es la luz. La luz de septiembre en Madrid es distinta a la de cualquier otro mes. No es la luz agresiva de julio, que te clava al suelo. No es la luz gris de noviembre, que te empuja hacia dentro. Es una luz lateral, dorada, que hace que los edificios parezcan más bonitos de lo que son. La Gran Vía a las siete de la tarde en septiembre es probablemente la mejor versión de la Gran Vía que existe. Y el Retiro, con las primeras hojas empezando a cambiar de color sin decidirse todavía a caer, es otra coooosa. Es saber que algo se acaba y algo empieza, y que los dos movimientos están ocurriendo al mismo tiempo.
El Prélude no es una pieza sobre el final del verano ni sobre el comienzo del otoño. Es una pieza sobre ese instante en que las dos cosas coexisten. Y creo que septiembre consiste en eso: en empezar a despedirte de algo mientras todavía lo estás viviendo.
Este septiembre he salido a caminar por Madrid la primera mañana en que el aire era otro. Podría decir que no tenía plan, pero iba al trabajo. Pero quería sentirlo. Ese grado de diferencia. Esa posibilidad.
He subido por Narváez hasta Goya. Me he metido por General Pardiñas hasta Ortega y Gasset. He llegado a Diego de León, con esa energía que tiene Madrid por la mañana y la gente vuelve a las calles, con zapatos nuevos, con planes que no tenía hace dos semanas.
Hay algo muy bonito en ver a una ciudad volver. Las terrazas empiezan a llenarse otra vez. Las oficinas recuperan sus luces. Los estudiantes reaparecen con mochilas demasiado nuevas (o se colocan el uniforme Basic Fit). En el metro vuelve a haber gente a las ocho de la mañana. Todo empieza a tener de nuevo un horario. Y, sin embargo, durante unos días todavía queda algo del verano.
Y he pensado en todos los septiembres que he vivido aquí. En esa sensación, irrepetible e intransferible, de que todo estaba por pasar. Quizá eso sea lo que más echo de menos de aquellos septiembres. Ni las fiestas ni la universidad. A mis compañeros de la uni sí. Pero echo de menos no saber todavía qué iba a pasar.
El fauno no sabe si las ninfas existieron. Y quizá tampoco importa. La música no se lo aclara. Simplemente está. Como una tarde que todavía no quiere convertirse en noche. Como septiembre. Como esa primera mañana en la que sales a la calle y notas que el aire ha cambiado.
Por eso creo que el año empieza el 1 de septiembre. No porque cambie nada de verdad. Sino porque nosotros queremos que cambie. Y quizá, a veces, eso sea suficiente.
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