__MESSAGE__
Caer despacio
Mirar el cielo consiste un poco en eso: en intentar señalar cosas que ya han desaparecido.
28 de agosto 2026
Hay una melodía en el segundo acto de El Cascanueces que siempre me ha producido una sensación difícil de explicar. Es el Grand Pas de Deux. Las cuerdas empiezan a bajar poco a poco, casi sin que te des cuenta. No caen: se dejan caer. Una nota detrás de otra, como si alguien hubiera decidido que ya no merece la pena luchar contra la gravedad.
Este verano he pensado bastante en esa melodía. Quizá porque ha sido un verano de mirar hacia arriba. También porque hay músicas que aparecen en nuestra vida de una manera extraña. No sabemos muy bien cuándo han empezado a significar algo para nosotros, pero un día las escuchamos y ya no podemos separarlas de un lugar, de una persona o de una época concreta. La música tiene esa capacidad: guardar cosas que nosotros no sabemos guardar.
Una melodía puede convertirse en una habitación. Puede convertirse en una noche. Puede convertirse incluso en una versión de nosotros mismos que ya no existe exactamente igual.
Lo primero fue el eclipse. Y poco puedo contar sobre un eclipse que no se haya contado ya miles de veces, pero hay algo que sí recuerdo: ese instante justo antes de que la luna termine de tapar el sol. La luz cambió. El aire cambió. Incluso uno cambió un poco.
Sabíamos perfectamente qué estaba pasando. Sabíamos dónde estaba la luna, dónde estaba el sol, cuánto iba a durar, a qué hora empezaba y a qué hora terminaba. Podemos calcularlo todo con una precisión absurda. Y sin embargo, cuando sucede, el cuerpo no parece haberse enterado de toda esa información. Durante unos segundos vuelve a reaccionar como si no supiera qué está viendo.
Un eclipse total es probablemente la experiencia más antigua de la humanidad que sigue siendo nueva cada vez que ocurre. Y por eso es tan mágica.
Después llegaron las Perseidas. Y hay algo bastante absurdo en mirar una lluvia de estrellas con alguien. Sabes que, estadísticamente, alguna vas a ver. Sabes que solo tienes que esperar. Pero cada vez que aparece una, los dos hacemos lo mismo: señalamos hacia donde ha caído y decimos ¡ahí!, aunque para cuando hemos terminado la palabra ya no queda nada.
Siempre llegamos tarde a las estrellas fugaces. Y siempre las señalamos.
Mirar el cielo consiste un poco en eso: en intentar señalar cosas que ya han desaparecido.
Hay algo que quizá no he contado nunca de Cris: le encantan las películas del espacio. No es simplemente que le gusten. Es de esas aficiones que terminan convirtiéndose en una norma doméstica. Si aparece una película sobre astronautas, planetas, agujeros negros o viajes interestelares, se ve. Sin negociación.
Este verano hemos visto unas cuantas. En el sofá, por la noche, con el ventilador encendido y las persianas bajadas porque agosto en Menorca este año ha tenido esa capacidad de convertir la casa en un horno incluso cuando ya ha anochecido.
Y me ha pasado algo curioso. He empezado a entender por qué le gusta tanto el espacio.
No creo que sea por el miedo. Ni siquiera exactamente por el asombro. Creo que es porque, durante un rato, consigue quitarle importancia a todo. Tu trabajo sigue ahí. Los problemas siguen ahí. Las cosas que te preocupaban por la mañana siguen esperando cuando termina la película. Pero durante un par de horas estás mirando algo tan descomunal que tus preocupaciones cambian de tamaño. No desaparecen. Simplemente dejan de ocupar toda la habitación.
Hay algo profundamente tranquilizador en recordar que el universo no sabe que existimos. Las estrellas no tienen ninguna opinión sobre nosotros. Las Perseidas no aparecen porque las estemos esperando. El cometa Swift-Tuttle, que deja detrás de sí el polvo que produce esas estrellas fugaces, lleva millones de años siguiendo su camino sin saber nada de nuestras vidas.
Hay algo ahí fuera que no depende de nosotros. Algo que no necesita que lo entendamos. Algo que continúa. Quizá por eso he vuelto tantas veces este verano a El Cascanueces.
Chaikovski escribió el ballet en 1892, un año antes de morir. No le gustaba especialmente el encargo — lo consideraba menor comparado con El lago de los cisnes o La bella durmiente—. Y sin embargo, para el Grand Pas de Deux del segundo acto, escribió una de las músicas más extraordinarias de toda su carrera. Probablemente sin saber que lo era.
Es el momento del ballet en el que todo se ralentiza. Después de la historia, de los personajes, de las danzas, de la batalla y del viaje, llega un instante en el que Chaikovski hace algo inesperado: en lugar de escribir un allegro triunfal, escribe un adagio. Las cuerdas empiezan a descender. La melodía baja por grados conjuntos — de una nota a la inmediatamente inferior, sin saltos, sin sobresaltos—. El arpa pasa por debajo como una corriente invisible. Todo parece moverse muy despacio, pero en realidad hay algo sucediendo constantemente. La melodía parece perder peso mientras baja. Y ese descenso por grados conjuntos es técnicamente lo que produce la sensación de caída suave, interminable, como flotar hacia abajo en un medio sin fricción.
Siempre había pensado que sonaba como una caída. Este verano he empezado a pensar que quizá suena más bien como dejarse caer. Hay una diferencia.
Caerse implica que algo ha salido mal.
Dejarse caer implica confiar en que no hace falta estar agarrándose todo el tiempo.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me conmueven de la música: que puede explicarte algo sin explicártelo. No hace falta que una melodía diga déjate caer. No necesita personajes ni palabras ni imágenes. Eso es lo que hacen algunas músicas. Ayudarnos a reconocer algo sin necesidad de palabras.
Me gusta imaginar a Chaikovski escribiéndola sin saber todo lo que nosotros acabaríamos poniendo dentro de esas notas. Él no sabía cómo sonaría el espacio. No había visto a nadie flotar fuera de una nave. No podía imaginar las fotografías de la Tierra desde arriba, convertida en una esfera azul diminuta. Y sin embargo, escucho esas cuerdas y pienso en todo eso.
La música es capaz de llegar antes que las imágenes. Antes que las palabras. Antes incluso que la experiencia. Porque no describe las cosas: describe cómo se siente estar delante de ellas.
Este verano ha tenido algo de eso. Llevamos demasiado tiempo mirando hacia abajo. Al teléfono. Al ordenador. A las noticias. A los mensajes que todavía no hemos contestado. A la lista de cosas que deberíamos estar haciendo. Y entonces llega una noche de agosto y miras hacia arriba. Y arriba no hay nada que contestar. Solo hay estrellas.
La noche del eclipse nos quedamos Cris y yo hasta las tres de la mañana. En algún momento le dije que el Pas de Deux me sonaba a lo que estábamos viendo. Me miró con esa cara que pone cuando digo algo que sabe que es un poco cursi, pero que quizá también tiene algo de verdad.
Y me dijo que sí. Que era exactamente eso. Y creo que fue entonces cuando entendí por qué había pensado tanto en esa música durante todo el verano. Porque quizá no necesitamos que todo tenga una solución. A veces basta con tomar un poco de distancia. Mirar algo que estaba ahí antes que nosotros y seguirá estando después. Recordar que nuestros problemas tienen un tamaño, y que ese tamaño no siempre es el que les damos.
Y, sobre todo, recordar que también podemos dejarnos caer. Despacio. Sin prisa. Sin saber exactamente dónde termina la caída.
Quizá por eso, cuando vuelva a escuchar el Grand Pas de Deux dentro de unos años, recordaré este verano. A Cris señalando una estrella que ya había desaparecido. El calor de Menorca. Las noches de agosto. Y esa sensación extraña de estar mirando algo demasiado grande para nosotros y, por unos minutos, no necesitar entenderlo.
Las cuerdas seguirán bajando.
Una nota.
Otra.
Y otra.
Y yo probablemente seguiré pensando que Chaikovski, sin saberlo, encontró una manera de ponerle música a una de las cosas que más nos cuesta aprender: que a veces también hay que saber caer.
Despacio.
Por el universo.
¿Qué opinas?
Sin comentarios24 horas
Por Aleix Gomila Pons
Se llamaba Joseph Haydn. Y la historia merece ser contada despacio, porque es una de esas historias bonitas que ocurren en la música clásica.
Llueve, por favor
Por Aleix Gomila Pons
Menorca se quema. A cada minuto que pasa, no queda nada. Esa isla, mi isla, mi casa, ya no existe. Las playas vacías, las calles sin casas, los bares sin gente. No hay nada. Toda una infancia desaparece. Tu vida se pierde. Todo lo que te rodea, ya no es.
Un año
Por Aleix Gomila Pons
Mañana viernes, si las cuentas no me fallan y el calendario no me traiciona, cumplo un año escribiendo Trombonista de barra de bar en Sustrato. Un año. Doce meses. Cuarenta artículos publicados.
Sarah Davachi: The Will of Tongues
Por Miguel Pardo
Hace unas semanas, tuve la oportunidad de conversar con la artista y teórica canadiense Sarah Davachi. La productora, que ahora reside en Los Ángeles, presenta esta semana su disco más ambicioso hasta la fecha: “The Will of Tongues”.
DobleFondo: Notas del Riverland Fest 2026
Por Jan Luca Nogal
Highlights y decepciones de una edición contundente para el recuerdo, como siempre con margen de mejora.
Elige tu propio Canela Party
Por Mj Bernáldez
Quizá eres de los que piensa que el Canela Party no es para ti. Es entendible porque hay una serie de leyendas alrededor del festival (...) Sí, hay una fiesta de disfraces. No, no es obligatorio disfrazarse
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Aleix Gomila Pons
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES