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Te vi en el Canela, me gustó tu disfraz
Sí a todo. A favor del exceso siempre. En contra del cinismo, de los vinagres, de los alérgicos a la felicidad compartida.
4 de septiembre 2026 · 2 comentarios
Llega uno al Canela por primera vez pensando si será cierto todo lo que le han contado. Si merecerá tanto la pena, si no habremos caído en el vicio de la hipérbole con tanto halago. Se presenta uno dándole vueltas a todo eso, a si el axioma taurino de tarde de expectación, tarde de decepción, se cumplirá aquí, precisamente aquí, a los pies de una plaza de toros abigarrada, barroca. Hortera, si se me permite. Y en la primera certeza en la que uno logra reposar, ya cerveza en mano y vuelta de reconocimiento mediante, es en la importancia del momento y del lugar. En lo inevitablemente relevante de los dóndes y los cuándos. Porque uno no puede ir por la vida siendo tan frívolo como para renunciar a su contexto, a lo que rodea a las cosas que nos pasan. Yo no puedo evitar que el hecho de haber nacido en Madrid a mitad de los noventa jalone mi idiosincrasia, mis obsesiones y mis manías. En este sentido, no podemos ser ajenos a la condición del Canela Party de hijo de su época (esta), de un entorno entre lo tardo ochentero y lo lorquiano (recinto ferial rodeado por las lomas verdes de Torremolinos entre las que se pone el sol de los veranos andaluces), y de un momento muy concreto, el último fin de semana de agosto, en los coletazos del verano y la antesala de la rutina. El Canela, y esto ha sido tónica para un recién desvirgado en él, ha tenido algo de preliminares constantes. De segundos antes del primer beso, de viaje de ida en un coche con amigos, de ilusión porque sí. Todo en el Canela sucede antes del sexo.
Llevo escritas 286 palabras y lo que quiero decir es bien sencillo. En el Canela Party uno está predestinado a la sensibilidad, a la sorpresa, a que le pasen cosas. Quizá el epítome del stendhalazo costasoleño lo vivimos el viernes con Ángeles Toledano, con su inmensísimo talento. Una puesta de escena sencilla e imponente, formada por una docena de pies de micro rematados con palmas que se iluminaban al compás de la música; un guitarrista excelso como acompañante, una mesa de mezclas más propia de The Blaze y ella, siempre ella, que no necesita nada más para llenar el escenario. Flamenco cargado de emotividad al atardecer, homenajes a la amistad femenina, reivindicación del andalucismo, ramalazos de techno sobre un escenario iluminado por neones rojos. Y un final apoteósico en el que Toledano bajó del escenario para bailar sevillanas con todos nosotros, embobados perdidos como estábamos, rendidos por completo al embrujo de una artista única brillando en la noche cerrada de Torremolinos. Bendita sea ella y los conciertos de esas horas absurdas de luz ambigua y puesta de sol.
Fue después de entregarnos a Gazella y a su cuidadísimo shoegaze, actuación que crecía con el paso de las canciones llegando al éxtasis final con Sol Menor, tema que me dejó atontado y sutilmente removido por dentro para lo que quedaba de noche. Coronaron el bolo con Un Lugar y un crescendo que ya es historia del Canela, colofón perfecto hasta hacernos llegar al éxtasis en el momento en el que los cañones de confeti explotaron en mitad del subidón. Asistí absorto al diluvio de colores, inmóvil, pánfilo. No opuse ninguna resistencia, dejé que las tiras de confeti me alcanzasen mecidas por el viento y entrasen en mi vaso de cerveza, dejé que me besaran la cara y los pelos, que se pegaran a la camiseta. Lo hice con la misma cara de bobo que se nos queda cuando ves a una persona que no esperas en el lugar y en el momento que no esperas. El final de Gazella fue Jep Gambardella encontrándose a la jirafa en las Termas de Caracalla. Y vuelves a la idea inicial de lo inevitable del reencuentro, de que todo está conectado, de la predisposición a que nos pasen cosas. Y que si tiene que ser en algún sitio, mejor que sea con música. Nothing is more sexy like confetti.
No sé por qué he empezado esta crónica con el atardecer del viernes, in media res, a lo Nolan, cuando el Canela comenzó la tarde del jueves. La primera sorpresa llegó con Man/Woman/Chainsaw, un grupazo cuyo talento haciendo música es inversamente proporcional a su habilidad para elegir el nombre de la banda. “Van a petarlo de mala manera”, me dijo Raül, fascinado por la violinista más chula del planeta. “Estos tienen desde ya el Sello sustrato de confianza”, añadió. Les siguió el grupo estrella de la jornada, Basement, rejuveneciendo al personal, viaje de regreso al pasado para muchos que se reencontraron con su época emo dorada. Después fue el turno para Friko, que pasaron de ser reemplazo de última hora a favoritos del día. Todo en ellos es buena energía, buenas canciones. Un regalo para Bernáldez, que no sólo es la persona que más sabe de música de España, sino también la que mejores chaquetas viste y mejores disfraces elige. Mención especial merecen los chicos de Maruja (maruya, incluso marusha en su inglés de Mánchester) subiendo a Raül a su furgoneta al enterarse de que todos pernoctaban en el mismo hotel. Se ve que entre rockstars se ayudan y hacen estas cosas. Cosas de estrellas.
