__MESSAGE__
Llueve, por favor
Brahms escribió su Réquiem alemán en 1866 y este julio, en España, lo estamos volviendo a ver. 108.000 hectáreas de hierba que se han secado.
30 de julio 2026
Brahms escribió su Réquiem alemán en 1866 y este julio, en España, lo estamos volviendo a ver. 108.000 hectáreas de hierba que se han secado.
«Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo dio a los hombres.
Por esto fue encadenado a una roca y torturado por toda la eternidad»
Menorca se quema. A cada minuto que pasa, no queda nada. Esa isla, mi isla, mi casa, ya no existe. Las playas vacías, las calles sin casas, los bares sin gente. No hay nada. Toda una infancia desaparece. Tu vida se pierde. Todo lo que te rodea, ya no es.
Y esto, aunque no es real, podría serlo.
Estoy escribiendo estas palabras desde Jaén, y los únicos mensajes que me llegan al móvil son de amigos que rezan para no ser evacuados en las próximas horas. Amigos que esperan impacientes esas lluvias que durante el invierno no han parado de llegar. Como una plegaria. Como un rezo. Llueve, por favor.
Más de 108.000 hectáreas quemadas en lo que va de 2026. Cuatro veces más que el año pasado. Veinticuatro grandes incendios. Trece muertos en Los Gallardos, focos simultáneos en las dos Castillas, Aragón, Andalucía, Cataluña, Valencia. Y Madrid, que hasta ahora había sobrevivido mirando los incendios por la tele, ya es protagonista de uno de los más grandes de su historia. Para que se entienda la cifra: 108.000 hectáreas es más que toda la superficie de Menorca. Mi isla entera cabe dentro de lo que ha ardido en lo que llevamos de verano. Y estamos solamente en julio. Es un disparate.
No quiero hablar de políticos ni de su incompetencia. No quiero hablar de qué habría hecho yo para prevenir que esto pasara, porque no lo sé. No quiero hablar de culpables, que los hay. Ahora mismo solo veo montes negros, hectáreas quemadas, pueblos evacuados, personas llorando sin poder volver a su casa -porque hay veces que no hay adónde volver-. Un olor a quemado que no se parece a ningún otro olor. No es el olor de una hoguera. Es el olor de un paisaje entero desapareciendo ante tus ojos. Un olor que nuestro cuerpo reconoce como peligro antes de que la cabeza entienda qué está pasando. Algo prehistórico.
No soy periodista de incendios, sino columnista. Y mi trabajo aquí es mirar lo que queda cuando la noticia ya se apague. Para eso, como siempre, necesito la música. Y la música que necesito hoy me la pone Johannes Brahms.
El Réquiem alemán -Ein deutsches Requiem- lo compuso Brahms entre 1865 y 1868. Pero la historia no empieza aquí. Empieza en 1856, cuando murió Robert Schumann, que había sido su mentor, su amigo y algo parecido a un padre. Brahms empezó a escribir un réquiem entonces, pero no podía terminarlo. ¿Y qué pasa cuando te enquistas en algún punto muy concreto de tu creación? Me pasa a mi con la escritura. Te pasa a ti con el gimnasio. Le pasa a cualquiera en cualquier afición. Lo dejas para otro momento. Y no fue hasta 1865, el día que Brahms recibió la triste noticia de la muerte de su madre, cuando esa segunda muerte desbloqueó la obra. El Réquiem alemán nace, entonces, de dos duelos separados por casi diez años. No fue un encargo de la iglesia ni tampoco una obra de exhibición. Fue su propia necesidad. Su propia alma saliendo en forma de música.
Y en este preciso motivo está lo que lo hace distinto de cualquier otro réquiem jamás escrito, y lo que lo convierte en la obra que necesitamos hoy. Ahora.
Un réquiem católico tradicional -como el de Mozart, Verdi o Fauré- usa el texto de la misa de difuntos en latín. El Dies Irae, el Kyrie, el Agnus Dei. Está pensado para rezar por los muertos. Es su principal definición. El de Brahms, sin embargo, no usa ese texto. Usa pasajes bíblicos escogidos por él mismo en alemán. El de Brahms no habla de los muertos ni pide el descanso eterno del difunto. ¿Para qué escribir un réquiem entonces? Para los que tienen que seguir viviendo después. Para los que vuelven a su pueblo y no hay pueblo. Para los que miran el monte que conocían desde niños y ahora ven ceniza.
Y hay algo más. En el Réquiem de Brahms, a diferencia del de Mozart, no hay Dies Irae, eliminando así el día del juicio, el castigo final. Porque no hay miedo en su obra. Solo duelo. Y consuelo. Brahms lo escribió en alemán. No fue por nacionalismo como se ha llegado a decir alguna vez, sino para que la gente entendiera las palabras que estaba cantando. Para que el consuelo llegara en su propia lengua, no en una lengua muerta. Yo escribo en castellano porque es la mía. Incluso podría hacerlo en catalán, que es más mía todavía. Pero la tristeza no necesita idioma ni traducción.
Hoy, con todo lo que estamos viviendo, es imposible escuchar el segundo movimiento del Réquiem de Brahms sin sentir que hay algo que se nos rompe por dentro. En alemán original es un título corto que se traduce así: “Porque toda carne es como hierba, y toda gloria del hombre como flor del campo. La hierba se seca y la flor se cae”. Brahms lo compuso para que la orquesta creciera poco a poco mientras el coro repite la misma imagen: la hierba se seca. La flor se cae. Todo lo que era verde ya no lo es.
