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Napoli
Todo el mundo está haciendo el amor constantemente. Hacen el amor mientras hablan, comprando el periódico o mordiendo una sfogliatella.
19 de octubre 2026
Napoli: Que no se pierda el azul eléctrico
El cielo truena estrepitosamente desde las alturas. Retumba un rayo sobre otro. El cielo se incendia durante 10 largos segundos. El avión se tambalea.
Es de noche y los guiris (los guiris como nosotros) andan perdidos. Han llegado ustedes a su destino.
Nápoles: la ciudad del sol.
En un taxi pirata nos adentramos. No nos interesan los taxis convencionales. Queremos lo ilegal. Queremos lo gamberro. 5 euros por cabeza. En cash.
Subimos con otros dos españoles, que no acaban de fiarse del método clandestino.
La primera noche en una ciudad desconocida se asemeja a un mal viaje por intoxicación alimentaria. Un dolor de barriga pintado por Dalí. Todo resulta deforme. Las caras de los otros son monstruosas, amenazan. Los paisajes son inhóspitos. La comida sabe a veneno. Estamos seguros de que alguien trata de asesinarnos.
Un vino para sobrellevar el desconcierto.
Y un patín eléctrico en el que dar vueltas sobre la misma esquina. Casi imposible salir de estas tres calles. No hay más ciudad que esta. Estas tres esquinas que nos secuestran.
En la Galleria Umberto I, un grupo de críos disputan un partido de fútbol. Nápoles vs. Juventus de Turín. Sus camisetas falsas sudan pesadas. Caen chorros de oro líquido sobre sus frentes. La ciudad es suya. Tienen las llaves.
Yo paseo con unos jeans que arrastran por los suelos. Llevo en la mano una botella de agua fría recién comprada. Los niños me piden un par de tragos. No volveré a ver la botella. Y, en efecto, así sucede. Se la pasan entre ellos y beben de mi agua. Me dejo robar. Me dejo robar por ellos.
La lluvia cae suave como una caricia. Los guiris llevan chubasqueros baratos. Nosotros preferimos mojarnos la piel. Agua napolitana. Bautizo premium.
La noche se mezcla con la enfermedad. Los elefantes bajan las persianas de los restaurantes. De las paredes cae mermelada espesa de frambuesa.
Nápoles es una ciudad calenturienta. Sexy. Cuando sale el sol al día siguiente, consigo ver con nitidez lo que anoche me parecía un laberinto. Paseo en chanclas hasta la extenuación. Tengo los pies de Cristo.
Las mujeres son corpulentas. De culo redondo. Labios gordos. Un lunar en la comisura del labio. Pelo negro azabache. Querría vivir una gran historia de amor con todas ellas. De la más vieja a la más joven. Dejarme abrazar por brazos napolitanos. Ser mecida por los senos de todas ellas. Comer sobre sus tripas. Comer espaguetis sobre sus ombligos.
Los hombres son barrigudos. Finos, otros tantos. Me seducen por igual. De cara agitanada, manos rápidas como pájaros asustados. La piel abrasada. Un tatuaje mal curado en el pecho. Todos son un Don Juan. Todos son, de hecho, el mismo Don Juan. A la moto de todos ellos subiría. Y en lo alto de Napoli, escuchar las historias más aterradoras de la ciudad, recostada sobre su moto fumando de sus manos.
En Nápoles todo el mundo está haciendo el amor constantemente. Hacen el amor mientras hablan, comprando el periódico o mordiendo una sfogliatella. Todo es sexo. Todo es muerte. Las paredes están empapeladas de muertos. Hay que recordarle a la ciudad que la posibilidad de morir existe para que entonces vivan, vivan, vivan.
D. Maradona: Los que me enterraron publicaron selfies junto a mi ataúd abierto.
Una estampita para Diego. Vi, en el Bar Nilo, el famoso mechón de pelo de Maradona. Pensé cómo habrá llegado hasta allí. Si alguien se lo arrancó mientras se escabullía de los paparazis. Si fue una amante la que lo cortó premeditadamente mientras roncaba en su cama. La posibilidad de que no fuese suyo. Que fuese de cualquiera y que nos hubieran hecho creer que estábamos ante el último vestigio orgánico de Maradona. Me fijé en el pelo del camarero. Calvo y blanquecino. Imposible.
