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FSTVL B 26: Trae la droga, yo traigo la pena
Bajo las gafas de sol se humedecían algunas ojeras.
1 de octubre 2026
(Nota del editor: en este texto figuraba previamente Jorge Burón como autor, pero la autora es, evidentemente Nadia Risueño)
Barcelona es una mujer muy guapa que cobra por dejarte dormir dentro de ella.
Barcelona es una ciudad preciosa donde casi todo el mundo está intentando conseguir dinero para poder quedarse un poco más.
Aquella noche, Barcelona era una fiesta. Nos lo pudimos montar con menos de veinte euros.
Las niñas lucían botas de pelo sintético pese al calor que desprendía la ciudad. Todo aquello de antes muerta que sencilla. Los niños apostaban por gorras Gucci falsas ladeadas, pelos recién salidos del barbero y gafas Carrera.
Azotados cuerpos se hacinaban para ver a 8belial. Que no se demoró y dejó ver su corona barroca ornamentada, formada por filigranas, volutas y motivos florales, con un acabado metálico y una presencia teatral y regia. Un niño guapo. Que dejaría de ser guapo si sólo fuese Marcos Nicolás Arenas. Ese es nombre de cualquiera. Pero 8belial es otra cosa y a las niñas las lleva locas.
«Buyate’, quilate’, veinte raxets en un yate (…) Perra con implantes, hija de traficantes»
A mitad de concierto dejamos a los chavales de gorras ladeadas de lado y fuimos a mover el culo con la Mushka. Ante todo nosotras somos del equipo de las chicas. Contemplé una escena emocionante: una madre acompañaba a la que imaginé sería su hija menor de edad y a un par de amigas de la misma. Las miraba desde atrás, sin entender bien nada pero sosteniendo las chaquetas y las botellas de agua. Las niñas se abrazaban y cantaban a viva voz.
Es un lujo estar rodeada de lesbianas.
Es un verdadero lujo.
Aunque acontecimiento de la noche está claro: hoy canta Fernando. Nuestro Fernando. El Fernando que sonaba en el coche de mi madre cuando ADROMICFMS reventaba. Cuando todo el mundo trataba de encajar quién era aquel tío de dientes podridos.
Un poeta o un delincuente.
España se rociaba en trap por entonces. Éramos felices. Éramos menores de edad. Éramos inexpertos. Y sonaba en los pasillos de nuestras casas: La Vendición, papi.
Decía Mónica Franco sobre PXXR GVNG: han sabido cоmunicar que todo es un derrumbe moral, lo único que nos queda es conseguir hacer billetes de la forma más sencilla posible para evitar que nos jodan más de la cuenta.
Todos estuvimos allí, ante una estructura monumental, de dimensiones descomunales, que permanecía en el escenario impasible y cubierta por una gran tela opaca. Por su silueta, que dejaba entrever una forma vertical y simétrica, parecía insinuar una especie de cruz o un enorme símbolo todavía imposible de identificar.
Fernando apareció sin más rodeos. Claro y directo. Delante de la gran escultura, con unos pantalones de cuero negros, extremadamente ceñidos, de corte skinny, unos pitillos llevados al extremo. ¿Han vuelto los pitillos? Si los lleva Fernando, probablemente la respuesta sea sí.
De su cuello colgaban cadenas de proporciones exageradas, formadas por gruesos eslabones tipo Slick Rick, cubiertos de brillantes. Llevar una chain es un mensaje. Una estética maximalista, ostentosa y deliberadamente pesada: es proporcional el tamaño a lo que ha costado conseguirlas. Más cerca de ser una armadura que un simple complemento.
«Me cogieron tirria por las cadena’»
La tela cayó y aquello que parecía una cruz adquirió una forma distinta: era un gigantesco robot humanoide, una especie de Transformer de aspecto futurista.
Me impresionó la quietud de los espectadores. Parecíamos estar todos pasmados ante la idea de Fernando. En las puertas del cielo. Quizás la falta de movimiento se debía a la falta de espacio, ya que estábamos como sardinas en lata. Compartíamos sudor.
Poco a poco, la falta de espacio dejó de ser una excusa. El cuerpo se fue soltando y respondíamos a un movimiento grupal. Las cabezas se agitaban solas. Había quien parecía estar poseído.
