Música

DobleFondo: «El éxito empieza con deudas» A0 (2026), RALY

La estrella del post-trap se resquebraja desde el contraste para entregarnos uno de los mejores discos de lo que va de año en la escena.

12 de agosto 2026


¿Quién coño piensa que llevar Ray-Bans es algo cool en 2024? Eso fue lo primero que pensé yo al buscar «RALY» en internet y ver la portada de lo que piensa la ciudad de mí, el primer LP del catalán. Acababa de toparme —para mi sorpresa— con un nombre desconocido dentro de los rookies1 del Riverland de aquel año. Y como no iba al festival, lo ignoré. Cómo no iba a pasar de alguien con esas gafas, vamos. Yo no he llevado Ray-Bans en mi vida. El urbano ya empezaba a asimilar demasiados elementos pop y, por esa estética, por esas gafas en particular, pensé que me encontraba frente a otro chaval que quería ser cantante y que no iba a aportarme nada. Grande fue la carcajada que solté el pasado 9 de abril, cuando este recuerdo me pilló en medio de La Sala del Movistar Arena: dentro de un pogo, ni siquiera acompañado, coreando a gritos «sangre fría, pero sin escamas / con las Ray-Ban detecto a las ratas». Y es que no podía estar más equivocado. Tan equivocado que desde hace unos meses predigo que A0, el último trabajo de Martí Nadal, aparecerá en mi Wrapped de este año. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El camino no ha sido corto.

A pesar de aquella primera reacción, me pudo la curiosidad —¿las ganas de criticar?, ¿de decir ah, sí, ya lo conocía ante un posible éxito?; lo más probable, el orgullo herido porque los programadores del festival se me hubiesen adelantado en descubrir al chaval— y decidí darle una chance a aquel primer disco. ¿Qué encontré? Como intuía, una paleta sónica de eso que llaman, aunque nunca queda muy claro qué se supone que es, pop post-urbano: voces más melódicas sobre 808s2 clásicos; presencia de tópicos temáticos del trap, pero con letras más alejadas del joseo3 y la supervivencia, lo que permite una identificación de un público más amplio con lo que se canta; producciones más limpias y amigables al oído; y una actitud más de estrella que de punki. Desde los sectores más puristas de este nuestro gran e incatalogable género-paraguas, el post-trap es el epítome de la charca, impostado, casi. A mí, con honestidad, me parece consumible, disfrutón. Pero no me suele cambiar la vida. Si bien las producciones son juguetonas y bailables, e incluso pueden llegar a ir bastante duras en ocasiones, es cierto que el storytelling a veces resulta monótono. Éxito, chulería, predestinación, chicas, desamor, amor, desamor de nuevo, sexo y algún porro. ¿Descafeinado, quizá? En este sentido, los primeros trabajos de RALY me entraron por la oreja y, quizá por ser más tristón que otros cantantes del estilo, algo de poso dejaron en mi cabeza.

Aquel año también empezaban a sonar con fuerza cada vez mayor los nombres de mvrk y D.Valentino, que junto con el catalán forman, a mi parecer, una suerte de tríada capitolina de este subgénero, quizá nietos de Recycled J e hijos de Bon Calso. Cada uno con sus características particulares e identitarias, pero bastante unificados en prosodia y tratamiento de la producción vocal, entre otros elementos. Por así decirlo, serían las tres cabezas del Cerbero del post-trap, en tanto que apuntan a tres posibles caminos a seguir. Del impacto de estos dos últimos artistas en el mainstream ya hemos hablado aquí; acumulan hoy más de un millón de oyentes mensuales cada uno. Mientras estos dos crecían, RALY parecía no pillarles el ritmo, a pesar del buen recibimiento de su primer long-play. Pero es que el artista ya se había autoapodado «joven maratoniano», anunciando que lo de la música, para él, era una carrera de fondo. Y eso exactamente fue el camino hasta A0.

