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Influencers: Parecen candeleros infelices, escobas

Dejemos de pagarles la vida. Dejemos de pagarles el bótox. España necesita pensadores, no bufones.

31 de agosto 2026 · 1 comentario


Decía Antonio Gala, siempre acertado: En España, muchas veces, hablar solo es la única manera de tener una conversación coherente.


Mis influencias siempre estuvieron a pocos metros de mi casa. Mi amiga María José, que creció en un barrio roto y estudió Políticas para repararlo. La familia de mi amigo Romeo, que vino desde Uruguay a buscar una vida digna. La mayor de las hermanas de mi madre, que aún toma la pastilla de la quimioterapia mientras limpia escaleras.


La caída de los influencers está a la vuelta de la esquina. Eso anuncian las malas lenguas.


Si cae toda esa panda de desempleados, no seré yo quien se queje.


No voy en contra de ellos. Que también: esos que celebran la adquisición de su primer Louis Vuitton y que le gritan a la pantalla de su último iPhone. Le va a explotar la vena del cuello a la Natalia Palacios.


Voy contra la fabricación industrial de la autoridad. Defiendo a quienes cuya experiencia les haya dado algo que decir. Lo contrario de la tal RoRo, que no sabe ni en qué manos cae el dinero que dona a causas benéficas. Me repele por completo. Su cara de niña buena que cocina entre susurros. Una santa de pacotilla, toda la vida con cara de estar tomando la comunión.


Mi María José tiene algo que los influencers no tienen: un capital cultural adquirido mediante esfuerzo y experiencia social. Tiene calle, que se dice ahora. Al igual que una familia de toda la vida, que de nombre de TikTok usan Mifamiliamolona (esto es molar y no lo otro), hablan del tema, recostados en el sofá:


ELLA: Ha llegado la caída de los influencers y ni hemos opinado.

ÉL: Yo soy camionero todavía. Si yo me considerara influencer, hubiera ido ya a las Maldivas y yo la Maldivas no sé ni dónde están.


Por ello, declaro, a ser posible, el anti-espectáculo.


Que comer vuelva a ser eso: comer. No quiero saber qué es una smash burger ni un açaí. ¿Qué cojones es un açaí y por qué todos performamos que lo sabemos? Esta obligación estúpida de fingir familiaridad con cosas que el mercado ha decidido comercializar.


Que la intimidad vuelva a ser eso: intimidad. No quiero ver cómo lloras en el coche ni cómo tu abuela pierde la vida en una cama de hospital.


Que la vida vuelva a ser eso: vida. Algo imposible de comercializar.


Si cae toda esa panda de desempleados, no seré yo quien se queje.


La historia de los influencers tiene poca trayectoria. Con YouTube pasamos de ver estrellas en platós colosales a ver a un tío medio raro en su habitación. Nos hizo sentir bien. Todos podíamos ser estrellas. Como siempre, no hay un lugar por donde no se cuele el capitalismo. Es amorfo. Se cuela como una niña avispada en una discoteca +21. Estamos asistiendo al capitalismo influencer: vender la propia identidad como superficie donde otros colocan mercancías. Lolalolita es una empresa. Tenemos que decirlo más veces: Lolalolita es una empresa. Un cuerpo al que le visten marcas. Una cara a la que inundar de potingues. El repartidor de Correos debe estar cansado de tocar al mismo timbre.


No niego lo evidente: están explotadas. Siempre guapas, siempre disponibles, siempre delgadas, siempre depiladas. Debe ser agotador estar siempre ready. Su cuerpo es una herramienta de trabajo. El influencer es también un trabajador obligado a mantener en condiciones óptimas su propio objeto de trabajo: él mismo.


Pero, Fabiana Sevillano, hija mía, de ahí a decir que «La gente ha tenido tres meses de vacaciones, yo he tenido un mes». Intuyo que desconoce que las vacaciones de los trabajadores son algo distintas a las escolares. Como intuyo que no ha visto el cuerpo de un obrero yacer en un sofá todas las tardes, abatido. Si el cansancio para ellas es eso: ¡Qué deseo de cansarme! ¡Qué gran deseo de estar agotada!


No todos los trabajos agotan del mismo modo, ni todos los trabajadores disponen de los mismos medios para producir. El problema es quién posee los medios de producción, quién puede transformar su propia vida en capital y quién, en cambio, solo posee su cuerpo y tiene que vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. La diferencia es clara: estar cansada puede estar cualquiera. Estar gastada es otra cosa.