Uno de mis momentos favoritos fue cuando Fernando presentó a un invitado un tanto especial: un perro cuadrúpedo robot. Un lujo del futuro. Una forma de apropiarse de los signos materiales del poder aunque no pertenezca al mundo que los produce. El perro robot cuadrúpedo se utiliza sobre todo para realizar tareas que pueden ser peligrosas, repetitivas o difíciles para una persona como inspeccionar fábricas, obras y centrales, recorrer terrenos complicados, vigilar instalaciones, recopilar datos mediante cámaras y sensores y, en algunos casos, trabajar en lugares donde sería arriesgado enviar a un trabajador. Es decir, un chivato.
Pero el giro es otro: La tecnología que pertenece al capital acaba al servicio del espectáculo de alguien procedente de los márgenes. El perro robot hacía twerking. Lo juro. Lo vi hacer el pino meneando el culo. Funciona exactamente como una desclasificación estética de la tecnología. Silicon Valley vs. Yung Beef. La máquina del capitalismo ha sido domesticada por los pobres y ahora perrea en nuestros escenarios.
La genialidad más absoluta.
La comedia más bárbara.
Sonó “Ready pa morir” y lágrimas cayeron. Esa canción que nos quitó el sueño durante tantos días. Esa canción con la que volvíamos a casa destrozados. Con la que recordar que hubo un tiempo mejor, donde estabas más guapa, menos borracha y con más amigos que ahora. El juicio final secular.
«La droga no me quita la ansiedad / ni tu gata mata mi curiosidad»
Fue una especie de acto ceremonioso. Un casarse con la muerte. Asumir que estamos todos algo deprimidos. Bajo las gafas de sol, se humedecían algunas ojeras. Las gargantas chirriaban. Un momento celestial de unión con la humanidad donde pude ver que el dolor era tan amplio, tan solemne.
Vi el dolor de las niñas de botas de pelo sintético. De los niños de gorra ladeada. Supe que yo no sufro más que nadie. Que cada cual sufre estrepitosamente. Torpemente. Que sufrir es un arte humano. Un vicio cruel.
Yung Beef dejaba caer sus piernas del gigantesco Transformer. Estábamos abandonados frente al Padre. Nosotros somos sus hijos.
Barcelona esa noche no era una mujer burguesa. Era una mujer del Raval. Una mujer de dientes torcidos e ideas firmes. Barcelona era una mujer con curvas, despampanante. Fumadora hasta la extenuación. Cuenta la leyenda —las malas lenguas— que aquella noche, desde el Fórum, podía verse una nube de humo enorme elevarse hacia el cielo. Una postal bellísima.
Como todo en la vida es humor y cambios drásticos, Fernando no nos dejó marchar con el corazón encogido. Eso no es lo suyo. Lo suyo es combinar muerte y exceso. Así que nos dejó irnos cantando:
«Co-co-coca y marihuana, nos vamos de galaTe convierto el club en una boda gitana(..)Lléname de oro, puta, soy el CigalaLléname de oro, puta, soy el Cigala»
La calle no ha muerto. Saltando entre toda esa gente lo supe. Supe que la calle no ha muerto.
Sería imposible no llamar a esto poesía. Sería imposible.
«Antes las personas como yo las tiraban pa’ un pozoTengo putas loca’, Federico García Lorca»
«Me ves high baby, con botellas y con babies, pero en verdad I wanna cry, lil baby girl»
«Y ahora todas las noches sueño que consumo»
Entre Prince y El Torta. Es imposible no sentir algo. Un fallo en el sistema.
Las luces se apagaron. La música dejó de sonar. La gente comenzó a caminar. Chorreaban nuestras frentes brillantes. Nos sentamos a fumar.
Acabamos de vivir algo sucio y bello. Todos lo sabemos.
Los pobres han llegado para quedarse. Para ser cabeza de cartel. Los pobres saben del éxito porque conocen la desgracia. Saben bregar con la vida y por eso no temen la muerte. Tantas veces fue deseada. Ahora esos niños pijos cantan estas canciones. Ahora esas niñas de papá graban stories cuando suena aquello de “El juego lleno de putas, Only Fans”. Más de un padre debe estar asustado.
Quizá por eso también resulte interesante tomarse a Yung Beef en serio. No porque todo lo que diga sea profundo, sino porque durante mucho tiempo hemos reservado la dignidad intelectual a determinadas formas culturales y hemos considerado que hablar de dinero, putas, drogas, violencia o fama era hablar de asuntos menores. Fernando nos obliga a invertir esa jerarquía. Su vulgaridad no es la ausencia de pensamiento, sino, precisamente, el pensamiento sin la presión de parecer respetable.
Pero, ¿quién puede temer a un poeta enloquecido? Toda la historia de España va justamente de eso.
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