Lugares

Caballeros del Valle

En el ombligo de la luna, allá en el centro sur del Anáhuac, hay un templo erguido al cuidado masculino.

19 de octubre 2026 · 2 comentarios


Muchos años después, frente a la cortina de la bañera, el coronel Greñas De la Mañana había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a cortarse el pelo. Imagínese usted, un soldado despeinado. 

Cuando hablamos de pelos, entre caballeros, nos referimos a los de la cabeza. Cuando hablamos de caballeros, es imperativo homenajear a don Tom. Se llamaría Tomás, quizás, en otra vida. Cuando yo tenía dinero, me llamaban don Tomás // Como ahora ya no lo tengo, me llaman Tomás na’ más. Se murió como se mueren los cabrones y los peluqueros, con el filo entre las manos. Que descanse en paz. 

En el ombligo de la luna, allá en el centro sur del Anáhuac, hay un templo erguido al cuidado masculino. Para encontrarlo en un mapa, solo hace falta abrir los ojos y buscar la Peluquería Del Valle, que si bien es la concepción más estereotípica de una barbería, sépase que don Tom inventó el género. Para más referencias, haga el favor de consultar a Heródoto. 

Pertinente es, también, comentar a grandes rasgos los detalles del decorado mientras esperamos a que nos atienda don Tom, también conocido como “el mochaorejas tres mil a.c”, porque en la Peluquería del Valle hay que hacer fila aunque uno llegue con cita. En las paredes, pornografía suave y en blanco y negro. Las vulgaridades no son bienvenidas, tampoco el pago con tarjeta. María Félix, Dolores del Río y Silvia Pinal, entre otras, son las musas del famoso casquete corto desde que el casquete es casquete y lo corto es corto por obra y gracia de aquel hombre que, luego de la cuña, ingenió las tijeras. Repartidos entre la clientela, los números seriados de las historietas de Memín Pinguín. Si usted no conoce a este personaje de Yolanda Vargas, mejor ni lo busque. Sobre su mesa de trabajo, al ras, fierros oxidados y un busto a escala del señor exPresidente Adolfo López Mateos (1958 – 1964). Otra vez la T y la O. Son Mateos y Tom contra la naturaleza indomable del paso del tiempo que se mide en centímetros y no puede suspenderse ni siquiera usando aerosol. 

Por fin estamos sentados frente al pelotón de fusilamiento, mi papá y yo. Los huesos a modo de don Tom, que ya se parecen mucho a los de la Santa Muerte, exceden en experiencia, pero no en fuerza, a las manos venosas de mi padre. Las mías son pequeñas, como las de mamá, y más suaves que las de mi hermano. Dejé de morderme las uñas de un día para otro y con la misma decisión pienso dejar todo lo que me marea cuando vaya a sentar cabeza. De momento, no dejo de jugar con el descansabrazos de piel parcheada de la silla levadiza que se acciona con un pedal. Estoy sentado a la derecha de mi padre. Más tarde compartiremos el pan todos juntos. Frente a nosotros, en una columna estructural que interrumpe nuestra imagen salpicada, hay una hoja impresa con las únicas dos opciones que puede concebir nuestro sexo: 


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Papá sabe qué es lo que quiere. Su hermano mayor y mi abuelo llevan el mismo arreglo y del mismo largo, solo que el del abuelo es níveo, el de mi tío es pinto, y el de papá es como el azabache. Se peinan para atrás con un cepillo de pelo y Wildroot, que es una suerte de acondicionador perfumado. Durante meses dormí con la cabeza metida en una media para conseguir descubrirme la frente. 

Hoy don Tom es un aficionado del ajedrez y es de izquierda, pero la última vez que lo visitamos le había apostado todo a un boxeador amateur y quería votar a los vampiros. “Cuando termine con ustedes voy a ir a las oficinas del partido para afiliarme.” No es el mejor momento para cuestionar los giros identitarios de la herrería punzocortante. Mi cuello está literalmente de por medio y aún desconozco la etimología de la democracia. En cualquier caso, es normal preguntarse y querer preguntar si a él sí le hizo justicia la revolución. Ahora bien, sería reduccionista afirmar que la única constante que conoce don Tom es el trabajo duro, porque también le es fiel a su debilidad por Adolfo López Mateos. “Este busto me lo regaló el señor presidente.” Al relamido bronce, el viento le hace lo mismo que a Juárez. Si yo fuera presidente, o sea, si también yo fuera metrosexual, igualmente le dejaría un retrato mío en 4D a mi peluquero como propina por su servicio a la nación. 

Muchos años después, frente a la cortina de la bañera, el coronel Greñas De la Mañana había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a cortarse el pelo. Imagínese usted, un soldado despeinado. A cierta edad, sin importar el rango, a uno le crecen a la misma velocidad las patillas y el pelo de la nariz. Todos los hombres son iguales. Si reconozco quién soy, es porque me saltan las venas cuando me esfuerzo. Tengo callos en los callos. 

El arquitecto me concedió el capricho de pagar diez pesos más para que pudiera adoptar el look que yo quería. Aun así, en un rato, cuando llamen a la puerta y esté sentado en el banco que puse junto al lavamanos, me tocará pedirle a T**** O***** que, por favor, me deje la cabeza igual que como estaba antes. Es un buen tipo. Será por eso que no me cobra estos vis-à-vis. Además, él no necesita el dinero, en sus manos no hay algo tan frágil como un recién nacido, un negocio o un país que es tierra de nadie. Le basta con una conversación entre caballeros. La vez pasada, entre tijeretazos que pasan demasiado cerca del hélix de mi oreja, puntas secándose en el suelo y cosas de hombres, hablamos del futuro. Hoy quiero hablar de don Tom. 

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