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24 horas
La última de las doce sinfonías de Haydn es la nº 104, conocida precisamente como "la Londres". La estrenó el 4 de mayo de 1795 en el King's Theatre de Haymarket.
20 de agosto 2026
La última de las doce sinfonías de Haydn es la nº 104, conocida precisamente como "la Londres". La estrenó el 4 de mayo de 1795 en el King's Theatre de Haymarket.
Cuando bajé del tren en Victoria Station la semana pasada, pasó una cosa que no esperaba. No era la primera vez que pisaba Londres. He estado varias veces. Con mi familia en fin de año. Con Cris un finde de escapada romántica. Siempre me ha gustado. Siempre he dicho que tiene un algo que te embriaga, que te deja con ganas de más, que si algún día no viviera en España probablemente viviría aquí. Siempre lo he dicho como se suelen decir estas cosas —medio en serio, medio como declaración estética, medio como frase que queda bien en una cena cuando alguien pregunta dónde vivirías si no vivieras en Madrid—.
Pero el otro día, al bajar del tren, al pisar el andén y mirar hacia arriba y ver esa marquesina victoriana de hierro y cristal con la luz londinense —siempre difícil de ver— colándose por los arcos, lo tuve claro. Y sólo tenía veinticuatro horas para confirmarlo.
Veinticuatro horas en Londres es una crueldad. Es como escuchar los primeros compases de una sinfonía y que alguien te arranque los auriculares antes de llegar al desarrollo. Llegas, empiezas a entender lo que está sonando, y te tienes que ir.
Estaba allí por trabajo. Una reunión a la mañana siguiente. Almuerzo entre medias. Vuelo de vuelta esa misma tarde. Lo justo para ver la ciudad como se ve desde un taxi, desde una terraza rápida, desde las ventanas de una sala de reuniones con vistas a un Támesis que no vas a poder pisar. Pero Londres es una ciudad que te encuentra incluso en esas condiciones. Y a mí me encontró en las calles.
Piccadilly Circus. Bedford Street. Bloomsbury Square. Birdcage Walk. York Road. Waterloo. Green Park. Curzon Street. Regent Street. Leicester Square. The Strand. Covent Garden. Charing Cross Road. Pall Mall. St. James's. Haymarket. Trafalgar.
Los nombres de las calles de Londres suenan como la lista de movimientos de una suite barroca. Cada uno tiene su carácter, su tempo, su tonalidad. Piccadilly sería el allegro, Birdcage Walk el adagio, Regent Street un minueto… Y así, interpretando cada calle y cada barrio.
Hay un compositor que entendió esto mejor que nadie, y que lo entendió porque le pasó exactamente lo que me pasó a mí: llegó a Londres por trabajo, se enamoró de la ciudad, y tuvo que irse sabiendo que probablemente no volvería.
Se llamaba Joseph Haydn. Y la historia merece ser contada despacio, porque es una de esas historias bonitas que ocurren en la música clásica.
Haydn llegó a Londres por primera vez en enero de 1791. Tenía cincuenta y ocho años. Había pasado casi treinta trabajando para la familia Esterházy en un palacio húngaro — componiendo sinfonías, óperas, cuartetos, misas, todo lo que le pidieran, con una disciplina y una productividad que hoy serían impensables (si a mi me pagaran lo que a él, también habría trabajado así) —. Era famoso en toda Europa, pero nunca había salido de Austria-Hungría. Y entonces murió su mecenas, el príncipe Nikolaus Esterházy, y Haydn se encontró de pronto libre por primera vez en su vida. Un empresario inglés llamado Johann Peter Salomon le ofreció viajar a Londres para componer y dirigir una serie de sinfonías. Y Haydn, a los cincuenta y ocho, hizo lo que cualquiera con sangre en las venas habría hecho: dijo que sí.
Haydn descubrió en Londres una ciudad que era todo lo que el palacio Esterházy no era: bulliciosa, mercantil, democrática, caótica, libre. Las salas de concierto de Londres no eran como las de Viena — aquí el público pagaba entrada, aplaudía cuando quería, gritaba encore si le gustaba una pieza, se iba a mitad si no le gustaba—. Haydn, acostumbrado a tocar para aristócratas educados que escuchaban en silencio, se encontró de pronto componiendo para una audiencia que reaccionaba. Que sentía. Que le devolvía la energía.
Entre 1791 y 1795 compuso doce sinfonías — las llamadas "Sinfonías de Londres"—. Son, por unanimidad casi total, las mejores sinfonías que escribió. Son más grandes, más audaces, más libres que todo lo anterior. Londres le hizo mejor compositor. La ciudad le dio algo que treinta años de palacio no le habían dado: permiso para sorprendernos.
La última de las doce es la Sinfonía nº 104, conocida precisamente como "la Londres". La estrenó el 4 de mayo de 1795 en el King's Theatre de Haymarket. Y Haydn sabía que era la última. No la última sinfonía de Londres. La última sinfonía de su vida. Tenía sesenta y tres años y no iba a escribir más. Lo escribió en su diario aquella noche, después del concierto: "Esta es la última sinfonía que escribiré."
Y aquí es donde la historia se vuelve extraordinaria, porque Haydn compuso su última sinfonía como una declaración de amor a la ciudad que le había dado la mejor música de su vida. El primer movimiento es el Londres del amanecer de invierno. La niebla sobre el Támesis, la ciudad que iba viendo despertar mientras a las 8 de la mañana me dirigía a la reunión pasando por mi cafetería favorita. Es loco (¿puedo poner eso?) pensar que mi cafetería favorita está en Londres. El contraste del primer movimiento era lo que yo sentía por mis venas al recorrer Greens Park a las ocho de la mañana.
El segundo movimiento es un andante. Es la ciudad vista desde el parque, cuando el mundo de alrededor se agita. Son esos quince minutos robados entre reuniones para salir, sentarte en un banco y mirar a la gente pasar. Ah, y a ese autobús rojo de dos plantas que va por la acera contraria. A veces, para descubrir, solo hay que dejar de correr. Quizá eso es lo que ocurre en el tercer movimiento. Ese minueto con trío es el Londres elegante. El de las fachadas de Mayfair, los teatros de Haymarket, las cenas en casas de la aristocracia inglesa donde Haydn era recibido como una celebridad. Hay en este tercer movimiento una gracia aristocrática que es específicamente londinense.
Y el cuarto movimiento: el finale. Un allegro spiritoso. Haydn lo construye sobre una música muy popular sabiendo que es su última sinfonía. Es el movimiento de alguien que se está despidiendo pero que se niega a estar triste. Es el Londres de la noche. El de los pubs que se llenan, las risas en la calle, esa vitalidad que la ciudad tiene a las once de la noche cuando en Madrid estamos cenando y en Londres ya están borrachos y felices. Es una despedida que suena a fiesta. Porque Haydn entendió algo que yo entendí la semana pasada en veinticuatro horas: que las mejores despedidas de Londres no son tristes. Son insuficientes.
Haydn se tuvo que ir sabiendo que se dejaba algo dentro de la ciudad. Volvió a Viena. Siguió componiendo — misas, oratorios, cuartetos—. Pero no volvió a escribir sinfonías. Las sinfonías eran de Londres. Se las dejó allí como quien se deja una camiseta en casa de su ex sabiendo que no va a volver a recogerlo.
Yo me dejé bastante menos. Una comida rápida en un sitio de Waterloo cuyo nombre ya he olvidado. Un café en un Pret A Manger que era idéntico a los otros quinientos Pret A Manger de la ciudad. Una caminata de una hora y media antes de la reunión por calles que sonaban como esta suite barroca. Y la certeza, esa que me golpeó al bajar del tren, de que si algún día la vida me lleva fuera de España, el sitio está elegido. A ver si a Cris le parece bien.
Lo que tiene Londres es que no te pide que te quedes. No te seduce como París, que te mira a los ojos y te dice quédate. No te absorbe tampoco como Nueva York, que te grita ven desde el otro lado del Atlántico. Y mira que en Nueva York me habría quedado, eh. Londres simplemente está ahí. Funcionando. Moviéndose. Sin pedirte nada. Y es esa falta de petición la que te engancha, porque lo que no te pide nada es lo que más te cuesta dejar.
Haydn lo entendió en 1795. Yo lo entendí la semana pasada en veinticuatro horas. Y probablemente lo volveré a entender la próxima vez que baje de un tren en Victoria Station o Waterloo y la marquesina de hierro y cristal me reciba con esa luz londinense que no se parece a ninguna otra luz del mundo.
Veinticuatro horas. Una sinfonía dura cuarenta minutos. Un amor por una ciudad dura toda la vida. Y la próxima vez, me quedo un día más. Aunque solo sea para escuchar el segundo movimiento desde un banco de Green Park, sin prisa, sin ninguna reunión y sin vuelo de vuelta.
Aunque Haydn tampoco se quedó. Y mira lo que escribió.
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