Internet

Backrooms

En este mundo-oficina en que vivimos cómo no va la película a hablarnos directamente.

21 de julio 2026


Mi última obsesión: Backrooms. No sé si sabré articularla, si es que acaso este internet, este mundo fragmentario permiten articular en realidad nada. No quiero tampoco añadir palabra al excelente artículo de Marc, que ya explicó todo (incluida esta obsesión) con más precisión y gracia. No creo poder escribir un artículo de corrido; todo lo más son estas ideas, o trozos de ideas:


Backrooms y la IA

Las backrooms me llevan irremisiblemente a la IA: los still life, como se llama en el canon a esas pseudo-personas, sombras o recuerdos de personas; a esas cosas deformes con nada en su sitio, me recuerdan a la IA en sus primeros días: esa imprecisión; esa incapacidad de emular del todo el mundo real*. Esa vaga inquietud de hallarse ante algo conocido pero extraño, algo amenazante pero dócil; de estar ante un borrador, un gazapo, un aborto.

Jon Rafman, 2022

Backrooms y la Play

Nací en el 93; en torno a 2005 recibí mi primera Play. Los videojuegos (Pro, Fifa, Spyro, etc) fueron mi afición más tierna mucho antes que los libros: crecí con ellos; han, tal vez, configurado mi manera de pensar. Creo que Backrooms es lo primero que los traslada fielmente al cine. Me refiero a su naturaleza negativa, al glitch, que es en el fondo lo que los define y separa de otros medios (en los libros no hay glitches). Esos muebles semihundidos, fusionados con la moqueta movediza me provocan un malestar visceral, impreciso, igual que en los juegos esos errores de diseño, ese algo que no debería estar ahí.

GTA: San Andreas, 2004

Backrooms y la literatura

Backrooms es Kafka; Backrooms es Solaris. Backrooms es por supuesto El proceso, El castillo, con esa dimensión laberíntica y opresiva; ese absurdo desenrollado en todas direcciones, como la moqueta omnipresente. Pero es también La metamorfosis: en su crítica del relato, Nabokov me ha recordado la escena de los muebles; los muebles en general: convertido en escarabajo, los muebles estorban ahora a Gregor Samsa, y su hermana los saca de su cuarto para que pueda corretear libremente. Más tarde, cuando la familia, apurada de dinero, decide acoger a tres inquilinos en el cuarto de los padres, éstos apilan todos los muebles sobrantes en el cuarto de Gregor, justo como Clark los encuentra al entrar por primera vez en las backrooms.

Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972)

También es Solaris. El genio de Solaris es que los monstruos, a diferencia de Backrooms (y le gana aquí en elegancia; le hace una finta) son las personas: el horror está en el regreso de lo ausente, la mujer, el hijo perdidos, sin necesidad de añadir a ello nada. El hecho de que en este planeta extraño lo muerto vuelva a la vida, lo que no debería estar está, es lo que le da toda su dimensión inquietante, la calidad de grotesco. Backrooms retuerce (literalmente: deforma) esta idea, con una inseguridad propia de Hollywood y a mi juicio fracasa o no gana del todo. Solaris, por lo demás, también alude al tema de los espejos; el trauma.**


Backrooms y la psicología

También nosotros tenemos traumas, y vamos al psicólogo. El tema de la terapia en Backrooms no es casual: encaja bien con la época y aporta a la trama textura, profundidad: ya no es la topografía plana de Reddit o 4chan, que multiplica insensiblemente niveles y criaturas a costa de todo lo demás***, sino que da pie al desarrollo (limitado) de dos personajes; a un esbozo de personalidad.


Backrooms y la oficina

En este mundo-oficina en que vivimos; en este mundo en que la oficina come más y más horas al día; en estos días en que el Sol sale y se esconde en la oficina, cómo no va Backrooms a hablarnos directamente. No sé si el capitalismo o la productividad ahogada o la crisis de la vivienda: el caso es que las vastas planicies de moqueta y halógeno que constituyen el moderno laberinto del Minotauro son, ya, nuestra realidad.

Oficinas de PwC en Madrid



*Es curioso pero, al menos en un sentido artístico, la IA funciona bien cuando funciona mal. Basta con ver la obra reciente de Jon Rafman, disponible en su web e Instagram (@ronjafman): llena de bichos y monstruosidades, artefactos, también laberintos. Despierta esa magnética sensación de extrañeza que algunos dicen es la clave del buen arte.

**Sin ánimo de ser exhaustivo (es imposible ser exhaustivo), Backrooms tiene también algo de Borges. Pienso en ese relato inmenso, La biblioteca de Babel, donde los anaqueles multiplican libros, algunos de ellos errados (“oh tiempo, tus pirámides”), otros completos, precisos, bellos. Igual que las Backrooms yerran habitaciones, personas y cosas, la Biblioteca yerra historias, aunque sabemos ya que una de ellas contiene el relato exacto de tu vida, de la mía, y otra la de todo el Universo.

***Por lo que he podido comprobar, la Backrooms Wiki detalla más de mil niveles (¿o son diez mil?), cada uno con sus propias características pero esencialmente inertes, carentes de toda gracia o vida. Me recuerda a lo que pasa en ciertas películas de Nolan, Memento, Origen, Tenet, donde la ausencia de alma es suplida por una trama hipercalórica, de una complejidad absurda.

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