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Ardora, una casa para mirar el mar
Lo que ahora llaman coliving, para las cuatro hermanas significaba simplemente vivir en familia.
21 de octubre 2026
La luz de la luna reflejada sobre un manto de agua. Ese reflejo metálico, a veces perlado, a veces de tonalidades anaranjadas. Metálico como las carcasas de unas pequeñas casas que llevan el nombre de una luz que nace del propio mar.
Ardora es como los gallegos llaman a esa luminiscencia que algunas noches enciende las aguas del Atlántico desde dentro.
Nada nuevo ni sorprendente en una tierra tan mágica, donde encuentran nombres para apropiarse de lugares, momentos, sensaciones y emociones. Qué os voy a contar. Galicia me robó el corazón y le pertenece desde hace años. A veces fantaseo con la idea de que hay vestigios celtas en mí, que en otra vida habité esta tierra, o me consuelo pensando que he encontrado un remanso en el norte al que puedo llamar hogar.
Esta vez el escenario ha sido Aldán, en la península de O Morrazo. Hace tiempo descubrí las casitas de la familia Barrio, cuatro construcciones revestidas de zinc que se asoman a la ría, proyectadas por el arquitecto gallego Alfonso Penela en 2005.
Marisa y sus hermanas me cuentan que, donde antes había una pequeña casa familiar sobre un terreno en pendiente frente a la playa, imaginaron un lugar en el que algún día pudieran vivir las cuatro, juntas, sin renunciar a su independencia. Cuatro viviendas conectadas entre sí mediante puertas, escaleras y espacios compartidos, capaces de funcionar como una sola casa o de preservar la intimidad de cada una.
De eso hace ya más de veinte años. Visionarias ellas. Lo que ahora llaman coliving, para las cuatro hermanas significaba simplemente vivir en familia. Tenerse cerca. Compartir la vida sin renunciar a la propia. Hasta que llegase ese momento, decidieron abrir las puertas de sus casas a otros amantes del mar.
Y allí nos encontramos nosotras.
Nada más entrar, el olor del cedro. La madera recubre paredes y techos, envuelve los espacios y contrasta con la piel metálica que protege las casas del clima atlántico. Hay libros, objetos reunidos a lo largo de una vida, piezas de diseño que conviven con otras más anónimas. Todo habla, de algún modo, de Marisa y de su universo. De una manera de entender la belleza que no parece responder a ninguna voluntad de exhibición.
Pero, por encima de todo, están las ventanas.
Enormes cristaleras que convierten el paisaje en parte de la casa. Desde ellas observamos las diferentes escenas que suceden al otro lado. Un mar y un cielo en constante transformación. Un baile de elementos. Bruma, nubes bajas, cielos despejados, la marea subiendo y bajando, equipos de remo dejando estelas sobre el agua, noches estrelladas, la luna (por supuesto) ardiendo con fuerza.
Y todo el presente pidiendo no ser aplazado.
La vida transcurre. Es ahora, decíamos.
Y la mirada de una niña te enseña mucho de eso. Abril lo sabe bien. Rebosa primavera. Tiene todas las estaciones dentro, las vive y las descubre como si cada día, cada momento, fuese la primera vez. Se detiene donde los adultos pasamos de largo. Observa lo que apenas vemos. Todo merece una pregunta, una mirada, unos minutos más.
¿Será eso la verdad?
Quizá vivir consista también en conservar algo de esa disposición al descubrimiento. En aprender a mirar sin anticipar lo que vamos a encontrar. Vivir como si estuviésemos siempre de viaje. Devota caminante.
Ahora me encuentro en A Coruña leyendo a Luis Seoane: En pintura non abra a boca antes de abrir os ollos. Esa sensación no solo me asalta frente a la pintura o cualquier otra disciplina artística; suele invadirme cuando me expongo o me sumerjo en la naturaleza. El arte en mayúsculas.
Pienso de nuevo en Ardora. En las horas frente a aquellas cristaleras, en la luz que cambiaba de tonalidad sin que apenas nos diésemos cuenta, en la playa que aparecía y desaparecía con las mareas. En el silencio de la casa, interrumpido por alguna conversación o por el sonido del mar.
En Ardora reina el silencio y es justo que eso permanezca y se preserve el mayor tiempo posible. Como cuando se disfruta de un cuadro en cualquier museo o galería. Basta con estar. Con abrir los ojos.
Mary Oliver compartió en uno de sus poemas tres instrucciones para la vida: prestar atención, rendirse al asombro y contarlo.
Contarlo es lo de menos. Yo trato de hacerlo aquí, pero nunca nada hace justicia al todo. A veces pienso que escribir sobre ciertos lugares es una forma de prolongar la estancia, de resistirse un poco a que terminen. Aunque quizá baste con limitarnos a esa bella rendición.
Las resacas suelen estar a la altura del éxtasis del momento. Esta promete, no os voy a mentir. Otoño viene fuerte y, por suerte, la luna sigue visitándonos cada noche.
Hoy somos verdad. Mañana seremos memoria.
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