Brahms lo escribió en 1866 y este julio, en España, lo estamos volviendo a ver. 108.000 hectáreas de hierba que se han secado. De flores que se han caído. De monte que ya no existe. Todo lo físico se pierde, pero hay algo que permanece. Brahms lo deja abierto. No tiene por qué ser Dios. Puede ser la memoria. La comunidad. Puede ser la gente que se queda y decide reconstruir. Puede ser lo que tú quieres que sea.
El único movimiento de la obra que no habla de muerte ni de duelo es el cuarto. Un oasis, una pausa. Un momento de belleza pura en medio del dolor. Esa flor que decide no caerse. Es un vals lento. Uno más. Y aquí, funciona como ese momento en el que, en medio de una tragedia, alguien, sin pedirlo, te trae un café. Lo miras. Y te das cuenta que la vida sigue. Paro un momento porque sé que estás buscando. Ahí al fondo, en tu mente, sabes perfectamente cuál es ese momento. Y esa mirada.
Llueve, por favor.
Heráclito decía que el universo entero es un fuego que se enciende y se apaga según medida. Todo nace del fuego y todo vuelve al fuego. El filósofo griego añadía que el cambio no es destrucción sino transformación. Y a pesar de que es una idea filosóficamente potente, hay que tener cuidado con ella, porque aplicarla a unos incendios donde han muerto personas puede sonar insensible si no se matiza. Lo que estamos viendo este verano no es el fuego según medida de Heráclito. Es exactamente lo contrario. Fuego sin medida. Fuego que ha dejado de apagarse cuando tenía que apagarse. Fuego fuera de ciclo.
Este fuego nos ha hecho perder algo. Físico, sí. Todas las hectáreas. Pero también nos ha hecho perder la capacidad de imaginar que volveremos a tener ese algo. Pienso en los ganaderos que han perdido el rebaño entero. En las familias que vuelven a su pueblo y no hay pueblo. Eso no es dolor. Es la desaparición de un mundo tal como lo conocían. La única respuesta a esta desgracia no es el consuelo -porque mi consuelo no sirve de nada- sino la atención. Como el Réquiem de Brahms. Que la música mire, atienda y diga: aquí estoy mientras dure esto.
No tengo cierre para esto. No tengo una frase bonita, ni una reflexión que ate todos los cabos, porque nada de lo que está pasando tiene sentido. 108.000 hectáreas no tienen sentido. Los muertos de Los Gallardos, no tienen sentido. Un ganadero mirando un campo vacío donde ayer había cien ovejas no tiene sentido. Por eso creo que lo mejor es volver a Prometeo para cerrar este artículo.
El fuego que pasó de los dioses a los humanos es un don que vino con precio. Nosotros recibimos el fuego y pagamos por ello cada vez que ese fuego se nos escapa de las manos. Los incendios forestales son, en cierto sentido, nuestra águila: el precio recurrente que pagamos por haber creído que podíamos controlar lo que no se puede controlar del todo. Y ese precio no es otro que la muerte. La muerte de un territorio. La muerte de muchas infancias. La muerte de las posibilidades de miles de familias.
Y sin embargo, en la muerte siempre habrá vida. Porque no todo lo que arde, muere. Los alcornoques son un ejemplo. Pero se necesita tiempo. Mucho tiempo. Los claros que están dejando estos incendios no son ninguna revelación. Son heridas. Heridas que, con los años, quizá se conviertan en nueva vida. No como consuelo, sino como posibilidad.
Mientras tanto, lo que toca es lo que siempre ha tocado. Escuchar. Mirar sin apartar los ojos. Acompañar. Y pedir, como se pide en los réquiems, lo único que puede pedirse cuando todo lo demás se ha perdido.
Llueve, por favor.
¿Qué opinas?
Sin comentariosUn año
Por Aleix Gomila Pons
Mañana viernes, si las cuentas no me fallan y el calendario no me traiciona, cumplo un año escribiendo Trombonista de barra de bar en Sustrato. Un año. Doce meses. Cuarenta artículos publicados.
Queridos todos: somos campeones del mundo
Por Aleix Gomila Pons
Vamos con la plantilla. Uno a uno. NUESTROS CAMPEONES. Con la única regla de que voy a intentar que cada obra explique al jugador y viceversa. Al final del artículo se entenderá, espero, por qué esta selección era una orquesta y por qué ha ganado el Mundial.
Querido Luis, querido Miguel
Por Aleix Gomila Pons
Querido Luis, querido Miguel, Os escribo esto un jueves por la mañana. Faltan tres días para la final.
Arca en “XXXXX”: La comezón del cuerpo actual es la encarnación del cuerpo futuro
Por Miguel Pardo
Escuchar “XXXXX” a finales de un horrible y ardiente mes de julio es una experiencia espasmódica a la par que sublime.
La Turra: Nothing’s gonna last forever
Por Mj Bernáldez
+ Pete Yorn, Love Spells, WILLOW, Alex Cameron, Ian Sweet...
Un año
Por Aleix Gomila Pons
Mañana viernes, si las cuentas no me fallan y el calendario no me traiciona, cumplo un año escribiendo Trombonista de barra de bar en Sustrato. Un año. Doce meses. Cuarenta artículos publicados.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Aleix Gomila Pons
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES