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Don West y las noches perfectas del Botánico
¿Qué se siente cuándo el 90% de las personas te quieren follar?
29 de junio 2026
¿Qué se siente cuándo el 90% de las personas te quieren follar?
Bajan las temperaturas diez grados en Madrid y la sensación es de volver a la civilización. No es lo habitual, pero todavía quedan noches de verano perfectas en esta ciudad, en las que a uno no le sobra nada y el sudor es solo un recuerdo y corre el aire y todos estamos más guapos y más simpáticos, con un brillo especial como de persona recién enamorada. El Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense de Madrid (para los no versados en nomenclatura decimonónica capitalina, el recinto en el que se celebran las Noches del Botánico) contribuye a esa percepción onírica de irrealidad. Se trata de una de esas rarezas que tenemos en la ciudad y que hacen de Madrid un sitio un poco mejor. Parece mentira que este oasis de césped y sombra sea posible en el corazón de nuestra capital.
Llevo escritas 148 palabras y lo que quiero decir es bien sencillo. Hay días en los que uno está predispuesto a la belleza. Son las ocho de la tarde y la megafonía nos recuerda que en quince minutos va a empezar el concierto de Don West, uno de los artistas emergentes más prometedores dentro del panorama del soul y R&B internacional. Negocio la espera pensando que a cualquiera le arreglan unas RayBan. Con las Birkens estas que parecen zuecos de ante no me pasa lo mismo. En fin, las modas son así. Hasta hace unos años renegaba del pantalón ancho y mírame ahora. Me pierdo en cavilaciones sobre lo complicado que es ser hombre y querer mantener cierta dignidad estética en verano, sobre la suerte que tienen las mujeres en esta época. De pronto aparecen seis guaperas en el escenario y se evaporan todas mis dudas sobre cómo se debe vestir de junio a agosto. Son dos minutos de escrutinio los que les dedico, porque acaba de hacer acto de presencia Don West y los mortales en el mundo dejamos de existir.
Frente a mí un adonis de dos metros que, antes de cantante, se ganó la vida como modelo. Como para no hacerlo. El tipo parece ser el resultado de haber metido en una coctelera todos los atributos de la follabilidad masculina. Pelazo rubio para atrás de surfer australiano, nariz prominente, gafas de sol de fucker que sientan muy bien a los fuckers y muy mal al resto, unos brazos esculpidos por Miguel Ángel coronados por el relieve de unas venas como afluentes del Tajo. Yo desde luego nunca he visto el Manzanares tan hermoso. Vaya, que está tremendísimo el cabrón, siendo menos técnicos. Le paso una foto a Mj Bernáldez y su respuesta es el emoji de la embarazada. No es la única. Don West no lleva ni un minuto en el escenario y a una señora de ahí atrás ya le ha dado tiempo a ponerse de parto tal ha sido la impresión. De mellizos, para más señas. Los varones abandonamos nuestra masculinidad tóxica y abrazamos la bisexualidad sin ningún complejo. El tío sabe que te va a joder la vida, que te va a mandar varios años a terapia y nosotros encantados con ello. Trato de no verme afectado por el efecto tarima, de encontrarle unos defectos hasta ahora indetectados. ¿Es verdaderamente un Dios del Olimpo o solo un tío gigante con unos bíceps como dos sandías?
Y de repente se pone a cantar. Y alucinas con ese vozarrón de crooner que nada envidia al de Marvin Gaye. Y te enamoras aún más de él, y te das cuenta de lo injusto que has sido al reducirle a guaperas de anuncio de perfume, que lo que tienes ante tus ojos es un pedazo de artista que canta como los ángeles, que se mueve con un magnetismo de otra época y que te atrapa desde la primera canción. ¿Cómo puede caber tanta sensibilidad, tanta elegancia, en ese cuerpo de luchador de wrestling? Qué sexy es siempre ser salvaje y sentimental a la vez. Don West lleva al extremo esa cualidad por todos admirada, virtud que no requiere de ser anunciada, que el portador la asume como el resto asumimos que tenemos dos piernas y dos brazos, y que es precisamente esa propia indiferencia, ese no darse demasiada importancia lo que le convierte en irresistible para el resto. El carisma, naturalmente, sublimado en este australiano treintañero por la vía del exceso.
Don West va por la vida como si estuviese todo el rato en un videoclip de Dean Martin. Llena el escenario de una manera muy peculiar, con un micro plateado de cable kilométrico que no suelta durante toda la actuación. Se sabe deseado, fomenta la pose, asume su condición con humor. ¿Qué se siente cuándo el 90% de las personas te quieren follar? Le acompaña una banda a la altura, especialmente el saxo y la trompeta. Entre todos dan forma a un show cargado de elegancia y buen rollo. Los del público no miramos el móvil, no salimos a mear, nos aguantamos la sed para no ir a la barra y perdernos algo. Es un gustazo poder vivir esto. Aquí abajo, claro, estamos entregadísimos. Y bailamos, a nuestra manera y sin complejos, funcionando casi por imitación. Nos dejamos llevar. Le leo a Juanma Trueba que bailamos para reforzar la pertenencia a la comunidad. Yo no sé exactamente por qué bailo, como tampoco lo sabrán los señores que tengo al lado, y aquí estamos todos, haciendo comunidad.
Unos fluimos, otras se mueren y las parejas, que hay muchas y de todas las edades, bailan despacio y agarraditos y se dicen cosas al oído. Me dan envidia. Les admiro, si es que no es lo mismo. El concierto se acaba. Una hora clavada ha durado, muy profesional el amigo. Don West lanza con los dedos un besito al público y se despide. Tiene gracia hasta para irse. La cuarentona de delante hace el gesto agarrar el beso al vuelo y se lo guarda en el escote.
Poco a poco volvemos a la civilización, todavía anestesiados. Hay una magia especial en los conciertos que empiezan de tarde y acaban de noche. Hay una magia especial en este recinto. Será por las horas, será por la temperatura. Será porque es verano y somos jóvenes. Seguramente sea por un artista único y una banda estupenda. Qué más darán los motivos. Lo importante es que todo puede pasar en las Noches Perfectas del Botánico.
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