No hay forma alguna de que yo no crea en los milagros en Nápoles. De modo que estoy frente a un pelo de Maradona. Abismal.
«Yo los milagros de San Gennaro no los he visto. Los de Maradona sí», asegura el barista.
Una ciudad marginada social y económicamente que se coló entre las grandes urbes italianas gracias al argentino. Una revolución cultural. También ahora los barrios se lucran del nombre. Hay que saber sacar tajada.
Cuando llegué, ya de noche, a contemplar el famoso mural de Diego, la vecina dueña de la ventana que enmarca el rostro del futbolista —la misma que tiene el poder de abrirla y cerrarla— debió de decidir que aquella era una buena noche para ventilar la casa. Justo en ese instante. No pude ver la cara de Diego. Sólo pude ver el cuerpo.
No me quedó más remedio que entender que justo así es la vida. Y me reí por ello.
Una mujer sostenía en brazos a un bebé recién nacido, detrás en la moto. Un hombre se santiguaba ante la foto de Maradona con su abrigo de pelo blanco. Lo besaba. Como un ritual nocturno, siempre antes de dormir.
Una moto desfila calle abajo entre callejuelas donde es posible esconderse de la policía. Un barrio no es un barrio si no puedes esconderte en él. Un barrio propiamente entendido, en el sentido más estricto. No lo que se dice ahora: que ahora todo es barrio. Entonces, barrio no es nada. Su origen etimológico es: proviene del árabe hispánico bárri (que significa «exterior»), derivado del árabe clásico barrī («salvaje» o «de las afueras»). La escena fue digna de Fellini.
Dos chiquillos, por supuesto sin casco y encamisados por lo que la noche les pudiese ofrecer, iban escaneando a las niñas. Justo frente a mí, avistaron a su objetivo. Detuvieron la moto. Héroes nocturnos.
NIÑO: Sei sposata?
NIÑA: Sì, sono sposata.
NIÑO: Che peccato, non importa. Avrai dei figli bellissimi.
La moto expulsó un humo negro cuando aceleró, dejando unas risas en la calle, que ya dormirían allí. Así se decoran las paredes de este lugar: con romances imposibles. Bebimos y bebimos. Las chonis ocupaban las plazas con su carisma.
Otra noche que pasaba como si la vida tuviese sentido único. Como si se abriese un camino ante mí espiritual y claro.
A la luz del día, buscamos playas escondidas. Una escalera nos llevaría a nuestro objetivo. No sin antes obligarnos a jugar un poco. ¿Dónde están esas escaleras? ¿Por dónde se desciende? Casi mejor dejarse caer, siempre caer en vertical, estamparse contra la arena de la playa. Quizás morir.
Las pieles eran morenas de infarto. Las mujeres lucían sus curvas. Sus curvas fumaban Regina.
En el mar napolitano, finalmente, sí me dejé morir. Imaginé que en aquella casita que se veía a lo lejos podría haber un hueco para mí. Una alfombra donde dejarme dormir. Una silla donde aposentar mi culo y que me dejasen permanecer allí, solo observando.
Frente al Vesubio. Cómo se ponga bravo. Ay, cómo se ponga bravo. No somos nada.
Ciudad bendita. Yo que venía de desplomar a Dios. ¿Qué queda ahora? ¿Dónde me dirijo? Nápoles está rota. Está rota como yo. Lo pasé bien. Yo soy parte de este lugar. Creo que soy parecida a esta ciudad. Sin reglas. Todo aquí es bello, canalla e ilegal. Fumando mucho, bebiendo vino. Soñando: ¿Y si no vuelvo?
Da ganas de vivir.
Volví a casa. Me preguntaron cuál era mi nombre y solo pude responder: mi nombre es Diego.
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