Sin precipitarse en lanzamientos para aprovechar el bombo post-festival, aquel septiembre apareció RIO BRAVO, un tema que anunciaba una deriva hacia sonidos más característicos del sur de Estados Unidos; algo que se confirmaría en enero con ACERO, el primer sencillo oficial de un nuevo proyecto bajo el mismo título y que parecía prometer la importación, por fin, de los recursos sónicos del aclamado UTOPIA de Travis Scott a nuestro país. El catalán se presentaba así bastante más agresivo y oscuro para esta nueva etapa. velvet, lanzado poco después —aunque al final descartado del disco; quizá un acierto—, seguía también esta estética, con letra y producción marcadamente beligerantes («hay que hacer el amor, pero si hay guerra voy primero»), acercándose al rage. Y por fin, en junio, apareció ALO:

Colaborar con Abhir parecía la decisión perfecta para los nuevos sonidos que venía trabajando el rookie, siendo el canario el maestro de los deliveries duros y con uno de los directos más abrumadores de la escena, y ALO no decepcionó. Además de uno de los mejores temas del catálogo de RALY, sin duda también hablamos de uno de los mejores versos de Abhir en cuanto a flow hasta la fecha («solo tengo a Dio' por encima de mí / pero a veces lo noto a través si me enfoco»). Establecida pues cierta estética de la violencia, desafiante y combativa («estoy en mi era villano, Willem Dafoe, fuck»), en el plano musical del nuevo proyecto, cabía preguntarse si tanta innovación dentro del DAW no caería en saco roto por ser monótona la pluma que la acompañase; por no mostrar más grises; por replicar, como hemos dicho, un storytelling que se recrea en la figura de la estrella y poco más.

Confirmada su asistencia por segundo año consecutivo al Riverland, ya más consolidado y casi cerrando la segunda noche del festival, RALY nos entregaba a principios del pasado agosto otro sencillo que hacía que, gracias a Dios, todo cobrase sentido: SONRIE presentaba una faceta mucho más humana del artista, llena de contradicción en su letra («no me digas sí a todo solo pa' hacerme contento / dime sí a todo, necesito estar contento»), y envuelta de nuevo en unas melodías más pop de lo que venían mostrando hasta el momento los adelantos del nuevo álbum, si bien con texturas igual de contundentes; una evolución coherente, dentro de su nueva paleta, de temas más introspectivos, tristes, ¿dulces, incluso, a veces?, de su primera etapa como Suficiente o aunque duela. El click fue automático. El arquetipo del sadboy había encontrado a un nuevo paladín, pero uno que estaba dispuesto a dejar caer la careta de chulo y mostrar su herida («este deporte me desgasta, acumulo predicciones / mi vida es una mierda, solo hay zorras y canciones»), a la vez que a pararse a reconocer el daño que pudiera estar causando su obsesión con llegar a la meta («la he tratao' fatal, no sé por qué sonríe»). Y encima lo hacía con un hit de esos que parece que les han metido droga dentro, por su tremendo replay value:

Al terminar su show en el festival aquel agosto, RALY anunciaba al fin A0, para noviembre de ese mismo año. Sin embargo, llegó la fecha, y al disco no se lo veía por ninguna parte. Un pequeño comunicado nos informó de que el lanzamiento del álbum se aplazaba. Y a esperar. Un par de meses. Hasta que de golpe, el 22 de febrero, apareció un tráiler, seguido el 24 por el tracklist completo, el anuncio del release para ese mismo viernes y el bombazo: junto a los habituales colaboradores del catalán, Kashlo, Jordi Roca y Alka —de hecho miembros de su colectivo de creativos y sello bajo el que autoeditan sus trabajos, good_ppl_love_mountains—, y algún otro como Saint Lowe o NormanBate$, al proyecto se sumaba como productor ejecutivo Louis Amoeba, nombre admirado y respetado en la escena y responsable de grandes temas y discos de Hoke, Ébano o Nathy Peluso, entre otros; y de forma algo esperable, una colaboración con mvrk. Parecía que, aunque se hubiese hecho esperar, A0 haría honor a su nombre y sería bien duro. Llegamos así al final del camino. Pero es que las claves del proyecto se nos habían anticipado, sin darnos cuenta, desde su comienzo. Volvamos al principio. De este artículo, del rollout del álbum; de RALY, incluso.