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@ceryoficial en Tiktok

Necesitamos gente más preparada. Creo que somos capaces de lograrlo. Derecho a entretenerse, sí. Yo también scrolleo en TikTok a altas horas de la noche buscando un destello de risa. Algo que me haga soportar la noche. Algo que me haga no pensar en madrugar mañana. Pero de ahí a pagar la vida de ensueño de cuatro niñas pijas, no. Por ahí sí que no. Que se acaben los viajes a Bali con código de descuento. Las clínicas estéticas pinchando a niñas sin arrugas. Los unboxing. Los putos unboxing.


Unboxing el que hace mi madre cuando viene de comprar en el Consum.


La pregunta viene a ser más metafísica: ¿qué es un lifestyle? ¿Cómo se vende un estilo de vida? ¿Por qué queremos imitar una vida ajena? ¿Qué pasa con vivir la nuestra propia? ¿Estamos ante unas vidas admirables? ¿Podríamos, incluso, llamar a esas vidas de influencers una vida buena? Hacer el último baile viral, fundiéndonos el cerebro escuchando “¿Y qué fue? No hiciste na…”. Extraño comer en un restaurante sin tener que hacerle una foto al dichoso bodegón moderno.


¿Quién fabrica estos deseos? Adorno ya formulaba hace décadas esta pregunta a propósito de la industria cultural. El entretenimiento, decía, no es necesariamente el lugar donde escapamos del sistema, sino que puede convertirse en su prolongación. Incluso el descanso puede quedar atrapado dentro de la misma maquinaria que pretende hacernos olvidar que existe. ¿Cómo ha pasado el descanso a ser también parte de la mercancía?


No quisiera que se me escapara una mención especial a esa tal Lucía. Aquella de “la manita relajá”, que ahora, valiente, se atreve a decir que en España somos unos flojos y que sólo queremos tocarnos el papo. Sólo queda reírse. Que lo último que nos quiten estos caraduras sea el humor. Y que así, riéndonos de ellos, vuelvan a tener vergüenza. Que no se atrevan a dar su opinión. Que la risa venza la ignorancia. Reírnos en sus caras. Reírnos de ellos en las mesas de los bares. Que nuestra crítica más atroz sea la risa.


Si la risa no funciona, usaremos las manos. ¿Por qué no aunamos fuerzas para boicotear a las marcas que pagan sus viajes paradisíacos? ¿Por qué no impedimos la entrada a sus tiendas favoritas? ¿Por qué no arruinamos todos los tiktoks que graban en Gran Vía cada día?


Dejemos de pagarles la vida. Dejemos de pagarles el bótox. España necesita pensadores, no bufones.


Tras sus caras finas de porcelana—CeraVe queriendo desesperadamente formar parte del milagro—no olvidemos que hay discursos políticos. Que les gusta decorar su casa con libros aunque no los lean. Que culpan a Pedro Sánchez del eclipse. Que creen que el agua deshidrata. Que son racistas. Extremadamente racistas. Y patéticos. En especial, lo último. Que se dediquen mejor a vender bikinis XS en mercadillos artesanales.

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En un vídeo de @mgmiguelgarcia

No seré yo quien defienda el trabajo ni el esfuerzo. ¡Dios me libre! Tampoco pido que vayamos todos al campo a trabajar. Pero sí defiendo la coherencia. Sí a la redistribución de la atención. Sí la cancelación. Hay quienes todavía hacen por tejer cultura y progreso. No dejemos que nos ganen esos horteras de tres al cuarto. No dejemos que inventen nuevos trabajos bajo el pseudónimo de “creador de contenido”. No puede ser contenido aquello que yace vacío. Más bien son creadores de un recipiente, feo y agarrotado, que nunca jamás, llega a llenarse.


Esto, por supuesto, caerá en saco roto. Mañana cualquiera de ellas estará viajando al Congo Belga. Mañana tú seguirás doblándote el lomo trabajando. Pero caerán. Un día, el telón caerá. Mientras tanto, cito a Miguel Hernández, en una frase que cualquiera diría que no es suya, y os advierto, influencers:


Temblad, hijos de puta, por vuestra puta suerte.


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