Música

Santander Music 2026: Por más festivales anti-scroll

Siempre vas a perderte tu canción favorita por estar meando

7 de agosto 2026


Nos arreglamos y bajamos a Cabezón a coger el tren; hoy no lleva el coche nadie porque está claro-clarísimo que después salimos. Pillamos unos litros y bebemos calimotxo, escondiendo el vaso bajo las chaquetas cuando pasa el revisor. Me mancho la camiseta por el traqueteo del tren y me limpio el vino frotando con un hielo —gracias siempre, Laura, por el truco que usamos desde los dieciséis—. Esto no es exactamente la situación (las hubo similares, eso sí) en la que mis amigos y yo calentábamos para el Santander Music hace doce años, o hace diez, o hace ocho. Pero sí que se parece.

Dicen que old habits die hard, y me resuena bastante: he vendido mi abono para el Primavera Sound cuatro veces; al Santander, sin embargo, he asistido el doble de ediciones. Claro, que sí, que somos de Cantabria. Que en su momento, aun siendo menores, podíamos entrar, y que siendo los niños-raros del pueblo, los más alternativos, los que además tenían grupo de amigos en la capital, teníamos que ir. Algo había que hacer. Podríamos pensar que es por costumbre, por inercia, que hayamos vuelto a venir los dos últimos veranos. Pero tal vez no sea el caso. Creo, de hecho, que no es el caso.

Escribía por aquí Fer hace no mucho de cómo precisamente el Primavera Sound había conseguido consolidar el formato festival-scroll. Ampliable este concepto a otros tantos festivales también, cabe preguntarse si quedan reductos. Reductos por los que, además, no haga falta vender un riñón en términos abono+viaje+alojamiento. En los que quepa sentarte un rato simplemente a tomar una cerveza y charlar con tus amigos sin correr de escenario a escenario; permitirte escuchar a alguien nuevo, que no conoces y que no veas simplemente porque hay que verlo ya que estamos. Eventos en los que escuchar a uno o dos artistas que te gustan y el resto del tiempo, simplemente disfrutar. Eso es lo que a pesar de los años sigue siendo el Santander Music, que todavía se resiste a convertirse en macrofestival, con todo lo que ello conlleva. Porque quizá se nos ha olvidado que un festival, principalmente, debería ser una fiesta, y que siempre vas a perderte tu canción favorita por estar meando.

Frente a carteles repletos de números ingentes de nombres de alta gama para justificar los —cada año más elevados— precios y, en consecuencia, evitando el tedioso problema de los solapes, el festival cántabro ofrece siempre un cartel de dos días, curado con atención al momento nacional (sin olvidarse de algún internacional ocasional) y particularmente focalizado, desde su origen, en lo indie, si bien con excepciones. Así, en 2019 aquí vimos a Bad Gyal y a Carolina Durante, en 2018 a C.Tangana y Viva Suecia, y en 2014 a El Columpio Asesino y Glass Animals. Además, unos precios más que aceptables tanto para entrada de día como para abono (este año entre 56 y 75 en tramos finales), un recinto reducido y tan solo dos escenarios próximos que se alternan a lo largo del día para ofrecer una experiencia alejada del frenético scroll de Fer, a pesar de tener, como todo, algún asuntillo a mejorar. A tener en cuenta, también, la mínima afluencia de guiris presentes, tan frecuentes los últimos años en los festivales nacionales de mayor renombre, que por algún motivo siempre terminan molestando. Peregrinamos entonces el pasado viernes 31, en ese nostálgico botellón en tren, a la Magdalena, atraídos por el siguiente plantel: Rigoberta Bandini, las Kétchup, Guitarricadelafuente y Rusowsky; cartel que completaban los Punsetes, Sanguijuelas del Guadiana, La Paloma, Biela y Hoonine.