lo que piensa la ciudad de mí —por el que desarrollé un interés creciente tras ALO y SONRIE, y que en los consiguientes meses de espera terminó por obsesionarme—, presentaba a un RALY recién llegado a Madrid que pretendía entrar por la puerta grande al juego. En este sentido, sus obsesiones temáticas, a primera vista, parecerían las de siempre. Pero, si nos detenemos a escuchar con atención, tanto sus primeros EPs como aquel disco debut destapan una complejidad mucho mayor de la propuesta: su POV particular a la hora de abordar tónicas usuales del género dista bastante de sus coetáneos. Se preocupa por ganar dinero para los suyos y llora por desamor, sí; pero RALY está entregado a la carrera, y en LQPLCDM se aprecia este afán, convertido en chulería no por predestinación sino por empeño. Llega incluso a dudar de su talento, pero se reconforta en que el trabajo duro, las horas que gasta, los trenes que coge, todo aquello que lo aleja de ese sitio donde debería estar (al lado de su madre y demás familia, tras fallecer su padre; de una chica, a la que parece haber perdido y que no consigue sustituir), tendrá su fruto. Hablamos así de una meritocracia que, lejos de ese falso mito, en este contexto es de apreciar: presupone una ética de trabajo detrás del proyecto que lo aleja con fuerza de contemporáneos que frontean de sacarse un tema compuesto en una hora y convertirlo en hit. Por lo menos, Martí Nadal no se vende como genio innato y despreocupado, sino como un corredor de élite dedicado en cuerpo y alma a llegar a ese metafórico final. Y aunque conjure el lugar común (bala perdida, red flag), sus preocupaciones para con los códigos de la familia, la mujer y derivados ofrecen un enfoque bastante fresco, más cercanas a la inquietud, el desasosiego y la duda. Construido este universo entonces, si se tiene en cuenta el recibimiento de aquel primer LP, el siguiente paso es tan obvio como orgánico y necesario: ¿qué pasa cuando, tras tanto correr, se llega a la meta?

A0, con 13 canciones y 36 minutos de duración, aparece entonces como un álbum sólido y redondo desde su primera hasta su última frase, gracias a una coherencia lírica construida desde el contraste, muchas veces repentino dentro del mismo track, para mostrar el precio de ese éxito tan perseguido que, como anunciaba el primer sencillo del proyecto, «empieza con deudas»: no solo económicas, también psicológicas. Asistimos así al colapso mental de la recién elevada estrella, que debe rendir cuentas frente a más de un asunto.

La estilización del propio título (A0) no es casual y entra dentro del juego de dobles sentidos que se desarrollará a lo largo del álbum: a/cero, ¿las deudas?, ¿su energía?; acero, ¿por haber conseguido llegar de una pieza?, ¿por crear una coraza de la que ahora no se puede desprender? A pesar de que, desde la propia portada, en blanco y negro, todo girará en torno a dos energías opuestas, lo que RALY pretende mostrar es toda la escala de grises que hay entre bambalinas, construyendo dos ejes tanto sónicos como líricos que se pelean entre ellos a la par que dentro de sí mismos, con tracks ambivalentes en los que se producen repentinos cambios de ritmo y tono en beat y letra: por un lado, aquellos temas más contundentes, excesivos y ostentosos, en los que luce una marcada personalidad de rockstar despreocupado y misterioso con bastantes aires, más cercanos al egotrip; por otro, reflexiones introspectivas relacionadas con el consumo (en más de un sentido), la pérdida de la identidad, lo falso de la industria y el deterioro de las relaciones interpersonales, con gran peso de problemáticas de salud mental hasta el punto de contemplar tendencias suicidas.

La vertiginosa producción in crescendo de DEMASIADO ALTO KATMANDÚ, intro del álbum, presenta a un RALY encumbrado («nunca has follado a mis zorras, les llamo zorras a ellas y a ellos»), posicionado y seguro («soy un faraón, me lo llevo a la tumba / todo lo bueno al amigo y al Judas») pero que desde la cima advierte la posibilidad de la caída —¿o el salto? —, quizá incluso por lo «high» («no puedo controlar el cuerpo») que está. ACERO, como himno del proyecto y desde la beligerancia, enseña la cara más impertinente del rockstar («confundo a la main con la side hoe, let's go / no me lo tengas en cuenta»), en particular riéndose de sus contrincantes («el swag es importante, los contactos primordiales, brother / ya tengo un nombre, no hace falta que nadie me mencione»), anunciando su vuelta después del tiempo de silencio y de nuevo reiterándose en su ética de esfuerzo frente a la escena («se pensaban que estaba durmiendo, pero las monedas no caen del cielo / hablar en vano no sirve de nada, el que me dijo mucho se pilló los dedos»). Aquí también introduce su creciente preocupación por los peligros que acompañan a la fama («malos hábitos mataron al genio»), advirtiendo, como ya lo hacía con el doble sentido de «alto» en la intro, sobre los problemas de consumo en el panorama.

