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LP en noches del botánico
A mi lado, los guapísimos de Tinder, los de la primera cita, se acaban de agarrar de la mano.
7 de agosto 2026
A mi lado, los guapísimos de Tinder, los de la primera cita, se acaban de agarrar de la mano.
Sorteo como puedo los corrillos, maldiciendo la puta manía de algunos en sentarse en el suelo antes de los conciertos. Ellos son así, improvisan un campamento en el césped con móviles, bolsos y minis de cerveza, limitándose a esperar, ajenos a la incomodidad que provocan, al artista de turno. Mal que bien esquivo el campo minado. Encuentro un hueco que parece estar bien. Me fijo a mi alrededor. Hay varios imitadores de Bunbury. Esto es, pitillos negros o grises, generalmente adornados con cadena de metal a la altura del bolsillo lateral, chaleco, Ray-Bans y sombrero. Inmediatamente me culpo por juzgar a las personas por cómo son, por cómo visten, por cómo esperan. Le escucho al de al lado, que ni está sentado ni viste pitillos ni sombrero, que Michael Bublé es el Frank Sinatra de nuestros tiempos. Me deja pensando. Cada vez viene más gente, esto se empieza a llenar. Amigos que hacía tiempo que no se veían, grupos que empiezan a formarse. La ceremonia del reencuentro. El protocolo de los abrazos ligeramente sobreactuados. Un concierto es, ante todo, una experiencia social. Delante de mí una pareja de jóvenes guapos. Tiene una pinta de primera cita que no veas. Ella, con acento canario, le pregunta: “¿por lo menos te sabrás las siete islas, no?”. Él, con aplomo: “Por supuesto, por supuesto”. Me da que no se las sabe. Hace un calor infernal en Madrid y quizá por ello veo tantísimos abanicos. De todas las clases, colores y tamaños. A unos metros de mí, pasada la parejita de Tinder, un gigantón bronceado que no para de bailar la música preliminar mueve un abanico acorde al tonelaje de su cuerpo. Va a tope y aún no ha comenzado el concierto. Actitud. Más clásicos en el universo del abanico patrio: ejemplar negro con el texto ITS FUCKING HOT. Y un poco más allá otro con la bandera LGBT. Galería Salvat renovada. Una voz de aeropuerto interrumpe la canción de los Strokes y nos recuerda que el concierto va a empezar en cinco minutos. Lo hizo cuando quedaban quince y diez respectivamente. Reflejo pavloviano, experimento cierta angustia y temo perder el vuelo a Berlín. Falsa alarma, no estamos en Barajas sino en los jardines de la Complu, donde se celebra por décima edición el ciclo de conciertos de Las Noches del Botánico.
Aparece, por fin, el motivo de la espera de tan dispar muestra sociológica. Laura Pergolizzi, inexplicablemente bautizada como LP para fines artísticos. Duele el desperdicio de semejante nombrazo de pila. En fin, ella sabrá. Maneja un aire a lo Keith Richards, chalequito roquero y pitillos incluidos. El bolo empieza a las 21:30 horas y acaba a las 23:00. Es decir, tenemos la suerte de vivir al aire libre un concierto que empieza de día y acaba de noche. De momento la luz antoniolopeciana de los veranos de Madrid es más que suficiente para iluminar el escenario. LP empieza con fuerza, tirando de repertorio conocido, de sus canciones del top10 de spotify, conocedora del gusto general por el karaoke multitudinario, como bien dice Bardají.
No hace falta esperar mucho para comprobar que estamos ante una artista muy especial. No lo fue siempre, sus inicios en la industria los dedicó a componer temas para Cher, Rihanna o los Backstreet Boys, antes de alcanzar la fama mundial con su himno Lost on You. Pero no estamos únicamente ante una One Hit Wonder. La Pergolizzi ha construido una sólida carrera musical gracias a un sonido rockero, melódico y sentimental. Y una voz única cargada de sensibilidad que ha llevado a LP al insospechado territorio de lo diferente.
El público está entregadísimo y ella lo sabe. LP tiene una muy peculiar manera de comunicar, de interactuar con los fans. Constantemente señala, saluda, nos manda besos. Hace el gesto del corazón mientras sujeta el micrófono con la mano. Se la nota emocionada. No es habitual encontrarse a un artista tan entregado, disfrutando tantísimo de tocar, de cantar, de sentirse tan amada. La gente le agradece la honestidad y le devuelve, en justísimo intercambio, la mejor de las actitudes. Cuando suena otro de sus hits, When We´re high, el público enloquece. Fiestón. Quién me lo iba a decir, yo que venía movido por la curiosidad. El mazao del abanico parece que está en la Berghain. Qué brincos, qué bailoteos, qué forma de moverse sin soltar el piti, la cerveza y el abanico.
La tarde se nos ha ido y ya es noche cerrada. Noche de verano en Madrid, ese paraíso. LP abandona el modo Ibiza para volverse más tierna, más íntima. En el escenario alguien le compite en carisma y atención. Su guitarrista, que parece una mezcla entre Brian May y los de Kiss. Se llama Andrew Berkeley Martin y al principio me irrita su afán de protagonismo, su eooo, que yo también estoy aquí permanente. Pergolizzi, perra vieja, no lo sufre lo más mínimo. En lugar de ello, lo explota. Baila con él, le da importancia. Se crece en sus solos. No pegan ni con cola y juntos forman un tándem perfecto. Las parejas perfectas no existen y quién las quiere. Me callo ya, que están empezando a sonar los acordes de Lost on You. A mi lado, los guapísimos de Tinder, los de la primera cita, se acaban de agarrar de la mano.
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