Como íbamos, por supuesto, sin prisa alguna, llegamos al recinto justitos justitos para entrar a Rigoberta. Mala nuestra. Primero de los pocos problemas: cola kilométrica para pulseración. Al recoger mi acreditación, fui asediado por una Karen española que, mientras se preparaba para entregar una hoja de reclamación, me escuchó decir vengo como prensa y se empeñó en que tenía que meter esto en el artículo. Desde aquí, un beso, supongo. Exasperada ante la respuesta «lo sentimos, esto ocurre en todos los festivales» de los pobres chavales ahí trabajando, me estuvo comentando lo imperdonable que aquello era, porque ella había venido exclusivamente para ver a Rigoberta. Hay que darle a la señora que, por lo pequeño del festival y lo esperable que era que más de uno (nosotros, mismamente; incluso ella, precisamente) apurásemos la entrada para el primer-gran-nombre, las dos únicas colas de registro en la entrada antes de pulserar podían resultar algo escasas. ¿Podemos culparles? Pues quizá, contando con que la pulseración está abierta desde mediodía y que llegar y besar santo no es algo común, tanto Karen como nosotros podíamos haber calculado con algo más de margen. Pero vamos a pedir tres o cuatro colas de registro para el año que viene, venga.

Ya dentro, con Rigoberta a medio concierto, apareció el segundo problema. ¡Que no hay recarga cashless en móvil! No recuerdo si el año anterior sí, pero siendo esto ya típico-tipiquísimo en festivales, pues vaya chasco. Nos encaminamos a —vaya— otra cola bien larga para recargar en quiosco, desesperados —seguro que Karen se encontraba rellenando una segunda hoja de reclamación por esto— escuchando las canciones de Rigoberta pasar. He aquí uno de los pros del Santander: al no ser un Parc del Fòrum, por lo general, da igual donde estés que escucharás lo que pasa en los escenarios. Gran +1. Y mientras cantábamos, apareció ella solita la solución: un tipo majérrimo de la organización que nos contó a todos los allí plantados que había otros dos puntos de recarga. A nuestro favor, el mapa publicado en redes variaba un poquito de lo que nos encontramos. Al suyo, que fuimos corriendo a lo primero que vimos. De todas formas, cashless vía móvil el año que viene, por favor.

Con las pulseras bien cargadas nos dirigimos al tercer problema, el que siempre me ofende más: el precio de la cerveza. Sabemos que la capi es pija pero yo la esperaba un poco más baratita. Sin comentarios sobre los 17 euros del cachi de ron-cola (que, por supuesto, pagué). Perdonaremos por 1) el partner con Estrella Galicia, que estamos en el norte, y 2) el verdadero tamaño de cachi del vaso, que en algunos festivales empieza a ser algo más raquítico. Ahora bien, barras rapidísimas (tal vez en algún punto por clientes poco espabilaos) que nos agilizaron lo que es el cuarto y último problema: los 5 minutos de ventana entre concierto y concierto. Hemos defendido el Santander como espacio de calma y de no correr, de transitar disfrutando con paz. Quizá mentimos un poco, pero solo en estos lapsos pudo sentirse un poco scroll. Por la siempre saturada cola del baño de chicas sufrimos alguna que otra baja momentánea o prolongada en diferentes puntos de la noche; el tema bebidas lo solucionaron los tan necesarios griferos, y en términos generales todo fue sobre ruedas. También porque en Sanguijuelas decidimos abrazar la calma y fluir (o sea, realizar una serie de misiones secundarias variadas como saludar a un ex o llenar la tripa en lugar de atender al concierto). A considerar para el año que viene: abrir un poquito más estas ventanas por el bien de nuestras vejigas porque, aunque recordemos que un festival, principalmente, debe ser una fiesta, a veces jode mogollón perderte tu canción favorita por estar meando.

Hasta aquí la crítica al festival; vamos a los conciertos.