CUALQUIERA, con un beat acelerado y ansioso como esa «vida rápida» que corea la canción, nos habla del comienzo de la pérdida de contacto con aquello que era la realidad y cómo RALY comienza a imponerse a Martí («si te he besado era por algo / solo pienso en engordar mi cuenta / to's los días me veo más guapo / cada día os veo más rotos»). Ante el frenesí del éxito («me da cabeza en el backstage / me da cabeza en mi mejor momento») comienzan a aparecer el miedo y el rechazo a la falsedad y el interés («si quieres follar no me pidas fotos / no me gusta mezclar el poder con el sexo») a la vez que la necesidad de evasión y la irrevocabilidad de la misma («abusando mi cuerpo otra vez»), mientras la falta de cobijo se hace presente («te envío un mensaje a ver si aún estás despierta / eres la única que consigue volver») y el artista grita a medias, casi desesperado y pidiendo ayuda, que «[le vale] cualquiera».

En uno de los temas más interesantes del disco, RALY propone una balada pop que progresivamente deviene rap frenético. De esta forma, RITMO se construye como una carta a un amor complicado («nunca me atreví a preguntar / si era cierto cuando lo decías / sé que tal vez nunca supe amarte / nunca entenderé si me querías o no»), probablemente por la falta de tiempo que invertir en él. Los excesos comienzan a ocupar todo el espacio («otros cuerpos en mi habitación / otra punta más no me hará daño») y, a pesar de la reafirmación (en aguas turbias nado mejor / soy el capitán, puta, no fallo»), el dolor se esparce cada vez más por cada rincón posible («quiero estar contento, pero me cuesta / me levanto con otra puestada / y ya no sé lo que me da la mala / y en verdad me da vergüenza»). De repente, el beat cambia para abrirse a la reflexión sobre las malas influencias («me ponen billetes y culos encima, es loco / cocaína con la cena, es loco») de las que se aleja («el circo me llama, pero no respondo / solo respondo a mi piba y mis dólares»), reasegurado por su entorno y ese amor reencontrado («muchos lo harían por mí, otros habría que ver / dame la mano, que todas las zorras lo vean»).

CLOUTCHASER habla de uno de los rasgos más marcados del artista: su poco interés en la relevancia en redes o el contenido viral («no me la como ni por clout / soy una estrella de cine / rapero a mí no me define / de límites me siento libre»). Vuelve a apoyarse en la mofa hacia sus competidores («zorra, fuera de mi DM [...] hola, te ha bajado el aura en los comments pidiéndome collab»); y de nuevo, con esa vida rápida dramatizada con samples de acelerones, encontramos un sutil cambio en el flow que vuelve a debatirse sobre la soledad («cada uno con su vida / cada vez que llamo se derrumba / cada vez que llamo se desnuda / guardo todo lo que me preocupa...») y el sacrificio del ascenso («...lloro solo cuando es de alegría / podría nadar con las que no derramo / buen soldado muere mártir»). De la misma forma, en el siguiente tema, FRED PERRY, RALY recupera un sonido más cercano a su primer elepé para burlarse de la centralidad madrileña de la industria y su poco interés en permanecer allí («si fuera por mí lo hacía todo desde el pueblo / la capi es pa' la bolsa, luego vuelvo / la capi es como el patio y soy el nuevo»); de como esa falsedad externa se lo está comiendo tambiénhoe madrileña con la cami del Barça, son todo hipócritas / senta'o en el Uber con otra al la'o, soy un hipócrita»), pero abrumado de todas maneras por lo increíble de su éxito («antes las ideas eran locas, ahora son icónicas / y quién lo hubiera dicho, que los gritos pagan nóminas / es cotidiano, soy el general, nadie me tose»). Más bien un interludio, por breve, que un tema hecho y derecho, pero igual de necesario dentro del storytelling de contrastes.

El séptimo track es probablemente el más personal, de los más complejos en producción, vocal en particular, y sin duda mi favorito. SEPPUKU, el término ceremonial del comúnmente llamado harakiri, se articula de forma desgarradora alrededor del suicidio como salida ante la presión y los cambios («la niebla de la calle ahora está aquí / no puedo ver si te has quedado a dormir / sería mejor si no vuelvo a despertar / sería mejor pero solo para mí») mientras el graznido de cuervo, como un presagio, se convierte en respiraciones hiperventiladas. Desde el exceso, una vez más («pensando en su culo, tocando el de otra / sentado en el club con la cara rota / de negro entero como una derrota / colmaba el vaso y escupía la copa»), grita de nuevo ante todo lo falso que ha pasado a constituir su realidad («ya no vivo nada de verdad / todo lo que siento se me pasa»). Sobrepasado por completo («cada mañana noto la presión / cada mañana soy otra persona») y aislado de su núcleo seguro («no rezo, hablo con mi padre / dos semanas sin llamar a casa / dos semanas menos de mi madre») su determinación está cada vez más resquebrajada, acercándose al punto de no retorno («si me asesinan, seré yo el culpable [...] ando de puntillas por un cable»). Coronada con un sample de Travis Scott en la parte final que no podría estar mejor elegido, SEPPUKU es una canción tremendamente emotiva con la que resulta imposible no empatizar o quedar indiferente.