Si he empezado la crónica por el atardecer del viernes no ha sido por voluntad narrativa, sino por esa sensación onírica, de irrealidad, que se vivió durante todo el día. En la endogamia habitual de los medios, los cuatro representantes de sustrato decidimos juntarnos para echar la noche juntos. Gran decisión. El Canela son los amigos que hicimos y la vida encontrar excusas para verse. No podremos olvidar nunca la magia de Rufus T. Firefly, Cabezuelo al mando vestido con bata de satén. Nos lo avisó Bernáldez, y nosotros, como es natural cuando la que habla es la persona que más sabe de música de España, decidimos hacerle caso. Yo qué sé, los piscis somos así. Nos emocionamos con las canciones de Rufus y meamos en el mar. Por su parte, Raül y Alba lo dieron todo con Mala Gestión, uno de esos grupos que nos vamos a hartar de ver en festivales. Son muy buenos. Son especiales. Lo tienen todo para liderar la escena musical de este país la próxima década. Tienen actitud, tienen rabia, tienen un punto autista tremendamente sexy. Y tienen dos himnos que en nada cometeremos la horterada de definirlos como generacionales. Me emocionó ver a todo el público cantando Dónde está nuestro error sin solución, sabiéndose de pe a pa Ex Pareja. Me dejé la voz berreando con Raül Prométeme que el diésel volverá. sustrato, como el Canela, también son los amigos que hicimos.
El despertar del sábado tuvo algo de día de reyes. Era el día de la fiesta de disfraces, y ya por la mañana comentaba con Raül hasta qué punto compensa sobreproducirse el outfit si eso supone renunciar a comodidad. Estábamos tomando unas cañas, medio borrachos medio de resaca, y supongo que la conversación nos llevó por ahí. Yo le preguntaba a él, como veterano canelístico, si merece la pena ser el más guay de la fiesta si luego vas a pasar calor o no vas a tener un brazo disponible o tu radio de acción se circunscribe al movimiento de un Playmobil. Cómo plantea uno un día como este. En el eje de coordenadas de molar e ir cómodo, dónde debemos situarnos.
Resolví mis beodas dudas a los diez minutos de pisar el recinto. Sí a todo. A favor del exceso siempre. En contra del cinismo, de los vinagres, de los alérgicos a la felicidad compartida. De los que, cuando les dices que te ha encantado tal grupo, te contestan que ahora son una mierda, que molaban más hace diez años cuando tocaban en garajes. En contra de los listos. A favor de los mamarrachos, de los profesionales del Canela y de los artesanos del disfraz. Siempre en el barco de los que se lo curran. Vi atuendos tan chulos como poco prácticos, recogidos todos ellos en el ya clásico hilo de twitter de @Chocotuits. Sus dueños lo han entendido todo. Vi a un tío a un faro amarrado, a otro vestido de portada de disco de Extremoduro. Uno más allá bailando dentro de la cabina de José Luis López Vázquez. Vi a las hijas de Zapatero y a Óliver Laxe. Vi cosas que no creeríais, vi a Rayuelo posando con una camiseta del Madrid, de Raúl para más señas, y vi a Ferrara directamente aterrizado de Zoolander. Por ver, hasta vimos a un tío que sacó un colchón hinchable en mitad de Nation of Language, tumbose sobre él, tapose la cara con un sombrero y ahí mismo se tiró dos horitas bien ricas, que yo no sé si aquello formaba parte de una performance barroquísima o más bien era el fruto de un pedo mayúsculo. Aquello ocurrió justo antes de que Carolina Durante nos regalase uno de los conciertos del año, ataviados ellos de Los payasos de la tele. Monstruos y Milikis y el Joker y hamburguesas y el fútbol y mi madre.
Aunque quizá las que mejor entendieron la esencia del sábado fueron Las Petunias, acicaldas a su vez de las Cariño, Valverdina incluida. Incluso iniciaron su repertorio con Si Quieres, metiéndonos el ritmo y la duda en el cuerpo. No supimos si estábamos ante un homenaje o una parodia. Y puede que esa sea la magia del Canela, que todo sucede entre la intensidad y la broma, sin tomarnos demasiado en serio, porque no te puedes tomar en serio a alguien vestido de Winnie the Pooh, pero conscientes al mismo tiempo de que esto que está pasando, esto que estamos viviendo, este aquí y ahora mágico e irrepetible se nos va a quedar guardadito en una esquina del corazón, y que cuando volvamos a nuestros Madriles y nuestras Barcelonas y nuestras Zaragozas y Valencias de turno, con los receptores de dopamina por los suelos y veinticinco melodías distintas sonando a la vez en la cabeza, responderemos a la duda con la que llegamos el jueves. Sí, era cierto todo lo que nos habían contado. Sí, mereció tantísimo la pena. Convencidos de que al final todo se reduce a forzar que nos pasen cosas, a buscar excusas para vernos, a encontrarnos sin quererlo un día tonto de febrero en otro concierto, en otra ciudad. Y cuando eso ocurra, porque ocurrirá, nos reconoceremos a lo lejos, dudaremos un segundo, nos acercaremos torpemente y uno de los dos dirá Te vi en el Canela, me gustó tu disfraz.
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2 comentariosMe he acordado de ti
Por Luis Alonso Agúndez
Todos los días, desde hace un tiempo, hay un momento tonto en el que pienso en ti. Te me vienes en canciones, en tuits, en conversaciones de viejos en el bar. Estás pero no estás. Estás como están los muertos en las conciencias de los vivos.
LP en noches del botánico
Por Luis Alonso Agúndez
Me fijo a mi alrededor. Hay varios imitadores de Bunbury. Esto es, pitillos negros o grises, generalmente adornados con cadena de metal a la altura del bolsillo lateral, chaleco, Ray-Bans y sombrero. Inmediatamente me culpo por juzgar a las personas por cómo son, por cómo visten, por cómo esperan.
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Por Luis Alonso Agúndez
Tú, que ya lo viviste en 2010, lo sabías perfectamente. Una Final de un Mundial puede ser muchas cosas. La más importante de todas, una Final es un marcapáginas de plomo taladrado a la memoria.
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