Foto de Daniel Cruz

Aunque pillamos a Rigoberta Bandini a algo más de la mitad de su show, aquellos 25 minutos valieron todo y más. Tras bajar al público para repartir chupitos con una actitud de bastante cachondeo al son de Amore Amore Amore, disfrutamos de un tercer acto con todos los temas imprescindibles que había que berrear. Natural, divertida y sin fallar una nota, con la emoción precisa para conmover en temas como Too Many Drugs o reventar a un público electrizado con la reivindicación de Perra. Particularmente emotivo ver a una Rigoberta no embarazada, embarazadísima, cantar Ay Mamá. Las armonías de sus cuatro coristas, deliciosas. Un show muy completo, teniendo en cuenta su estado, que parecía no haberse visto alterado por esto último. Gratamente sorprendido al ser mí primera vez viéndola. Cierre espectacular con Busco un centro de gravedad permanente. No me extrañaría repetir.

Naturales y divertidas estuvieron también las Kétchup, demostrando que, por pequeño que pueda ser tu catálogo, si solo tienes hits, te levantas lo que sea. Chupiteras, también, las hermanas, con mucha interacción con el público: más de un trapero podría tomar notas sobre cómo sacar adelante una propuesta modesta que deviene conciertazo. Desde el infame Aserejé a los clásicos ageneracionales que son Kusha Las Payas o Krapuleo, las Muñoz animaron la noche generando una auténtica verbena en la campa de la Magdalena.

Foto de Daniel Cruz

A pesar de mi poca objetividad en este asunto por haberme hipnotizado desde sus comienzos, Guitarricadelafuente me confirmó aquí que es uno de los mejores artistas nacionales de nuestra generación, le pese a quien le pese. Con su Movistar Arena del pasado octubre aún grabado en la memoria, era el show que más ganas tenía de (volver a) ver, aunque me preocupaba una cosa: si se trasladaría el nivel de detalle y sensibilidad de aquel concierto al adaptarlo a festival. Por supuesto que el espectáculo, por desgracia, pierde en calidad escénica, si bien mantiene un número considerable de los elementos visuales que hacían del show algo tan delicado. Pero, cuando me giré a preguntarle a unas amigas que no lo escuchan, yo con mis lágrimas, si les estaba gustando, y me encontré con las suyas, me reafirmé en que, a pesar de las bromas que pueda suscitar su particular manera de cantar o según qué situaciones que proponen sus letras, la voz de Álvaro de la Fuente entra dentro y revuelve si te dejas guiar por ella. Qué decir del hecho de que por fin tenemos a un artista abiertamente gay que ha entrado de lleno en el panorama internacional. Referente, aunque a algunos les moleste. Un directo perfecto que, pese a su pérdida en lo visual, sigue funcionando con la misma fuerza en lo musical, sin duda el centro de la propuesta. Recomendaría dejar prejuicios aparte y, si se tiene la oportunidad, acudir a verlo. Mis amigas, más cercanas a carteles como pueden ser los del Viña Rock, también lo recomiendan.

Tras prescindir de Sanguijuelas, clausuramos el festival con Rusowsky. Otra propuesta que, por lo grandioso de su Movistar (creo recordar que también de su adaptación a festivales el verano pasado; no lo recuerdo igual que este, pero quizá es cosa mía) pierde en este tipo de giras. Problema principal con las luces: citando a mi amigo Sergio, «yo no le he visto la cara en todo el concierto». Eso sí, un público entregadísimo que coreó todos los temas, incluso aquellos que no pertenecen al aclamado DAISY, y un Rusowsky hiperactivo en constante movimiento de un lado a otro del escenario que se negaba a perder la atención del público, con unos visuales profundamente asentados en la cultura de internet que acompasan a la perfección lo ecléctica y enrevesada que es su música. Highlight para mí: sukkKK!!; agradecido siempre de poder gritar sandeces entre el público cayetanero que se aficionó al vallisoletano por malibU.


Foto de Daniel Cruz

Tras esto, la noche se nos complicó y terminó muy tarde, club y tren perdido mediantes, pero con una valoración general muy clara en boca de todos: qué bien nos lo hemos pasado ayer. Y es que no, no acudimos por inercia, ni por costumbre. Volvemos al Santander porque, pese al paso de los años, este festival parece haberse quedado congelado, nostalgiasaparte, en aquella época en la que todo era un poquito más lento, más fácil, más habitable. Enhorabuena a la organización; nos vemos el año que viene.

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