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Consideraciones breves sobre la jornada laboral

Yo vengo cansada de fábrica. Se hereda de madres a hijas vía placentaria.

4 de noviembre 2026 · 1 comentario


Un trabajo es una forma de morir. Eres secuestrada en un lugar. Si tienes suerte, dispones de algo de luz natural. En el peor de los casos, deambulas por subterráneos mineros disfrazados de tiendas estéticas, con paneles que simulan la luz del sol. La mente se abstrae: te quedas en blanco durante largas horas, sin espacio para la reflexión ni el debate. Todo gira en torno a las paredes que te rodean. Hay una pequeña historia que acaba creándose: consigues discernir cuándo un cuadro se ha desnivelado un milímetro. El tiempo no existe. Tus compañeros —esos entes de quita y pon— son el único territorio que avistas. Celebras con ellos sus victorias, aunque queden lejos de las tuyas. Te preocupas por preguntarles cómo les fue aquel examen o si a su madre le gustó el regalo. Pero no podrías decirme nada más de ellos. No podrías decirme si tiemblan al dormir. Si alguna vez subieron las escaleras de un edificio emblemático con la idea de lanzarse al llegar arriba. No podrías decirme si se emocionan cuando se encienden las farolas. Ni si alguna vez amaron.

Te has convertido en una rata de laboratorio. Te están poniendo a prueba. Sales con los ojos hechos canicas y un dolor al final de la espalda.

Suelo pensar en pasar ocho horas flotando en el agua del mar Mediterráneo —mi hogar— o en pasar ocho horas besándome con alguien. Ocho eternas y ásperas horas que acabarían, en el primer caso, desdibujándome las yemas de los dedos, blanqueando e hinchando el cuerpo entero, hasta que las arrugas fueran tan severas que ya no hubiera diferencia entre la mujer que soy y un alga marina, una piedra o una lancha que ha perdido el oxígeno. En el segundo caso, acabaría con los labios hechos trizas. Y lo peor: con un aburrimiento supremo. Se deslegitimaría el beso o el disfrute de flotar por flotar.

Lo mismo ocurre con el trabajo. Ocho horas son demasiadas. Te pongas como te pongas. ¿Qué cosas harías durante ocho tediosas y largas horas? Con media hora para comer, eso sí. Pero, de forma seguida, ¿qué harías aparte de dormir?

Yo me imaginaba —ilusa de mí— que tendría un trabajo de oficinista, de cajera del Mercadona o de esteticista. Me gustaba imaginar cómo iría vestida a la oficina, con faldas de tubo y un maletín sospechoso. Me gustaba el pitido que emitía la caja del Mercadona y la cercanía con la que hablaban las cajeras con las clientas. De la esteticista, recuerdo especialmente a la que tuve cuando era adolescente y me quitó mis primeros pelos. Trabajaba en el garaje de sus padres y creo que lo que verdaderamente me emocionaba era subir al coche con mi hermana y mi madre. Conducir hasta allí, peludas, y volver, tras una tarde un tanto dolorosa que habíamos pasado juntas, ya depiladitas.

Hoy es la primera noche que duermo con mi edredón de plumas recién comprado. Cuesta un pastizal que en otro momento no habría podido afrontar. Ayer, cuando fui capaz de meterme dentro de él, no encontraba una posición que aliviara el dolor de cuello. Mucho menos los pensamientos que emitía mi cabeza. Ese dolor agudo en la espalda. Un ruido en los oídos que no se detiene. He traído al gentío a mi cama. Retumban las voces, los pitidos y la música de mierda que ponen en las tiendas. Mis piernas nerviosas no dejan de moverse en busca de una posición que no moleste.

Me convenzo de que tendré un sueño bonito. Un sueño que relajará mi sistema nervioso. Soñaré con pájaros de tamaño monstruoso que me subirán a su lomo para sobrevolar el Machu Picchu. Pero mi sorpresa es otra: sueño que sigo trabajando. Mi jornada laboral se extiende hasta los sueños. 

Me despego las sábanas del cuerpo con desidia y pereza. En los momentos de mi vida en que trabajo mucho, mi cama es mi gran amante. Pienso en ella todo el día, deseosa de lanzarme a sus brazos. Me gusta comer en ella, dejar los platos en el suelo y pisarlos cuando me levanto para afrontar una larga jornada de trabajo. 

Nunca amé tanto nada como mi cama tras ocho horas de secuestro. Hay algo de animal doméstico en la manera en que regreso a ella.

Yo vengo cansada de fábrica. Se hereda de madres a hijas vía placentaria. Se coloca el dolor en el costado derecho. Lo notas al tumbarte. El mismo dolor por el que estudiaste. El mismo dolor por el que juraste que no volverías a casa tan destruida como tu madre.

Despierto angustiada a las 7:30. Hoy es mi día libre. He escrito esto para sentir que aún sé conjugar palabras. Que aún sé escribir tres palabrejas de tres al cuarto. Mañana volveré a amar la cama. Pero hoy es viernes y la vida me pide vida.

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