LLORANDO EN EL MOSHPIT es la definición perfecta, desde la oposición misma de su nombre, de lo que es el álbum. Si bien ACERO es el himno escogido, por tener más potencial como sencillo, este sería el track insignia del proyecto, puesto que presenta todos los elementos de los que venimos hablados aunados en un solo tema. Se ríe de la envidia («soy el más odiado, por supuesto / ódiame en silencio, por favor»), alaba el esfuerzo propio y de su colectivo, esos que siempre están («lo hice con mi bestie, llorando en el moshpit / ganar tanto es toxic, me van a odiar») y se jacta de su nueva posición y su capital social recién adquirido («los ARs y las groupies en el mismo barco / [...] / comiendo ostras con mi mánager / he conocido a un par de ídolos»). Sin embargo, también habla de que estos cambios empiezan a pasar factura («hasta los de to'a la vida me tratan extraño / hasta donde yo sabía, no he cambiado tanto») y de su creciente inquietud («estás aquí y te echo de menos [...] me sé el patrón del gotelé / no puedo dormir, agárrame / no puedo fallar y no lo haré»). Como buen rapero actual, esclavo de sus cadenas, cae en la estructura-fórmula recurrente [hago equis como y], pero en la suya («no estoy tranquilo ni durmiendo como Donnie Darko») encontramos una referencia algo más profunda de lo que solemos, en la que advierte un peligro inminente, un destino trágico, una capacidad profética, y un sacrificio por el bien de los que ama. Y entre todo el contraste lírico, por supuesto, un cambio de patrón rítmico y delivery hacia el final. Cinco estrellas.

Los temas 9 y 10 ya los hemos comentado, pero no dejan de ser interesantes en el conjunto al conformar en gran parte las definiciones de esos dos ejes que hemos mencionado. ALO, desde la chulería absoluta, sin grises («últimamente me da paranoia que to' lo que sueño se hace realidad [...] y ahora mi hobby mi business, pasé de peón a CEO») anuncia su llegada atronadora y repentina («hay ambulancias fuera de nuestro concierto / este país no había notado el temblor») y representa esa cara del rockstar agresivo y encumbrado, con los sonidos recargados que habitan en las canciones que más se articulan hacia este eje lírico. SONRIE, por el contrario, muestra a ese RALY consciente y preocupado, consumido a la vez que ebrio de éxito, que comienza a desmoronarse. Desbordado, sí, pero con una producción milimétrica que en realidad define al artista en lo sónico: la centralidad de su mejor atributo, esa voz pop melodiquísima y dulce que a la vez es capaz de aportar también un rap con matices más combativos, rodeada de lo que, si se escucha con atención, son en realidad producciones sobrias y cuidadas que en conjunto parecen mucho más abrumadoras; y que casi siempre se desarrollan progresivamente hacia un final apoteósico. Este tema es una carta de presentación técnica del catalán que deja entrever como referencias claras, omnipresentes y estudiadas, además de a Travis Scott, discos de culto como 808s & Heartbreak o Yeezus de Kanye West y, sin lugar a duda, MOTOMAMI de Rosalía. Es también un claro ejemplo de cómo el POV de RALY para con la posición de la mujer en sus letras lo diferencia de largo de sus coetáneos, acostumbrados como estamos ya a escuchar cada vez más tónicas que la sitúan en un lugar secundario al del cantante, desde la discreción, el apoyo incondicional y el bajo-perfil (pienso, por ejemplo, en Cómo enamorarme de mvrk).

La colaboración con este último, PISALE, es un movimiento muy inteligente, como lo fue la de Abhir: además de ampliar su audiencia, las voces de ambos se acoplan a la perfección en otro tema vertiginoso con picos y valles en los que la relación amorosa vuelve a recuperar importancia dentro de todo el frenesí y la figura femenina es un apoyo necesario («shorty hace la guerra con quien sea por mí, ella es mi hooligan / no siempre las intenciones son buenas hay que dudar»), y en el que a pesar de las inseguridades tóxicas de ellos («dime lo que piensas cuando piensas en mí / no quiero verte bien si no es conmigo / si ha tocado tu piel, es enemigo para mí») muestran un lado más tierno con ellas («yo que me miro al espejo siempre que puedo / pero contigo no me importa ser el feo de los dos / [...] / estoy muchas cosas, pero no blindado / si tengo que marchar sin ti, es como un disparo»). En un descanso acústico, hasta que rompe (como siempre), 40G se reitera en el abuso de sustancias como salida ante la presión de la carrera («cuarenta gramos en recuerdos / se pasan las horas volando / [...] / nunca había estado tan alto») y el deterioro de la vida y las relaciones por los mismos («precio a pagar, malos hábitos [...] el fuego es bonito si no lo tocas [...] cada vez soy un poco más mala persona [...] tiro una piedrita a tu ventana / más amar me hace más daño») con la aparición estelar de Alka. RALY cierra este proyecto con MERCI, una nota más luminosa y desenfadada en la que parece más estable con su nueva realidad: se aleja, tanto de los interesados ante su escalada como, con un doble sentido, de las malas influencias («cómo te pones con la droga / y mira que yo ya no tomo nada / me vienen ganas y aun así me alejo / tú tienes ganas, por eso te alejo, merci») o relaciones afectivas que entorpecían su camino («yo creo en el amor porque me crio mamá / pero prefiero las monedas, que nunca te engañan») desde una mentalidad más asentada y esperanzadora.

Así, sin ofrecer una narrativa clara, el catalán consigue sin embargo entregar un producto redondísimo en el que se notan, de largo, los meses de trabajo en estas trece canciones. Un álbum no particularmente nicho dentro del under y con una clara vocación comercial, pero no por ello menos interesante: si bien habla de sus propias ansiedades particulares desde un punto de vista específico y profundamente suyo, el discurso que RALY articula a lo largo de estos temas al final es extrapolable a las nuestras, más aún en el clima actual. Además, en un momento en el que las nuevas masculinidades y los comportamientos tóxicos están a la orden del día, todo lo que muestra RALY con su abanico de grises se abre a la vulnerabilidad para humanizarse dentro del error: ninguno somos perfectos. Partiendo del egotrip, en realidad, se coloca frente al espejo no para admirarse como el Narciso que a veces parece, sino para observar cómo se resquebraja poco a poco el reflejo que le ofrece; una suerte de Dorian Gray con Ray-Bans, pero uno que puede salvarse. A0 es un disco denso y complejo que, meses después, continúo escuchando todas las semanas, en el que sigo encontrando detalles nuevos y que, por ahora, entra sin duda en mi top 5 del año.

¿Y todo esto cómo se tradujo en el directo? Para mí, RALY se convirtió en cita indispensable en futuros festivales o giras prácticamente desde la primera canción que sonó en La Sala del Movistar Arena en abril. De hecho, me muero de ganas de verlo de nuevo en el Riverland este agosto. Una puesta en escena minimalista, pero no poco trabajada, con algo de Kanye West por ahí. Casi siempre a contraluz, a veces incluso a oscuras para los temas más íntimos, consciente de —no me cansaré de decirlo— lo especial de su voz como elemento central de su propuesta, para demostrar una confianza absoluta en sus temas, alejado de efectismos o sobrecargas de información, lo que es muy de agradecer. Pura energía y contundencia electrizante en los temas agresivos, pogo tras pogo (¡aquí sí pegan!), con un público volcado por completo en el momento. Pocos móviles a la vista; peligro de salir volando, claro. Bastante lágrima. Literalmente, llorando en el moshpit, por el salto constante que es el propio A0 de un estado a otro. Setlist variado, indispensables temas viejos incluidos. Completo rockstar. Sin duda, una joven promesa que ha llegado para quedarse y seguir subiendo, por muy larga y dura que sea la carrera.



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1 Selección de artistas «emergentes» que presenta el festival al comienzo de sus jornadas desde hace unos años.

2 Bajos sintéticos percusivos y graves, inspirados en los sonidos de la mítica caja de ritmos Roland TR-808, lanzada en la década de los 80, que son una de las señas características más básicas del trap.

3 Adaptación del inglés to hustle. Buscarse la vida, quizá con negocios no muy legales, mediante ingenio y "calle", para salir adelante.

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